Edad Antigua

La historia de la Iglesia es apasionante. En serio. Sobre todo, si te acercas a ella con ojos curiosos, despojados de religiosidad. La historia de cismas y herejías, del monacato, las órdenes militares o el papado… Porque, en cuanto se tutean el poder temporal y el espiritual, todo se pone muy interesante. Por eso me gusta leer sobre la Iglesia en la Edad Media. No solo es uno de los pilares básicos de la sociedad medieval; su historia es una sucesión de intrigas y luchas por el poder, conspiraciones, guerras y asesinatos que ¡ríete tú de Canción de hielo y fuego y su «juego de tronos»!

coronaci´ñon del antipapa

Hoy voy a escribir sobre los antipapas, esos individuos que usurpaban el solio pontificio y pretendían ser reconocidos como pastores de la comunidad eclesiástica universal. Ejercían los poderes y funciones del papa pero se habían saltado un pequeño paso: no habían sido elegidos por sufragio canónigo, carecían de derecho y se les consideraba ilegítimos. Al menos por los seguidores del papa electo. Porque papas y antipapas eran las dos caras de una misma moneda y para los antipapas «oficiales» y sus seguidores, los excomulgados y auténticos antipapas eran sus oponentes. A veces no quedaba claro quién había sido el papa legítimo, o se condenaba a algún antecesor ya fallecido alegando que no había sido elegido de manera correcta, como pasó con Formoso, en el siglo IX. Eso significaba que se anulaban todos sus edictos y los obispos que hubiera ordenado ya no eran legítimos. Varios antipapas habían sido elegidos conforme a derecho, y ahí están, en la lista. Ya se sabe, la historia la escriben los ganadores. En fin, tampoco es que hubiera distinción moral entre ellos; un antipapa podía velar mejor por los intereses espirituales de la comunidad, y el papa legítimo ser un auténtico canalla. Los antipapas son recordados porque Iglesia considera que también forman parte de la historia de su propio camino.

En este punto, me gustaría recordar que la elección de los papas mediante cónclave de cardenales no se dio hasta el siglo XII. En los primeros tiempos de la Iglesia, los obispos solían ser elegidos por los integrantes de su comunidad, y consagrados por obispos de diócesis vecinas. En el caso del papa, obispo de Roma, los clérigos, bajo supervisión de los obispos, escogían un candidato; luego lo presentaban al pueblo de Roma para que lo confirmara. Con el tiempo, esta potestad quedó en mano de las familias nobles, lo que llevó a numerosos tumultos y choques entre los patricios de la ciudad. Fue una de las causas de que, a veces, cada facción aclamara su propio papa. Y ya estaba hecho el lío.

Como vemos, los antipapas surgían en momentos turbulentos de la Iglesia, ya fuese para oponerse a un papa, porque la sede estaba vacante o porque eran elegidos dos papas al mismo tiempo. Unas veces les salía bien la jugada, y el papa elegido legalmente debía huir de Roma —o era encarcelado o, directamente, asesinado—; otras veces eran ellos los que acababan exiliados, presos o despedazados por la masa romana enfurecida.

La aparición de los antipapas podía darse por discordancias doctrinales. Es lo que pasó en el siglo III con los dos primeros, Hipólito y Noviciano, que no estaban de acuerdo con la moderación con que se trataba ciertos aspectos de la penitencia, y rechazaban la misericordia con los que habían apostatado. El primer antipapa, en realidad, se terminó reconciliando y murió mártir. Eran estos antipapas doctos y eruditos. Otro caso es el de Félix II, un siglo después, al que el emperador Constancio II, partidario del arrianismo, puso en la silla papal después de echar al papa legítimo que defendía la ortodoxia.

Pero, no nos engañemos, la mayoría de los antipapas no aparecieron por motivos espirituales. A la hora de elegir al Sumo Pontífice había intereses políticos. Muchos. De los patricios romanos, del pueblo de Roma, de los candidatos al Sacro Imperio, de los reyes que aspiraban a la hegemonía europea…

Antipapas del Siglo de Hierro

Con el paso de los siglos, las altas jerarquías de la Iglesia se habían ido inmiscuyendo cada vez más en los asuntos seculares. A mediados del siglo VIII, los francos hicieron a los papas soberanos de un Estado propio. Abades y obispos se convirtieron en señores feudales, consejeros reales o funcionarios imperiales. Poseían un poder político y económico que muchos ambicionaban. En contrapartida, los reyes eran aceptados como protectores y gobernantes de la Iglesia en su reino, y el emperador carolingio en el defensor universal y protector del papado. Y todos se arrogaron el poder de investir a los miembros del alto clero.

En Italia, a partir del siglo IX, papas y antipapas eran puestos y depuestos por nobles, reyes o emperadores, según conviniese al que ostentaba el poder en ese momento. Fue el Siglo de Hierro del papado, una época oscura y vergonzosa para la Iglesia. Años de papas depravados y corruptos que se debían al señor que los había puesto ahí, de papas que morían envenenados o estrangulados en una sucesión de pontificados aún más breves que el de Juan Pablo I. La época de la Donna Senatrix, hija, amante y madre de papas; la mujer que nombraba y eliminaba papas. Fueron antipapas de este periodo Cristóbal, Dono II, Bonifacio VII (un buen elemento que asesinó a dos papas), Juan XVI, Gregorio, Benedicto X y Honorio II.

antipapa bonifacio

Antipapa Bonifacio VII

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Escultura votiva del siglo V a.c. Museo Británico

¿Ún ángel? No, se trata de Vanth, la servidora de Charun, el principal demonio femenino de la muerte según la motología etrusca. Pero resultan interesantes las semejanzas iconográficas.

