Cabárceno, en Cantabria. Foto por Alcaraván
Interludio. Verdes colinas junto al mar y una brisa ya olvidada me alimentan como el mejor maná que pudiera conseguir en mi desierto. El aroma y ese rumor valen por cien sinceras siestas a la sombra. Aquí, en la costa, siento que mi espíritu se refresca. Crece y se alza como un ciprés que desea alcanzar el cielo, y luego se revuelca por la hierba con la alegría de un niño que come sandía. Tengo el pecho henchido de arrogante placer. Es arrogante pensar que la vida pueda ser tan plena. No es un espejismo, pero es tan fugaz que el deseo se transforma en pasado y todo lo que queda es el recuerdo de unos cuantos píxeles.

Javier Gallego (Alcaraván)

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