No es ninguna sorpresa que, a lo largo de la historia, la primera aplicación de muchos avances científicos y tecnológicos se diese en el ámbito militar. Eso, cuando no se investigaba directamente con finalidades bélicas. Tenemos ejemplos desde Arquímedes hasta Leonardo da Vinci o Robert Oppenheimer. Algo que se puede ampliar al campo médico y sanitario; y, a veces, con más que cuestionables experimentos científicos realizados con pacientes humanos por científicos amorales y sin escrúpulos.

En el caso de la quimioterapia se unen los dos factores: un importante avance en la medicina, en el tratamiento del cáncer, cuyo origen estuvo muy relacionado con algo tan terrible como las armas químicas, y con las investigaciones del infame doctor Cornelius Rhoads.

La quimioterapia es el empleo de fármacos para destruir las células cancerosas. Pues bien, los orígenes de la investigación tuvo que ver con la observación de los efectos del terrible gas mostaza en pacientes que habían sobrevivido a su exposición o en los cuerpos de los fallecidos. Aunque su compuesto era conocido desde el siglo XIX, el gas mostaza se sintetizó a gran escala durante la Primera Guerra Mundial como agente para incapacitar al enemigo y contaminar sus líneas de defensa. Son icónicas esas fotografías de soldados en las trincheras con sus máscaras de gas. Provocaron tanto pánico y horror este tipo de armas que, después de la guerra, diversas potencias firmaron un tratado que prohibía su uso en los conflictos.

Por otro lado tenemos al doctor Rhoads. Cornelius Rhoads era un médico aparentemente ejemplar. Se había licenciado en medicina por la universidad de Harvard y se vinculó muy pronto con el Rockefeller Institute, donde trabajó como patólogo especializó en hematología clínica, anemia y leucemia. Como parte de la Rockefeller Fundation, en 1932 trabajó durante seis meses en Puerto Rico, y allí protagonizó una polémica racista. Después de asistir a una fiesta y descubrir que le habían abierto el coche y le habían robado, escribió, furioso, una carta a un compañero suyo en la que hablaba de los portorriqueños como subhumanos que merecían ser exterminados, de sus pacientes como animales de laboratorio con los que experimentar, y contaba que él ya había puesto su grano de arena matando a unos cuantos pacientes y trasplantando células cancerígenas a otros tantos. La carta fue descubierta por el personal y se hizo pública. La sociedad portorriqueña estaba indignada y las autoridades llevaron a cabo una investigación. Para entonces, Rhoads ya se había marchado de la isla y todo el aparato de relaciones públicas de Rockefeller se había puesto en marcha para minimizar el escándalo. La investigación concluyó sin encontrar pruebas de que el doctor hubiera cometido realmente esos asesinatos, y el incidente no tuvo consecuencias para la carrera de Rhoads, que pronto se convirtió en el director del Memorial Hospital de la ciudad de Nueva York. Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, Rhoads fue asignado como jefe de medicina de la División de Armas Químicas del Ejército de Estados Unidos, con el grado de coronel.

Bueno, pues los dos factores, las armas químicas y este «buen» doctor, se conjugaron tras los acontecimientos que sucedieron en diciembre de 1943 en el puerto de Bari para dar inicio a las investigaciones de quimioterapia. A esas alturas, la guerra se estaba decantando del lado de los aliados, y ese verano había comenzado la campaña de Italia. Las tropas avanzaban hacia el norte a buen ritmo y Bari se había convertido en el principal centro logístico de suministros. El día 2 de diciembre, la Luftwaffe lanzó un potente ataque aéreo para bombardear la flota y las infraestructuras portuarias y reducir, así, la cadena de suministros de los aliados. Confiados, estos no habían preparado una defensa antiaérea adecuada, y los atacantes lograron hundir más de más veintena de barcos, y afectaron a otros tantos de diversa importancia. Entre los que quedaron totalmente destrozados se contaba el SS John Harvey, que saltó por los aires porque llevaba en sus bodegas gran cantidad de explosivos. Lo que nadie sabía es que también llevaba un cargamento secreto de dos mil bombas de gas mostaza, unas cien toneladas. Hemos dicho que las distintas potencias habían firmado un tratado para la no utilización de armas químicas en la guerra, pero eso no quiere decir que no guardasen existencias de reserva, «por si acaso». Así que, cuando el Harvey explotó, una nube tóxica envolvió la zona del puerto. Una parte del gas se mezcló con el combustible derramado que flotaba en el agua, mientras que el viento empujó la mayor parte hacia la ciudad.

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El puerto de Bari tras el bombardeo. Fotografía recuperada de HistoricWings.com

Los resultados fueron catastróficos. A las víctimas directas del bombardeo, se empezaron a sumar, con el paso de las horas, las provocadas por el gas mostaza. Y también comenzaron a ingresar en los hospitales numerosos civiles que se habían visto afectados por la nube tóxica. El oficial médico enviado a evaluar la situación fue el teniente coronel Stewart Alexander, que había pasado un año estudiando los compuestos de mostaza nitrogenada en la división de investigación que dirigía Cornelius Rhoads. El doctor Alexander se dio cuenta de inmediato de que aquella gente estaba afectada por el gas mostaza. Ayudó con el tratamiento de los sobrevivientes y luego supervisó las autopsias. Observó que la tasa de mortalidad del gas mostaza había sido más alta que la de la Primera Guerra Mundial; de los 617 afectados por el gas mostaza fallecieron 83, lo que significaba más de un 13%. No se pudo evaluar con precisión el número de víctimas civiles porque muchos de los habitantes de la ciudad se desplazaron a otras poblaciones.

Alexander comprobó que los efectos sistémicos eran muy severos, de mayor importancia que los asociados con las quemaduras de gas mostaza en la Gran Guerra. Esto se debió a la sobreexposición que sufrieron aquellos que se habían lanzado al mar durante el ataque y se vieron cubiertos, literalmente, por un compuesto de mostaza diluida en agua y aceite. Conforme sus cuerpos lo fueron absorbiendo, comenzaron a sufrir síntomas atípicos y muy graves. En su informe, Alexander destacó que una característica había sido la destrucción abrumadora de los glóbulos blancos de la sangre después de la exposición al gas. Empezando por los linfocitos, todos los tipos de leucocitos caían prácticamente a cero durante los días siguientes, lo que dejaba a los afectados totalmente inmunodeprimidos. Los que se habían visto demasiado expuestos morían, pero los pacientes medianamente afectados pronto empezaban a renovar estas células sanguíneas y se recuperaban en unas cuantas semanas.

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Una de la víctimas del desastre de Bari. Fotografía recuperada de HistoricWings.com

Alexander envió la información a Rhoads, que se interesó mucho por los hallazgos. En los linfomas y leucemias hay una sobreproducción de glóbulos blancos por parte de la médula ósea enferma, los informes de Alexander le sugirieron la importancia de los compuestos de mostaza para el posible tratamiento de estos cánceres. Ya desde 1942, dos investigadores de la Universidad de Yale, Alfred Gilman y Louis Goodman, estaban estudiando, en secreto, los efectos sistémicos de los compuestos de mostaza nitrogenada. En principio, buscaban desarrollar un antídoto adecuado, pero se dieron cuenta de los efectos que tenían sobre el sistema inmune y empezaron a investigar su aplicación sobre las células cancerígenas. Incluso llegaron a hacer pruebas en voluntarios que sufrían tumores terminales.

