Literatura

Sire Olivier a tiré sa bonne épée
que son compagnon Roland lui a tant demandée,
et il l’a brandie en vrai chevalier.
Il frappe un païen, Justin de Valferrée,
il lui partage en deux toute la tête,
il lui tranche le corps et la brogne safrée,
la bonne selle aux gemmes serties d’or,
et du cheval il a tranché l’échine.
Il les abat morts devant lui dans le pré.
Roland lui dit: «Je vous reconnais, frère.
Pour de tels coups l’empereur nous aime.»
De toutes parts, on a crié «Monjoie».

La Chanson de Roland 

LaZarillo es una novela publicada en 2009 que trata de seguir la estela del éxito del Orgullo y prejuicio y zombis de Seth Grahame-Smith y de libros semejantes que remozan los clásicos y los mezclan con monstruos o vampiros (me consta que hay un Quijote Z). También se une al fenómeno zombi que vuelve a estar tan de moda (aprovecho para recordar que la RAE recomienda zombi en lugar del anglicismo zombie). Lo que no había visto antes es esta especie de trailer de una supuesta película sobre el libro, y eso que ya tiene un tiempo. Digo supuesta porque parece ser que este vídeo tenía precisamente la intención de recabar fondos para la realización del filme. Lo que no sé es qué habrá sido al final del proyecto; el vídeo es muy curioso y se pueden ver varias caras conocidas.

Lazarillo

José Luis Sampedro

Desde aquí quiero hacer también mi pequeño homenaje a José Luis Sampedro, ese hombre bueno, en el buen sentido de la palabra, que nos ha dejado a principios de esta semana. De espíritu siempre joven e independiente, coherente hasta el final con sus ideas, en los últimos tiempos había destacado su faceta más crítica y humanista, la del economista que atacaba los excesos del capitalismo salvaje y propugnaba una sociedad más humana y solidaria como alternativa al neoliberalismo bestial que domina el mundo. Había prologado la edición española de ¡Indignaos!, el panfleto del también nonagenario Stéphane Hessel, y se había convertido en un referente para movimiento sociales y ciudadanos como ¡Democracia Real Ya! o el 15M, en cuyas asambleas de barrio participaba a veces como uno más.

Pero Sampedro fue también un gran escritor, como demuestran El río que nos lleva, La sonrisa etrusca o El amante lesbiano. Había recibido la Orden de las Artes y las Letras en 2010 y el Premio Nacional de las Letras en 2011, y pertenecía a la Real Academia desde 1991, donde ocupaba el sillón F. Por eso quiero reproducir aquí un pequeño artículo que José Luis escribió para Babelia en 2001, en el que el autor cuenta cómo nació su vocación literaria.

Cómo me hice escritor

Yo nací en Barcelona pero, con poco más de un año, mi familia se trasladó a Tánger, ciudad que en los años veinte era realmente cosmopolita, con una convivencia de culturas y religiones y una libertad de vivir que se perdió tras la guerra mundial. En mi colegio y en la calle yo convivía con amigos musulmanes e israelíes y conocía costumbres y creencias muy diferentes de las mías. De pronto, con ocho años, mis padres juzgaron conveniente enviarme a vivir a casa de un tío mío, médico en un pueblecito soriano, en tierras altas y frías.
Caí así en un mundo radicalmente opuesto al de mis primeros años. En 1925 se vivía allí casi como en la Edad Media en una casa con enorme cocina de chimenea y hogar de leña, cuadra y corral y tierras de labor. Yo vivía entre personas mayores, cariñosas pero de un mundo tradicional y estricto. Las mujeres rezaban el rosario y encendían velas especialmente benditas el día de santa Bárbara para cuando estallaban tormentas. No encontraba amigos con quien jugar; ni siquiera comprendía yo la mitad de su vocabulario rural. Me sentía profundamente solo; casi abandonado aun comprendiendo los motivos que habían inspirado la decisión de mis padres. Lo que me salvó fue el armario de un cuarto trastero donde, amontonados, encontré viejos libros y, sobre todo, muchas novelas publicadas en folletón por un periódico de principios de siglo: creo recordar que formaban una colección bajo el título La Novela de Ahora. Me sumergí prácticamente en aquellas inacabables páginas y dejé de estar solo. Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne fueron seguidos por varias novelas de Paul Feval, sobre todo de la serie sobre Rocambole y El juramento de Lagardére. Recuerdo también obras de Dickens, de Wilkie Collins y otros autores, ¡hasta Los miserables, de Victor Hugo, fueron pasto de mi avidez! Supongo que muchas veces me enteraba solo a medias y que no distinguía de calidades, pero aquellas páginas me protegieron, me salvaron: fueron el castillo donde, con tan varia profusión de personajes, me encontré en rica y fascinante compañía. En suma, durante el año largo que permanecí en aquel pueblo nació en mí el lector empedernido, el comienzo de la pasión por la literatura.

