Folclore, religión y creencias

Después de muchos años, hoy vuelvo a dejar por aquí un par de conjuros para esta noche mágica. Os recuerdo que la Noche de San Juan también es el momento idóneo para ir a recoger las hierbas mágicas para nuestras pociones. Como las otras veces, lo que os escribo son conjuros de hechiceras reales, recogidos en los documentos de los tribunales inquisitoriales de Toledo y Cuenca. En esta ocasión, se trata de conjurar sombras. Al igual que los conjuros de la estrella o de la sal, estas conjuraciones eran, sobre todo, de carácter amoroso.

Conjurar sombras en la Noche de san Juan

Se sabe que hacia mediados del siglo XVI,  practicaba este tipo de conjuro una mujer conocida como la Beata de Huete, en Cuenca. El conjuro lo decía frente a su sombra, que se proyectaba por un candil encendido colocado en el suelo y pegado a la pared. Lo hacía con la cabeza descubierta; y desnuda (no sé si es algo totalmente indispensable). Luego entonaba el sortilegio:

Sombra,
cabeça tienes como yo,
cabellos tienes como yo,
cuerpo tienes como yo,
y todos los miembros tienes
como yo.

Y yo te mando que ansy como tienes
mi sombra verdadera,
que tú vayas a [fulanito]
e lo traygas para mí,
que no pueda comer ni bever,
ni aver ningund plaser
hasta que venga a mi querer,
e darme lo que tuviere,
e desirme lo que supiere,
e si me lo traxeres, yo te bien diré,
e si no me lo traxeres, yo te mal diré.

Por esas mismas fechas, María de Medina, una vecina de Guadalajara, realizaba otra variante del conjuro. Ella «estando en carnes desnuda y descabellada» colocaba el candil en la puerta de la cámara donde realizaba el hechizo, que decía así:

Sombra, señora,
unos os llaman sombra,
porque espantáis.
Otros os llaman señora,
porque enamoráis.

Al monte Olivete me vais
varitas de amor me cortad,
y en el corazón de [Fulano]
las hincad.

Que me quiera y me ame
y señora siempre me llame,
y me diga lo que supiere,
y me dé lo que tuviere.

Pues aquí los tenéis, por si alguno o alguna os atrevéis a lanzarlos esta noche. O si alguien necesita algún tipo de hechizo para su novela o su partida de rol. Y si alguien conoce alguna variante del sortilegio de fuera de las tierras de Castilla la nueva, ¡estaría genial que me lo comentáseis!

Fuente

CIRAC ESTOPAÑÁN, Sesbastián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (Tribunales de Toledo y Cuenca), Madrid, CSIC, 1942
  • Si te interesa conocer el conjuro de la sal, lo tienes aquí
  • Y en este enlace, el conjuro de la estrella

Hace poco terminé la novela Baudolino, de Umberto Eco (de la que debo una reseña, por cierto). En ella se trata, entre otros, el tema del tráfico de reliquias durante la Edad Media. Y me ha parecido interesante indagar un poco más en este aspecto de la historia de la Iglesia, que en el medievo llegó a extremos disparatados, y que fue uno de los aspectos criticados más adelante por los movimientos de reforma.

Las reliquias de los santos: su porqué

Para entrar un poco en materia, las reliquias cristianas serían todos aquellos vestigios de cuerpos santos o de objetos que estuvieron en contacto con ellos, y que por eso son dignos de veneración. También se aplicó a los restos y todo lo que se hubiera relacionado directamente con los apóstoles, Jesucristo o la Virgen María; y a otro tipo de piezas o entidades santas más peregrinas. Se denominan ex ossibus, ‘de los huesos’, ex carne, ‘de la carne’ y ex pilis, si se trata de cabellos; ex vestibus, si forma parte de las vestiduras, ex capsa, ‘del féretro’ o  a contactu si fue tocada o estuvo en contacto con el cuerpo del venerado.

