Cuento

Charles Dickens escribió en 1843 A Christmas Carol, en castellano Canción de Navidad o Cuento de Navidad. Novela corta de carácter fantástico con algunos tintes góticos, se ha convertido con el tiempo y por la influencia de los medios anglosajones, en uno de los referentes filmográficos o televisivos de la Navidad. ¿Quién desconoce hoy en día al señor Scrooge, paradigma de la avaricia, o al Fantasma de las Navidades Pasadas, o no ha visto alguna versión más o menos libre de esta historia?
Hoy os dejo este enlace de Leer Escuchando a una versión en audiolibro de la obra. Que la disfrutéis.

Cuento de Navidad

El sol no se demoró en desaparecer tras las montañas. Las sombras estrecharon rápidamente su cerco sobre la ciudad y se precipitaron en su interior semejando una lóbrega marea. No había luna; una noche perfecta.
Llevaba un farolillo bajo el manto. Aún no lo había encendido y esperaba no tener que hacerlo a lo largo de la noche. Prefería seguir siendo un bulto negro recorriendo las calles. Sólo en caso de absoluta necesidad usaría un poco de luz. Su madre siempre había arrancado los dientes a oscuras.
A esa hora sólo el viento helado la acompañaba. No se cruzó con nadie. Se había aprendido la ruta de las patrullas, no se encontraría con ellas. Aunque no era novicia en estos menesteres estaba muy nerviosa: era la primera vez que salía a por dientes en solitario. Todavía estaban muy presentes en su cabeza las imágenes de la última quema, le era difícil olvidar el chisporroteo y el olor nauseabundo de los cuerpos calcinados, que penetraba en los pulmones invitando al desmayo. Pero ése era su trabajo, no podía perder esta oportunidad.
Sonó la campana de la catedral, una, dos, tres veces. Había que apresurarse. Oculta entre las sombras de un rincón, esperó a que se alejaran dos borrachos que salieron de una taberna. Quizá eran mercenarios de algún tercio, gastando su paga. Esa noche ni los gatos eran tan osados, y si tenían mucho oro su algarabía terminaría con un par de cuchilladas.
Las voces se perdieron pronto, engullidas por la quietud de la ciudad. Todo era calma y silencio, un silencio inquietante. Los parroquianos pensaban que últimamente las brujas rondaban las callejas al anochecer; no se atrevían a salir. A lo lejos escuchó el grito de un cambio de guardia.
Prosiguió con paso vivo mientras la bruma comenzaba a emerger a sus pies. Cada vez hacía más frío. Si se levantaba la niebla, entonces ya sería imposible ver nada. Pero por fin había llegado al descampado. La oscuridad se hizo mayor, la luz de los pobres faroles de las calles no llegaban hasta allí. Apenas podía intuir dónde se encontraba el cadalso.
Aquella tarde habían ahorcado a unos ladrones de ganado. Trataron de escapar con las reses por un paso entre las montañas, pero lo encontraron taponado por la nieve. No tardaron en encontrarlos y las autoridades los trajeron a la ciudad para colgarlos ante los jueces. En los últimos tiempos abundaban las ejecuciones y las quemas. Había sido un año de malas cosechas y los gobernantes necesitaban chivos expiatorios sobre los que dirigir la violencia del pueblo. No había duda: las brujas y los cuatreros eran los responsables de exterminar campos y animales.
Para ella esa ejecución había sido toda una suerte. Dos días antes, una dama acaudalada había recurrido a sus servicios por un asunto de mal de amores. El ungüento que le estaba preparando requería como elemento esencial unos dientes de ahorcado. Sebo de cabrito, vinagre, orines del amado y unos dientes machacados… Mientras todo se mezclaba debería pronunciar un par de ensalmos. Y luego dárselos a beber al galán que se pretendía. Sólo le faltaba este último ingrediente. Ere peligroso: si la pillaban la acusarían de hechicera o aún peor, de novia de Satán. Pero la recompensa merecía el riesgo. Eran muchas las monedas prometidas.
Se adentró en la negrura del descampado, despacio. No veía nada. Agarró con fuerza el farolillo, pero venció la tentación. Cualquier punto de luz llamaría demasiado la atención. Siguió caminando con cuidado. Al poco rato por fin vio alzarse ante sí la estructura de madera. En lo alto, dos infelices bailaban una tétrica danza, balanceados por el viento del norte. Pero era difícil distinguirlos bien.
