Diablos

Siempre que he ido al Museo del Prado, me he topado con que El jardín de las delicias, del Bosco, es la obra más difícil de admirar con tranquilidad debido a la cantidad de gente que se apelotona delante del tríptico. Supongo que la mejor manera debe de ser llegar de los primeros a la cola, justo a la hora de apertura, e ir directamente a esa sala.

Por eso hoy traigo una alternativa para aquellos que nos hemos sentido algo frustrados al salir del museo: una página web con un documental interactivo sobre una imagen en alta resolución de la obra. Pero altísima; la pintura se puede ampliar hasta niveles asombrosos. Hay que probarlo para hacerse una idea, uno puede recrearse en detalles que no se aprecian a simple vista, y sin una multitud empujando. Se tiene la opción de revisar la tabla libremente o seguir el tour interactivo con audioguía y textos que explican las distintas escenas y su simbología, y que nos ayudan a comprender lo que era vivir en la Baja Edad Media y la importancia de la religión, la moral y el pecado en la vida cotidiana. Aquí está el enlace a esta maravilla.

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El documental se concibió como parte de los homenajes y estudios que se hicieron el año pasado en torno al pintor flamenco con motivo del V centenario de su muerte. Sus autores lo describen como un viaje audiovisual, en el que imagen, música y voz se unen para enriquecer la narración. En realidad, esta aplicación forma parte de un proyecto mayor, un “tríptico” multimedia de tres documentales sobre el autor y sus creaciones llevado a cabo por los holandeses de Pieter van Huystee Film. A esta visita interactiva hay que añadir el documental tradicional Jheronymus Bosch, Touched by the Devil, que revela nuevos descubrimientos sobre toda su obra, y un proyecto de inmersión dentro de El jardín de las delicias mediante realidad virtual, Jheronimus Bosch, the Eyes of the Owl, que parece estar todavía en proceso.

Documental El Bosco, tocado por el diablo

(Pinchad en el póster para acceder al trailer del documental)

La obra más enigmática del Bosco

El jardín de las delicias es, seguramente, la obra más conocida y atrayente de Hieronymus Bosch. Se trata de un tríptico, óleo sobre tabla, que la mayoría data en la última década del siglo XV.

Obra compleja, enigmática y llena de simbolismo, ha sido objeto de multitud de interpretaciones a lo largo de la historia, aunque parece que la teoría moralista es la de mayor peso entre los estudiosos. En el tríptico cerrado (que no se suele ver) está representada una escena de la creación del mundo. El documental interactivo nos permite cerrar “virtualmente” la obra para apreciarlo.

Imagen del tríptico cerrado

Imagen del tríptico cerrado

La obra abierta, la que se aprecia en el Prado, nos muestra tres escenas muy coloridas y repletas de construcciones y criaturas extrañas, que van aumentando su presencia de izquierda a derecha. Las tres partes tienen como denominador común el pecado. En el panel de la izquierda se representa el jardín del Edén y la presentación de Eva a Adán, antes del pecado original. Aunque predomina una sensación de placidez y sosiego, hay algunos elementos que anuncian que algo no va del todo bien. En el plano que hay más atrás, podemos vislumbrar ya a la serpiente, enrollada al árbol del bien y del mal. Y la violencia comienza a desatarse entre algunos animales.

El jardín de las delicias, tríptico abierto

Tríptico abierto

En el panel central, de una gran carga erótica, se representa ese “jardín de las delicias”, el paraíso engañoso de los vicios. Se nos muestra a través de numerosas escenas de muchachos y muchachas desnudos, manteniendo relaciones, o practicando diversos juegos eróticos, mientras se mezclan con criaturas salvajes o fantásticas. El ser humano ha perdido la gracia y ha sucumbido al pecado. Aparecen extrañas construcciones y grandes frutas que representan el carácter efímero de la felicidad o el goce de esos placeres pecaminosos. Las aves gigantes también tienen simbología sexual.