Desde los primeros tiempos, la religiosidad cristiana, sobre todo la más popular, trató de apoyarse en elementos más o menos tangibles que reforzasen la fe: edificaciones, imágenes, milagros, reliquias… Por lo que respecta a estas últimas, su culto se convirtió en una parte importante de un cristianismo incipiente que estaba constituyendo la identidad de la Iglesia.

Ya en la época de las persecuciones se mostraba un enorme respeto hacia los restos mortales de los mártires, y se recuperaban de patíbulos y anfiteatros, a veces con gran peligro, o se pagaban sumas considerables para poder sepultarlos. Una vez conseguidos, se trataban con ungüentos y perfumes, se envolvían en ricos tejidos y se enterraban en lugares escogidos, como las catacumbas de Roma, que se decoraban y se convertían en santuarios de oración para estos primeros cristianos. Esos mártires  representaban al cristiano perfecto, imitador de Cristo y de los apóstoles. También se empezó a guardar con gran respeto cualquier objeto relacionado con estos mártires.

Cobraron tanta importancia los restos de los santos, que los altares se erigían en sus tumbas y la eucaristía se celebraba en su presencia. Cuando terminaron las persecuciones, muchas iglesias y basílicas se construyeron sobre las criptas donde yacían esos cuerpos, y algunos se trasladaron a aquellos templos que no las tenían. El papa Félix I, a finales del siglo III ya lo había propiciado con sus mandatos, y el quinto concilio de Cartago llegó a decretar que no se consagraría nueva iglesia que no tuviera una reliquia en su altar.

mártires en catacumbas

Mártires en las Catacumbas (1855), de Jules Eugène Lenepveu

Hasta aquí todo es muy normal. Es comprensible que aquellos cristianos que vivían en la clandestinidad honrasen y santificasen a aquellos que habían dado la vida por su fe, y que la presencia de sus restos en los ritos reforzara la comunidad de esa Iglesia primitiva.

En el siglo IV, con el Edicto de Milán, la situación cambió y se permitió practicar el cristianismo como cualquier otra religión del imperio. El respeto a las reliquias de los santos se siguió difundiendo, y además se promovió la búsqueda de objetos relacionados con Jesucristo y los que le rodearon: la Virgen María y los apóstoles. Es muy posible que esta afición la inaugurase santa Elena, la madre del emperador Constantino, que, en su viaje por Tierra Santa, descubrió la Vera Cruz y se llevó consigo los primeros “recuerdos” cristianos.

El problema fue que, con la revelación de unos objetos tan sagrados, también se empezó a difundir la creencia en su carácter milagroso. Y fue entonces cuando se empezó a liar todo. Porque al ser humano enseguida le ciega la ambición de poder y riquezas. Se empezaron a cometer abusos relacionados con las reliquias que hicieron intervenir a algunos Padres de la Iglesia. San Jerónimo, por ejemplo, tuvo que recordar que no se adoraban las reliquias como objetos mágicos, sino que a través de ellas se llegaba a Dios. Y san Agustín denunció el comercio de reliquias. Pero la Iglesia ya no era la misma que en los primeros tiempos. Ahora ostentaba un poder político y económico importante, y muchas veces la movía intereses ajenos a la fe.

La Edad Media: un negocio muy lucrativo

En la Edad Media, el culto a las reliquias no hizo sino intensificarse. En el siglo VI se había generalizado la costumbre de utilizar las reliquias para la consagración de altares y de exhibirlas en relicarios o en procesiones para que los fieles pudieran venerarlas. Era un entusiasmo compartido por reyes, obispos o campesinos. La posesión de una reliquia daba prestigio a la iglesia, ermita, abadía o catedral que la custodiase, y era una gran fuente de riqueza gracias a los donativos, sobre todo si lograban convertirse en lugar de peregrinación. Pensemos en el caso de Santiago de Compostela y de Roma, donde se encontraban los restos más preciados, los de los apóstoles (Santiago por un lado, Pedro y Pablo por el otro), y nos daremos cuenta de la importancia de las reliquias en esta época en lo económico, lo social y lo político. Para los poderosos, laicos o eclesiásticos, fueron instrumento de poder y propaganda.