Cuando terminó la guerra, Cornelius Rhoads regresó al Memorial Hospital. Basándose en las primeras investigaciones de Goodman y Gilman, y con la enorme cantidad de datos médicos y muestras de tejido aportados por Alexander, Rhoads inició un programa intensivo para evaluar la eficacia de los compuestos de mostaza nitrogenada. A partir de estos estudios, desarrolló en 1949 un medicamento contra el cáncer basado en los compuestos de mostaza, la mecloretamina, a la que dio el nombre comercial de Mustargen. Fue el primer paso a la hora de tratar el cáncer con quimioterapia y no solo mediante cirugía.

Y así fue cómo la tragedia de Bari se terminó convirtiendo en una serendipia médica.

Fuentes

CROFTON, Ian: Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, Ariel, Barcelona, 2011
GRATZER, W.: Eurekas y euforias: cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas, Crítica, Barcelona, 2004
MEYERS, M. A.: Happy Accidents: Serendipity in Modern Medical Breakthroughs, Arcade Publishing, New York, 2007

Cita de Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí

Nos has dejado hoy, primero de abril. Y yo te debo mucho. A tu Alfanhuí, para qué engañarnos. Aunque fue el realismo más puro de El Jarma el que te llevó a la cúspide de la literatura, fueron esas “industrias y andanzas” del pequeño alquimista de los colores las que me enamoraron. Ensayista, ante todo, me da igual que renegases de tu obra de ficción. Al final, hasta tú mismo reconociste que solo salvabas Alfanhuí.

Te adelantaste a tu tiempo con ese realismo mágico totalmente hispánico; fuiste pionero con esa fantasía poética que no fue valorada en su tiempo. Porque de eso apenas había en España, no se entendía. Pero yo considero ya Industrias y andanzas de Alfanhuí parte de mi linaje creativo, y ese “Alcaraván” acompaña ahora siempre mi nombre.

En fin, gracias por tanto, estés donde estés ahora: por ese niño que inventó su propio alfabeto; por el maestro disecador y sus historias maravillosas a la luz del fuego mágico; por el gigante tuerto del bosque rojo; por la vieja criada disecada que sonreía de vez en cuando; por el canalla don Zana, el marioneta; por el venerable buey Caronglo… Y, por supuesto, por el gallo de la veleta que bajó un día a cazar lagartos, los ladrones del desván, la flauta que hacía música con los silencios, el jardín del sol y el jardín de la luna, los lagartos y su vergüenza amarilla y por el potrillo multicolor y la yegua de cristal. Ellos se me quedan, para siempre, en la memoria y en el corazón.

La fotografía de Rafael Sánchez Ferlosio utilizada para el montaje es de Notgzus y la he tomado de la wikipedia.

 

una criatura de los bestiarios medievales: el caradio

Las compilaciones y bestiarios medievales, basados, sobre todo, en el Physologus1, describían al misterioso caradrio (también «calandre» o «caladrio», del latín caladrius, y este del griego χαραδριός) como un ave acuática del tamaño de una gaviota, con el cuello largo como las garzas, y de un color blanco inmaculado. Hay una pequeña variación en el Bestiario de Pierre de Beauvais, pues lo pinta, además, con un par de cuernecillos rectos en la cabeza, como de cabra. El caradrio vivía en humedales y se alimentaba de lo que picoteaba entre la tierra o en el fondo de las charcas. De ahí que apareciese en los listados de aves inmundas de la Biblia, entre los animales que no se podían consumir. A pesar de ello, en la Edad Media tenía la consideración de ave real, y se capturaban en lagunas y pantanos para llevarlas a los palacios de reyes y grandes señores.

Se decía que la naturaleza y carácter del caradrio le permitía pronosticar el destino de los enfermos de gravedad. Cuando el ave entraba en la estancia donde yacía la persona convaleciente, se posaba en la ventana o a los pies de la cama y lo miraba. Si volvía la cabeza, se entendía que la enfermedad era mortal y no había nada que hacer; pero, si el ave no apartaba la mirada, es que había visto posibilidad de salvación y se disponía a sanarlo. Porque, además de la gracia profética, el caradio poseía el don de la curación.

Un caradrio o caladrio mira hacia un rey enfermo

Miniatura de un caradio a los pies de un rey postrado; está miando hacia él, lo que significa que vivirá. The Aberdeen Bestiary, Universidad de Aberdeen. Recuperado de la web de la A. U.

En cómo lo hacía, discrepan las fuentes. Unas versiones dicen que curaba a través de los ojos, que creaba una especie de «corriente» que atraía y absorbía la enfermedad. Funcionaba, más o menos, por los mismos principios que el mal de ojo. Otros bestiarios indican que el ave acercaba el pico a la boca del enfermo y extraía el mal con su respiración. En ambos casos, una vez tenía la enfermedad dentro de sí, el caradrio volaba alto para exudarla con el calor del sol.

En este caso, el caradio vuelve la mirada, así que no hay esperanzas para el pobre enfermo.            Bestiary Harley, British Library (MS 3244). Recuperado de Wikimedia.

 

Las autores de la antigüedad ya habían hablado de las cualidades de esta ave. Plinio, el Viejo, la menciona en su Historia natural como ave que curaba la ictericia, al igual que hacen Plutarco y Claudio Eliano. Plutarco habla sobre ella en su Simposíaca (o Charlas de sobremesa), precisamente en la cuestión que trata sobre los misterios de la fascinación y del mal de ojo. Se daba tanto crédito a esta historia que se decía que los vendedores de caradrios escondían los ejemplares que tenían para que no curasen al cliente antes de que hubiera pagado.

Este poder curativo se extendía también a sus excrementos, pues se contaba que, si se extendía sobre los ojos, era capaz de curar la ceguera. Aunque Philippe de Thaünsu escribió en su bestiario que ese poder residía, en realidad, en el hueso del muslo. Si se ungía a un ciego con el tuétano de ese hueso, recuperaba la vista.

Otra fuente algo distinta, el Cyranides, una compilación medico-mágica de la Antigüedad tardía, agregó que su corazón y su cabeza servían como amuletos, y preservaban al portador de toda enfermedad.

texto de la Historia de Alejandro Magno tomado del Roman d'Alexander

Como en todas las criaturas de los bestiarios, había también una interpretación simbólica. En el color blanco del caradrio se veía una analogía con Cristo, porque el blanco es puro y está libre de mácula, igual que Cristo estaba libre de pecado. En cuanto a su poder de curación, se veía como una interpretación del sacramento de la confesión, mediante el cual Cristo curaba las almas.

Más tarde, hacia el siglo XIV, se empezó a secularizar este simbolismo, y se usó al ave para representar el amor correspondido o no correspondido, y el poder de atracción de la mirada en los amantes.

Por último, se también se relacionó al caradrio con el basilisco (sobre el que ya hablamos aquí). El basilisco-caradrio representaba el binomio muerte-vida.

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1. Manuscrito en griego de autor desconocido que contiene un conjunto de descripciones de animales, criaturas fantásticas, plantas y rocas, siempre con sentencias moralizantes.

