Brujas y hechiceras

conjuro de la sal

Hechizo de carácter amoroso, tal y como se recoge de Mari González, la Boquineta, famosa hechicera de Villarrubia de los Ojos, de mediados del siglo XVI.

El conjuro de la sal lo hacía en la cocina. Primero se había traído sal y vinagre blanco de casa de tres mujeres casadas o enamoradas y se preparaba una buena lumbre. Luego, pasándose la sal de una mano a otra la iba conjurando por todos los demonios del infierno. Después la mezclaba en una escudilla con el vinagre y los orines de la despechada. Entonces se señalaba, con un palo, los sesenta miembros del galán en una brasa, en la que se hacía un pequeño hoyo al nombrar el corazón. Al final echaba sobre ellas la mezcla de sal, vinagre y orines, y hacía pasar a la interesada por encima mientras decía:

Ven, cabra.
Ha de cabre,
que más vale mi coño
que tu barba.

Otra variedad de este conjuro, utilizado por la hechicera Ana Díaz, de Daimiel, un siglo más tarde, era el siguiente:

Conjúrote, sal y cilantro,
con Barrabás,
con Santanás,
y con el diablo cojuelo,
que puede más.

Y echándolo todo a la lumbre, exclamaba:

No te conjuro por sal y cilantro,
sino por el corazón de fulano.
Así como te has de quemar,
se queme el corazón de fulano
y aquí me le traigas”. […]

Para saber más

Sobre estos casos:

  • Javier G. Gallego y Belén Garzás: Daimiel, pueblo de brujas
  • Julio Caro Baroja: Vidas mágicas e inquisición.

Muchos más hechizos recogidos de los procesos inquisitoriales:

  • Sebastián Cirac Estopañán: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva. Tribunales de Toledo y Cuenca.
Bruja manchega, ilustración de Juan Gallego

 

A
la hora de elaborar sus filtros, las hechiceras utilizaban numerosos
elementos, la mayoría de ellos del ámbito de la cocina, que era el
que dominaban las mujeres en aquella época.
Algunos eran ingredientes cotidianos, como la sal, el vinagre, el
aceite o el aguardiente, a los que dotaban de carácter mágico
mediante sortilegios o rituales. Servían para fabricar bebedizos o
comidas que ataban la voluntad de los hombres, o ligaban su talante
sexual. El huevo era también muy utilizado para las adivinaciones,
mientras que el agua, combinado con el aceite, servía para descubrir
si alguien tenía mal de ojo. Pero había conjuros que consistían,
simplemente, en quemar algunos de estos componentes.
Las
hierbas aromáticas, utilizadas para llevar a cabo los sahumerios,
eran muy variadas y nunca faltaban en el laboratorio de una
hechicera. Siempre se recogían en la noche de San Juan. Las más
utilizadas eran el culantro, la ruda o los granos de helecho.

Otra
herramienta importante para los conjuros amorosos eran las velas o
candelas de varios colores y tamaños, aunque los más utilizados
eran el verde y amarillo.
Las
hechiceras también conocían y empleaban amuletos que consistían en
diversos elementos (piedras, imanes, etc.) metidos en bolsitas.
Para
que los conjuros amatorios fueran realmente eficaces, la hechicera
recurría con frecuencia componentes escatológicos que procedían,
generalmente, del cuerpo de la persona a la que iba dirigido. El
filtro debía contener los dos elementos vitales fundamentales: el
semen del varón y la sangre menstrual de la mujer. Pero también se
usaba el pelo de las distintas partes del cuerpo, sobre todo de las
vergonzosas”, las uñas e incluso orines. La sangre, las uñas y
los orines se mezclaban con la comida que se ofrecía al hombre que
están intentando hechizar.
En
el ámbito de los ingredientes repulsivos podemos contar el empleo de
los sapos. Este animal siempre se relacionó con la pasión amorosa
(y la brujería) y era el más utilizado para elaborar pociones.
Tampoco
faltaban en estos laboratorios improvisados materiales macabros como
la soga del ahorcado, sus dientes o sus cabellos.

