El dinosaurio no era feliz. Como todas las tardes, se había sentado a meditar en lo alto de aquel acantilado. Desde allí dominaba todo el valle. Miraba hacia poniente y pensaba con mayor claridad.

No le gustaba el mundo en el que le había tocado vivir. Era un mundo violento que sólo observaba la ley del más fuerte. La vida allí abajo, en el valle, se reducía a cazar, evitar ser cazado y reproducirse.

El dinosaurio se sentía muy solo e incomprendido. Las únicas relaciones sociales posibles eran con los cazadores (y sabe Dios las veces que trató de dirimir diferencias con el tiranosaurio de manera pacífica y fracasó); o con aquellos mastodontes bobalicones que no sabían diferenciar entre un soneto de Lope y una lechuga. Los herbívoros era un rebaño que sólo buscaba su bienestar, sometidos al yugo de unos tiránicos carnívoros que no conocían otra filosofía que la de Nietzsche. Allí nadie tenía tiempo para embriagarse con la belleza de un cuadro o para admirar el espectáculo, sencillo y grandioso a la vez, de una playa de arenas finas al amanecer.

El dinosaurio miraba hacia el infinito y soñaba con un mundo mejor. Como todas las tardes, cerró los ojos muy fuerte y deseó que toda su vida no fuese más que un mal sueño. Al despertar en su apartamento de Nueva York, se daría cuenta de que él era en realidad un novelista alcoholizado o un cineasta obsesionado por la ciencia ficción. Y así se quedó dormido.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 Javier Gallego, Alcaraván

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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