Augusto Monterroso

Monólogo del mal

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:

«Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien ».

Y así el Bien se salvó una vez más.

Augusto Monterroso, de La oveja negra y demás fábulas

El dinosaurio no era feliz. Como todas las tardes, se había sentado a meditar en lo alto de aquel acantilado. Desde allí dominaba todo el valle. Miraba hacia poniente y pensaba con mayor claridad.

No le gustaba el mundo en el que le había tocado vivir. Era un mundo violento que sólo observaba la ley del más fuerte. La vida allí abajo, en el valle, se reducía a cazar, evitar ser cazado y reproducirse.

El dinosaurio se sentía muy solo e incomprendido. Las únicas relaciones sociales posibles eran con los cazadores (y sabe Dios las veces que trató de dirimir diferencias con el tiranosaurio de manera pacífica y fracasó); o con aquellos diplodocus bobalicones que no sabían diferenciar entre un soneto de Lope y una lechuga. Los herbívoros era un rebaño que sólo buscaba su bienestar, sometidos al yugo de unos tiránicos carnívoros que no conocían otra filosofía que la de Nietzsche. Allí nadie tenía tiempo para embriagarse con la belleza de un cuadro o para admirar el espectáculo, sencillo y grandioso a la vez, de una playa de arenas finas al amanecer.

El dinosaurio miraba hacia el infinito y soñaba con un mundo mejor. Como todas las tardes, cerró los ojos muy fuerte y deseó que toda su vida no fuese más que un mal sueño. Al despertar en su apartamento de Nueva York, se daría cuenta de que él era en realidad un novelista alcoholizado o un cineasta obsesionado por la ciencia ficción. Y así se quedó dormido.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 Javier Gallego, Alcaraván

 

(Este microrrelato también lo he publicado en Steemit.)

La mosca de MonterrosoUnas palabras sobre el cuento, por Augusto Monterroso

Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.
Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con ésos debe trabajarse.

Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.

La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.

La ilustración es la famosa mosca de Monterroso

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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