Fuentes

  • BESTIARIO MEDIEVAL, Ed. de Ignacio Malaxecheverría, Ediciones Siruela, Madrid, 1999
  • DRUCE, G.: «The Caladrius and its Legend, Sculptured Upon the Twelfth-Century Doorway of Alne Church, Yorkshire», artículo publicado en Archaelogical Journal, Royal Archaelogical Institute of London, Vol. 69, 1912
  • PLINIO EL VIEJO: Historia natural. Libros VII-XI, Ed. Gredos, Madrid, 1998
  • PLUTARCO: Obras morales y de costumbres, Vol. 4, Ed. Gredos, Madrid, 1987
  • «Caladrius», en The Medieval Bestiary.
  • «La leyenda del caradrio en san Andrés de Montearados (Burgos)» en Blog Románico Digital.

 

los sapos de zugarramurdi

No hay duda de que el episodio más sonado y conocido de la brujería española es el que se dio en 1610 en la aldea navarra de Zugarramurdi. La virulenta caza de brujas llevada a cabo en el sur de Francia, desató un episodio de histeria colectiva en la población de aquellas comarcas fronterizas y montañosas. Hubo delaciones, amenazas y algunas confesiones conseguidas mediante coacción; sumadas a las supersticiones propias de aquella zona tan aislada, forjaron el relato de una secta de brujas y brujos adoradores del diablo, que acudían con regularidad al aquelarre y celebraban misas negras oficiadas por el demonio. Una parte curiosa de este relato es la que tiene que ver con los sapitos diabólicos.

Se contaba que los brujos y brujas de Zugarramurdi se servían de espíritus ayudantes o «familiares» para hacer sus maleficios. Dichos familiares eran unos sapos vestidos con graciosas ropillas de colores. El sapo era el guardián y consejero de la bruja. Ella lo alimentaba y, a cambio, él la despertaba y la avisaba para ir al aquelarre. Gracias a ellos también podía realizar los vuelos, ya que, después de haber comido, la bruja le pegaba con un palito hasta que se hinchaba y adquiría un color verde venenoso. A continuación pisaba al animal con el pie izquierdo hasta que salía un líquido verdoso. Este líquido era el que servía para hacer el ungüento que luego se frotaban por el cuerpo.



Ilustración de Eödriel Lamendras (mi amiga Yolanda), tomada de su galería en Deviantart.

Los niños brujos eran los encargados de ocuparse del «rebaño» de sapos mientras los adultos se dedicaban a bailar y comer en los banquetes. Debían tratarlos muy bien y no podían extraviar ninguno si no querían ser severamente castigados.

Cuando llegaba el momento en que un novicio se convertía en brujo de pleno derecho, el demonio le entregaba uno de estos sapos y también le hacía una marca en el ojo, con forma de sapito, para que fuese reconocido por los demás miembros de la congregación.

Tal fue la obsesión por estos sapos, que no hubo casa, establo o caserío que no fuese escrupulosamente registrado por investigadores y predicadores. Al menos hasta la llegada del inquisidor Alonso de Salazar y Frías, el famoso «abogado de las brujas».

De él nos ocuparemos en otro artículo. De momento, espero que hayáis disfrutado conociendo a estos curiosos sapos de Zugarramurdi.

El texto es un extracto adaptado del libro Daimiel, pueblo de brujas, del que soy coautor.

 

encabezado artículo sobre los cañones cuáqueros

Siguiendo una de las máximas del Arte de la guerra, de Sun Tzu, los cañones cuáqueros eran piezas de artillería falsas cuya función era la de engañar al enemigo. En general, no eran otra cosa que troncos de madera que se solían pintar de negro y se colocaban en parapetos y troneras. A veces entre piezas reales de artillería. Con ellos, se podían conseguir dos efectos, fundamentalmente: por un lado, dar la sensación de que una fortificación era más fuerte y estaba mejor defendida de lo que lo estaba en realidad; por otro, fingir que una tropa ocupaba una posición cuando, en realidad, la había abandonado o se había desplazado a otro lugar del campo de batalla.

Como se trataba de cañones inofensivos, recibieron el nombre de «cañones cuáqueros», en alusión al grupo religioso de los cuáqueros (oficialmente Sociedad Religiosa de los Amigos), que eran conocidos por su pacifismo y repulsa a cualquier tipo de violencia. No se sabe con certeza quienes o cuándo los bautizaron así, pero seguramente se trató de una expresión acuñada por los periódicos durante la guerra de Secesión. Fue la prensa, precisamente, la que usó esa expresión cuando se hizo eco, en septiembre de 1861, de que el ejército de la Unión había descubierto que el cañón que apuntaba al Capitolio desde la colina de Munson Hill era falso.

cañón cuáqueroCañón cuáquero cerca de Centreville. Foto de George N. Barnard (fuente)
 

De todos modos, se le diese o no ese nombre, la estratagema se había usado en las guerras de los siglos XVIII y XIX. Era famoso el caso de la batalla de Rugeley’s Mill, en Carolina del Sur, durante la guerra de la Independencia de las colonias americanas. El 4 de diciembre de 1780, el coronel William Washington, del ejército continental, y sus 60 hombres usaron un gran tronco montado en los ejes de una carreta para engañar a una tropa que era el doble de numerosa. Más de un centenar de soldados leales a la corona se habían atrincherado en una granja fortificada. Washington consiguió que se rindiesen sin disparar un solo tiro después de amenazar con bombardearles si no se entregaban. Justamente, fue su postura antibelicista la que impidió participar activamente a los cuáqueros en la Revolución Americana.

No obstante, la utilización masiva de esta táctica se dio durante la guerra civil americana. Fue usada, sobre todo, por las tropas confederadas, que disponían de menos recursos. Un ejemplo notable de su éxito se pudo comprobar durante la campaña de la Península del general George McClellan, en 1862. Los confederados rodearon Centreville de cañones cuáqueros e hicieron creer a los exploradores de McClellan que el sitio estaba muy fortificado. Como resultado, el general retrasó su avance y los rebeldes tuvieron tiempo para escapar del área hacia el río Rappahannock. Fueron también utilizados con éxito en el sitio de Petersburg, en la batalla de Corinth y en la primera batalla de Bull Run.

Fuentes:

HUGUET, Monserrat: Breve historia de la guerra civil de los Estados Unidos, Nowtilus, Madrid, 2015
DOVAL, Gregorio: Fraudes, engaños y timos de la historia, Nowtilus, Madrid, 2010
https://www.history.com/news/what-is-a-quaker-gun

Día 18 de septiembre de 1944, Segunda Guerra Mundial, Países Bajos. Tras meses de tensa espera, la 4ª Brigada Paracaidista de la 1ª División Aerotransportada británica se movilizaba por fin. El día anterior había comenzado la Operación Market Garden, la mayor operación aerotransportada de los aliados durante la guerra (y también su más sonado fracaso). Dada su gran actuación durante en el Desembarco de Normandía, el peso de esta operación descansaba sobre los hombros de los paracaidistas británicos y estadounidenses. Los mandos pensaban que, si lograban controlar el cauce bajo del Rin por Holanda, lograrían envolver a Alemania desde el norte y el oeste y finalizar la guerra ese mismo año. Así que lo intentaron.