No es raro que este exacerbado fervor por las reliquias fomentase las disputas entre distintas comunidades, como sucedió con las ciudades Poitiers y Tours, que mantuvieron una larga reyerta por la posesión del cuerpo de san Martín. Incluso fomentó robos, como los del arzobispo gallego Diego Gelmírez, que sustrajo las reliquias de San Fructuoso, San Cucufate, San Silvestre y Santa Susana, y las trasladó furtivamente desde Braga hasta Compostela. O el hurto en Alejandría del cuerpo de san Marcos por parte de los venecianos.

Relicario

Reliquia de una de las espinas de la corona de Cristo. Catedral de Valencia. Por Ripoll531

En un principio, la única manera de atender la creciente demanda de reliquias fue la fragmentación. Aunque hubo cierta resistencia en un primer momento, la fragmentación de los restos era ya una práctica frecuente en Oriente en el siglo IV. Más tarde se propagaría por Occidente. Los restos se repartían en múltiples relicarios y así llegaban a todos los rincones de Europa. Sigue leyendo

Estamos a las puertas de noviembre y se acercan las celebraciones del Día de Muertos, aunque desde mediados de este mes la gente ya llenaba los mercados, adornados para la ocasión, para adquir los productos que se colocarán como ofrendas en el altar. Otros años ya había hablado del significado general de la fiesta y de algunos elementos de la misma, como el propio altar de muertos, las calaveras de azúcar o las calaveras rimadas. Hoy dejo un vídeo muy ilustrativo sobre la celebración del Hanal pixan en la península de Yucatán.

Hanal pixan

Hanal pixán es una expresión maya que se podría traducir como “comida de las ánimas”, y es la manera como se define en el Yucatán esta tradición con la que se recuerda a los amigos y parientes que nos dejaron, y que tienen “permiso” para visitarnos entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre. El día dedicado a los niños difuntos se denomina u hanal palal; el dedicado a los adultos, u panal nucuch uinicoob; y el tercer día, u hanal pixanoob. Este último, los familiares meriendan las viandas del altar, que han pasado ofrecidas a los difuntos la noche del 1 al 2. Se toma el atole y el balché (bebida hecha con la corteza del árbol del mismo nombre), y comen las frutas, el xec (mezcla hecha con chile molido, mandarina, jícama, naranja y otras frutas), los dulces de pepita y papaya, los tamales y vaporcitos (pequeños tamales cocinados al vapor), el pan dulce, los pibinales (mazorcas de maíz tierno) o los pibil-x’pelon (unas tortas de masa y frijoles). Pero es especialmente esperado el pib (mucbipollo, o mucbil pollo), un tamal grande de masa de harina maíz y manteca, relleno de pollo y cerdo, tomate y chile. El pib se guisa en un horno envuelta en hojas de plátano, aunque la manera tradicional es cocinarlo metido en un agujero en la tierra en el que se ha calentado con leña una base de piedras, cubierto por hojas y tierra.

pib para hanal pixan

Fuentes

Página del Gobierno de Yucatán

INFOGráfica, colectivo de artistas yucatecos autores del vídeo

 

Galicia Máxica. Reportaxe dun mundo desaparecido es el título de una exposición de fotografías etnográficas en el Museo do Pobo Galego que recoge algunas de las imágenes tomadas por el folclorista y antropólogo histórico Gustav Henningsen hace 50 años en la comarca gallega de Ordes.

