Edad Antigua

Egeria, las aventuras de una peregrina del siglo IV

La historia de Egeria es la de una mujer extraordinaria: una peregrina, auténtica aventurera del siglo IV, capaz de emprender un periplo que la llevó del extremo más occidental del Imperio romano hasta el más oriental. Y que, además, documentó sus experiencias, lo que la convierte en la autora del primer libro de viajes de la península Ibérica; de hecho, es la primera escritora hispánica de nombre conocido.

La figura del viajero no era ajena al mundo antiguo; nos han quedado bastantes relatos de viajes escritos por historiadores y geógrafos. Pero los grandes desplazamientos por motivos religiosos fue un fenómeno ligado a la tradición judeocristiana. Sí, es cierto: en el ámbito del Mediterráneo hacía mucho tiempo que se hacían viajes piadosos a distintos santuarios. Pero ocurría a una escala muy local y en el contexto de algunas fiestas o jubileos. Nunca se había dado algo semejante a la «fiebre viajera» que se desató entre los cristianos a principios del siglo IV. Habían cesado las grandes persecuciones y el Edicto de Milán (313) permitía la libertad de religión en el Imperio, así que empezaron a aparecer cada vez más peregrinos que viajaban miles de kilómetros en busca de tumbas, reliquias o personas con fama de santidad. El término latino peregrinatio significa, precisamente, «viaje al extranjero». La gran impulsora de estas peregrinaciones fue santa Elena, la madre del emperador Constantino, con su empeño de recuperar los Santos Lugares y encontrar la reliquia de la Vera Cruz.

La peregrinación rompía con el estereotipo tradicional de viajero de la Antigüedad, eminentemente varón. Algunas mujeres, animadas por un profundo espíritu religioso, abandonaban ahora su hogar en Occidente para dirigirse a Tierra Santa y a otros lugares que aparecían en la Biblia. Era algo bastante extendido, pues algunos Padres de la Iglesia, como san Jerónimo y Gregorio de Nisa, criticaban esta peregrinación de mujeres. Opinaban que estos viajes eran demasiado duros para ellas, y las exponía a todo tipo de vicios y tentaciones por el camino. Además, algunas hacían una ostentación desmesurada de lujo en sus comitiva.

Retrato de una matrona romana

Retrato de una mujer romana de la zona de Tebas (finales del siglo II d.C.). Museo del Louvre. Fotografía de Hervé Lewandowsk.

Bueno, pues entre estas mujeres estaba Egeria, que realizó su largo viaje entre los años 381 y 384. Cinco mil kilómetros, que se dice pronto; casi todo a lomos de un burro. Desde la provincia romana de la Gallaecia, en la parte noroccidental de la península Ibérica, hasta Egipto, Palestina, Siria y Asia Menor. Ya hemos visto que no era pionera; ni siquiera fue la primera hispana en peregrinar a Oriente, otras dos mujeres, Melania y Pomenia, lo hicieron antes. Pero ella fue la primera en dejarlo todo por escrito.

El Itinerarium egeriae

La obra de Egeria estuvo perdida y olvidada durante siglos, hasta finales del siglo XIX. En 1884, Gian Francesco Gamurrini localizó, en la ciudad italiana de Arezzo, una copia realizada en el monasterio de Montecasino en el siglo XI. Formaba parte de un códice en el que también se habían compilado unos textos de san Hilario de Poitiers. Con anterioridad, solo se había hecho eco de ella san Valerio, un eremita y abad del Bierzo que vivió en el siglo VII.

Aquel texto sobre el viaje de una mujer llamaba mucho la atención, pero la obra estaba incompleta, le faltaban hojas al inicio y al final (hoy se sabe que se conservan 22 de los 37 folios que la componían), así que se desconocía el título y el nombre de la autora. Durante un tiempo, el texto se adjudicó a distintas mujeres, entre ellas a Silvia de Aquitania. Fue en 1903 cuando el benedictino Mario Ferotin atribuyó el texto a la virgen hispana Etheria o Egeria, aquella monja de la Gallaecia sobre la que había escrito san Valerio.

Como hemos dicho, no se conoce el verdadero título de la obra de Egeria. Itinerarium o Peregrinatio son títulos convencionales para referirse a ella. De todos modos, se trata de un texto de carácter epistolar que una mujer escribe en primera persona, a modo de diario, y se dirige a unas sorores, (o «hermanas carnales»), así que es posible que no le pusiera título.