La misión de la 4ª Brigada era reforzar al resto de la 1ª División, que había saltado el día anterior, el 17 de septiembre, y lo estaba pasando francamente mal en las cercanías de Arnhem. Debían hacerse con el control del puente sobre el Rin, pero se habían encontrado con una resistencia inesperada de la 9.ª División Panzer SS. Dentro de los aviones, los soldados trataban de templar los nervios y se iban preparando ya para el salto. Aunque había uno, entre ellos, que no pensaba lo más mínimo en la batalla que les aguardaba allí abajo. En realidad era «una», en femenino; una paracaidista muy especial, con pico, cresta y llena de plumas: la gallina Myrtle.

Myrtle era una gallina de color rojizo que partenecía al teniente Pat Glover, intendente del Xº batallón. El teniente la había adquirido de un granjero local para defender su postura en una discusión de taberna. Defendía que todas las aves con alas desarrolladas eran capaces de volar, y lo quiso demostrar. Se hizo con la gallina y se la llevó a todos sus saltos de entrenamiento dentro de una bolsa de lona. En el primer salto, la gallina asomó la cabeza y se volvió a esconder en la seguridad de su bolsa. En los siguientes saltos, una vez que se había abierto el paracaídas, el teniente empezó a soltarla. Al principio cuando estaban a 20 metros del suelo, pero luego fue aumentando progresivamente altura hasta alcanzar los 100 m. Myrtel simplemente aleteaba hasta llegar a tierra sin sufrir ningún percance. Luego esperaba tranquilamente a su amo. A los paracaidistas les hacía mucha gracia los cacareos que soltaba la gallina cuando descendía.

El teniente Glover le cogió mucho aprecio. Mantenía a su mascota en una barra que instaló en su despacho, con la escusa, ante sus mandos, de que era pura logística: «raciones vivas» para enfrentarse a una posible escasez de alimentos. A lo largo del verano, Myrtle participó en 6 saltos, con lo que se ganó el honor de llevar las alas de los paracaidistas, una insignia que le colgaron del pescuezo con una cinta elástica. Era el orgullo de todo el batallón.

Pat Glover y la gallina paracaidista Myrtle

El teniente Joseph Winston Pat Glover con el 10º batallón y Myrtle a la espalda. Fotografía tomada del Pegasus Archive.

Como ese día se trataba de un salto operativo, el teniente decidió mantener la bolsa cerrada durante todo el descenso y no soltar a Myrtel. Sobrevolaron el objetivo con un intenso fuego antiaéreo que dio de lleno al C47 en el que iba el batallón de Glover. A pesar de todo, el teniente fue el primero en saltar. En poco tiempo, vio todo el cielo cubierto de paracaídas.

Mientras bajaba, Glover pudo ver el infierno que les esperaba allá abajo: fuego de mortero, una incesante lluvia de balas y numerosos incendios que se habían propagado por todo el campo. El teniente se las arregló para llegar a salvo al suelo, y rodó sobre su hombro para evitar lastimar a la gallina. Otros compañeros no tuvieron esa suerte. El campo estaba lleno de muertos y heridos.

Después de comprobar que Myrtle estaba bien, Glover se la entregó su asistente, el soldado Scott, para que la cuidara, y corrió a socorrer a uno de sus hombres, que colgaba herido de un árbol. Luego, una vez reunidos todos los supervivientes, se movieron hacia el centro de Arnhem para reunirse con el grueso de las tropas en el punto de encuentro. Decidieron seguir la línea de ferrocarril y aprovechar su terraplén como protección. Pero, justo cuando estaban pasando al otro lado fueron emboscados por un grupo de alemanes. Se refugiaron como pudieron y respondieron al fuego enemigo.

Cuando terminó la escaramuza, Pat se dio cuenta de que el soldado Scott no llevaba la bolsa de Myrtle. Le preguntó por ella y entonces el asistente se dio cuenta de que, cuando comenzó a cavar el parapeto, había dejado la bolsa en el borde de la zanja. Glover fue a por ella rápidamente. Pero, como temía, la encontró agujereada por las balas. Myrtle yacía, muerta, en su interior.

Durante la noche, enterraron a la gallina paracaidista en su lona, con toda solemnidad, bajo un seto cercano al lugar en el que había caído. «Myrtle estuvo en la partida hasta el final, señor», fueron las palabras de Scott ante la improvisada tumba. Como había caído en combate, el teniente Glover decidió enterrarla con sus alas, el emblema de su rango, un honor que se merecía.

Pues nada, espero que os haya entretenido la historia de la gallina paracaidista. También me he enterado de que este año pasado se presentó una nueva cerveza en Inglaterra para conmemorar al 10º batallón y su peculiar mascota. Como no podía ser de otra manera, la marca de esta cerveza es Myrtle.

cerveza Myrtle

Etiqueta de la cerveza Myrtle. Tomado de Friends of the Tenth.

Egeria, las aventuras de una peregrina del siglo IV

La historia de Egeria es la de una mujer extraordinaria: una peregrina, auténtica aventurera del siglo IV, capaz de emprender un periplo que la llevó del extremo más occidental del Imperio romano hasta el más oriental. Y que, además, documentó sus experiencias, lo que la convierte en la autora del primer libro de viajes de la península Ibérica; de hecho, es la primera escritora hispánica de nombre conocido.

La figura del viajero no era ajena al mundo antiguo; nos han quedado bastantes relatos de viajes escritos por historiadores y geógrafos. Pero los grandes desplazamientos por motivos religiosos fue un fenómeno ligado a la tradición judeocristiana. Sí, es cierto: en el ámbito del Mediterráneo hacía mucho tiempo que se hacían viajes piadosos a distintos santuarios. Pero ocurría a una escala muy local y en el contexto de algunas fiestas o jubileos. Nunca se había dado algo semejante a la «fiebre viajera» que se desató entre los cristianos a principios del siglo IV. Habían cesado las grandes persecuciones y el Edicto de Milán (313) permitía la libertad de religión en el Imperio, así que empezaron a aparecer cada vez más peregrinos que viajaban miles de kilómetros en busca de tumbas, reliquias o personas con fama de santidad. El término latino peregrinatio significa, precisamente, «viaje al extranjero». La gran impulsora de estas peregrinaciones fue santa Elena, la madre del emperador Constantino, con su empeño de recuperar los Santos Lugares y encontrar la reliquia de la Vera Cruz.

La peregrinación rompía con el estereotipo tradicional de viajero de la Antigüedad, eminentemente varón. Algunas mujeres, animadas por un profundo espíritu religioso, abandonaban ahora su hogar en Occidente para dirigirse a Tierra Santa y a otros lugares que aparecían en la Biblia. Era algo bastante extendido, pues algunos Padres de la Iglesia, como san Jerónimo y Gregorio de Nisa, criticaban esta peregrinación de mujeres. Opinaban que estos viajes eran demasiado duros para ellas, y las exponía a todo tipo de vicios y tentaciones por el camino. Además, algunas hacían una ostentación desmesurada de lujo en sus comitiva.

Retrato de una matrona romana

Retrato de una mujer romana de la zona de Tebas (finales del siglo II d.C.). Museo del Louvre. Fotografía de Hervé Lewandowsk.

