conjuro de la estrella

Hoy es noche de brujas. San Juan, la noche más corta y más mágica del año. Es noche de hechizos, así que os escribo uno para que salgáis al campo, subáis a la terraza o vayáis a la playa y lo recitéis mirando al cielo. Se trata del Conjuro de la Estrella. Se suele usar con fines amatorios.
Lo que aquí escribo son sortilegios reales y están recogidos en el Archivo Histórico Nacional, entre los documentos de la Inquisición. Del Conjuro de la Estrella se guardan formas muy distintas en los procesos de los siglos XVI, XVII y XVIII, que más que diferir en la estructura y ritmo del hechizo, varían en cuanto al nombre de la estrella, los atributos y epítetos que se le dicen, a los lugares donde han de reunirse y entrar las estrellas, a las ramas o varas que han de cortar… Aquí tenéis tres variantes:

“Estrella doncella,/ llévesme esta seña/ a mi amigo fulano,/ y no me le dexes/ comer ni beber/ ni dormir, ni responder,/ ni con otra mujer holgar,/ sino que a mi me venga a buscar;/ ni nacida ni por naçer,/ sino que a mi me venga a ver,/ Isaque me le ate,/ Abrahan me loe reboque,/ Jacob me le traiga.”

“Estrella Diana (tres veces),/ tu eres mi vida,/ y tú eres mi alma./ Conjúrote con nueve estrellas:/ como te conjuro con mueve, te conjuro con una,/ como te conuro con una, te conjuro con dos…/ (etcétera, hasta nueve…)/ Al monte Tabor iréis,/ y nueve varas de mimbre negro arrancaréis,/ en las muelas de barrabás las hincaréis,/ y luego las quitaréis,/ y en el corazón de fulano las hincaréis,/ que no le dexeis sosegar/ hasta que venga a mi querer y a mi mandar.”

“Estrella,/ la más linda y bella/ que en el cielo estás:/ conjúrote con una,/ con dos, o con tres,/ con cuatro, con cinco o con seis,/ con siete, con ocho, con nueve./ Todas nueve os ayuntéis/ al valle de Josafá,/ tres varas de niervo negro me traeréis,/ por las muelas de Barrabás las afiléis,/ por las calderas de Pedro Botero las pasaréis,/ una la hincaréis por el sentido,/ que no me eche en olvido;/ otra por el coraçón,/ que venga a mi afiçión; otra por las espaldas,/ que venga por mis palabras.”

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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