Este es un texto extraído de la obra de Javier Gallego, Alcaraván, y Belén Garzás Daimiel, pueblo de brujas.

Los que me conocen saben cuánto me interesa el fenómeno histórico de la brujería, sobre el que he investigado bastante. Anoche emitieron en Cuarto Milenio un reportaje sobre las endemoniadas de Huesca, un caso de brujas y hechiceros acaecido en Tramacastilla en el primer tercio del siglo XVI, en el que el los envenenamientos con hierbas mágicas estuvo a la orden del día. La narración del caso es muy interesante, pero también lo es el análisis posterior que hace el escritor Jesús Callejo de algunas de las plantas más utilizadas por las brujas de la Edad Moderna. Por cierto, me llevé una sorpresa cuando Iker Jiménez mencionó el Museo Comarcal de Daimiel como lugar donde se ha recuperado esta auténtica cultura popular que fue la hechicería y la brujería.

Dejo aquí abajo un par de vídeos del reportaje. Más datos, en la web de Cuarto Milenio.

Me he quedado con el gusanillo… creo que en breve voy a preparar yo mi propio artículo sobre las plantras de las brujas. Sé que tenía bastante material por ahí.

conjuro de la estrella

Hoy es noche de brujas. San Juan, la noche más corta y más mágica del año. Es noche de hechizos, así que os escribo uno para que salgáis al campo, subáis a la terraza o vayáis a la playa y lo recitéis mirando al cielo. Se trata del Conjuro de la Estrella. Se suele usar con fines amatorios.
Lo que aquí escribo son sortilegios reales y están recogidos en el Archivo Histórico Nacional, entre los documentos de la Inquisición. Del Conjuro de la Estrella se guardan formas muy distintas en los procesos de los siglos XVI, XVII y XVIII, que más que diferir en la estructura y ritmo del hechizo, varían en cuanto al nombre de la estrella, los atributos y epítetos que se le dicen, a los lugares donde han de reunirse y entrar las estrellas, a las ramas o varas que han de cortar… Aquí tenéis tres variantes:

“Estrella doncella,/ llévesme esta seña/ a mi amigo fulano,/ y no me le dexes/ comer ni beber/ ni dormir, ni responder,/ ni con otra mujer holgar,/ sino que a mi me venga a buscar;/ ni nacida ni por naçer,/ sino que a mi me venga a ver,/ Isaque me le ate,/ Abrahan me loe reboque,/ Jacob me le traiga.”

“Estrella Diana (tres veces),/ tu eres mi vida,/ y tú eres mi alma./ Conjúrote con nueve estrellas:/ como te conjuro con mueve, te conjuro con una,/ como te conuro con una, te conjuro con dos…/ (etcétera, hasta nueve…)/ Al monte Tabor iréis,/ y nueve varas de mimbre negro arrancaréis,/ en las muelas de barrabás las hincaréis,/ y luego las quitaréis,/ y en el corazón de fulano las hincaréis,/ que no le dexeis sosegar/ hasta que venga a mi querer y a mi mandar.”

“Estrella,/ la más linda y bella/ que en el cielo estás:/ conjúrote con una,/ con dos, o con tres,/ con cuatro, con cinco o con seis,/ con siete, con ocho, con nueve./ Todas nueve os ayuntéis/ al valle de Josafá,/ tres varas de niervo negro me traeréis,/ por las muelas de Barrabás las afiléis,/ por las calderas de Pedro Botero las pasaréis,/ una la hincaréis por el sentido,/ que no me eche en olvido;/ otra por el coraçón,/ que venga a mi afiçión; otra por las espaldas,/ que venga por mis palabras.”

Un cuento que no deja indiferente: La sima, de Pío Baroja

la sima, de Pío Baroja

El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve.

El pastor y su nieto apacentaban su rebaño de cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja.

El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia.

