Egeria, las aventuras de una peregrina del siglo IV

La historia de Egeria es la de una mujer extraordinaria: una peregrina, auténtica aventurera del siglo IV, capaz de emprender un periplo que la llevó del extremo más occidental del Imperio romano hasta el más oriental. Y que, además, documentó sus experiencias, lo que la convierte en la autora del primer libro de viajes de la península Ibérica; de hecho, es la primera escritora hispánica de nombre conocido.

La figura del viajero no era ajena al mundo antiguo; nos han quedado bastantes relatos de viajes escritos por historiadores y geógrafos. Pero los grandes desplazamientos por motivos religiosos fue un fenómeno ligado a la tradición judeocristiana. Sí, es cierto: en el ámbito del Mediterráneo hacía mucho tiempo que se hacían viajes piadosos a distintos santuarios. Pero ocurría a una escala muy local y en el contexto de algunas fiestas o jubileos. Nunca se había dado algo semejante a la «fiebre viajera» que se desató entre los cristianos a principios del siglo IV. Habían cesado las grandes persecuciones y el Edicto de Milán (313) permitía la libertad de religión en el Imperio, así que empezaron a aparecer cada vez más peregrinos que viajaban miles de kilómetros en busca de tumbas, reliquias o personas con fama de santidad. El término latino peregrinatio significa, precisamente, «viaje al extranjero». La gran impulsora de estas peregrinaciones fue santa Elena, la madre del emperador Constantino, con su empeño de recuperar los Santos Lugares y encontrar la reliquia de la Vera Cruz.

La peregrinación rompía con el estereotipo tradicional de viajero de la Antigüedad, eminentemente varón. Algunas mujeres, animadas por un profundo espíritu religioso, abandonaban ahora su hogar en Occidente para dirigirse a Tierra Santa y a otros lugares que aparecían en la Biblia. Era algo bastante extendido, pues algunos Padres de la Iglesia, como san Jerónimo y Gregorio de Nisa, criticaban esta peregrinación de mujeres. Opinaban que estos viajes eran demasiado duros para ellas, y las exponía a todo tipo de vicios y tentaciones por el camino. Además, algunas hacían una ostentación desmesurada de lujo en sus comitiva.

Retrato de una matrona romana

Retrato de una mujer romana de la zona de Tebas (finales del siglo II d.C.). Museo del Louvre. Fotografía de Hervé Lewandowsk.

Bueno, pues entre estas mujeres estaba Egeria, que realizó su largo viaje entre los años 381 y 384. Cinco mil kilómetros, que se dice pronto; casi todo a lomos de un burro. Desde la provincia romana de la Gallaecia, en la parte noroccidental de la península Ibérica, hasta Egipto, Palestina, Siria y Asia Menor. Ya hemos visto que no era pionera; ni siquiera fue la primera hispana en peregrinar a Oriente, otras dos mujeres, Melania y Pomenia, lo hicieron antes. Pero ella fue la primera en dejarlo todo por escrito.

El Itinerarium egeriae

La obra de Egeria estuvo perdida y olvidada durante siglos, hasta finales del siglo XIX. En 1884, Gian Francesco Gamurrini localizó, en la ciudad italiana de Arezzo, una copia realizada en el monasterio de Montecasino en el siglo XI. Formaba parte de un códice en el que también se habían compilado unos textos de san Hilario de Poitiers. Con anterioridad, solo se había hecho eco de ella san Valerio, un eremita y abad del Bierzo que vivió en el siglo VII.

Aquel texto sobre el viaje de una mujer llamaba mucho la atención, pero la obra estaba incompleta, le faltaban hojas al inicio y al final (hoy se sabe que se conservan 22 de los 37 folios que la componían), así que se desconocía el título y el nombre de la autora. Durante un tiempo, el texto se adjudicó a distintas mujeres, entre ellas a Silvia de Aquitania. Fue en 1903 cuando el benedictino Mario Ferotin atribuyó el texto a la virgen hispana Etheria o Egeria, aquella monja de la Gallaecia sobre la que había escrito san Valerio.