El investigador danés es una de las autoridades mundiales en el estudio de las persecuciones de brujas durante la Edad Moderna. Es conocido, sobre todo, por sus estudios sobre la persecución de Zugarramurdi y proceso de Logroño en 1610, y por su obra El abogado de las brujas. A mediados de los años sesenta, Henningsen acababa de empezar en Dinamarca, con bastante éxito, sus investigaciones sobre magia popular y brujería, y llegó a España con la intención de seguir con sus investigaciones. Becado por varias instituciones, su primera intención fue ir al País Vasco o Navarra, la patria de los akelarres, pero Caro Baroja, el gran especialista hispano, le recomendó acercarse primero a Galicia, región menos estudiada en ese aspecto y donde las tradiciones estaban más vivas. Fue en los pueblos y aldeas de la comarca de Ordes, en los que estuvo viviendo más de un año, donde se ganó con el tiempo la confianza de los vecinos y pudo documentar todo tipo de objetos, prácticas y rituales mágicos; pero también otras manifestaciones folclóricas como bailes, fiestas, oficios casi desaparecidos…

mujeres realizando ritual

Fotografía de Gustav Henningsen

Todas estas fotografías pueden contemplarse en esta exposición, que se inauguró el 26 de noviembre y que estará abierta hasta el 17 de enero de 2016 en el Museo do Pobo Galego, en Santiago de Compostela.

Demonios por todas partes en un cuadro de giotto
Detalle de El juicio final de Giotto

A finales del siglo XIII, el beato Reichhelm de Schöngan, que afirmaba ver tantos demonios como gotas hay en la lluvia, se dedicó a elaborar un censo de los seguidores de Lucifer. Calculó el número de criaturas infernales en 1.759.064.176 diablos; ni uno más ni uno menos. Un ejército más numeroso que las huestes celestiales. Más moderado en sus cifras fue el médico y ocultista Jean Wier, que en el siglo XVI estimaba que la cifra de demonios ascendía “solo” a 7.409.127.

Fuente: Geoffrey Leslie Simons: The Witchcraft World

Muchas de las mujeres consideradas brujas durante la Edad Media y la Edad Moderna eran en realidad buenas botánicas: curanderas y hechiceras que sabían usar plantas peligrosas y potentes para curar, dañar, alterar la conciencia o forzar la voluntad. Sabían dónde, cuándo, y cómo recogerlas, y también la manera de combinarlas entre sí para lograr distintos efectos. La gente creía que se trataba de un saber secreto que se transmitían unas a otras desde muy antiguo y atribuía sus resultados a la naturaleza mágica de las plantas. Si a todo esto unimos la escenografía que acompañaba la recogida (al atardecer y en la noche, en lugares misteriosos como cementerios, bosques y cuevas, empleando oraciones y conjuros), no es extraño que pronto se relacionase con la brujería.

Si lo miramos desde una perspectiva actual, estas «brujas» realizaban una magia que podríamos considerar real y otra claramente imaginaria. Los vuelos y metamorfosis o la invocación de demonios, por ejemplo, estaban solo en la cabeza de las brujas, sus perseguidores, y de una parte de la población de la época.

Pero había también una magia «real», un arte u oficio que diversas mujeres ejercían cuando alguien requería de sus servicios. Los rituales, conjuros y brebajes se realizaban de verdad, indistintamente del resultado que se obtuviese. Las formas de medicina tradicional, rural y campesina practicada por las curanderas solía funcionar; las formas de hechicería basadas en la imagen y la sugestión a veces funcionaban y a veces no. La forma más corriente de esta magia efectiva comportaba el uso de hierbas, drogas y de otras sustancias con propiedades curativas o dañinas, o con la facultad de influir sobre el deseo, la voluntad y la capacidad sexual.

