Cabárceno, en Cantabria. Foto por Alcaraván
Interludio. Verdes colinas junto al mar y una brisa ya olvidada me alimentan como el mejor maná que pudiera conseguir en mi desierto. El aroma y ese rumor valen por cien sinceras siestas a la sombra. Aquí, en la costa, siento que mi espíritu se refresca. Crece y se alza como un ciprés que desea alcanzar el cielo, y luego se revuelca por la hierba con la alegría de un niño que come sandía. Tengo el pecho henchido de arrogante placer. Es arrogante pensar que la vida pueda ser tan plena. No es un espejismo, pero es tan fugaz que el deseo se transforma en pasado y todo lo que queda es el recuerdo de unos cuantos píxeles.

Javier Gallego (Alcaraván)

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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