Bueno, pues entre estas mujeres estaba Egeria, que realizó su largo viaje entre los años 381 y 384. Cinco mil kilómetros, que se dice pronto; casi todo a lomos de un burro. Desde la provincia romana de la Gallaecia, en la parte noroccidental de la península Ibérica, hasta Egipto, Palestina, Siria y Asia Menor. Ya hemos visto que no era pionera; ni siquiera fue la primera hispana en peregrinar a Oriente, otras dos mujeres, Melania y Pomenia, lo hicieron antes. Pero ella fue la primera en dejarlo todo por escrito.

El Itinerarium egeriae

La obra de Egeria estuvo perdida y olvidada durante siglos, hasta finales del siglo XIX. En 1884, Gian Francesco Gamurrini localizó, en la ciudad italiana de Arezzo, una copia realizada en el monasterio de Montecasino en el siglo XI. Formaba parte de un códice en el que también se habían compilado unos textos de san Hilario de Poitiers. Con anterioridad, solo se había hecho eco de ella san Valerio, un eremita y abad del Bierzo que vivió en el siglo VII.

Aquel texto sobre el viaje de una mujer llamaba mucho la atención, pero la obra estaba incompleta, le faltaban hojas al inicio y al final (hoy se sabe que se conservan 22 de los 37 folios que la componían), así que se desconocía el título y el nombre de la autora. Durante un tiempo, el texto se adjudicó a distintas mujeres, entre ellas a Silvia de Aquitania. Fue en 1903 cuando el benedictino Mario Ferotin atribuyó el texto a la virgen hispana Etheria o Egeria, aquella monja de la Gallaecia sobre la que había escrito san Valerio.

Como hemos dicho, no se conoce el verdadero título de la obra de Egeria. Itinerarium o Peregrinatio son títulos convencionales para referirse a ella. De todos modos, se trata de un texto de carácter epistolar que una mujer escribe en primera persona, a modo de diario, y se dirige a unas sorores, (o «hermanas carnales»), así que es posible que no le pusiera título.

Un viaje prodigioso

El texto conservado comienza contando la ascensión al monte Sinaí, en el año 383. Pero se puede aventurar la ruta de Egeria gracias a algunos datos y detalles de la propia obra, y a la configuración vial del imperio. Egeria seguramente se dirigió por el norte de Hispania hacia la Galia Narbonense, ya fuese por la Vía Domitia o a través de Aquitania. Se sabe que cruzó el Ródano porque compara el Eúfrates con este río en una parte del texto. Luego debió de seguir su camino por el norte de Italia hasta algún puerto del Adriático. Y allí embarcaría con rumbo a Constantinopla, ya que llegó a la ciudad imperial en el mismo 381, y lo más rápido era el barco. Desde allí, tuvo que seguir la vía militar que atravesaba Bitinia, Galacia y Capadócia, atravesar la cordillera del Tauro por la garganta de las Puertas Cilicias, y llegar a Antioquía. Y de Antioquía a Jerusalén solo había que continuar por la costa hacia el sur.

Mapa antiguo de Jerusalén en Madaba, un par de siglos posterior a Egeria

Mosaico de Madaba, del siglo VI, es la representación cartográfica más antigua de Palestina y Jerusalén. Iglesia de san Jorge en Madaba (Jordania). Imagen de dominio público.

En la Ciudad Santa, Egeria fue bien acogida por su obispo, seguramente san Cirilo. Allí, en Jerusalén, pudo visitar, emocionada, las iglesias levantadas en los escenarios de la vida de Jesús: el cenáculo de Sión, el Gólgota y el Santo Sepulcro, el Monte de los Olivos… También tuvo la oportunidad de contemplar algunas reliquias como la Vera Cruz o la columna del palacio de Caifás, donde fuera azotado Cristo. Durante todo ese tiempo pudo observar y registrar cómo se hacía el culto y qué ritos se seguían en aquella parte del mundo.

Jerusalén sirvió a Egeria de campamento base para el resto de sus viajes. A lo largo de los años siguientes, la peregrina alternó sus estancias en la ciudad con largas excursiones en las que recorrió gran parte de Palestina: visitó templos, santuarios y lugares bíblicos como Jericó, Nazaret, Galilea o Cafarnaúm. En Belén, tuvo ocasión de compartir la vigilia que hacían los cristianos en la cueva de los Pastores del 5 al 6 de enero.

Egeria hizo, además, un par de viajes más largos a Egipto. En el primero, se dirigió a la ciudad de Alejandría y al sur del país, a la región de la Tebaida. Allí se interesó mucho por el monaquismo, los eremitas y los anacoretas del desierto. Falta esa parte del texto, pero alude a ese viaje cuando cuenta su recorrido por la península del Sinaí. En esta segunda expedición, Egeria quería conocer de primera mano los lugares relacionados con Moisés y el Éxodo. Ella misma subió el monte Sinaí hasta el lugar en el que Dios entregó los Mandamientos a Moisés. También contempló la cueva en la que se escondió el profeta Elías, o la piedra en la que Moisés rompió las primeras Tablas de la Ley. Atravesó el valle en el que los israelitas impíos fundieron el becerro de oro, y comprobó que la zarza ardiente donde Dios se manifestó a Moisés por primera vez seguía echando brotes. Finalmente, regresó por la costa mediterránea después de recorrer la rica tierra de Jesé, en la parte oriental del delta del Nilo.

Tras otra breve estancia en Jerusalén, Egeria cruzó el Jordán para subir al monte Nebó, al lugar donde se permitió a Moisés ver la tierra de Canaán antes de morir. Antes de llegar, tuvo la oportunidad de probar el agua de las fuentes que el profeta había hecho brotar para dar de beber a Israel. Poco después, Egeria volvió a salir hacia el Este para visitar la tumba del santo Job en Carneas. Por el camino, tuvo la oportunidad de ver el palacio del rey Melquisedec o el enclave de Enón, donde bautizaba san Juan después de su encuentro con Cristo.

Así pasó casi cuatro años de intensos viajes, hasta que decidió regresar a su hogar. Tomó el camino hacia Constantinopla, pero dio un largo rodeo por Siria y Mesopotamia. Visitó Tarso, de donde era San Pablo, y Edesa, en la actual Turquía, para ver la tumba del apostol Tomás. Allí se encontró con el obispo san Eulogio, y juntos visitaron a unos anacoretas que vivían en el extremo oriental del mundo romano. También pasó por Seleucia para conocer el sepulcro o martyrium, de santa Tecla. Se llevó una gran alegría, pues en aquel lugar se encontró por azar con una antigua amiga, la diaconisa Marthana.

Mapa del itinerario de Egeria

Mapa del itinerario de Egeria. Elaboración propia (@iaberius). Pulsar para verlo en tamaño completo.

Una vez en Constantinopla, todavía hizo planes antes de regresar a la Gallaecia. En las últimas líneas conservadas de su relato explica sus planes para visitar en Efeso el martyrium del apóstol Juan. Por sus palabras finales, se piensa que, seguramente, no llegó a regresar a Hispania, que quizá estaba enferma y presentía cercana la muerte:

«Si, después de todo esto, sigo viva, si logro conocer personalmente algunos lugares más y si Dios se digna concedérmelo, procuraré contarlo a vuestra caridad, y os relataré tanto lo que conserve en la memoria, como lo que llevo escrito. Entretanto, vosotras, señoras, luz mía, procurad acordaros de mí, tanto si estoy viva, como si estoy muerta».