El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba seguido del mastín; hacía zumbar la honda trazando círculos vertiginosos por encima de su cabeza y contestaba alegre a las voces lejanas de los pastores y de los vaqueros, con un grito estridente, como un relincho, terminando en una nota clara, larga, argentina, carcajada burlona, repetida varias veces por el eco de las montañas.

El pastor y su nieto veían desde la cumbre del monte laderas y colinas sin árboles, prados yermos, con manchas negras, redondas, de los matorrales de retama y macizos violetas y morados de los tomillos y de los cantuesos en flor…

En la hondonada del monte, junto al lecho de una torrentera llena de hojas secas, crecían arbolillos de follaje verde negruzco y matas de brezo, de carrascas y de roble bajo.

Comenzaba a anochecer, corría ligera brisa; el sol iba ocultándose tras de las crestas de la montaña; sierpes y dragones rojizos nadaban por los mares de azul nacarado del cielo, y, al retirarse el sol, las nubes blanqueaban y perdían sus colores, y las sierpes y los dragones se convertían en inmensos cocodrilos y gigantescos cetáceos. Los montes se arrugaban ante la vista, y los valles y las hondonadas parecían ensancharse y agrandarse a la luz del crepúsculo.

Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por la cañada, y el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos esos rumores, unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa desolación del paraje como voces misteriosas nacidas de la soledad y del silencio.

-Volvamos, muchacho -dijo el pastor-. El sol se esconde.

El zagal corrió presuroso de un lado a otro, agitó sus brazos, enarboló su cayado, golpeó el suelo, dio gritos y arrojó piedras, hasta que fue reuniendo las cabras en una rinconada del monte. El viejo las puso en orden; un macho cabrío, con un gran cencerro en el cuello, se adelantó como guía, y el rebaño comenzó a bajar hacia el llano. Al destacarse el tropel de cabras sobre la hierba, parecía oleada negruzca, surcando un mar verdoso. Resonaba igual, acompasado, el alegre campanilleo de las esquilas.

-¿Has visto, zagal, si el macho cabrío de tía Remedios va en el rebaño? -preguntó el pastor.

-Lo vide, abuelo -repuso el muchacho.

-Hay que tener ojo con ese animal, porque malos dimoños me lleven si no le tengo malquerencia a esa bestia.

-Y eso, ¿ por qué vos pasa, abuelo?

-¿ No sabes que la tía Remedios tié fama de bruja en tó el lugar?

-¿Y eso será verdad, abuelo?

-Así lo ha dicho el sacristán la otra vegada que estuve en el lugar. Añaden que aoja a las presonas y a las bestias y que da bebedizos. Diz que la veyeron por los aires entre bandas de culebros.

El pastor siguió contando lo que de la vieja decían en la aldea, y de este modo departiendo con su nieto, bajaron ambos por el monte, de la senda a la vereda, de la vereda al camino, hasta detenerse junto a la puerta de un cercado. Veíase desde aquí hacia abajo la gran hondonada del valle, a lo lejos brillaba la cinta de plata del río, junto a ella adivinábase la aldea envuelta en neblinas; y a poca distancia, sobre la falda de una montaña, se destacaban las ruinas del antiguo castillo de los señores del pueblo.

-Abre el zarzo, muchacho -gritó el pastor al zagal.

Éste retiró los palos de la talanquera, y las cabras comenzaron a pasar por la puerta del cercado, estrujándose unas con otras. Asustose en esto uno de los animales, y, apartándose del camino, echó a correr monte abajo velozmente.

-Corre, corre tras él, muchacho -gritó el viejo, y luego azuzó al mastín, para que persiguiera al animal huido.

-Anda, Lobo. Ves a buscallo.

El mastín lanzó un ladrido sordo, y partió como una flecha.

-¡Anda! ¡Alcánzale! -siguió gritando el pastor-. Anda ahí.

El macho cabrío saltaba de piedra en piedra como una pelota de goma; a veces se volvía a mirar para atrás, alto, erguido, con sus lanas negras y su gran perilla diabólica. Se escondía entre los matorrales de zarza y de retama, iba haciendo cabriolas y dando saltos.

