bruja es su cocina mágica preparando hechizos en su marmita

Bruja cocinando. Ilustración de Juan Gallego

 

A la hora de elaborar sus filtros, las hechiceras utilizaban numerosos elementos, la mayoría de ellos del ámbito de la cocina, que era el que dominaban las mujeres en aquella época. Algunos eran ingredientes cotidianos, como la sal, el vinagre, el aceite o el aguardiente, a los que dotaban de carácter mágico mediante sortilegios o rituales. Servían para fabricar bebedizos o comidas que ataban la voluntad de los hombres, o ligaban su talante sexual. El huevo era también muy utilizado para las adivinaciones, mientras que el agua, combinado con el aceite, servía para descubrir
si alguien tenía mal de ojo. Pero había conjuros que consistían, simplemente, en quemar algunos de estos componentes.
Las hierbas aromáticas, utilizadas para llevar a cabo los sahumerios, eran muy variadas y nunca faltaban en el laboratorio de una hechicera. Siempre se recogían en la noche de San Juan. Las más utilizadas eran el culantro, la ruda o los granos de helecho.
Otra herramienta importante para los conjuros amorosos eran las velas o candelas de varios colores y tamaños, aunque los más utilizados eran el verde y amarillo.
Las hechiceras también conocían y empleaban amuletos que consistían en diversos elementos (piedras, imanes, etc.) metidos en bolsitas.
Para que los conjuros amatorios fueran realmente eficaces, la hechicera recurría con frecuencia componentes escatológicos que procedían, generalmente, del cuerpo de la persona a la que iba dirigido. El filtro debía contener los dos elementos vitales fundamentales: el semen del varón y la sangre menstrual de la mujer. Pero también se
usaba el pelo de las distintas partes del cuerpo, sobre todo de las vergonzosas”, las uñas e incluso orines. La sangre, las uñas y los orines se mezclaban con la comida que se ofrecía al hombre que están intentando hechizar.
En el ámbito de los ingredientes repulsivos podemos contar el empleo de los sapos. Este animal siempre se relacionó con la pasión amorosa (y la brujería) y era el más utilizado para elaborar pociones. Tampoco faltaban en estos laboratorios improvisados materiales macabros como la soga del ahorcado, sus dientes o sus cabellos.

 

Este es un texto extraído de la obra de Javier Gallego Alcaraván y Belén Garzás Daimiel, pueblo de brujas.

El artículo está también publicado en Steemit.

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