Buscó casi a tientas la escalerilla para subir a la plataforma. Los escalones crujieron y el sonido le pareció enormemente ruidoso en el silencio nocturno. El corazón le latía con fuerza. Durante unos instantes contuvo la respiración.
Llegó a lo alto. Todo estaba en tinieblas. Se adivinaban las figuras, pero era imposible trabajar sin luz. Finalmente se decidió a encender la llama, la más tenue que pudo conseguir, y dejó la linterna en el suelo. Estaba obligada a actuar rápido.
La luz provocaba sombras fantasmagóricas en lo alto del patíbulo, debido al tenue movimiento de los dos ahorcados. Se decidió por el más cercano.
Lo veía de lado, elevado tan sólo unos palmos sobre la plataforma. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos amarradas a la espalda. Los dedos, crispados, tal y como los había encontrado la muerte. Ella todavía evitaba mirar hacia arriba, hacia el rostro. Siempre le costaba enfrentarse a la mirada de un muerto. Se acercó un poco más pero tuvo que volver un instante la cabeza; se había orinado encima y hedía.
Lo agarró con fuerza para detener su movimiento. Entonces encontró el valor suficiente para mirarle a la cara. No pudo evitar impresionarse y sentir algo de miedo. Tenía los ojos abiertos, desencajados, como si hubieran querido escapar de la agonía. Relucían a la luz del farolillo. La boca estaba entreabierta, con expresión torcida. De la comisura de los labios caía un hilillo de baba amarillenta, como sus dientes. Los podía ver, sobresaliendo apenas por encima de una lengua amoratada.
Sacó las tenazas.
Mientras lo sujetaba con una mano para que no se moviese, estiró el otro brazo hasta enganchar el marfil entre los hierros. Tenía que tirar con fuerza hasta extraerlos de la mandíbula. Tiró una, dos veces… se resistían los condenados.
Estaba a punto de jurar para sus adentros cuando notó un leve espasmo recorriendo aquel rostro. El pavor se apoderó de ella. Un tenue gemido estaba escapando de la garganta del hombre. Aterrada, observó como las pupilas se dilataban. Sus ojos la estaban observando. ¡Todavía estaba allí el brillo de la vida!
El sobresalto le hizo soltar las tenazas y tropezar hacia atrás. La herramienta quedó suspendida, atrapada en aquella boca, mientras ella caía sobre el suelo del entablado.
Tardó unos instantes en recuperarse del susto. ¡Era imposible que todavía no estuviese muerto! No le debían haber colocado bien la soga y la agonía se estaba prolongando durante horas. Nunca se había visto en un trance parecido cuando de niña había acompañado a su madre.
Pero no había marcha atrás, había perdido ya demasiado tiempo. Respiró hondo y se decidió a acabar con lo que había empezado. De nuevo en pie, se acercó a la siniestra figura. Con mano temblorosa volvió a aferrar las tenazas. Ahora un reguerillo de sangre manaba de la boca.
Cerró los ojos, y apretando con nervio, tiró de nuevo con más fuerza que antes. Los dientes no salían. Soltó y tiró de nuevo, esta vez haciendo palanca contra la mandíbula. El ahorcado volvió a exhalar ese tenue gemido ronco, gutural.
Tiró por tercera vez, haciendo palanca y usando ahora la fuerza de su propio peso. Entonces escuchó un ruido seco, como el de una piedra al quebrarse. La mandíbula cedió y saltó la sangre, salpicándole el rostro. Casi volvió a caerse al perder, de repente, el punto de apoyo.
Enfrente, el hombre tuvo otra leve convulsión. Ella estaba horrorizada. Recogió su macabro tesoro y lo escondió en un bolsillo, entre los pliegues de su falda. Después se dio la vuelta para marcharse lo más rápido posible. Apagó el farolillo y bajó, casi tropezando, la escalera. Le temblaban las piernas. Quería estar ya lejos de aquel lugar.
Cruzó corriendo el descampado, hacia la luz de la calle. Se dirigió hacia la protección que daban las sombras de la pared más cercana. Cuando estaba a punto de llegar se dio cuenta de que no estaba sola. Una figura embozada bajaba, a paso vivo, hacia donde ella se encontraba. Pero todavía no la había descubierto.
Con sumo cuidado, se escondió en el quicio de la primera puerta. Rezó para pasar desapercibida. La figura estaba casi a su altura. Contuvo el aliento.
El bulto pasó, internándose en el descampado, y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro. No había tenido nada que temer. La había reconocido, era Juana. También había salido de caza. Bajo su manto había adivinado el cuchillo curvo de cortar tripas.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho (Alcaraván)