El perro iba tras él, ganaba terreno con dificultad; el zagal seguía a los dos, comprendiendo que la persecución había de concluir pronto, pues la parte abrupta del monte terminaba a poca distancia en un descampado en cuesta. Al llegar allí, vio el zagal al macho cabrío, que corría desesperadamente perseguido por el perro; luego le vio acercarse sobre un montón de rocas y desaparecer entre ellas. Había cerca de las rocas una cueva que, según algunos, era muy profunda, y, sospechando que el animal se habría caído allí, el muchacho se asomó a mirar por la boca de la caverna. Sobre un rellano, de la pared de ésta, cubierto de matas, estaba el macho cabrío.

El zagal intentó agarrarle por un cuerno, tendiéndose de bruces al borde de la cavidad; pero viendo lo imposible del intento, volvió al lugar donde se hallaba el pastor y le contó lo sucedido.

-¡Maldita bestia! -murmuró el viejo-. Ahora volveremos, zagal. Habemos primero de meter el rebaño en el redil.

Encerraron entre los dos las cabras, y, después de hecho esto, el pastor y su nieto bajaron hacia el descampado y se acercaron al borde de la sima. El chivo seguía en pie sobre las matas. El perro le ladraba desde fuera sordamente.

-Dadme vos la mano, abuelo. Yo me abajaré -dijo el zagal.

-Cuidiao, muchacho. Tengo gran miedo de que te vayas a caer.

-Descuidad vos, abuelo.

El zagal apartó las malezas de la boca de la cueva, se sentó a la orilla, dio a pulso una vuelta, hasta sostenerse con las manos en el borde mismo de la oquedad, y resbaló con los pies por la pared de la misma, hasta afianzarlos en uno de los tajos salientes de su entrada. Empujó el cuerno de la bestia con una mano, y tiró de él. El animal, al verse agarrado, dio tan tremenda sacudida hacia atrás, que perdió sus pies; cayó, en su caída arrastró al muchacho hacia el fondo del abismo. No se oyó ni un grito, ni una queja, ni el rumor más leve.

El viejo se asomó a la boca de la caverna.

-¡Zagal, zagal! -gritó, con desesperación.

Nada, no se oía nada.

-¡Zagal! ¡Zagal!

Parecía oírse mezclado con el murmullo del viento un balido doloroso que subía desde el fondo de la caverna.

Loco, trastornado, durante algunos instantes el pastor vacilaba en tomar una resolución; luego se le ocurrió pedir socorro a los demás cabreros, y echó a correr hacia el castillo.

Éste parecía hallarse a un paso; pero estaba a media hora de camino, aun marchando a campo traviesa; era un castillo ojival derruido, se levantaba sobre el descampado de un monte; la penumbra ocultaba su devastación y su ruina, y en el ambiente del crepúsculo parecía erguirse y tomar proporciones fantásticas.

El viejo caminaba jadeante. Iba avanzando la noche; el cielo se llenaba de estrellas; un lucero brillaba con su luz de plata por encima de un monte, dulce y soñadora pupila que contempla el valle.

El viejo, al llegar junto al castillo, subió a él por una estrecha calzada; atravesó la derruida escarpa, y por la gótica puerta entró en un patio lleno de escombros, formado por cuatro paredones agrietados, únicos restos de la antigua mansión señorial.

En el hueco de la escalera de la torre, dentro de un cobertizo hecho con estacas y paja, se veían a la luz de un candil humeante, diez o doce hombres, rústicos pastores y cabreros agrupados en derredor de unos cuantos tizones encendidos.

El viejo, balbuceando, les contó lo que había pasado. Levantáronse los hombres, cogió uno de ellos una soga del suelo y salieron del castillo. Dirigidos por el viejo, fueron camino del descampado, en donde se hallaba la cueva.