Como hemos dicho, no se conoce el verdadero título de la obra de Egeria. Itinerarium o Peregrinatio son títulos convencionales para referirse a ella. De todos modos, se trata de un texto de carácter epistolar que una mujer escribe en primera persona, a modo de diario, y se dirige a unas sorores, (o «hermanas carnales»), así que es posible que no le pusiera título.

Un viaje prodigioso

El texto conservado comienza contando la ascensión al monte Sinaí, en el año 383. Pero se puede aventurar la ruta de Egeria gracias a algunos datos y detalles de la propia obra, y a la configuración vial del imperio. Egeria seguramente se dirigió por el norte de Hispania hacia la Galia Narbonense, ya fuese por la Vía Domitia o a través de Aquitania. Se sabe que cruzó el Ródano porque compara el Eúfrates con este río en una parte del texto. Luego debió de seguir su camino por el norte de Italia hasta algún puerto del Adriático. Y allí embarcaría con rumbo a Constantinopla, ya que llegó a la ciudad imperial en el mismo 381, y lo más rápido era el barco. Desde allí, tuvo que seguir la vía militar que atravesaba Bitinia, Galacia y Capadócia, atravesar la cordillera del Tauro por la garganta de las Puertas Cilicias, y llegar a Antioquía. Y de Antioquía a Jerusalén solo había que continuar por la costa hacia el sur.

Mapa antiguo de Jerusalén en Madaba, un par de siglos posterior a Egeria

Mosaico de Madaba, del siglo VI, es la representación cartográfica más antigua de Palestina y Jerusalén. Iglesia de san Jorge en Madaba (Jordania). Imagen de dominio público.

En la Ciudad Santa, Egeria fue bien acogida por su obispo, seguramente san Cirilo. Allí, en Jerusalén, pudo visitar, emocionada, las iglesias levantadas en los escenarios de la vida de Jesús: el cenáculo de Sión, el Gólgota y el Santo Sepulcro, el Monte de los Olivos… También tuvo la oportunidad de contemplar algunas reliquias como la Vera Cruz o la columna del palacio de Caifás, donde fuera azotado Cristo. Durante todo ese tiempo pudo observar y registrar cómo se hacía el culto y qué ritos se seguían en aquella parte del mundo.

Jerusalén sirvió a Egeria de campamento base para el resto de sus viajes. A lo largo de los años siguientes, la peregrina alternó sus estancias en la ciudad con largas excursiones en las que recorrió gran parte de Palestina: visitó templos, santuarios y lugares bíblicos como Jericó, Nazaret, Galilea o Cafarnaúm. En Belén, tuvo ocasión de compartir la vigilia que hacían los cristianos en la cueva de los Pastores del 5 al 6 de enero.

Egeria hizo, además, un par de viajes más largos a Egipto. En el primero, se dirigió a la ciudad de Alejandría y al sur del país, a la región de la Tebaida. Allí se interesó mucho por el monaquismo, los eremitas y los anacoretas del desierto. Falta esa parte del texto, pero alude a ese viaje cuando cuenta su recorrido por la península del Sinaí. En esta segunda expedición, Egeria quería conocer de primera mano los lugares relacionados con Moisés y el Éxodo. Ella misma subió el monte Sinaí hasta el lugar en el que Dios entregó los Mandamientos a Moisés. También contempló la cueva en la que se escondió el profeta Elías, o la piedra en la que Moisés rompió las primeras Tablas de la Ley. Atravesó el valle en el que los israelitas impíos fundieron el becerro de oro, y comprobó que la zarza ardiente donde Dios se manifestó a Moisés por primera vez seguía echando brotes. Finalmente, regresó por la costa mediterránea después de recorrer la rica tierra de Jesé, en la parte oriental del delta del Nilo.

