Muchas de las mujeres consideradas brujas durante la Edad Media y la Edad Moderna eran en realidad buenas botánicas: curanderas y hechiceras que sabían usar plantas peligrosas y potentes para curar, dañar, alterar la conciencia o forzar la voluntad. Sabían dónde, cuándo, y cómo recogerlas, y también la manera de combinarlas entre sí para lograr distintos efectos. La gente creía que se trataba de un saber secreto que se transmitían unas a otras desde muy antiguo y atribuía sus resultados a la naturaleza mágica de las plantas. Si a todo esto unimos la escenografía que acompañaba la recogida (al atardecer y en la noche, en lugares misteriosos como cementerios, bosques y cuevas, empleando oraciones y conjuros), no es extraño que pronto se relacionase con la brujería.

Si lo miramos desde una perspectiva actual, estas «brujas» realizaban una magia que podríamos considerar real y otra claramente imaginaria. Los vuelos y metamorfosis o la invocación de demonios, por ejemplo, estaban solo en la cabeza de las brujas, sus perseguidores, y de una parte de la población de la época.

Pero había también una magia «real», un arte u oficio que diversas mujeres ejercían cuando alguien requería de sus servicios. Los rituales, conjuros y brebajes se realizaban de verdad, indistintamente del resultado que se obtuviese. Las formas de medicina tradicional, rural y campesina practicada por las curanderas solía funcionar; las formas de hechicería basadas en la imagen y la sugestión a veces funcionaban y a veces no. La forma más corriente de esta magia efectiva comportaba el uso de hierbas, drogas y de otras sustancias con propiedades curativas o dañinas, o con la facultad de influir sobre el deseo, la voluntad y la capacidad sexual.

Mandrágora y beleño

No obstante, hay estudiosos que consideran que incluso en la magia que antes hemos denominado «imaginaria» había un poso de verdad. La tradición había extendido la idea de que las brujas mezclaban en sus calderos todo tipo de plantas e ingredientes asquerosos y macabros y que, con las instrucciones del demonio, fabricaban un ungüento que les servía para volar y acudir al aquelarre. Lo que se cree en la actualidad es que todo esto que decían o creían experimentar las brujas eran producto de su imaginación, sí, pero debido al empleo de plantas alucinógenas que se aplicaban sobre la piel, en diversas partes del cuerpo, después de haber sido mezcladas con grasa en un unto. Algunos estudiosos del Renacimiento llegaron a plantear la «teoría alucinatoria» del vuelo de las brujas, que atribuían al efecto psicotrópico de las plantas que utilizaban. El ungüento o la ingestión de las plantas creaban la ilusión de volar. El médico y humanista español Andrés Laguna, decía, allá por el siglo XVI, que estas mujeres untaban su cuerpo con cicuta, hierba mora, beleño y mandrágora. Etnólogos del siglo XX llegaron a recrear estos ungüentos y se los aplicaron en la piel, y dijeron experimentar realmente alucinaciones perturbadoras. Los experimentos más famosos fueron los de Wilhelm Mrsich y Will-Erich Peuckert. Este último se untó el cuerpo con una mezcla de beleño, estramonio, napelo, belladona y amapola, de acuerdo a antigua receta, y luego registró sus experiencias.

Así pues, las plantas más usadas por las brujas como ingredientes para sus ungüentos y pociones eran aquellas con poderes narcotizantes, que provocaban letargo, alucinaciones, alteración de la conducta y, en dosis mayores, resultaban mortales. La mayoría de las plantas venenosas deben sus poderes a los alcaloides, sustancias que neutralizan ácidos y forman sales. Están compuestas parcialmente por nitrógeno y afectan fuertemente al organismo humano; en función de las dosis deben considerarse venenos o medicinas. Las plantas «mágicas» de mayor renombre, citadas con frecuencia en los libros de hechicería, son las pertenecientes a la familia de las solanáceas, entre las que se encuentran el estramonio (Datura stramonium), la belladona (Atropa belladonna), la mandrágora (Mandragora autumnalis), el beleño (Hyoscyamus niger), el tabaco (Nicotiana tabacum), la adormidera (Papaver somniferum) y la amapola común (Papaver rhoeas).

Por lo general, estas plantas son bastante comunes y abundantes. Suelen crecer en suelos nitrogenados, ricos en nitratos y sales amoniacales, lo que explica las visitas de estas mujeres a cementerios, basureros y a las riberas de los ríos, lugares donde se concentran grandes cantidades de materia orgánica. Las brujas, que eran personas del campo, sabían todo esto. Solían salir a recogerlas a última hora de la tarde. Por un lado, por su propia seguridad, para no ser vistas por sus vecinos mientras buscaban hierbas venenosas, y por otro, porque sabían que estas plantas, al estar compuestas de alcaloides, acumulan la mayor cantidad de principios activos mientras les da el sol, por lo que alcanzan el punto álgido en el crepúsculo. Podemos recordar aquí el caso de la daimieleña Juana Ruiz, de la que se decía que por las noches frecuentaba el cementerio que había por aquel entonces junto a la iglesia de Santa María.

Si nos seguimos centrando en Castilla-La Mancha, Sebastián Cirac Estopañán, en su obra Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva, habla de los usos que las hechiceras castellano-manchegas hacían de las diversas hierbas. Afirma que en todo tiempo usaron las hechiceras plantas recogidas la mañana de San Juan para remedio de males y de amores y que empleaban mucho las hierbas aromáticas con las que llevaban a cabo sahumerios.

Recoge Cirac casos como el de una tal Carranza, que iba por la noche a recoger ortigas o el de «la Monja», que presumía de hacer maravillas con la hierba pimentera y tenía un tiesto de taragontia. Francisca Silva y «la Salas» utilizaban la valeriana para sus hechicerías. Esta última decía que, enterrando en un hoyo una valeriana y un amaro, que eran hierbas macho y hembra, después de haber echado agua bendita, se podía forzar el matrimonio con quien se quisiera. A principios del siglo XVIII, unas mujeres de Talavera utilizaban el romero en sus sortilegios amorosos y, unas décadas antes, en el laboratorio de la hechicera Ana López, «la Larga», de Daimiel, los inquisidores habían encontrado polipodio (helechos) y solimán (posiblemente Daphne laureola, una planta muy venenosa).

Para saber más:
 CALLEJO, Jesús: Breve historia de la brujería, Ediciones Nowtilus, Madrid, 2006.
CARO BAROJA, Julio: Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1997.
CIRAC ESTOPAÑÁN, Sebestián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (tribunales de Toledo y Cuenca), CSIC, 1942.
OTERO AIRA, Luis: Las plantas alucinógenas, Paidotribo, Barcelona, 2001.

 

3 respuestas a Las hierbas de las brujas I

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