Para saber más sobre Vanth y las creencias etruscas sobre la muerte y el más allá hay un buen artículo de la revista Historia National Geografic: “Etruscos, los dioses del más allá”.

Pues hasta siete batallas de las Termópilas. El lugar era clave para la entrada de ejércitos a Beocia, Ática y el Peloponeso, el corazón de Grecia. Aparte de la batalla más famosa y conocida, la que tuvo lugar en el año 480 a.C. en el curso de la segunda guerra médica, se pueden contar otras seis a lo largo de la historia. Son las siguientes:
Batallas de las Termópilas
  • Batalla de las Termópilas del año 353 a. C. Durante la tercera guerra sagrada, que enfrentó a Fócida y a Tebas por el control de Delfos, los focidios hicieron una heroica resistencia en las Termópilas frente al rey Filipo II de Macedonia, aliado de los tebanos.
  • Batalla de las Termópilas del año 279 a. C., en la que los griegos defendieron el paso frente a la invasión de los celtas de Breno. Una alianza de beocios, focios, etolios, megarenses y atenienses defiende el paso. Breno pretende utilizar camino oculto que siriviera a los persas, pero los griegos esta vez se han preparado y una guarnición defiende el escarpado camino. En un segundo intento, después de haberse desviado a Delfos, Breno logra pasar gracias a la niebla, pero los griegos son evacuados en las naves atenienses y cada contingente marcha a defender su ciudad.
  • Batalla de las Termópilas del año 191 a. C., en la que se enfrentaron los seleúcidas y los romanos que llegaron a Grecia como aliados de los Macedonios. Marco Acilio Glabrio rodeó con sus tropas al ejército del rey Antíoco III utilizando el viejo paso montañoso y venció así la batalla.
  • Batalla de las Termópilas del año 267, que tiene lugar durante el transcurso de una incursión de diversos pueblos bárbaros en el Imperio romano, primero sobre los balcanes y luego sobre Grecia. Uno de estos pueblos, los hérulos, llega a las Termópilas, donde se les intenta detener sin éxito. Como consecuencia, se dedican al pillaje por el Ática y el Peloponeso, donde llegan a saquear Esparta.
  • Batalla de las Termópilas de 1821 (o batalla de Alamana), durante la guerra de la Independencia de Grecia. Athanasios Diakos, al frente de 1500 patriotas griegos intentó resistir a un ejército de 8000 turcos que marchaban a sofocar las revueltas de Rumelia y el Peloponeso. Después de oponer una última resistencia en el puente te Alamana con 48 hombres, Diakos fue capturado y fusilado.
Athanasios Diakos es capturado por los turcos
  • Batalla de las Termópilas de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión de Grecia por parte de la wehrmacht alemana, tropas del ejército conjunto de australianos y neozelandeses logran retener en la zona al ejército alemán el tiempo suficiente para que la fuerza expedicionaria británica pueda replegarse y ser evacuada a Creta en cualquier embarcación con la que logran hacerse.

¡Hala!, ya tenemos un buen dato para participar en las conversaciones de cuñados.

 

Tespieos en las termópilas

Son los grandes olvidados de la batalla de las Termópilas, eclipsados por Leónidas y sus 300 espartanos. Fueron estos los que se terminaron convirtiendo en leyenda, en el símbolo del sacrificio heroico. Sin embargo, hay que recordar que las fuerzas griegas constaban de unos 7000 hombres, entre peloponesios, beocios y focidios. Y, cuando llegó el momento de la verdad, los 700 hoplitas de la cercana ciudad de Tespias, liderados por Demófilo, decidieron quedarse también hasta el final, al igual que otros pocos cientos de beocios, a pesar de que todos sabían que allí solo les aguardaba la muerte.

Pero los tespieos no han sido tan celebrados como los espartanos en el arte o la literatura; no tienen cuadros como el de Jacques Louis David, ni se les ha dedicado comics ni grandes películas épicas. Y, sin embargo, su sacrificio fue muchísimo mayor que el de los lacedemonios.

Para empezar, los tespieos no formaban una fuerza militar profesional como los espartanos. No tenían ni su entrenamiento ni su estricta disciplina militar, que hacía preferible la muerte a la deshonra de regresar derrotado a casa. Se podían haber retirado con el resto de griegos cuando el enemigo comenzó a rodearlos y Leónidas los despidió. Para ellos no hubiera significado una vergüenza. Los espartanos no tenían muchas opciones, pues la alternativa era ser condenados el resto de sus vidas a la miseria y el ostracismo. Los tespieos podían elegir, y eligieron quedarse.

Por otro lado, aquellos 700 hoplitas representaban el cien por cien de las fuerzas militares de la ciudad. Es más, estaban allí todos los varones en edad de combatir. La polis quedó, de ese modo, indefensa cuando las tropas de Jerjes la arrasaron poco después. Los 300 de Leónidas, sin embargo, eran sólo un cuatro por ciento de la fuerza militar de Esparta, que podía movilizar cerca de 9000 hoplitas en esa época. Además, el rey se encargó de que sólo lo acompañaran aquellos ciudadanos que tenían descendencia y habían asegurado su estirpe. Tespias perdió toda una generación en esa batalla. Los años siguientes, las mujeres y los ancianos tuvieron que reclutar extranjeros a los que les concedían la ciudadanía para recuperar la población.

 

Los tespieos tuvieron que esperar hasta 1997 para que el Estado griego les levantara por fin un monumento cerca del que habían dedicado a Leónidas con anterioridad.

Para saber más:
Paul Cartledge: Termópilas, la batalla que cambió el mundo, Ariel, 2008

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