El panel derecho representa el infierno. Un infierno en el que los instrumentos musicales parecen tener una importancia especial a la hora de torturar a los pecadores. Aparece ese mundo dantesco y demoníaco en el que se castigan los distintos vicios y pecados capitales: la gula, la avaricia, la envidia, el juego, la lascivia… Como las otras dos partes, esta también está llena de detalles que hay que ir descubriendo poco a poco. Si el primer panel significaba el principio, aquí tenemos el fin.

Para saber más
Demonios por todas partes en un cuadro de giotto
Detalle de El juicio final de Giotto

A finales del siglo XIII, el beato Reichhelm de Schöngan, que afirmaba ver tantos demonios como gotas hay en la lluvia, se dedicó a elaborar un censo de los seguidores de Lucifer. Calculó el número de criaturas infernales en 1.759.064.176 diablos; ni uno más ni uno menos. Un ejército más numeroso que las huestes celestiales. Más moderado en sus cifras fue el médico y ocultista Jean Wier, que en el siglo XVI estimaba que la cifra de demonios ascendía “solo” a 7.409.127.

Fuente: Geoffrey Leslie Simons: The Witchcraft World

El pintor prerrafaelista John Millais representó en este óleo el momento en el que un monje ayuda a huir a Juana de Acuña, condenada por la inquisición en 1559, año en el que hubo en la capital castellana un importante auto de fe para atajar la herejía luterana. Los diablos y las llamas del sambenito indican que la condena era grave: la muerte en la hoguera.

El compositor ruso Modest Músorgski compuso este poema sinfónico 1867, aunque fue orquestado más tarde por Rimsky-Korsakov. La pieza está basada en diversas leyendas del folclore ruso sobre brujas y aquelarres, que llegaron a Músorgski a través de un cuento de Nikolai Gógol. Es mundialmente conocida esta versión de la película Fantasía de Disney, en la que, con la llegada del anochecer, la cima de la montaña se transforma en el gran demonio Chernabog, que utiliza sus poderes infernales para invocar fantasmas, diablos y brujas que bailan en loco aquelarre hasta que las campanas que anteceden al amanecer obligan al gran demonio a retirarse.

Muchas de las mujeres consideradas brujas durante la Edad Media y la Edad Moderna eran en realidad buenas botánicas: curanderas y hechiceras que sabían usar plantas peligrosas y potentes para curar, dañar, alterar la conciencia o forzar la voluntad. Sabían dónde, cuándo, y cómo recogerlas, y también la manera de combinarlas entre sí para lograr distintos efectos. La gente creía que se trataba de un saber secreto que se transmitían unas a otras desde muy antiguo y atribuía sus resultados a la naturaleza mágica de las plantas. Si a todo esto unimos la escenografía que acompañaba la recogida (al atardecer y en la noche, en lugares misteriosos como cementerios, bosques y cuevas, empleando oraciones y conjuros), no es extraño que pronto se relacionase con la brujería.

Si lo miramos desde una perspectiva actual, estas «brujas» realizaban una magia que podríamos considerar real y otra claramente imaginaria. Los vuelos y metamorfosis o la invocación de demonios, por ejemplo, estaban solo en la cabeza de las brujas, sus perseguidores, y de una parte de la población de la época.

Pero había también una magia «real», un arte u oficio que diversas mujeres ejercían cuando alguien requería de sus servicios. Los rituales, conjuros y brebajes se realizaban de verdad, indistintamente del resultado que se obtuviese. Las formas de medicina tradicional, rural y campesina practicada por las curanderas solía funcionar; las formas de hechicería basadas en la imagen y la sugestión a veces funcionaban y a veces no. La forma más corriente de esta magia efectiva comportaba el uso de hierbas, drogas y de otras sustancias con propiedades curativas o dañinas, o con la facultad de influir sobre el deseo, la voluntad y la capacidad sexual.

