Arte

Ya he dejado constancia en varias ocasiones de mi debilidad por la obra de Goya en general y de sus grabados en particular. Bueno, pues resulta que hay una exposición itinerante de Los desastres de la guerra y hoy he tenido la oportunidad de visitarla. La muestra se compone de 82 reproducciones facsimilares de la  primera edición de esta serie de grabados, la que conserva en el Museo del Grabado de Fuendetodos. 
Yo ya conocía la mayoría de las imágenes desde pequeño, de un libro de láminas de mi padre; pero no tiene nada que ver con contemplarlas a su tamaño natural. La verdad es que impresionan… y mucho. Ver el grado de brutalidad a la que es capaz de llegar el hombre con sus semejantes. Cómo puede degenerar así el alma humana… Da igual que lo plasme de una manera más o menos realista, esperpéntica, alegórica, bestial, o que el referente concreto sea la Guerra de la Independencia; lo que Goya nos muestra se puede aplicar a cualquier conflicto bélico del mundo: la muerte, las torturas, el hambre, la enfermedad, el odio, la insolidaridad… 
Por otro lado, llama mucho la atención la multitud de maneras de matar y morir que nos presenta Goya a lo largo de la serie, a cada cual más atroz, y cómo el pintor es capaz de individualizar la muerte en cada uno de los rostros y actitudes de víctimas y verdugos, aunque al final los sentimientos reflejados sean universales. Porque, muchas veces, esta violencia e inhumanidad plasmadas en las diversas escenas no están tan lejos de lo que podemos ver de vez en cuando en los telediarios.

Para saber más: La serie Los desastres de la guerra de Francisco de Goya y Lucientes por J. Enrique Peláez Malagón


Otro de los grabados de Goya de la serie de los Caprichos, el que lleva el número 50. Éste siempre me llamó la atención debido al parecido que presentan las dos figuras de los candados en la cabeza con cierto monstruo muy conocido por todos. Leí en cierta ocasión (o lo vi en algún documental) que, efectivamente, éste grabado pudo haber servido de inspiración gráfica para los diseñadores de la imagen cinematográfica del monstruo de Frankenstein de los años 30, de cabeza cuadrada y angulosa y tornillos en la cabeza. Los tornillos nunca se mencionan en la obra original de Mary Shelley, pero ahora forman parte inseparable de la representación iconográfica del monstruo, que se reconoce por ellos.
Buscando ahora por la red, para investigar más sobre el tema, he encontrado un artículo muy interesante de Susana Gala Pellicer, en la revista Culturas Populares: “Perder un tornillo: una imagen simbólica en el contexto de la Ilustración”. En él, la autora ahonda sobre esta idea y ve en los cerrojos del grabado una metáfora de la sujección de las ideas en la cabeza, algo que también podría vincularse con el monstruo literario. Hay que tener en cuenta que en el manuscrito de Ayala el pintor explica: “Los necios preciados de nobles se entregan a la haraganería y superstición, y cierran con candados su entendimiento, mientras los alimenta groseramente la ignorancia.” Y en el manuscrito de la Biblioteca Nacional escribe: “Los necios preciados de nobles siempre están con su executoria al pecho, reclinados desidiosamente, rezando como unos fanáticos el rosario y bostezando. La ignorancia los alimenta groseramente y tienen su entendimiento cerrado a candado.”
En fin ¿vosotros qué pensáis?

Escribe el resto del post aqui

Seguramente uno de los más conocidos:

Cuando éramos niños, mi padre tenía la costumbre de contarnos a mi hermano y a mí historias sobre los cuadros. Sobre los que él pintaba y sobre los de los grandes maestros, los que aparecían en los libros de láminas o en su colección de Grandes de la Pintura. Fue así como tuve mi primer contacto con algunos de los Caprichos de Goya. He de decir que de mi padre también terminé heredando la afición y predilección por el pintor aragonés.
Recuerdo que llegó un momento en el que me comencé a acercar yo solo a los libros y que me pasaba buenos ratos hojeándolos y admirando los cuadros. De entre todos me fascinaba en particular aquel de cubiertas marrones de algunas de cuyas imágenes mi padre nos contara pequeños cuentos fantásticos, aquel que en su interior mostraba esa serie de “dibujos” tan extraños y sin color. Me atraía y atemorizaba al mismo tiempo.
En los Caprichos y los Disparates se sucedían escenas oníricas y divertidas con otras repelentes y ominosos. Debía de tener por aquel entonces seis o siete años. Las brujas y monstruos, los seres burlones y de expresiones desencajadas, los disparates irracionales, alegóricos… Todo aquello excitaba mi inquieta imaginación infantil. Quedé muy impresionado. También por la violencia de las imágenes de Los desastres de la Guerra, la crudeza con la que se exponían torturas y personas empaladas o fusilamientos. La Tauromaquia, sin embargo, nunca me llamó mucho la atención.
Escribe el resto del post aqui

Suscríbete al blog

Y recibirás los artículos de Senderos Ocultos directamente en tu correo electrónico.

Archivos

Eres un erudito de historias secretas, una investigadora de libros polvorientos, o un saqueador de relatos...

Eres una cazadora de brujas, un arquólogo de lo grotesco o una tejedora de mitos y leyendas...

¡Bienvenidos! Habéis llegado al lugar indicado: un rincón donde se unen los senderos ocultos del arte, la música, la literatura y la historia.

«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

189848
visitas desde 2007

Follow me on Blogarama