Tras otra breve estancia en Jerusalén, Egeria cruzó el Jordán para subir al monte Nebó, al lugar donde se permitió a Moisés ver la tierra de Canaán antes de morir. Antes de llegar, tuvo la oportunidad de probar el agua de las fuentes que el profeta había hecho brotar para dar de beber a Israel. Poco después, Egeria volvió a salir hacia el Este para visitar la tumba del santo Job en Carneas. Por el camino, tuvo la oportunidad de ver el palacio del rey Melquisedec o el enclave de Enón, donde bautizaba san Juan después de su encuentro con Cristo.

Así pasó casi cuatro años de intensos viajes, hasta que decidió regresar a su hogar. Tomó el camino hacia Constantinopla, pero dio un largo rodeo por Siria y Mesopotamia. Visitó Tarso, de donde era San Pablo, y Edesa, en la actual Turquía, para ver la tumba del apostol Tomás. Allí se encontró con el obispo san Eulogio, y juntos visitaron a unos anacoretas que vivían en el extremo oriental del mundo romano. También pasó por Seleucia para conocer el sepulcro o martyrium, de santa Tecla. Se llevó una gran alegría, pues en aquel lugar se encontró por azar con una antigua amiga, la diaconisa Marthana.

Mapa del itinerario de Egeria

Mapa del itinerario de Egeria. Elaboración propia (@iaberius). Pulsar para verlo en tamaño completo.

Una vez en Constantinopla, todavía hizo planes antes de regresar a la Gallaecia. En las últimas líneas conservadas de su relato explica sus planes para visitar en Efeso el martyrium del apóstol Juan. Por sus palabras finales, se piensa que, seguramente, no llegó a regresar a Hispania, que quizá estaba enferma y presentía cercana la muerte:

«Si, después de todo esto, sigo viva, si logro conocer personalmente algunos lugares más y si Dios se digna concedérmelo, procuraré contarlo a vuestra caridad, y os relataré tanto lo que conserve en la memoria, como lo que llevo escrito. Entretanto, vosotras, señoras, luz mía, procurad acordaros de mí, tanto si estoy viva, como si estoy muerta».

Casas de postas y monasterios

El Itinerarium es una gran fuente de información para conocer cómo eran los viajes en el Bajo Imperio. Egeria es una magnífica reportera que anota cualquier dato que considera de interés. Describe la geografía de las regiones que atraviesa, nos cuenta cómo son las montañas y los ríos, la vegetación… Lo mismo hace con las ciudades, aldeas y monasterios por los que va pasando. Refiere el estilo de vida y las costumbres de los habitantes del país, nos dice qué cultivan y qué alimentos le ofrecen. Alaba especialmente las langostas del mar Rojo y sus pescados, y también las jugosas manzanas que le ofrecen en el Sinaí. Y se maravilla de la riqueza de los campos, las viñas y jardines de las riberas del Nilo.

Egeria se sirvió de la extensa y cuidada red de calzadas romanas. En sus cartas da cuenta de las distancias (en pasos), de los días que se tarda de ir de un lugar a otro, y de la situación de cada mansio. Estas mansiones o stationes eran edificios mantenidos por el Estado que servían de hospedería. Se encontraban a lo largo de las vías, y solían estar separadas entre sí por la distancia que se podía recorrer en una jornada. Allí se podía disponer de comida y alojamiento. Y, en ocasiones, de algunas comodidades como baños calientes. También había graneros y establos. Egeria hizo uso de ellas, pero en ocasiones se acogió a la hospitalidad de obispos, presbíteros o monjes, que luego la acompañaban como guías.

La peregrina también advierte de los peligros que se podían encontrar en algunas rutas secundarias, e informa de la dureza de algunos tramos. Y, como buena viajera, nos cuenta dónde adquiere reliquias o recuerdos de los lugares visitados, como agua o aceites consagrados.

Egeria, ¿la monja viajera?

