Diablos

Demonios por todas partes en un cuadro de giotto
Detalle de El juicio final de Giotto

A finales del siglo XIII, el beato Reichhelm de Schöngan, que afirmaba ver tantos demonios como gotas hay en la lluvia, se dedicó a elaborar un censo de los seguidores de Lucifer. Calculó el número de criaturas infernales en 1.759.064.176 diablos; ni uno más ni uno menos. Un ejército más numeroso que las huestes celestiales. Más moderado en sus cifras fue el médico y ocultista Jean Wier, que en el siglo XVI estimaba que la cifra de demonios ascendía “solo” a 7.409.127.

Fuente: Geoffrey Leslie Simons: The Witchcraft World

El pintor prerrafaelista John Millais representó en este óleo el momento en el que un monje ayuda a huir a Juana de Acuña, condenada por la inquisición en 1559, año en el que hubo en la capital castellana un importante auto de fe para atajar la herejía luterana. Los diablos y las llamas del sambenito indican que la condena era grave: la muerte en la hoguera.

El compositor ruso Modest Músorgski compuso este poema sinfónico 1867, aunque fue orquestado más tarde por Rimsky-Korsakov. La pieza está basada en diversas leyendas del folclore ruso sobre brujas y aquelarres, que llegaron a Músorgski a través de un cuento de Nikolai Gógol. Es mundialmente conocida esta versión de la película Fantasía de Disney, en la que, con la llegada del anochecer, la cima de la montaña se transforma en el gran demonio Chernabog, que utiliza sus poderes infernales para invocar fantasmas, diablos y brujas que bailan en loco aquelarre hasta que las campanas que anteceden al amanecer obligan al gran demonio a retirarse.

Muchas de las mujeres consideradas brujas durante la Edad Media y la Edad Moderna eran en realidad buenas botánicas: curanderas y hechiceras que sabían usar plantas peligrosas y potentes para curar, dañar, alterar la conciencia o forzar la voluntad. Sabían dónde, cuándo, y cómo recogerlas, y también la manera de combinarlas entre sí para lograr distintos efectos. La gente creía que se trataba de un saber secreto que se transmitían unas a otras desde muy antiguo y atribuía sus resultados a la naturaleza mágica de las plantas. Si a todo esto unimos la escenografía que acompañaba la recogida (al atardecer y en la noche, en lugares misteriosos como cementerios, bosques y cuevas, empleando oraciones y conjuros), no es extraño que pronto se relacionase con la brujería.

Si lo miramos desde una perspectiva actual, estas «brujas» realizaban una magia que podríamos considerar real y otra claramente imaginaria. Los vuelos y metamorfosis o la invocación de demonios, por ejemplo, estaban solo en la cabeza de las brujas, sus perseguidores, y de una parte de la población de la época.

Pero había también una magia «real», un arte u oficio que diversas mujeres ejercían cuando alguien requería de sus servicios. Los rituales, conjuros y brebajes se realizaban de verdad, indistintamente del resultado que se obtuviese. Las formas de medicina tradicional, rural y campesina practicada por las curanderas solía funcionar; las formas de hechicería basadas en la imagen y la sugestión a veces funcionaban y a veces no. La forma más corriente de esta magia efectiva comportaba el uso de hierbas, drogas y de otras sustancias con propiedades curativas o dañinas, o con la facultad de influir sobre el deseo, la voluntad y la capacidad sexual.

Mandrágora y beleño

No obstante, hay estudiosos que consideran que incluso en la magia que antes hemos denominado «imaginaria» había un poso de verdad. La tradición había extendido la idea de que las brujas mezclaban en sus calderos todo tipo de plantas e ingredientes asquerosos y macabros y que, con las instrucciones del demonio, fabricaban un ungüento que les servía para volar y acudir al aquelarre. Lo que se cree en la actualidad es que todo esto que decían o creían experimentar las brujas eran producto de su imaginación, sí, pero debido al empleo de plantas alucinógenas que se aplicaban sobre la piel, en diversas partes del cuerpo, después de haber sido mezcladas con grasa en un unto. Algunos estudiosos del Renacimiento llegaron a plantear la «teoría alucinatoria» del vuelo de las brujas, que atribuían al efecto psicotrópico de las plantas que utilizaban. El ungüento o la ingestión de las plantas creaban la ilusión de volar. El médico y humanista español Andrés Laguna, decía, allá por el siglo XVI, que estas mujeres untaban su cuerpo con cicuta, hierba mora, beleño y mandrágora. Etnólogos del siglo XX llegaron a recrear estos ungüentos y se los aplicaron en la piel, y dijeron experimentar realmente alucinaciones perturbadoras. Los experimentos más famosos fueron los de Wilhelm Mrsich y Will-Erich Peuckert. Este último se untó el cuerpo con una mezcla de beleño, estramonio, napelo, belladona y amapola, de acuerdo a antigua receta, y luego registró sus experiencias.

Así pues, las plantas más usadas por las brujas como ingredientes para sus ungüentos y pociones eran aquellas con poderes narcotizantes, que provocaban letargo, alucinaciones, alteración de la conducta y, en dosis mayores, resultaban mortales. La mayoría de las plantas venenosas deben sus poderes a los alcaloides, sustancias que neutralizan ácidos y forman sales. Están compuestas parcialmente por nitrógeno y afectan fuertemente al organismo humano; en función de las dosis deben considerarse venenos o medicinas. Las plantas «mágicas» de mayor renombre, citadas con frecuencia en los libros de hechicería, son las pertenecientes a la familia de las solanáceas, entre las que se encuentran el estramonio (Datura stramonium), la belladona (Atropa belladonna), la mandrágora (Mandragora autumnalis), el beleño (Hyoscyamus niger), el tabaco (Nicotiana tabacum), la adormidera (Papaver somniferum) y la amapola común (Papaver rhoeas).