Casas de postas y monasterios

El Itinerarium es una gran fuente de información para conocer cómo eran los viajes en el Bajo Imperio. Egeria es una magnífica reportera que anota cualquier dato que considera de interés. Describe la geografía de las regiones que atraviesa, nos cuenta cómo son las montañas y los ríos, la vegetación… Lo mismo hace con las ciudades, aldeas y monasterios por los que va pasando. Refiere el estilo de vida y las costumbres de los habitantes del país, nos dice qué cultivan y qué alimentos le ofrecen. Alaba especialmente las langostas del mar Rojo y sus pescados, y también las jugosas manzanas que le ofrecen en el Sinaí. Y se maravilla de la riqueza de los campos, las viñas y jardines de las riberas del Nilo.

Egeria se sirvió de la extensa y cuidada red de calzadas romanas. En sus cartas da cuenta de las distancias (en pasos), de los días que se tarda de ir de un lugar a otro, y de la situación de cada mansio. Estas mansiones o stationes eran edificios mantenidos por el Estado que servían de hospedería. Se encontraban a lo largo de las vías, y solían estar separadas entre sí por la distancia que se podía recorrer en una jornada. Allí se podía disponer de comida y alojamiento. Y, en ocasiones, de algunas comodidades como baños calientes. También había graneros y establos. Egeria hizo uso de ellas, pero en ocasiones se acogió a la hospitalidad de obispos, presbíteros o monjes, que luego la acompañaban como guías.

La peregrina también advierte de los peligros que se podían encontrar en algunas rutas secundarias, e informa de la dureza de algunos tramos. Y, como buena viajera, nos cuenta dónde adquiere reliquias o recuerdos de los lugares visitados, como agua o aceites consagrados.

Egeria, ¿la monja viajera?

En realidad, todo lo que se presupone de la figura de Egeria se infiere de su obra. Lo más cercano a una biografía sobre ella es la Epistola de beatae Eitheriae laude, una carta de san Valerio que le dedica unas palabras muy elogiosas. Pero los investigadores opinan que es un texto exagerado, que está manipulado con el fin de mostrarnos una vida ejemplar, la de una virgen cristiana llena de las virtudes.

El Itinerarium nos presenta a una mujer de cierta edad. No es ya una jovencita pero tampoco una anciana, pues es capaz de seguir el ritmo de semejante viaje, de enfrentarse a los rigores del camino, y de subir a pie montañas como el Sinaí. Su origen hispánico no está exento de polémica, ya que únicamente se basa en la información que da Valerio, y ya hemos visto que puede estar muy manipulada.

Como la autora se dirige en sus misivas a unas dominae et sorores, unas venerables «señoras y hermanas», se la identificó inicialmente con una monja, una abadesa que relata el viaje a las monjas de su congregación. Durante mucho tiempo, se la denominó la «monja viajera». Carlos Pascual, traductor de una nueva edición de 2017, opina que es un error, que se trata de una visión interesada que ha llegado a nosotros a través de religiosos como Valerio o el monje copista de Montecasino. Esta versión fue seguida por sus redescubridores de finales del XIX y principios del XX, también eclesiásticos. Pero no tenía por qué ser monja. Egeria pasó mucho tiempo lejos de su hogar, lo que nos muestra a una mujer que no estaba atada por votos religiosos. Tampoco hay ningún indicio de que viajase con el deseo de fundar nuevos monasterios en Oriente. Sorores significa «hermanas», pero con un significado afectivo de amistad entre mujeres que era anterior a la aparición del monacato femenino. Sí, Egeria era una mujer piadosa que tenía fuertes convicciones religiosas. Le daba mucha importancia a la oración y, cuando llega a cualquier lugar, lo primero que hace es rezar. Pero no parece que llevase una vida ascética.

Hay mayor conformidad a la hora de considerar que nuestra peregrina era una mujer de alcurnia, de buena posición social y con dinero suficiente como para permitirse semejante viaje. Es posible que perteneciese a la aristocracia por las atenciones que recibió por parte de obispos y funcionarios locales. Queda bastante claro que llevaba algún tipo de salvoconducto, algo que no estaba al alcance de cualquiera. Según Eduardo López Pereira, catedrático de Filología Latina, debía de tener algún parentesco con la familia del emperador Teodosio. Es una hipótesis que no convence a todo el mundo. Sin embargo, no se puede negar que Egeria gozaba de contactos y privilegios propios de personas poderosas. En algunos momentos, llega a tener escolta militar para moverse por territorios peligrosos. Cuando deambula de la península del Sinaí a la ciudad de Arabia, escribe lo siguiente: «A partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían brindado protección en nombre de la autoridad romana mientras nos estuvimos moviendo por parajes peligrosos. Pero ahora se trataba de la vía pública de Egipto, que atravesaba la ciudad de Arabia, y que va desde la Tebaida hasta Pelusio, por lo que no era necesario ya incomodar a los soldados».

Posible retrato de Galla Placidia, coetánea de Egeria

Retrato de una mujer aristocrática romana del siglo IV, posiblemente alejandrina (también se identificó con Galla Placidia). Detalle del Medallón de Brescia. Museo de santa Giulia, Brescia. Imagen de dominio público.

El carácter de Egeria también lo podemos deducir de sus escritos. En ellos se nos muestra a una mujer con una personalidad fuerte, enérgica. Es una persona osada capaz de asumir roles que no se consideraban propios de su sexo, una mujer que no dedica su vida exclusivamente al cuidado de la casa y la familia. Egeria se atreve a aventurarse por los caminos en unos tiempos que no eran ya seguros: el imperio se desgajaba, hacía mucho tiempo que la pax romana había tocado a su fin, y algunos pueblos bárbaros, como los godos, habían atravesado las fronteras. Es una mujer arrojada, con mucha fuerza de voluntad. Soporta la dureza del viaje, es capaz de escalar montañas y de dormir a la intemperie si es necesario. Sus acompañantes varones no pueden, a veces, seguirle el ritmo.

Egeria es un espíritu inquieto y ávido de conocimiento. Lo comenta ella misma: «Como soy bastante curiosa, quiero verlo todo». Por eso pregunta a guías, monjes y eclesiásticos sobre todos los detalles de cada lugar. También es muy observadora. Lo comprueba todo, como cuando se cerciora de que el agua del mar Rojo ni es turbia ni roja. Es una persona culta que viaja con libros y conoce muy bien las Escrituras. Su peregrinación persigue, precisamente, corroborar la existencia de los lugares que aparecen en la Biblia. Y difundirlo luego a otros cristianos, claro, como testimonio para fortalecer la fe. Pero, aunque es una mujer muy devota, tiene un talante crítico, no le ciega el fervor religioso. Cuando le muestran la supuesta estatua de sal en la que se había convertido la mujer de Lot, comenta a sus hermanas: «Creedme, venerables señoras: por más que miré sólo vi el lugar donde estaba la estatua; de la estatua misma ni el menor vestigio. En este punto no puedo engañaros».

Algunos aspectos formales

El estilo de Egeria es bastante sencillo. Escribe en latín vulgar y huye de toda retórica y erudición. Su lenguaje es llano y directo, el propio del discurso cotidiano. Porque Egeria no tenía una intención literaria sino una finalidad práctica; lo que de verdad le interesa es que se la entienda bien. Y ahí está el encanto y la frescura de su texto. La literatura de viajes era un género conocido, pero nadie antes había usado la forma epistolar para contar sus experiencias. En realidad, Egeria se acercaría más a lo que es una guía de viajes actual.