Un viaje prodigioso

El texto conservado comienza contando la ascensión al monte Sinaí, en el año 383. Pero se puede aventurar la ruta de Egeria gracias a algunos datos y detalles de la propia obra, y a la configuración vial del imperio. Egeria seguramente se dirigió por el norte de Hispania hacia la Galia Narbonense, ya fuese por la Vía Domitia o a través de Aquitania. Se sabe que cruzó el Ródano porque compara el Eúfrates con este río en una parte del texto. Luego debió de seguir su camino por el norte de Italia hasta algún puerto del Adriático. Y allí embarcaría con rumbo a Constantinopla, ya que llegó a la ciudad imperial en el mismo 381, y lo más rápido era el barco. Desde allí, tuvo que seguir la vía militar que atravesaba Bitinia, Galacia y Capadócia, atravesar la cordillera del Tauro por la garganta de las Puertas Cilicias, y llegar a Antioquía. Y de Antioquía a Jerusalén solo había que continuar por la costa hacia el sur.

Mapa antiguo de Jerusalén en Madaba, un par de siglos posterior a Egeria

Mosaico de Madaba, del siglo VI, es la representación cartográfica más antigua de Palestina y Jerusalén. Iglesia de san Jorge en Madaba (Jordania). Imagen de dominio público.

En la Ciudad Santa, Egeria fue bien acogida por su obispo, seguramente san Cirilo. Allí, en Jerusalén, pudo visitar, emocionada, las iglesias levantadas en los escenarios de la vida de Jesús: el cenáculo de Sión, el Gólgota y el Santo Sepulcro, el Monte de los Olivos… También tuvo la oportunidad de contemplar algunas reliquias como la Vera Cruz o la columna del palacio de Caifás, donde fuera azotado Cristo. Durante todo ese tiempo pudo observar y registrar cómo se hacía el culto y qué ritos se seguían en aquella parte del mundo.

Jerusalén sirvió a Egeria de campamento base para el resto de sus viajes. A lo largo de los años siguientes, la peregrina alternó sus estancias en la ciudad con largas excursiones en las que recorrió gran parte de Palestina: visitó templos, santuarios y lugares bíblicos como Jericó, Nazaret, Galilea o Cafarnaúm. En Belén, tuvo ocasión de compartir la vigilia que hacían los cristianos en la cueva de los Pastores del 5 al 6 de enero.

Egeria hizo, además, un par de viajes más largos a Egipto. En el primero, se dirigió a la ciudad de Alejandría y al sur del país, a la región de la Tebaida. Allí se interesó mucho por el monaquismo, los eremitas y los anacoretas del desierto. Falta esa parte del texto, pero alude a ese viaje cuando cuenta su recorrido por la península del Sinaí. En esta segunda expedición, Egeria quería conocer de primera mano los lugares relacionados con Moisés y el Éxodo. Ella misma subió el monte Sinaí hasta el lugar en el que Dios entregó los Mandamientos a Moisés. También contempló la cueva en la que se escondió el profeta Elías, o la piedra en la que Moisés rompió las primeras Tablas de la Ley. Atravesó el valle en el que los israelitas impíos fundieron el becerro de oro, y comprobó que la zarza ardiente donde Dios se manifestó a Moisés por primera vez seguía echando brotes. Finalmente, regresó por la costa mediterránea después de recorrer la rica tierra de Jesé, en la parte oriental del delta del Nilo.

Tras otra breve estancia en Jerusalén, Egeria cruzó el Jordán para subir al monte Nebó, al lugar donde se permitió a Moisés ver la tierra de Canaán antes de morir. Antes de llegar, tuvo la oportunidad de probar el agua de las fuentes que el profeta había hecho brotar para dar de beber a Israel. Poco después, Egeria volvió a salir hacia el Este para visitar la tumba del santo Job en Carneas. Por el camino, tuvo la oportunidad de ver el palacio del rey Melquisedec o el enclave de Enón, donde bautizaba san Juan después de su encuentro con Cristo.

Así pasó casi cuatro años de intensos viajes, hasta que decidió regresar a su hogar. Tomó el camino hacia Constantinopla, pero dio un largo rodeo por Siria y Mesopotamia. Visitó Tarso, de donde era San Pablo, y Edesa, en la actual Turquía, para ver la tumba del apostol Tomás. Allí se encontró con el obispo san Eulogio, y juntos visitaron a unos anacoretas que vivían en el extremo oriental del mundo romano. También pasó por Seleucia para conocer el sepulcro o martyrium, de santa Tecla. Se llevó una gran alegría, pues en aquel lugar se encontró por azar con una antigua amiga, la diaconisa Marthana.