La coincidencia de ser el macho cabrío de la vieja hechicera el que había arrastrado al zagal al fondo de la cueva, tomaba en la imaginación de los cabreros grandes y extrañas proporciones.

-¿Y si esa bestia fuera el dimoño? -dijo uno.

-Bien podría ser -repuso otro.

Todos se miraron, espantados.

Se había levantado la luna; densas nubes negras, como rebaños de seres monstruosos, corrían por el cielo; oíase alborotado rumor de esquilas; brillaban en la lejanía las hogueras de los pastores.

Llegaron al descampado, y fueron acercándose a la sima con el corazón palpitante. Encendió uno de ellos un brazado de ramas secas y lo asomó a la boca de la caverna. El fuego iluminó las paredes erizadas de tajos y de pedruscos; una nube de murciélagos despavoridos se levantó y comenzó a revolotear en el aire.

-¿Quién abaja? -preguntó el pastor, con voz apagada.

Todos vacilaron, hasta que uno de los mozos indicó que bajaría él, ya que nadie se prestaba. Se ató la soga por la cintura, le dieron una antorcha encendida de ramas de abeto, que cogió en una mano, se acercó a la sima y desapareció en ella. Los de arriba fueron bajándole poco a poco; la caverna debía ser muy honda, porque se largaba cuerda, sin que el mozo diera señal de haber llegado.

De repente, la cuerda se agitó bruscamente, oyéronse gritos en el fondo del agujero, comenzaron los de arriba a tirar de la soga, y subieron al mozo más muerto que vivo. La antorcha en su mano estaba apagada.

-¿Qué viste? ¿Qué viste? -le preguntaron todos.

-Vide al diablo, todo bermeyo, todo bermeyo.

El terror de éste se comunicó a los demás cabreros.

-No abaja nadie -murmuró, desolado, el pastor-. ¿Vais a dejar morir al pobre zagal?

-Ved, abuelo, que ésta es una cueva del dimoño -dijo uno-. Abajad vos, si queréis.

El viejo se ató, decidido, la cuerda a la cintura y se acercó al borde del negro agujero.

Oyose en aquel momento un murmullo vago y lejano, como la voz de un ser sobrenatural. Las piernas del viejo vacilaron.

-No me atrevo… Yo tampoco me atrevo -dijo, y comenzó a sollozar amargamente.

Los cabreros, silenciosos, miraban sombríos al viejo. Al paso de los rebaños hacia la aldea, los pastores que los guardaban acercábanse al grupo formado alrededor de la sima, rezaban en silencio, se persignaban varias veces y seguían su camino hacia el pueblo.

Se habían reunido junto a los pastores mujeres y hombres, que cuchicheaban comentando el suceso. Llenos todos de curiosidad, miraban la boca negra de la caverna, y, absortos, oían el murmullo que escapaba de ella, vago, lejano y misterioso.

Iba entrando la noche. La gente permanecía allí, presa aún de la mayor curiosidad.

Oyose de pronto el sonido de una campanilla, y la gente se dirigió hacia un lugar alto para ver lo que era. Vieron al cura del pueblo que ascendía por el monte acompañado del sacristán, a la luz de un farol que llevaba este último. Un cabrero les había encontrado en el camino, y les contó lo que pasaba. Al ver el viático, los hombres y las mujeres encendieron antorchas y se arrodillaron todos. A la luz sangrienta de las teas se vio al sacerdote acercarse hacia el abismo. El viejo pastor lloraba con un hipo convulsivo. Con la cabeza inclinada hacia el pecho, el cura empezó a rezar el oficio de difuntos; contestábanle, murmurando a coro, hombres y mujeres, una triste salmodia; chisporroteaban y crepitaban las teas humeantes, y a veces, en un momento de silencio, se oía el quejido misterioso que escapaba de la cueva, vago y lejano.

Concluidas las oraciones, el cura se retiró, y tras él las mujeres y los hombres, que iban sosteniendo al viejo para alejarle de aquel lugar maldito.

