No es ninguna sorpresa que, a lo largo de la historia, la primera aplicación de muchos avances científicos y tecnológicos se diese en el ámbito militar. Eso, cuando no se investigaba directamente con finalidades bélicas. Tenemos ejemplos desde Arquímedes hasta Leonardo da Vinci o Robert Oppenheimer. Algo que se puede ampliar al campo médico y sanitario; y, a veces, con más que cuestionables experimentos científicos realizados con pacientes humanos por científicos amorales y sin escrúpulos.

En el caso de la quimioterapia se unen los dos factores: un importante avance en la medicina, en el tratamiento del cáncer, cuyo origen estuvo muy relacionado con algo tan terrible como las armas químicas, y con las investigaciones del infame doctor Cornelius Rhoads.

La quimioterapia es el empleo de fármacos para destruir las células cancerosas. Pues bien, los orígenes de la investigación tuvo que ver con la observación de los efectos del terrible gas mostaza en pacientes que habían sobrevivido a su exposición o en los cuerpos de los fallecidos. Aunque su compuesto era conocido desde el siglo XIX, el gas mostaza se sintetizó a gran escala durante la Primera Guerra Mundial como agente para incapacitar al enemigo y contaminar sus líneas de defensa. Son icónicas esas fotografías de soldados en las trincheras con sus máscaras de gas. Provocaron tanto pánico y horror este tipo de armas que, después de la guerra, diversas potencias firmaron un tratado que prohibía su uso en los conflictos.

Por otro lado tenemos al doctor Rhoads. Cornelius Rhoads era un médico aparentemente ejemplar. Se había licenciado en medicina por la universidad de Harvard y se vinculó muy pronto con el Rockefeller Institute, donde trabajó como patólogo especializó en hematología clínica, anemia y leucemia. Como parte de la Rockefeller Fundation, en 1932 trabajó durante seis meses en Puerto Rico, y allí protagonizó una polémica racista. Después de asistir a una fiesta y descubrir que le habían abierto el coche y le habían robado, escribió, furioso, una carta a un compañero suyo en la que hablaba de los portorriqueños como subhumanos que merecían ser exterminados, de sus pacientes como animales de laboratorio con los que experimentar, y contaba que él ya había puesto su grano de arena matando a unos cuantos pacientes y trasplantando células cancerígenas a otros tantos. La carta fue descubierta por el personal y se hizo pública. La sociedad portorriqueña estaba indignada y las autoridades llevaron a cabo una investigación. Para entonces, Rhoads ya se había marchado de la isla y todo el aparato de relaciones públicas de Rockefeller se había puesto en marcha para minimizar el escándalo. La investigación concluyó sin encontrar pruebas de que el doctor hubiera cometido realmente esos asesinatos, y el incidente no tuvo consecuencias para la carrera de Rhoads, que pronto se convirtió en el director del Memorial Hospital de la ciudad de Nueva York. Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, Rhoads fue asignado como jefe de medicina de la División de Armas Químicas del Ejército de Estados Unidos, con el grado de coronel.

Bueno, pues los dos factores, las armas químicas y este «buen» doctor, se conjugaron tras los acontecimientos que sucedieron en diciembre de 1943 en el puerto de Bari para dar inicio a las investigaciones de quimioterapia. A esas alturas, la guerra se estaba decantando del lado de los aliados, y ese verano había comenzado la campaña de Italia. Las tropas avanzaban hacia el norte a buen ritmo y Bari se había convertido en el principal centro logístico de suministros. El día 2 de diciembre, la Luftwaffe lanzó un potente ataque aéreo para bombardear la flota y las infraestructuras portuarias y reducir, así, la cadena de suministros de los aliados. Confiados, estos no habían preparado una defensa antiaérea adecuada, y los atacantes lograron hundir más de más veintena de barcos, y afectaron a otros tantos de diversa importancia. Entre los que quedaron totalmente destrozados se contaba el SS John Harvey, que saltó por los aires porque llevaba en sus bodegas gran cantidad de explosivos. Lo que nadie sabía es que también llevaba un cargamento secreto de dos mil bombas de gas mostaza, unas cien toneladas. Hemos dicho que las distintas potencias habían firmado un tratado para la no utilización de armas químicas en la guerra, pero eso no quiere decir que no guardasen existencias de reserva, «por si acaso». Así que, cuando el Harvey explotó, una nube tóxica envolvió la zona del puerto. Una parte del gas se mezcló con el combustible derramado que flotaba en el agua, mientras que el viento empujó la mayor parte hacia la ciudad.