Mandrágora y beleño

No obstante, hay estudiosos que consideran que incluso en la magia que antes hemos denominado «imaginaria» había un poso de verdad. La tradición había extendido la idea de que las brujas mezclaban en sus calderos todo tipo de plantas e ingredientes asquerosos y macabros y que, con las instrucciones del demonio, fabricaban un ungüento que les servía para volar y acudir al aquelarre. Lo que se cree en la actualidad es que todo esto que decían o creían experimentar las brujas eran producto de su imaginación, sí, pero debido al empleo de plantas alucinógenas que se aplicaban sobre la piel, en diversas partes del cuerpo, después de haber sido mezcladas con grasa en un unto. Algunos estudiosos del Renacimiento llegaron a plantear la «teoría alucinatoria» del vuelo de las brujas, que atribuían al efecto psicotrópico de las plantas que utilizaban. El ungüento o la ingestión de las plantas creaban la ilusión de volar. El médico y humanista español Andrés Laguna, decía, allá por el siglo XVI, que estas mujeres untaban su cuerpo con cicuta, hierba mora, beleño y mandrágora. Etnólogos del siglo XX llegaron a recrear estos ungüentos y se los aplicaron en la piel, y dijeron experimentar realmente alucinaciones perturbadoras. Los experimentos más famosos fueron los de Wilhelm Mrsich y Will-Erich Peuckert. Este último se untó el cuerpo con una mezcla de beleño, estramonio, napelo, belladona y amapola, de acuerdo a antigua receta, y luego registró sus experiencias.

Así pues, las plantas más usadas por las brujas como ingredientes para sus ungüentos y pociones eran aquellas con poderes narcotizantes, que provocaban letargo, alucinaciones, alteración de la conducta y, en dosis mayores, resultaban mortales. La mayoría de las plantas venenosas deben sus poderes a los alcaloides, sustancias que neutralizan ácidos y forman sales. Están compuestas parcialmente por nitrógeno y afectan fuertemente al organismo humano; en función de las dosis deben considerarse venenos o medicinas. Las plantas «mágicas» de mayor renombre, citadas con frecuencia en los libros de hechicería, son las pertenecientes a la familia de las solanáceas, entre las que se encuentran el estramonio (Datura stramonium), la belladona (Atropa belladonna), la mandrágora (Mandragora autumnalis), el beleño (Hyoscyamus niger), el tabaco (Nicotiana tabacum), la adormidera (Papaver somniferum) y la amapola común (Papaver rhoeas).

Por lo general, estas plantas son bastante comunes y abundantes. Suelen crecer en suelos nitrogenados, ricos en nitratos y sales amoniacales, lo que explica las visitas de estas mujeres a cementerios, basureros y a las riberas de los ríos, lugares donde se concentran grandes cantidades de materia orgánica. Las brujas, que eran personas del campo, sabían todo esto. Solían salir a recogerlas a última hora de la tarde. Por un lado, por su propia seguridad, para no ser vistas por sus vecinos mientras buscaban hierbas venenosas, y por otro, porque sabían que estas plantas, al estar compuestas de alcaloides, acumulan la mayor cantidad de principios activos mientras les da el sol, por lo que alcanzan el punto álgido en el crepúsculo. Podemos recordar aquí el caso de la daimieleña Juana Ruiz, de la que se decía que por las noches frecuentaba el cementerio que había por aquel entonces junto a la iglesia de Santa María.

Si nos seguimos centrando en Castilla-La Mancha, Sebastián Cirac Estopañán, en su obra Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva, habla de los usos que las hechiceras castellano-manchegas hacían de las diversas hierbas. Afirma que en todo tiempo usaron las hechiceras plantas recogidas la mañana de San Juan para remedio de males y de amores y que empleaban mucho las hierbas aromáticas con las que llevaban a cabo sahumerios.

Recoge Cirac casos como el de una tal Carranza, que iba por la noche a recoger ortigas o el de «la Monja», que presumía de hacer maravillas con la hierba pimentera y tenía un tiesto de taragontia. Francisca Silva y «la Salas» utilizaban la valeriana para sus hechicerías. Esta última decía que, enterrando en un hoyo una valeriana y un amaro, que eran hierbas macho y hembra, después de haber echado agua bendita, se podía forzar el matrimonio con quien se quisiera. A principios del siglo XVIII, unas mujeres de Talavera utilizaban el romero en sus sortilegios amorosos y, unas décadas antes, en el laboratorio de la hechicera Ana López, «la Larga», de Daimiel, los inquisidores habían encontrado polipodio (helechos) y solimán (posiblemente Daphne laureola, una planta muy venenosa).