Y en tres días y tres noches se oyeron lamentos y quejidos, vagos, lejanos y misteriosos, que salían del fondo de la sima.

 

El sol no se demoró en desaparecer tras las montañas. Las sombras estrecharon rápidamente su cerco sobre la ciudad y se precipitaron en su interior semejando una lóbrega marea. No había luna; una noche perfecta.
Llevaba un farolillo bajo el manto. Aún no lo había encendido y esperaba no tener que hacerlo a lo largo de la noche. Prefería seguir siendo un bulto negro recorriendo las calles. Sólo en caso de absoluta necesidad usaría un poco de luz. Su madre siempre había arrancado los dientes a oscuras.
A esa hora sólo el viento helado la acompañaba. No se cruzó con nadie. Se había aprendido la ruta de las patrullas, no se encontraría con ellas. Aunque no era novicia en estos menesteres estaba muy nerviosa: era la primera vez que salía a por dientes en solitario. Todavía estaban muy presentes en su cabeza las imágenes de la última quema, le era difícil olvidar el chisporroteo y el olor nauseabundo de los cuerpos calcinados, que penetraba en los pulmones invitando al desmayo. Pero ése era su trabajo, no podía perder esta oportunidad.
Sonó la campana de la catedral, una, dos, tres veces. Había que apresurarse. Oculta entre las sombras de un rincón, esperó a que se alejaran dos borrachos que salieron de una taberna. Quizá eran mercenarios de algún tercio, gastando su paga. Esa noche ni los gatos eran tan osados, y si tenían mucho oro su algarabía terminaría con un par de cuchilladas.
Las voces se perdieron pronto, engullidas por la quietud de la ciudad. Todo era calma y silencio, un silencio inquietante. Los parroquianos pensaban que últimamente las brujas rondaban las callejas al anochecer; no se atrevían a salir. A lo lejos escuchó el grito de un cambio de guardia.
Prosiguió con paso vivo mientras la bruma comenzaba a emerger a sus pies. Cada vez hacía más frío. Si se levantaba la niebla, entonces ya sería imposible ver nada. Pero por fin había llegado al descampado. La oscuridad se hizo mayor, la luz de los pobres faroles de las calles no llegaban hasta allí. Apenas podía intuir dónde se encontraba el cadalso.
Aquella tarde habían ahorcado a unos ladrones de ganado. Trataron de escapar con las reses por un paso entre las montañas, pero lo encontraron taponado por la nieve. No tardaron en encontrarlos y las autoridades los trajeron a la ciudad para colgarlos ante los jueces. En los últimos tiempos abundaban las ejecuciones y las quemas. Había sido un año de malas cosechas y los gobernantes necesitaban chivos expiatorios sobre los que dirigir la violencia del pueblo. No había duda: las brujas y los cuatreros eran los responsables de exterminar campos y animales.
Para ella esa ejecución había sido toda una suerte. Dos días antes, una dama acaudalada había recurrido a sus servicios por un asunto de mal de amores. El ungüento que le estaba preparando requería como elemento esencial unos dientes de ahorcado. Sebo de cabrito, vinagre, orines del amado y unos dientes machacados… Mientras todo se mezclaba debería pronunciar un par de ensalmos. Y luego dárselos a beber al galán que se pretendía. Sólo le faltaba este último ingrediente. Ere peligroso: si la pillaban la acusarían de hechicera o aún peor, de novia de Satán. Pero la recompensa merecía el riesgo. Eran muchas las monedas prometidas.
Se adentró en la negrura del descampado, despacio. No veía nada. Agarró con fuerza el farolillo, pero venció la tentación. Cualquier punto de luz llamaría demasiado la atención. Siguió caminando con cuidado. Al poco rato por fin vio alzarse ante sí la estructura de madera. En lo alto, dos infelices bailaban una tétrica danza, balanceados por el viento del norte. Pero era difícil distinguirlos bien.
Buscó casi a tientas la escalerilla para subir a la plataforma. Los escalones crujieron y el sonido le pareció enormemente ruidoso en el silencio nocturno. El corazón le latía con fuerza. Durante unos instantes contuvo la respiración.