En realidad, todo lo que se presupone de la figura de Egeria se infiere de su obra. Lo más cercano a una biografía sobre ella es la Epistola de beatae Eitheriae laude, una carta de san Valerio que le dedica unas palabras muy elogiosas. Pero los investigadores opinan que es un texto exagerado, que está manipulado con el fin de mostrarnos una vida ejemplar, la de una virgen cristiana llena de las virtudes.

El Itinerarium nos presenta a una mujer de cierta edad. No es ya una jovencita pero tampoco una anciana, pues es capaz de seguir el ritmo de semejante viaje, de enfrentarse a los rigores del camino, y de subir a pie montañas como el Sinaí. Su origen hispánico no está exento de polémica, ya que únicamente se basa en la información que da Valerio, y ya hemos visto que puede estar muy manipulada.

Como la autora se dirige en sus misivas a unas dominae et sorores, unas venerables «señoras y hermanas», se la identificó inicialmente con una monja, una abadesa que relata el viaje a las monjas de su congregación. Durante mucho tiempo, se la denominó la «monja viajera». Carlos Pascual, traductor de una nueva edición de 2017, opina que es un error, que se trata de una visión interesada que ha llegado a nosotros a través de religiosos como Valerio o el monje copista de Montecasino. Esta versión fue seguida por sus redescubridores de finales del XIX y principios del XX, también eclesiásticos. Pero no tenía por qué ser monja. Egeria pasó mucho tiempo lejos de su hogar, lo que nos muestra a una mujer que no estaba atada por votos religiosos. Tampoco hay ningún indicio de que viajase con el deseo de fundar nuevos monasterios en Oriente. Sorores significa «hermanas», pero con un significado afectivo de amistad entre mujeres que era anterior a la aparición del monacato femenino. Sí, Egeria era una mujer piadosa que tenía fuertes convicciones religiosas. Le daba mucha importancia a la oración y, cuando llega a cualquier lugar, lo primero que hace es rezar. Pero no parece que llevase una vida ascética.

Hay mayor conformidad a la hora de considerar que nuestra peregrina era una mujer de alcurnia, de buena posición social y con dinero suficiente como para permitirse semejante viaje. Es posible que perteneciese a la aristocracia por las atenciones que recibió por parte de obispos y funcionarios locales. Queda bastante claro que llevaba algún tipo de salvoconducto, algo que no estaba al alcance de cualquiera. Según Eduardo López Pereira, catedrático de Filología Latina, debía de tener algún parentesco con la familia del emperador Teodosio. Es una hipótesis que no convence a todo el mundo. Sin embargo, no se puede negar que Egeria gozaba de contactos y privilegios propios de personas poderosas. En algunos momentos, llega a tener escolta militar para moverse por territorios peligrosos. Cuando deambula de la península del Sinaí a la ciudad de Arabia, escribe lo siguiente: «A partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían brindado protección en nombre de la autoridad romana mientras nos estuvimos moviendo por parajes peligrosos. Pero ahora se trataba de la vía pública de Egipto, que atravesaba la ciudad de Arabia, y que va desde la Tebaida hasta Pelusio, por lo que no era necesario ya incomodar a los soldados».

Posible retrato de Galla Placidia, coetánea de Egeria

Retrato de una mujer aristocrática romana del siglo IV, posiblemente alejandrina (también se identificó con Galla Placidia). Detalle del Medallón de Brescia. Museo de santa Giulia, Brescia. Imagen de dominio público.

El carácter de Egeria también lo podemos deducir de sus escritos. En ellos se nos muestra a una mujer con una personalidad fuerte, enérgica. Es una persona osada capaz de asumir roles que no se consideraban propios de su sexo, una mujer que no dedica su vida exclusivamente al cuidado de la casa y la familia. Egeria se atreve a aventurarse por los caminos en unos tiempos que no eran ya seguros: el imperio se desgajaba, hacía mucho tiempo que la pax romana había tocado a su fin, y algunos pueblos bárbaros, como los godos, habían atravesado las fronteras. Es una mujer arrojada, con mucha fuerza de voluntad. Soporta la dureza del viaje, es capaz de escalar montañas y de dormir a la intemperie si es necesario. Sus acompañantes varones no pueden, a veces, seguirle el ritmo.