El Itinerarium está dividido en dos partes. La primera trata sobre el viaje propiamente dicho. Está escrita en primera persona, lo que le da un carácter más personal y emotivo. La segunda parte, sin embargo, está escrita en tercera persona y, en ella, Egeria deja constancia de los elementos litúrgicos y eclesiásticos de los que es testigo en Tierra Santa. Esta parte tiene, sobre todo, valor histórico y etnográfico, pues expone los ritos y ceremonias de la Iglesia primitiva.

Por lo que expresa en algunos momento, se deduce que Egeria también llegó a realizar dibujos; es una pena que no se haya conservado ninguno. Quizá estaban agregados al final, en el fragmento faltante.

Egeria fue una mujer aventurera, tanto en su papel de viajera como a la hora de traspasar los límites de acción impuestos a su sexo. Espero que hayáis disfrutado aprendiendo sobre ella tanto como yo. Y que esta entrada sea otro pequeño grano de arena que sirva para difundir, aún más, su figura.

Fuentes

  • BATOLOTTA, S. & Tormo-Ortiz, M.: Un hallazgo excepcional, el manuscrito de Egeria (15/12/2014)[Audio en podcast]. Recuperado de https://canal.uned.es/video/5a6f1ff5b1111f28298b4917
  • CAMERON, Averil: El Bajo Imperio romano (284-430 d. de C.), Ediciones Encuentro, Madrid, 2001
  • CAMPBELL, Brianl: Historia de Roma: Desde los orígenes hasta la caída del Imperio, Crítica, Barcelona, 2013
  • CID LÓPEZ, Rosa Mª: «Egeria, peregrina y aventurera. Relato de un viaje a Tierra Santa en el siglo IV» en la revista Arenal, Vol. 17, Universidad de Granada, enero-junio de 2010
  • ESLAVA GALÁN: El catolicismo explicado a las ovejas, Planeta, Barcelona, 2009
  • MacCULLOCH, Diarmaid: Historia de la cristiandad, Debate, Madrid, 2011
  • PASCUAL, Carlos: «Egeria, la dama peregrina» en la revista Arbor, CLXXX, CSIC, Madrid, Marzo-Abril 2005

Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas

El rey de las serpientes

El basilisco es una criatura fabulosa de carácter serpentino; sobre todo en sus orígenes. Egipcios y hebreos lo mencionan en sus textos, y los griegos lo tenían por la más mortífera de las criaturas. Para estos pueblos de la Antigüedad, formaba parte de la familia de las serpientes. Más aún: los helenos lo consideraban el rey de las serpientes, de ahí el nombre que le dieron: βασιλίσκος, que significa «pequeño rey». Porque, aunque no es muy grande, su aspecto, su porte al desplazarse y su extrema toxicidad lo elevan por encima de los demás ofidios. Plinio, el Viejo, por ejemplo, nos presenta al basilisco en su Historia natural (VIII 33) como una serpiente que no supera los 12 dedos (unos 22 cm) con una mancha blanca con forma de corona en la cabeza. A diferencia de las otras serpientes, los basiliscos avanzan erguidos, alzando la mitad del cuerpo y arrastrándose con el resto.

Sin embargo, esta imagen no se ha mantenido invariable a lo largo del tiempo. En el paso de la Edad Antigua a la Edad Media, el basilisco sufre una importante metamorfosis que lo convierte en una criatura híbrida, quimérica. Aunque nunca pierde su esencia reptiliana. ¿Por qué este cambio? Quizá se debiese a a una mala interpretación de las fuentes clásicas, o a una mala traducción, o a cualquier otro tipo de contaminación.

Grabado de un basilisco

Grabado de un basilisco en la Historiae Animalium de Konrad Gesner (1551).

El caso es que los bestiarios medievales pintan al basilisco como una bestia con cabeza, pecho y patas de gallo, y el resto del cuerpo acabado en una larga cola de serpiente. Tiene una excrescencia roja con forma de corona en la cabeza, a modo de cresta, y sus ojos son saltones y amarillos, como los de los batracios (rojos según John Swan en el Speculum mundi). Puede estar recubierto de plumas o de escamas, no hay unanimidad en esto. Generalmente son de color verde, con manchas blancas de reflejos plateados. Aunque hay quien lo pinta de amarillo. Incluso hubo algún caso en el que se le atribuyó hasta ocho patas. El tamaño era mayor que el que daba Plinio, por supuesto. Y se especuló con que lo que describió el naturalista fue a las crías.

En las Etimologías (s. VII), san Isidoro lo sigue considerando el rey de las serpientes. En esencia, copia a Plinio, pero agrega cosas de su cosecha. El motivo del gallo, la adición más importante, se encuentra ya en el Physiologus, un texto cristiano de autor desconocido que apareció entre los siglos III y IV. En esta obra hay una importante compilación de animales y monstruos. Como la finalidad es moralizante, las descripciones de las criaturas están llenas de símbolos y alegorías. Es muy posible que los bestiarios tomasen estas descripciones al pie de la letra, como si se tratase de un texto de historia natural, y de ahí los añadidos o metamorfosis sufridas por algunas criaturas.

Basilisco como rey de las serpientes

Miniatura de un basilisco en el manuscrito Harley 4751 (f. 59) de la British Library

Bueno, pues para justificar este cambio de fisonomía, se empezó a difundir el mito de que el basilisco nace (ojo al dato) del huevo ¡de un gallo! empollado por un sapo. El huevo le surge al gallo en el vientre cuando se hace mayor y cesa de montar a las gallinas. El animal, como es lógico, se queda atónito, y busca un lugar discreto y cálido (un estercolero, un establo…), y escarba allí un agujero con las patas para deshacerse del huevo. Si da la casualidad de que anda por la zona algún sapo, un animal de naturaleza tóxica (o una serpiente en algunas fuentes), este olerá el veneno del interior del huevo y acudirá a incubarlo. Cuando se rompe el cascarón, salen polluelos machos, iguales que los polluelos de gallinas, y al cabo de siete días les crecen colas de serpiente.

De esta imagen derivó, a partir del siglo XII, la de otro monstruo, la cocatriz, cuya única diferencia con el basilisco era un par de alas draconianas. Y que nacían de manera inversa: del huevo de una serpiente empollado por una gallina. Pero las dos criaturas se confundieron prácticamente desde el principio, y al final del Medioevo eran dos nombres que se empleaban para el mismo ser.

La criatura más venenosa sobre la tierra

La gran letalidad del basilisco, sin embargo, se mantuvo inmutable con paso del tiempo. No solo posee uno de los venenos más potentes, sino que es tan abundante en su cuerpo que, según Brunetto Latini (Tesoro, IV, 3), rezuma por toda su piel, y por eso reluce. No es de extrañar que su toque o mordisco sea mortal de necesidad. Y casi igual de ponzoñoso es su aliento, del que se sirve para cazar envenenando el aire a su paso.

cita de plinio el viejo

Pero, sin duda, la capacidad más mortífera de los basiliscos es su mirada. Con ella pueden matar a hombres y animales a distancia, e incluso llegar a partir la piedra. Una de las teorías es que emiten por los ojos una especie de fuerza corruptora. Algo parecido, en cierto modo, al mal de ojo. El poeta Lucano escribió en su Farsalia que se debe a que los basiliscos nacieron de la sangre derramada de la Medusa, y habrían heredado su mirada letal.