Para saber más:
 CALLEJO, Jesús: Breve historia de la brujería, Ediciones Nowtilus, Madrid, 2006.
CARO BAROJA, Julio: Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1997.
CIRAC ESTOPAÑÁN, Sebestián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (tribunales de Toledo y Cuenca), CSIC, 1942.
OTERO AIRA, Luis: Las plantas alucinógenas, Paidotribo, Barcelona, 2001.

 

calabaza de halloween

Se trata de un documental que han emitido hoy en el Canal de Historia y que mañana vuelven a repetir (supongo que más adelante lo seguirán poniendo cada cierto tiempo).

La verdadera historia de Halloween

Sinopsis

Halloween nació hace siglos como una fiesta pagana que honraba a los muertos. Alertaba sobre la existencia de un mundo de espíritus y fantasmas. En la actualidad es un día para saltarse las normas, derribar barreras y disfrazarse. Pero las costumbres en Halloween tienen raíces antiguas: ya en la Edad Media la gente iba de puerta en puerta y solicitaba regalos en la noche del 31 de octubre. Durante la Gran Depresión, Halloween se convirtió en una fiesta tan violenta y destructiva que las autoridades tuvieron que intervenir para prevenir el vandalismo a gran escala que se producía en las ciudades de todo el país. Hoy día el ritual de “truco o trato” genera 2.000 millones de dólares (unos 1.443 millones de euros) en venta de dulces cada año. Pero no importa cuántas calabazas se tallen o cuántos niños griten “truco o trato”, Halloween vive por y para los “sustos”. Y es que, dos mil años después, nos sigue gustando que nos provoquen miedo la noche del 31 de octubre.

La Catrina, el famoso esqueleto con atuendo de mujer, es un personaje caricaturesco que fue creado hace ya cien años por el artista mexicano José Guadalupe Posada, y que ha trascendido los límites de la obra artística para convertirse en un icono de la cultura popular mexicana. En efecto, el personaje nació como representación satírica de un sector de la sociedad en una época determinada, pero, con el tiempo, el pueblo lo ha identificado de tal manera con su propio folclore que se ha terminado convirtiendo en una especie de representación «oficial» de la Muerte en muchas partes de México. Así, no es extraño ver hoy en día numerosas representaciones suyas cuando llegan las festividades del Día de Muertos, por ejemplo.

la catrina original de Posada
Grabado original de Posada

José Guadalupe Posada fue un importante artista del Porfiriato (la época de la dictadura de Porfirio Díaz, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX). Destacó por su maestría con los grabados y fue un apasionado de la caricatura política que trabajó para numerosos periódicos. Siguiendo el ejemplo de otro caricaturista, Manuel Manilla, Posada comenzó a representar sus calaveras en los grabados: esqueletos actuando como gente corriente en escenas de la vida cotidiana. Con ellos, el artista pretendía hacer una sátira del mundo político y cultural de su tiempo, trataba de reflejar lo que sucedía en la sociedad y criticar mordazmente la actuación de personajes distinguidos. Estos grabados iban generalmente acompañados de unos versos, unas cuartetas rimadas conocidas también como «calaveras», con críticas llenas de humor negro, que eran las que anunciaban los periodiqueros a voz en grito. Este sentido dramático e irónico, al mismo tiempo, a la hora de representar la muerte ha sido siempre característico de la cultura mexicana.

La Catrina era uno de estos grabados de esqueletos; con él, Posada hacía una burla de la clase privilegiada. Su nombre original fue el de Calavera Garbancera, pues «garbanceros» eran denominados los mexicanos, generalmente de sangre indígena, que renegaban de sus orígenes. Y eso es la Catrina: una burla hacia aquellos que despreciaban su raza, sus costumbres, herencia y cultura, e intentaban imitar las modas, la forma de vestir y las costumbres europeas.