Mandrágora y beleño

No obstante, hay estudiosos que consideran que incluso en la magia que antes hemos denominado «imaginaria» había un poso de verdad. La tradición había extendido la idea de que las brujas mezclaban en sus calderos todo tipo de plantas e ingredientes asquerosos y macabros y que, con las instrucciones del demonio, fabricaban un ungüento que les servía para volar y acudir al aquelarre. Lo que se cree en la actualidad es que todo esto que decían o creían experimentar las brujas eran producto de su imaginación, sí, pero debido al empleo de plantas alucinógenas que se aplicaban sobre la piel, en diversas partes del cuerpo, después de haber sido mezcladas con grasa en un unto. Algunos estudiosos del Renacimiento llegaron a plantear la «teoría alucinatoria» del vuelo de las brujas, que atribuían al efecto psicotrópico de las plantas que utilizaban. El ungüento o la ingestión de las plantas creaban la ilusión de volar. El médico y humanista español Andrés Laguna, decía, allá por el siglo XVI, que estas mujeres untaban su cuerpo con cicuta, hierba mora, beleño y mandrágora. Etnólogos del siglo XX llegaron a recrear estos ungüentos y se los aplicaron en la piel, y dijeron experimentar realmente alucinaciones perturbadoras. Los experimentos más famosos fueron los de Wilhelm Mrsich y Will-Erich Peuckert. Este último se untó el cuerpo con una mezcla de beleño, estramonio, napelo, belladona y amapola, de acuerdo a antigua receta, y luego registró sus experiencias.

Así pues, las plantas más usadas por las brujas como ingredientes para sus ungüentos y pociones eran aquellas con poderes narcotizantes, que provocaban letargo, alucinaciones, alteración de la conducta y, en dosis mayores, resultaban mortales. La mayoría de las plantas venenosas deben sus poderes a los alcaloides, sustancias que neutralizan ácidos y forman sales. Están compuestas parcialmente por nitrógeno y afectan fuertemente al organismo humano; en función de las dosis deben considerarse venenos o medicinas. Las plantas «mágicas» de mayor renombre, citadas con frecuencia en los libros de hechicería, son las pertenecientes a la familia de las solanáceas, entre las que se encuentran el estramonio (Datura stramonium), la belladona (Atropa belladonna), la mandrágora (Mandragora autumnalis), el beleño (Hyoscyamus niger), el tabaco (Nicotiana tabacum), la adormidera (Papaver somniferum) y la amapola común (Papaver rhoeas).

Por lo general, estas plantas son bastante comunes y abundantes. Suelen crecer en suelos nitrogenados, ricos en nitratos y sales amoniacales, lo que explica las visitas de estas mujeres a cementerios, basureros y a las riberas de los ríos, lugares donde se concentran grandes cantidades de materia orgánica. Las brujas, que eran personas del campo, sabían todo esto. Solían salir a recogerlas a última hora de la tarde. Por un lado, por su propia seguridad, para no ser vistas por sus vecinos mientras buscaban hierbas venenosas, y por otro, porque sabían que estas plantas, al estar compuestas de alcaloides, acumulan la mayor cantidad de principios activos mientras les da el sol, por lo que alcanzan el punto álgido en el crepúsculo. Podemos recordar aquí el caso de la daimieleña Juana Ruiz, de la que se decía que por las noches frecuentaba el cementerio que había por aquel entonces junto a la iglesia de Santa María.

Si nos seguimos centrando en Castilla-La Mancha, Sebastián Cirac Estopañán, en su obra Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva, habla de los usos que las hechiceras castellano-manchegas hacían de las diversas hierbas. Afirma que en todo tiempo usaron las hechiceras plantas recogidas la mañana de San Juan para remedio de males y de amores y que empleaban mucho las hierbas aromáticas con las que llevaban a cabo sahumerios.