Mapa del itinerario de Egeria

Mapa del itinerario de Egeria. Elaboración propia (@iaberius). Pulsar para verlo en tamaño completo.

Una vez en Constantinopla, todavía hizo planes antes de regresar a la Gallaecia. En las últimas líneas conservadas de su relato explica sus planes para visitar en Efeso el martyrium del apóstol Juan. Por sus palabras finales, se piensa que, seguramente, no llegó a regresar a Hispania, que quizá estaba enferma y presentía cercana la muerte:

«Si, después de todo esto, sigo viva, si logro conocer personalmente algunos lugares más y si Dios se digna concedérmelo, procuraré contarlo a vuestra caridad, y os relataré tanto lo que conserve en la memoria, como lo que llevo escrito. Entretanto, vosotras, señoras, luz mía, procurad acordaros de mí, tanto si estoy viva, como si estoy muerta».

Casas de postas y monasterios

El Itinerarium es una gran fuente de información para conocer cómo eran los viajes en el Bajo Imperio. Egeria es una magnífica reportera que anota cualquier dato que considera de interés. Describe la geografía de las regiones que atraviesa, nos cuenta cómo son las montañas y los ríos, la vegetación… Lo mismo hace con las ciudades, aldeas y monasterios por los que va pasando. Refiere el estilo de vida y las costumbres de los habitantes del país, nos dice qué cultivan y qué alimentos le ofrecen. Alaba especialmente las langostas del mar Rojo y sus pescados, y también las jugosas manzanas que le ofrecen en el Sinaí. Y se maravilla de la riqueza de los campos, las viñas y jardines de las riberas del Nilo.

Egeria se sirvió de la extensa y cuidada red de calzadas romanas. En sus cartas da cuenta de las distancias (en pasos), de los días que se tarda de ir de un lugar a otro, y de la situación de cada mansio. Estas mansiones o stationes eran edificios mantenidos por el Estado que servían de hospedería. Se encontraban a lo largo de las vías, y solían estar separadas entre sí por la distancia que se podía recorrer en una jornada. Allí se podía disponer de comida y alojamiento. Y, en ocasiones, de algunas comodidades como baños calientes. También había graneros y establos. Egeria hizo uso de ellas, pero en ocasiones se acogió a la hospitalidad de obispos, presbíteros o monjes, que luego la acompañaban como guías.

La peregrina también advierte de los peligros que se podían encontrar en algunas rutas secundarias, e informa de la dureza de algunos tramos. Y, como buena viajera, nos cuenta dónde adquiere reliquias o recuerdos de los lugares visitados, como agua o aceites consagrados.

Egeria, ¿la monja viajera?

En realidad, todo lo que se presupone de la figura de Egeria se infiere de su obra. Lo más cercano a una biografía sobre ella es la Epistola de beatae Eitheriae laude, una carta de san Valerio que le dedica unas palabras muy elogiosas. Pero los investigadores opinan que es un texto exagerado, que está manipulado con el fin de mostrarnos una vida ejemplar, la de una virgen cristiana llena de las virtudes.

El Itinerarium nos presenta a una mujer de cierta edad. No es ya una jovencita pero tampoco una anciana, pues es capaz de seguir el ritmo de semejante viaje, de enfrentarse a los rigores del camino, y de subir a pie montañas como el Sinaí. Su origen hispánico no está exento de polémica, ya que únicamente se basa en la información que da Valerio, y ya hemos visto que puede estar muy manipulada.

Como la autora se dirige en sus misivas a unas dominae et sorores, unas venerables «señoras y hermanas», se la identificó inicialmente con una monja, una abadesa que relata el viaje a las monjas de su congregación. Durante mucho tiempo, se la denominó la «monja viajera». Carlos Pascual, traductor de una nueva edición de 2017, opina que es un error, que se trata de una visión interesada que ha llegado a nosotros a través de religiosos como Valerio o el monje copista de Montecasino. Esta versión fue seguida por sus redescubridores de finales del XIX y principios del XX, también eclesiásticos. Pero no tenía por qué ser monja. Egeria pasó mucho tiempo lejos de su hogar, lo que nos muestra a una mujer que no estaba atada por votos religiosos. Tampoco hay ningún indicio de que viajase con el deseo de fundar nuevos monasterios en Oriente. Sorores significa «hermanas», pero con un significado afectivo de amistad entre mujeres que era anterior a la aparición del monacato femenino. Sí, Egeria era una mujer piadosa que tenía fuertes convicciones religiosas. Le daba mucha importancia a la oración y, cuando llega a cualquier lugar, lo primero que hace es rezar. Pero no parece que llevase una vida ascética.