A los basiliscos les gusta vivir en lugares áridos, como a los escorpiones. Según Plinio, son originarios de las zonas desérticas de Libia, en la provincia de Cirenaica, aunque, hacia el siglo X, diversas fuentes los localizaban ya en Europa. En realidad, no es que vivan en el desierto sino que este los sigue; los mismos basiliscos convierten en desierto el territorio por el que pasan, al desmenuzar las piedras y secar árboles y plantas. Hasta las aves, en el cielo, corren el peligro de ser alcanzadas por su ponzoña. Además, son capaces de envenenar los cursos de los ríos durante décadas, o incluso siglos. San Isidoro advierte que quienes beben o se baña en esas aguas se vuelven hidrófobos y linfáticos. Precisamente, durante las epidemias de peste negra que se sucedieron a partir del siglo XIV, surgió el rumor de que la enfermedad era provocada por envenenadores que usaban carne de basilisco para emponzoñar el agua.

Enfrentarse al basilisco

A pesar de su peligrosidad, hay maneras de acabar con el basilisco. Si no, sería imposible echarse a los caminos y el desierto se habría extendido por todas partes. Por un lado, tiene su propia némesis en la comadreja, cuyo aroma le resulta fatal. El mustélido es capaz de seguirle el rastro hasta su madriguera por el olor de su orina; una vez allí se enfrentan, aunque ambos perecen. Otro enemigo mortal del basilisco es la centícora, a la que trata de buscar cuando descansa para inyectarle su veneno.

basilisco contra comadreja

Basilisco luchando contra una comadreja. Miniatura del Bestiario de Aberdeen (f. 66) Aberdeen University Library

Tan mortal como el aroma de la comadreja es, para el basilisco, el canto del gallo. Quizá debido a su extraño origen. Es por esta razón por la que algunos viajeros se proveían de gallos cuando debían atravesar tierras salvajes y peligrosas.

Por último, se puede usar contra el basilisco al mismo basilisco: si conseguimos que se mire en un espejo, se fulminará con su propia mirada.

Pero también hay maneras de contemplar al basilisco sin sufrir las consecuencias de su mirada. Desde muy antiguo se decía que se puede evitar el daño si lo ves antes de que él te vea. Otra manera de evitarlo es mirarlo a través de un vidrio. Cuanto mayor sea este, mejor, ya que, además de proteger del efecto de la mirada, el basilisco no puede distinguir nada situado tras él. Cuenta la leyenda que fue así como Alejandro Magno se enfrentó a ellos: mandó fabricar unos enormes botellones de vidrio en los que cabían varios hombres; allí dentro los basiliscos no los veían, así que los podían matar fácilmente con sus flechas.

Dado que se trataba de una criatura tan mortífera, no es raro que se usara en el arte medieval como símbolo de muerte, o relacionado con el diablo y el infierno. Aunque también con simbolismo de muerte y resurrección (el gallo, la serpiente y la renovación cíclica). En el ámbito alquímico, también proliferaba la imagen del basilisco, vinculada aquí al poder devastador y regenerador del fuego. Llegaba a aparecer en las fórmulas de transmutación de metales, como en la consecución del pigmento oro.

Basilisco en un canecillo del ábside de la iglesia de Oquillas. Fotografía tomada de Arteguías.

 

Fuentes

ECO, Umberto: Historia de las tierras y los lugares legendarios, Lumen, Barcelona, 2013
BORGES, J.L. y GUERRERO, M.: Manual de zoología fantástica, Fondo de Cultura Económica, 1957
BESTIARIO MEDIEVAL, Ed. de Ignacio Malaxecheverría, Ediciones Siruela, Madrid, 1999
PLINIO EL VIEJO: Historia natural. Libros VII-XI, Ed. Gredos, Madrid, 1998
Blog de Criaturas Fantásticas.

 

 

Trial by combat, por Hans Taloffer

Trial by combat! o, en castellano, «¡Juicio por combate!». Con este, añado otro diseño más a la categoría Medieval.

Cuando buscaba imágenes libres de derechos para el artículo didicado a la daga «misericordia», me topé con los manuscritos del siglo XV de Hans Taloffer, un famoso maestro de esgrima del Sacro Imperio Romano Germánico. Al verlos, supe que sería una fuente de buenos motivos. En estos Fechtbuch (manuales de combate), llenos de ilustraciones, se mostraban diversas técnicas para afrontar todo tipo de combates singulares, ya fuesen con o sin armadura, montados o desmontados, con espadas, mazas, alabardas (como en este caso), y demás armas blancas. Incluso entre hombres y mujeres. Eran técnicas que se podían aplicar en los juicios por combate, y así surgió la idea.

EL jucio por combate era una fórmula del derecho germánico medieval que se usaba para resolver procesos cuando no había testigos ni se conseguía una confesión del acusado. Las dos partes en litigio luchaban, entonces, en combate singular. Era una herencia de las antiguas tribus germánicas, por eso se dio menos en el ámbito mediterráneo.

Para encontrar la ilustración, me decanté por el manuscrito MS Thott 290.2º, de la Biblioteca Real de Dinamarca. Como es normal en estos códices medievales, las digitalizaciones están bien hechas y tienen buena resolución. Una vez seleccionado el motivo que me interesaba, con Photoshop eliminé el fondo y trabajé el color, los ajustes de niveles y los bordes, a los que aplicé un estilo de capa. El texto lo elaboré a mano, con la tableta digital, fijándome en viejos manuales caligráficos que poseo. Me decidí por una tipografía gótica redonda, que me parecía más legible que otros tipos de góticas más angulosas. Después de suavizar los bordes aplicando el filtro «mediana», le di una apariencia semejante a la de la ilustración con el uso de filtros de texturas y con los estilos de capa. Quise dejar unas marcas de renglones como las que se ven en los códices reales.

El aspecto final en Redbubble es este:

Hans Taloffer t-shirt Medieval T-SHIRT

 

Luperca, la loba capitolina

Este domingo me he puesto a diseñar un poco con el Corel, para no quedarme oxidado, y me ha dado por vectorizar la imagen de la famosa loba capitolina, la escultura romana. Según la mitología, la loba se llamaba Luperca. Cuando Amulio, usurpador del trono de Alba Longa, trató de deshacerse de todos los herederos legítimos, su sobrina, Rea Silvia, que había tenido a Rómulo y Remo de Marte, el dios de la guerra, los metió en una cesta y los lanzó al Tíber. El destino quiso que la cesta quedase varada en la ribera, cerca del monte Palatino. Allí encontró la loba a los gemelos, a los que los amamantó y crió hasta que el pastor Fáustulo dio con ellos.

Aunque se pensó, durante mucho tiempo, que se trataba de una escultura etrusca, según las últimas investigaciones se trataría de una copia realizada durante la Edad Media, hacia el siglo XI. Los niños que aparecen debajo son un añadido del Renacimiento.

Ahora tengo que pensar qué hacer con ella. Lo más seguro es que lo adapte para camisetas, con algún motivo interesante.

¿Qué opináis?

 

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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