En aquella época, las señoras de la alta sociedad de la capital solían salir por las tardes a dar un paseo por el parque de la Alameda, vestidas siempre muy elegantes, con sombrero y sombrilla. De ahí sacó el artista la iconografía de su personaje. En la plancha original, la Catrina era un esqueleto que tan solo iba vestido con un un sombrero de plumas muy extravagante, al estilo francés. Sus huesos desnudos simbolizaban la pobreza, y su pomposo sombrero era una burla directa hacia aquellos que no tenían apenas para comer pero pretendían aparentar que pertenecían a una clase social más elevada.

varias interpretaciones de la catrina
Distintas representaciones de la Catrina

Desde entonces siempre se la ha representado así: erguida, coqueta, distinguida. Actualmente es mas común representarla con elegantes vestidos. Algunas veces se agrega una sombrilla a su atuendo para hacerla lucir más española. El primero que la pintó con ropa fue Diego Rivera en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, donde aparece la calavera acompañando a su creador, Posada. También fue Ribera quien la denominó «Catrina» y ayudó a su divulgación como personaje popular mexicano. «Catrina» proviene de la palabra «catrín», que es sinónimo de elegante, distinguido, fino y sofisticado.

Como hemos dicho, en la actualidad la Catrina se ha ganado un puesto privilegiado dentro del folclore y de los ritos mexicanos. Cuando llega el Día de Muertos, encontramos representaciones suyas por todos lados: en los grabados, en el papel picado, como esculturas o en los versos pícaros y burlones. Aparece con distintos atuendos, dependiendo del lugar o del difunto al que se esté homenajeando, pero siempre se la representa feliz, bailando, cantando y celebrando. Es la forma en que la Catrina dice a los mexicanos que hay que vivir y aprovechar los momentos. Eso sí, no hay que confundir nunca a la Catrina con la Santa Muerte. No tienen nada que ver: la Catrina está mucho más viva.

Para saber más:
La Catrina: fiel representante de una realidad mexicana
PROA: Diego Rivera
La Catrina mexicana
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Interesante artículo sobre cómo un juicio por brujería cambió el tratamiento de los niños en los tribunales del Reino Unido:

Frances Cronin
BBC

Niños tan pequeños como de tres años de edad pueden dar testimonio en un tribunal británico. No obstante, en el pasado, los menores de 14 años eran vistos como testigos poco confiables. Un caso de brujería del siglo XVII cambió esto.

Leer el resto

conjuro de la sal

Hechizo de carácter amoroso, tal y como se recoge de Mari González, la Boquineta, famosa hechicera de Villarrubia de los Ojos, de mediados del siglo XVI.

El conjuro de la sal lo hacía en la cocina. Primero se había traído sal y vinagre blanco de casa de tres mujeres casadas o enamoradas y se preparaba una buena lumbre. Luego, pasándose la sal de una mano a otra la iba conjurando por todos los demonios del infierno. Después la mezclaba en una escudilla con el vinagre y los orines de la despechada. Entonces se señalaba, con un palo, los sesenta miembros del galán en una brasa, en la que se hacía un pequeño hoyo al nombrar el corazón. Al final echaba sobre ellas la mezcla de sal, vinagre y orines, y hacía pasar a la interesada por encima mientras decía:

Ven, cabra.
Ha de cabre,
que más vale mi coño
que tu barba.

Otra variedad de este conjuro, utilizado por la hechicera Ana Díaz, de Daimiel, un siglo más tarde, era el siguiente:

Conjúrote, sal y cilantro,
con Barrabás,
con Santanás,
y con el diablo cojuelo,
que puede más.

Y echándolo todo a la lumbre, exclamaba:

No te conjuro por sal y cilantro,
sino por el corazón de fulano.
Así como te has de quemar,
se queme el corazón de fulano
y aquí me le traigas”. […]

Para saber más

Sobre estos casos:

  • Javier G. Gallego y Belén Garzás: Daimiel, pueblo de brujas
  • Julio Caro Baroja: Vidas mágicas e inquisición.

Muchos más hechizos recogidos de los procesos inquisitoriales:

  • Sebastián Cirac Estopañán: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva. Tribunales de Toledo y Cuenca.
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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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