Hay mayor conformidad a la hora de considerar que nuestra peregrina era una mujer de alcurnia, de buena posición social y con dinero suficiente como para permitirse semejante viaje. Es posible que perteneciese a la aristocracia por las atenciones que recibió por parte de obispos y funcionarios locales. Queda bastante claro que llevaba algún tipo de salvoconducto, algo que no estaba al alcance de cualquiera. Según Eduardo López Pereira, catedrático de Filología Latina, debía de tener algún parentesco con la familia del emperador Teodosio. Es una hipótesis que no convence a todo el mundo. Sin embargo, no se puede negar que Egeria gozaba de contactos y privilegios propios de personas poderosas. En algunos momentos, llega a tener escolta militar para moverse por territorios peligrosos. Cuando deambula de la península del Sinaí a la ciudad de Arabia, escribe lo siguiente: «A partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían brindado protección en nombre de la autoridad romana mientras nos estuvimos moviendo por parajes peligrosos. Pero ahora se trataba de la vía pública de Egipto, que atravesaba la ciudad de Arabia, y que va desde la Tebaida hasta Pelusio, por lo que no era necesario ya incomodar a los soldados».

Posible retrato de Galla Placidia, coetánea de Egeria

Retrato de una mujer aristocrática romana del siglo IV, posiblemente alejandrina (también se identificó con Galla Placidia). Detalle del Medallón de Brescia. Museo de santa Giulia, Brescia. Imagen de dominio público.

El carácter de Egeria también lo podemos deducir de sus escritos. En ellos se nos muestra a una mujer con una personalidad fuerte, enérgica. Es una persona osada capaz de asumir roles que no se consideraban propios de su sexo, una mujer que no dedica su vida exclusivamente al cuidado de la casa y la familia. Egeria se atreve a aventurarse por los caminos en unos tiempos que no eran ya seguros: el imperio se desgajaba, hacía mucho tiempo que la pax romana había tocado a su fin, y algunos pueblos bárbaros, como los godos, habían atravesado las fronteras. Es una mujer arrojada, con mucha fuerza de voluntad. Soporta la dureza del viaje, es capaz de escalar montañas y de dormir a la intemperie si es necesario. Sus acompañantes varones no pueden, a veces, seguirle el ritmo.

Egeria es un espíritu inquieto y ávido de conocimiento. Lo comenta ella misma: «Como soy bastante curiosa, quiero verlo todo». Por eso pregunta a guías, monjes y eclesiásticos sobre todos los detalles de cada lugar. También es muy observadora. Lo comprueba todo, como cuando se cerciora de que el agua del mar Rojo ni es turbia ni roja. Es una persona culta que viaja con libros y conoce muy bien las Escrituras. Su peregrinación persigue, precisamente, corroborar la existencia de los lugares que aparecen en la Biblia. Y difundirlo luego a otros cristianos, claro, como testimonio para fortalecer la fe. Pero, aunque es una mujer muy devota, tiene un talante crítico, no le ciega el fervor religioso. Cuando le muestran la supuesta estatua de sal en la que se había convertido la mujer de Lot, comenta a sus hermanas: «Creedme, venerables señoras: por más que miré sólo vi el lugar donde estaba la estatua; de la estatua misma ni el menor vestigio. En este punto no puedo engañaros».

Algunos aspectos formales

El estilo de Egeria es bastante sencillo. Escribe en latín vulgar y huye de toda retórica y erudición. Su lenguaje es llano y directo, el propio del discurso cotidiano. Porque Egeria no tenía una intención literaria sino una finalidad práctica; lo que de verdad le interesa es que se la entienda bien. Y ahí está el encanto y la frescura de su texto. La literatura de viajes era un género conocido, pero nadie antes había usado la forma epistolar para contar sus experiencias. En realidad, Egeria se acercaría más a lo que es una guía de viajes actual.