Llegó a lo alto. Todo estaba en tinieblas. Se adivinaban las figuras, pero era imposible trabajar sin luz. Finalmente se decidió a encender la llama, la más tenue que pudo conseguir, y dejó la linterna en el suelo. Estaba obligada a actuar rápido.
La luz provocaba sombras fantasmagóricas en lo alto del patíbulo, debido al tenue movimiento de los dos ahorcados. Se decidió por el más cercano.
Lo veía de lado, elevado tan sólo unos palmos sobre la plataforma. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos amarradas a la espalda. Los dedos, crispados, tal y como los había encontrado la muerte. Ella todavía evitaba mirar hacia arriba, hacia el rostro. Siempre le costaba enfrentarse a la mirada de un muerto. Se acercó un poco más pero tuvo que volver un instante la cabeza; se había orinado encima y hedía.
Lo agarró con fuerza para detener su movimiento. Entonces encontró el valor suficiente para mirarle a la cara. No pudo evitar impresionarse y sentir algo de miedo. Tenía los ojos abiertos, desencajados, como si hubieran querido escapar de la agonía. Relucían a la luz del farolillo. La boca estaba entreabierta, con expresión torcida. De la comisura de los labios caía un hilillo de baba amarillenta, como sus dientes. Los podía ver, sobresaliendo apenas por encima de una lengua amoratada.
Sacó las tenazas.
Mientras lo sujetaba con una mano para que no se moviese, estiró el otro brazo hasta enganchar el marfil entre los hierros. Tenía que tirar con fuerza hasta extraerlos de la mandíbula. Tiró una, dos veces… se resistían los condenados.
Estaba a punto de jurar para sus adentros cuando notó un leve espasmo recorriendo aquel rostro. El pavor se apoderó de ella. Un tenue gemido estaba escapando de la garganta del hombre. Aterrada, observó como las pupilas se dilataban. Sus ojos la estaban observando. ¡Todavía estaba allí el brillo de la vida!
El sobresalto le hizo soltar las tenazas y tropezar hacia atrás. La herramienta quedó suspendida, atrapada en aquella boca, mientras ella caía sobre el suelo del entablado.
Tardó unos instantes en recuperarse del susto. ¡Era imposible que todavía no estuviese muerto! No le debían haber colocado bien la soga y la agonía se estaba prolongando durante horas. Nunca se había visto en un trance parecido cuando de niña había acompañado a su madre.
Pero no había marcha atrás, había perdido ya demasiado tiempo. Respiró hondo y se decidió a acabar con lo que había empezado. De nuevo en pie, se acercó a la siniestra figura. Con mano temblorosa volvió a aferrar las tenazas. Ahora un reguerillo de sangre manaba de la boca.
Cerró los ojos, y apretando con nervio, tiró de nuevo con más fuerza que antes. Los dientes no salían. Soltó y tiró de nuevo, esta vez haciendo palanca contra la mandíbula. El ahorcado volvió a exhalar ese tenue gemido ronco, gutural.
Tiró por tercera vez, haciendo palanca y usando ahora la fuerza de su propio peso. Entonces escuchó un ruido seco, como el de una piedra al quebrarse. La mandíbula cedió y saltó la sangre, salpicándole el rostro. Casi volvió a caerse al perder, de repente, el punto de apoyo.
Enfrente, el hombre tuvo otra leve convulsión. Ella estaba horrorizada. Recogió su macabro tesoro y lo escondió en un bolsillo, entre los pliegues de su falda. Después se dio la vuelta para marcharse lo más rápido posible. Apagó el farolillo y bajó, casi tropezando, la escalera. Le temblaban las piernas. Quería estar ya lejos de aquel lugar.
Cruzó corriendo el descampado, hacia la luz de la calle. Se dirigió hacia la protección que daban las sombras de la pared más cercana. Cuando estaba a punto de llegar se dio cuenta de que no estaba sola. Una figura embozada bajaba, a paso vivo, hacia donde ella se encontraba. Pero todavía no la había descubierto.
Con sumo cuidado, se escondió en el quicio de la primera puerta. Rezó para pasar desapercibida. La figura estaba casi a su altura. Contuvo el aliento.
El bulto pasó, internándose en el descampado, y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro. No había tenido nada que temer. La había reconocido, era Juana. También había salido de caza. Bajo su manto había adivinado el cuchillo curvo de cortar tripas.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho (Alcaraván)