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El puerto de Bari tras el bombardeo. Fotografía recuperada de HistoricWings.com

Los resultados fueron catastróficos. A las víctimas directas del bombardeo, se empezaron a sumar, con el paso de las horas, las provocadas por el gas mostaza. Y también comenzaron a ingresar en los hospitales numerosos civiles que se habían visto afectados por la nube tóxica. El oficial médico enviado a evaluar la situación fue el teniente coronel Stewart Alexander, que había pasado un año estudiando los compuestos de mostaza nitrogenada en la división de investigación que dirigía Cornelius Rhoads. El doctor Alexander se dio cuenta de inmediato de que aquella gente estaba afectada por el gas mostaza. Ayudó con el tratamiento de los sobrevivientes y luego supervisó las autopsias. Observó que la tasa de mortalidad del gas mostaza había sido más alta que la de la Primera Guerra Mundial; de los 617 afectados por el gas mostaza fallecieron 83, lo que significaba más de un 13%. No se pudo evaluar con precisión el número de víctimas civiles porque muchos de los habitantes de la ciudad se desplazaron a otras poblaciones.

Alexander comprobó que los efectos sistémicos eran muy severos, de mayor importancia que los asociados con las quemaduras de gas mostaza en la Gran Guerra. Esto se debió a la sobreexposición que sufrieron aquellos que se habían lanzado al mar durante el ataque y se vieron cubiertos, literalmente, por un compuesto de mostaza diluida en agua y aceite. Conforme sus cuerpos lo fueron absorbiendo, comenzaron a sufrir síntomas atípicos y muy graves. En su informe, Alexander destacó que una característica había sido la destrucción abrumadora de los glóbulos blancos de la sangre después de la exposición al gas. Empezando por los linfocitos, todos los tipos de leucocitos caían prácticamente a cero durante los días siguientes, lo que dejaba a los afectados totalmente inmunodeprimidos. Los que se habían visto demasiado expuestos morían, pero los pacientes medianamente afectados pronto empezaban a renovar estas células sanguíneas y se recuperaban en unas cuantas semanas.

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Una de la víctimas del desastre de Bari. Fotografía recuperada de HistoricWings.com

Alexander envió la información a Rhoads, que se interesó mucho por los hallazgos. En los linfomas y leucemias hay una sobreproducción de glóbulos blancos por parte de la médula ósea enferma, los informes de Alexander le sugirieron la importancia de los compuestos de mostaza para el posible tratamiento de estos cánceres. Ya desde 1942, dos investigadores de la Universidad de Yale, Alfred Gilman y Louis Goodman, estaban estudiando, en secreto, los efectos sistémicos de los compuestos de mostaza nitrogenada. En principio, buscaban desarrollar un antídoto adecuado, pero se dieron cuenta de los efectos que tenían sobre el sistema inmune y empezaron a investigar su aplicación sobre las células cancerígenas. Incluso llegaron a hacer pruebas en voluntarios que sufrían tumores terminales.

Cuando terminó la guerra, Cornelius Rhoads regresó al Memorial Hospital. Basándose en las primeras investigaciones de Goodman y Gilman, y con la enorme cantidad de datos médicos y muestras de tejido aportados por Alexander, Rhoads inició un programa intensivo para evaluar la eficacia de los compuestos de mostaza nitrogenada. A partir de estos estudios, desarrolló en 1949 un medicamento contra el cáncer basado en los compuestos de mostaza, la mecloretamina, a la que dio el nombre comercial de Mustargen. Fue el primer paso a la hora de tratar el cáncer con quimioterapia y no solo mediante cirugía.

Y así fue cómo la tragedia de Bari se terminó convirtiendo en una serendipia médica.

Fuentes

CROFTON, Ian: Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, Ariel, Barcelona, 2011
GRATZER, W.: Eurekas y euforias: cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas, Crítica, Barcelona, 2004
MEYERS, M. A.: Happy Accidents: Serendipity in Modern Medical Breakthroughs, Arcade Publishing, New York, 2007

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