La coja de Daimiel

Con sólo escuchar los golpes de su bastón y el ruido de sus pies arrastrándose por el suelo, la gente aceleraba el paso, desaparecía detrás de alguna puerta, huía por el interior de algún patio o, simplemente, corría con disimulo hasta doblar la esquina. Si ya era demasiado tarde para apartarse de su camino, lo único que se podía hacer era meter la mano en bolsillo, agarrar con fuerza un rosario o algún amuleto protector, y rezar un Padrenuestro. María de Lope, a quien todo el mundo llamaba ahora “la coja”, era una auténtica bruja.

La pobre vieja ya se había acostumbrado. Sabía todo lo que se decía de ella, incluso que se comentaba que desde pequeña ya invocaba a los diablos. Y sin embargo nadie la había conoció de niña porque vino de un pueblo vecino.

Se había casado con uno de los pescadores de la laguna y juntos habían malvivido de su pesca y de las cordetas que ella fabricara con juncos. Como era mal encarada y bastante huraña apenas había tenido relación con la gente del pueblo, que siempre la había mirado mal.

 

Ahora que había enviudado y vivía en la población, tenía que soportar las calumnias de la gente: ella era la culpable si se extendía una epidemia de fiebres, seguro que había envenenado el agua con sus maleficios; si enfermaba algún bebé era ella la que le había lanzado mal de ojo. Los médicos decían que todo esto se debía a los mosquitos de la laguna o a la malnutrición de los niños, pero la gente sabía la verdad: que había sido la bruja.

Era conocido el caso de “la Cachorra”, con quien María tuvo un pleito por unas cacerolas que le había devuelto desconchadas. La pobre mujer murió tres o cuatro semanas después cuando se le paró el corazón.

La Manuela, otra de sus vecinas, la tenía vigilada. La había visto muchas veces en la puerta de su casa murmurando entre dientes, y decía que una vez la oyó blasfemar en alto. Y su hija vio, una noche que volvía de pasear con el novio, una figura encima de la chimenea, como de un gran ave. Cuando la figura la sintió echó a volar de repente. No estaba segura, pero al alejarse graznó y le pareció como una carcajada de “la coja”. Desde entonces todos en la familia llevaban unos colgantes bendecidos.

Y no había que olvidar su cojera. Al médico le dijo que se había caído de una escalera. Se rompió los dos pies y le quedó esa cojera para siempre. Pero en todo el pueblo se sabía que en realidad se había estrellado cuando quiso volar a un aquelarre de Almería. Parece ser que, asustada, dijo sin querer “Jesús, María y José” y el demonio la soltó. El porrazo que se dio fue tremendo.

Sí, eran muchas las cosas que se decían sobre ella en aquel lugar. Y lo peor de todo es que nadie la había visto nunca pasar a la iglesia.

Por eso todo el mundo evitaba cruzarse con “la coja”. Pero ella ¿qué iba a hacer? Así eran todos en el pueblo, supersticiosos y de lengua ponzoñosa. Cuando alguien se cruzaba a su lado y se santiguaba con disimulo, ella simplemente se volvía, le miraba fijamente y le lanzaba un maleficio. Así aprendería.

La coja, de Javier G. Alcaraván

Esta historia también la he publicado en Steemit.
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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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