Egeria es un espíritu inquieto y ávido de conocimiento. Lo comenta ella misma: «Como soy bastante curiosa, quiero verlo todo». Por eso pregunta a guías, monjes y eclesiásticos sobre todos los detalles de cada lugar. También es muy observadora. Lo comprueba todo, como cuando se cerciora de que el agua del mar Rojo ni es turbia ni roja. Es una persona culta que viaja con libros y conoce muy bien las Escrituras. Su peregrinación persigue, precisamente, corroborar la existencia de los lugares que aparecen en la Biblia. Y difundirlo luego a otros cristianos, claro, como testimonio para fortalecer la fe. Pero, aunque es una mujer muy devota, tiene un talante crítico, no le ciega el fervor religioso. Cuando le muestran la supuesta estatua de sal en la que se había convertido la mujer de Lot, comenta a sus hermanas: «Creedme, venerables señoras: por más que miré sólo vi el lugar donde estaba la estatua; de la estatua misma ni el menor vestigio. En este punto no puedo engañaros».

Algunos aspectos formales

El estilo de Egeria es bastante sencillo. Escribe en latín vulgar y huye de toda retórica y erudición. Su lenguaje es llano y directo, el propio del discurso cotidiano. Porque Egeria no tenía una intención literaria sino una finalidad práctica; lo que de verdad le interesa es que se la entienda bien. Y ahí está el encanto y la frescura de su texto. La literatura de viajes era un género conocido, pero nadie antes había usado la forma epistolar para contar sus experiencias. En realidad, Egeria se acercaría más a lo que es una guía de viajes actual.

El Itinerarium está dividido en dos partes. La primera trata sobre el viaje propiamente dicho. Está escrita en primera persona, lo que le da un carácter más personal y emotivo. La segunda parte, sin embargo, está escrita en tercera persona y, en ella, Egeria deja constancia de los elementos litúrgicos y eclesiásticos de los que es testigo en Tierra Santa. Esta parte tiene, sobre todo, valor histórico y etnográfico, pues expone los ritos y ceremonias de la Iglesia primitiva.

Por lo que expresa en algunos momento, se deduce que Egeria también llegó a realizar dibujos; es una pena que no se haya conservado ninguno. Quizá estaban agregados al final, en el fragmento faltante.

Egeria fue una mujer aventurera, tanto en su papel de viajera como a la hora de traspasar los límites de acción impuestos a su sexo. Espero que hayáis disfrutado aprendiendo sobre ella tanto como yo. Y que esta entrada sea otro pequeño grano de arena que sirva para difundir, aún más, su figura.

Fuentes

  • BATOLOTTA, S. & Tormo-Ortiz, M.: Un hallazgo excepcional, el manuscrito de Egeria (15/12/2014)[Audio en podcast]. Recuperado de https://canal.uned.es/video/5a6f1ff5b1111f28298b4917
  • CAMERON, Averil: El Bajo Imperio romano (284-430 d. de C.), Ediciones Encuentro, Madrid, 2001
  • CAMPBELL, Brianl: Historia de Roma: Desde los orígenes hasta la caída del Imperio, Crítica, Barcelona, 2013
  • CID LÓPEZ, Rosa Mª: «Egeria, peregrina y aventurera. Relato de un viaje a Tierra Santa en el siglo IV» en la revista Arenal, Vol. 17, Universidad de Granada, enero-junio de 2010
  • ESLAVA GALÁN: El catolicismo explicado a las ovejas, Planeta, Barcelona, 2009
  • MacCULLOCH, Diarmaid: Historia de la cristiandad, Debate, Madrid, 2011
  • PASCUAL, Carlos: «Egeria, la dama peregrina» en la revista Arbor, CLXXX, CSIC, Madrid, Marzo-Abril 2005

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