Recoge Cirac casos como el de una tal Carranza, que iba por la noche a recoger ortigas o el de «la Monja», que presumía de hacer maravillas con la hierba pimentera y tenía un tiesto de taragontia. Francisca Silva y «la Salas» utilizaban la valeriana para sus hechicerías. Esta última decía que, enterrando en un hoyo una valeriana y un amaro, que eran hierbas macho y hembra, después de haber echado agua bendita, se podía forzar el matrimonio con quien se quisiera. A principios del siglo XVIII, unas mujeres de Talavera utilizaban el romero en sus sortilegios amorosos y, unas décadas antes, en el laboratorio de la hechicera Ana López, «la Larga», de Daimiel, los inquisidores habían encontrado polipodio (helechos) y solimán (posiblemente Daphne laureola, una planta muy venenosa).

Para saber más:
 CALLEJO, Jesús: Breve historia de la brujería, Ediciones Nowtilus, Madrid, 2006.
CARO BAROJA, Julio: Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1997.
CIRAC ESTOPAÑÁN, Sebestián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (tribunales de Toledo y Cuenca), CSIC, 1942.
OTERO AIRA, Luis: Las plantas alucinógenas, Paidotribo, Barcelona, 2001.

 

Hoy, noche mágica y de brujas, vuelvo a dejar otro sortilegio extraído de los legajos de la Inquisición, esta vez del proceso de Antonia Mejía de Acosta, celebérrima hechicera de Madrid, quizá de las mejores que jamás hubo en la Villa, y que fue procesada en 1630 por el Tribunal de Toledo. Se trata de un hechizo de tipo amatorio; asomándose a la ventana, se dice:

Furias infernales,
a vosotras vengo,
a vosotras llamo,
a vosotras invoco
y provoco.

Por aquellos ardores y temblores que tuvisteis
cuando vuestro Criador bajó
por las almas de los santos padres
y al cielo las llevó,
para que os aherrojasen y atormentasen
con el fuego del Volcán:
ansí en el corazón de
fulano os pongáis,
y a mi voluntad le traigáis.

Diablo garroso,
diablo chirigoso,
trahézmele a mi mandar,
que me venga a buscar,
y a rogar
y hacer cuanto quisiere.

                          AHN Inq. T. Leg. 91 nº 176

Nubleros enredando entre molinos
Nublaos, por Juan Gallego

Se denomina nubleros, nuberos, nublaos, ñublaos, reñuberos o «seres regulares» -según la región o comarca de la Península- a unos seres mágicos, unos espíritus maléficos de carácter elemental, etéreos, inconstantes, dicharacheros, de aspecto mal encarado y feo, que son los responsables de todos los fenómenos atmosféricos. Manejan a su antojo la lluvia y las nubes, las llevan donde quieren, provocan tormentas, granizo, y lanzan rayos y centellas donde les viene en gana. Es creencia bastante extendida que estos seres van encima de las nubes, arrastrándolas y que actúan en grupos o manadas. Los nublados y tormentas se producen cuando las distintas tribus de diablos luchan entre sí.

En las regiones cantábricas tienen un carácter más siniestro, y se les tiene temor por los destrozos que producen. Se les atribuyen las terribles noches de tempestad y aguaceros y les hacen responsables de las galernas del Cantábrico. Los campesinos castellanos y leoneses también los temen, porque son los que fabrican las pedrizas que arruinan las cosechas. Por eso surgieron personajes, en muchas ocasiones curas de los pueblos, que se dedicaron a conjurarlos mediante oraciones o fórmulas mágicas. No es raro encontrar en algunos lugares «conjuraderos» de nublaos o reñuberos.

Hay que constatar, también, que los denominados ñublaos son de naturaleza más pacífica, incluso benéfica, y que a veces gratifican con buenas cosechas a los agricultores que han sido amables con ellos. En algunas comarcas de la mancha occidental son conocidas como nuberos numerosas aves, quizá dotando de la capacidad de polimorfismo a estos seres. La más famosa de ellas es mirlo común.

Para saber más:
Jesús Callejo: Gnomos. Guía de los seres mágicos de España.

La ilustración de Juan Gallego se puede encontrar aquí a la venta.

Este artículo también lo puedes encontrar en Steemit.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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