Por lo general, estas plantas son bastante comunes y abundantes. Suelen crecer en suelos nitrogenados, ricos en nitratos y sales amoniacales, lo que explica las visitas de estas mujeres a cementerios, basureros y a las riberas de los ríos, lugares donde se concentran grandes cantidades de materia orgánica. Las brujas, que eran personas del campo, sabían todo esto. Solían salir a recogerlas a última hora de la tarde. Por un lado, por su propia seguridad, para no ser vistas por sus vecinos mientras buscaban hierbas venenosas, y por otro, porque sabían que estas plantas, al estar compuestas de alcaloides, acumulan la mayor cantidad de principios activos mientras les da el sol, por lo que alcanzan el punto álgido en el crepúsculo. Podemos recordar aquí el caso de la daimieleña Juana Ruiz, de la que se decía que por las noches frecuentaba el cementerio que había por aquel entonces junto a la iglesia de Santa María.

Si nos seguimos centrando en Castilla-La Mancha, Sebastián Cirac Estopañán, en su obra Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva, habla de los usos que las hechiceras castellano-manchegas hacían de las diversas hierbas. Afirma que en todo tiempo usaron las hechiceras plantas recogidas la mañana de San Juan para remedio de males y de amores y que empleaban mucho las hierbas aromáticas con las que llevaban a cabo sahumerios.

Recoge Cirac casos como el de una tal Carranza, que iba por la noche a recoger ortigas o el de «la Monja», que presumía de hacer maravillas con la hierba pimentera y tenía un tiesto de taragontia. Francisca Silva y «la Salas» utilizaban la valeriana para sus hechicerías. Esta última decía que, enterrando en un hoyo una valeriana y un amaro, que eran hierbas macho y hembra, después de haber echado agua bendita, se podía forzar el matrimonio con quien se quisiera. A principios del siglo XVIII, unas mujeres de Talavera utilizaban el romero en sus sortilegios amorosos y, unas décadas antes, en el laboratorio de la hechicera Ana López, «la Larga», de Daimiel, los inquisidores habían encontrado polipodio (helechos) y solimán (posiblemente Daphne laureola, una planta muy venenosa).

Para saber más:
 CALLEJO, Jesús: Breve historia de la brujería, Ediciones Nowtilus, Madrid, 2006.
CARO BAROJA, Julio: Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1997.
CIRAC ESTOPAÑÁN, Sebestián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (tribunales de Toledo y Cuenca), CSIC, 1942.
OTERO AIRA, Luis: Las plantas alucinógenas, Paidotribo, Barcelona, 2001.

 

Hoy, noche mágica y de brujas, vuelvo a dejar otro sortilegio extraído de los legajos de la Inquisición, esta vez del proceso de Antonia Mejía de Acosta, celebérrima hechicera de Madrid, quizá de las mejores que jamás hubo en la Villa, y que fue procesada en 1630 por el Tribunal de Toledo. Se trata de un hechizo de tipo amatorio; asomándose a la ventana, se dice:

Furias infernales,
a vosotras vengo,
a vosotras llamo,
a vosotras invoco
y provoco.

Por aquellos ardores y temblores que tuvisteis
cuando vuestro Criador bajó
por las almas de los santos padres
y al cielo las llevó,
para que os aherrojasen y atormentasen
con el fuego del Volcán:
ansí en el corazón de
fulano os pongáis,
y a mi voluntad le traigáis.

Diablo garroso,
diablo chirigoso,
trahézmele a mi mandar,
que me venga a buscar,
y a rogar
y hacer cuanto quisiere.

                          AHN Inq. T. Leg. 91 nº 176

Nublaos, por Juan Gallego

Se denomina nubleros, nuberos, nublaos, ñublaos, reñuberos o «seres regulares» -según la región o comarca de la Península- a unos seres mágicos, unos espíritus maléficos de carácter elemental, etéreos, inconstantes, dicharacheros, de aspecto mal encarado y feo, que son los responsables de todos los fenómenos atmosféricos. Manejan a su antojo la lluvia y las nubes, las llevan donde quieren, provocan tormentas, granizo, y lanzan rayos y centellas donde les viene en gana. Es creencia bastante extendida que estos seres van encima de las nubes, arrastrándolas y que actúan en grupos o manadas. Los nublados y tormentas se producen cuando las distintas tribus de diablos luchan entre sí.

En las regiones cantábricas tienen un carácter más siniestro, y se les tiene temor por los destrozos que producen. Se les atribuyen las terribles noches de tempestad y aguaceros y les hacen responsables de las galernas del Cantábrico. Los campesinos castellanos y leoneses también los temen, porque son los que fabrican las pedrizas que arruinan las cosechas. Por eso surgieron personajes, en muchas ocasiones curas de los pueblos, que se dedicaron a conjurarlos mediante oraciones o fórmulas mágicas. No es raro encontrar en algunos lugares «conjuraderos» de nublaos o reñuberos.

Hay que constatar, también, que los denominados ñublaos son de naturaleza más pacífica, incluso benéfica, y que a veces gratifican con buenas cosechas a los agricultores que han sido amables con ellos. En algunas comarcas de la mancha occidental son conocidas como nuberos numerosas aves, quizá dotando de la capacidad de polimorfismo a estos seres. La más famosa de ellas es mirlo común.

Para saber más:
Jesús Callejo: Gnomos. Guía de los seres mágicos de España.

La ilustración de Juan Gallego se puede encontrar aquí a la venta.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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