El paso decisivo hacia la escritura lo di cinco años después cuando, desde Tánger -adonde yo había regresado- mi familia vivió otro traslado, esa vez a Aranjuez, el espléndido Real Sitio de los monarcas borbónicos en la ribera del Tajo. Otro gran cambio de ambiente, desde la cosmopolita Tánger hasta una villa de urbanización dieciochesca y, sobre todo, el mundo de los palacios y los jardines, de los dioses y diosas mitológicos perpetuados en mármol entre las frondas y presidiendo las fuentes. Y yo con amigos en pandilla, empezando a fijarme en las chicas y para más suerte, haciendo a Madrid, debido a los estudios, unos viajes semanales que ampliaban mis horizontes, en el estimulante ambiente cultural de los años de la República. En Madrid debatía con mis condiscípulos, exploraba los libros de lance en la Cuesta de Moyano, acudía a actos culturales y empezaba a apreciar calidades. En la capital, por decirlo así, me acribillaban estímulos que luego, paseando por los jardines del Real Sitio, se asentaban y transformaban en mi mente. Al fin un día me ilusionó la posibilidad de crear un cuento y así fue cómo, si en la alta meseta soriana nació el lector, en Aranjuez nació definitivamente el escritor.

Pasados un par de años, quemados en la absorbente tarea utilitaria de ganar unas oposiciones y ocupar una situación estable propia, ya empecé a abrir en Santander una carpetilla con mis primeros intentos literarios. En la portada escribí “palotes” porque aquellas cuartillas equivalían para mí a los primeros trazos de pluma de los escolares, en los tiempos en que se aprendía la caligrafía.

El terremoto de la sublevación militar y la guerra sacudió mi vida, como la de todos los españoles, me añadió penalidades y experiencias nunca sospechadas, forzó mi crecimiento y muy poco después, por la temprana muerte de mi padre, me convirtió en cabeza de familia, afrontando aquella vida de penuria y represiones que fue nuestra posguerra. Pero escribir era ya para mí un imperativo ineludible y en 1940 terminé mi primera novela: La estatua de Adolfo Espejo. Cinco años después le siguió otra, La sombra de los días, pero ninguna de las dos fue publicada en su tiempo, ya que el contrato que llegué a tener a favor de la segunda no se llevó a efecto y, para entonces, ya trabajaba yo en otro proyecto que me parecía de alguna mejor calidad. Lo ultimé en 1952 y se publicó inmediatamente, por la estimulante acogida del famoso editor don Manuel Aguilar. Así nació mi Congreso en Estocolmo y, con esa obra, el ininterrumpido esfuerzo de invención que me ha traído hasta hoy y que ya se sale del tema de mis comienzos.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2011/11/29/actualidad/1322521216_850215.html

Fotografía tomada de la Wikipedia.

“El arquetipo del ‘Sí-mismo’ en la obra fantástica de Ana María Matute” es un artículo publicado por la doctora Xiaojie Cai en la revista literaria Esdrújula. Esta nueva revista literaria -este es su cuarto número- es editada por el portal Los Filólogos.com, de cuyo foro, “Los filólogos somos necesarios. Que parece que no, pero sí”, participo regularmente. La autora resume su trabajo de esta manera: “Este artículo es un estudio de los personajes literarios encarnados del arquetipo del ‘sí-mismo’, –término prestado de la psicología de Carl Gustav Jung– en la obra fantástica de Ana María Matute. El análisis de la evolución y caracterización de las manifestaciones literarias del
arquetipo también reseña los últimos avances que ha adquirido la autora tanto en los motivos literarios como en las técnicas estéticas reflejados en su nuevo corpus fantástico.”

fantasía y Ana María Matute

Lo podéis leer aquí.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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