La coja de Daimiel

Con sólo escuchar los golpes de su bastón y el ruido de sus pies arrastrándose por el suelo, la gente aceleraba el paso, desaparecía detrás de alguna puerta, huía por el interior de algún patio o, simplemente, corría con disimulo hasta doblar la esquina. Si ya era demasiado tarde para apartarse de su camino, lo único que se podía hacer era meter la mano en bolsillo, agarrar con fuerza un rosario o algún amuleto protector, y rezar un Padrenuestro. María de Lope, a quien todo el mundo llamaba ahora “la coja”, era una auténtica bruja.

La pobre vieja ya se había acostumbrado. Sabía todo lo que se decía de ella, incluso que se comentaba que desde pequeña ya invocaba a los diablos. Y sin embargo nadie la había conoció de niña porque vino de un pueblo vecino.

Se había casado con uno de los pescadores de la laguna y juntos habían malvivido de su pesca y de las cordetas que ella fabricara con juncos. Como era mal encarada y bastante huraña apenas había tenido relación con la gente del pueblo, que siempre la había mirado mal.

 

Ahora que había enviudado y vivía en la población, tenía que soportar las calumnias de la gente: ella era la culpable si se extendía una epidemia de fiebres, seguro que había envenenado el agua con sus maleficios; si enfermaba algún bebé era ella la que le había lanzado mal de ojo. Los médicos decían que todo esto se debía a los mosquitos de la laguna o a la malnutrición de los niños, pero la gente sabía la verdad: que había sido la bruja.

Era conocido el caso de “la Cachorra”, con quien María tuvo un pleito por unas cacerolas que le había devuelto desconchadas. La pobre mujer murió tres o cuatro semanas después cuando se le paró el corazón.

La Manuela, otra de sus vecinas, la tenía vigilada. La había visto muchas veces en la puerta de su casa murmurando entre dientes, y decía que una vez la oyó blasfemar en alto. Y su hija vio, una noche que volvía de pasear con el novio, una figura encima de la chimenea, como de un gran ave. Cuando la figura la sintió echó a volar de repente. No estaba segura, pero al alejarse graznó y le pareció como una carcajada de “la coja”. Desde entonces todos en la familia llevaban unos colgantes bendecidos.

Y no había que olvidar su cojera. Al médico le dijo que se había caído de una escalera. Se rompió los dos pies y le quedó esa cojera para siempre. Pero en todo el pueblo se sabía que en realidad se había estrellado cuando quiso volar a un aquelarre de Almería. Parece ser que, asustada, dijo sin querer “Jesús, María y José” y el demonio la soltó. El porrazo que se dio fue tremendo.

Sí, eran muchas las cosas que se decían sobre ella en aquel lugar. Y lo peor de todo es que nadie la había visto nunca pasar a la iglesia.

Por eso todo el mundo evitaba cruzarse con “la coja”. Pero ella ¿qué iba a hacer? Así eran todos en el pueblo, supersticiosos y de lengua ponzoñosa. Cuando alguien se cruzaba a su lado y se santiguaba con disimulo, ella simplemente se volvía, le miraba fijamente y le lanzaba un maleficio. Así aprendería.

La coja, de Javier G. Alcaraván

Esta historia también la he publicado en Steemit.
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¡Bienvenidos! Habéis llegado al lugar indicado: un rincón donde se unen los senderos ocultos del arte, la música, la literatura y la historia.

«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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