El Itinerarium está dividido en dos partes. La primera trata sobre el viaje propiamente dicho. Está escrita en primera persona, lo que le da un carácter más personal y emotivo. La segunda parte, sin embargo, está escrita en tercera persona y, en ella, Egeria deja constancia de los elementos litúrgicos y eclesiásticos de los que es testigo en Tierra Santa. Esta parte tiene, sobre todo, valor histórico y etnográfico, pues expone los ritos y ceremonias de la Iglesia primitiva.

Por lo que expresa en algunos momento, se deduce que Egeria también llegó a realizar dibujos; es una pena que no se haya conservado ninguno. Quizá estaban agregados al final, en el fragmento faltante.

Egeria fue una mujer aventurera, tanto en su papel de viajera como a la hora de traspasar los límites de acción impuestos a su sexo. Espero que hayáis disfrutado aprendiendo sobre ella tanto como yo. Y que esta entrada sea otro pequeño grano de arena que sirva para difundir, aún más, su figura.

Fuentes

  • BATOLOTTA, S. & Tormo-Ortiz, M.: Un hallazgo excepcional, el manuscrito de Egeria (15/12/2014)[Audio en podcast]. Recuperado de https://canal.uned.es/video/5a6f1ff5b1111f28298b4917
  • CAMERON, Averil: El Bajo Imperio romano (284-430 d. de C.), Ediciones Encuentro, Madrid, 2001
  • CAMPBELL, Brianl: Historia de Roma: Desde los orígenes hasta la caída del Imperio, Crítica, Barcelona, 2013
  • CID LÓPEZ, Rosa Mª: «Egeria, peregrina y aventurera. Relato de un viaje a Tierra Santa en el siglo IV» en la revista Arenal, Vol. 17, Universidad de Granada, enero-junio de 2010
  • ESLAVA GALÁN: El catolicismo explicado a las ovejas, Planeta, Barcelona, 2009
  • MacCULLOCH, Diarmaid: Historia de la cristiandad, Debate, Madrid, 2011
  • PASCUAL, Carlos: «Egeria, la dama peregrina» en la revista Arbor, CLXXX, CSIC, Madrid, Marzo-Abril 2005
Delenda Carthago est

Variantes de diseño para fondos claros u oscuros

Pues sí, nuevo diseño histórico. Pero ahora paso del medioevo a la Roma republicana y me inspiro, para este diseño, en el AQVILA, el más importante de los signa militaria, los símbolos de las legiones. En época republicana llegaron a ser cinco (tras el puñado de paja orginal): el lobo, el águila, el minotauro, el jabalí y el caballo. Tras la reforma de Mario, en el paso del siglo II al I a.C, solo quedó la famosa águila, que se convertiría en símbolo del imperio. Y el texto latino es un guiño: “Cartago debe ser destruida”. Una cita que se me había quedado grabada desde que la leyera por primera vez en un cómic de Astérix y Obélix. Más adelante, cuando mi vida tomase el rumbo de las humanidades, cobraría su sentido. Marco Porcio Catón, conocido como Catón el Viejo o el Censor, fue un senador romano de dilatada vida militar y política, obsesionado con la destrucción de Cartago. Había participado en la segunda guerra púnica y fue el principal impulsor de la tercera guerra púnica, la que arrasaría la ciudad africana. Se hizo famosa su costumbre de acabar cualquier discurso, fuese cual fuese el tema, con la frase Ceterum censeo Carthaginem esse delendam, que quiere decir “Y además opino que Cartago debe ser destruida”.

La historia de la Iglesia es apasionante. En serio. Sobre todo, si te acercas a ella con ojos curiosos, despojados de religiosidad. La historia de cismas y herejías, del monacato, las órdenes militares o el papado… Porque, en cuanto se tutean el poder temporal y el espiritual, todo se pone muy interesante. Por eso me gusta leer sobre la Iglesia en la Edad Media. No solo es uno de los pilares básicos de la sociedad medieval; su historia es una sucesión de intrigas y luchas por el poder, conspiraciones, guerras y asesinatos que ¡ríete tú de Canción de hielo y fuego y su «juego de tronos»!

coronaci´ñon del antipapa

Hoy voy a escribir sobre los antipapas, esos individuos que usurpaban el solio pontificio y pretendían ser reconocidos como pastores de la comunidad eclesiástica universal. Ejercían los poderes y funciones del papa pero se habían saltado un pequeño paso: no habían sido elegidos por sufragio canónigo, carecían de derecho y se les consideraba ilegítimos. Al menos por los seguidores del papa electo. Porque papas y antipapas eran las dos caras de una misma moneda y para los antipapas «oficiales» y sus seguidores, los excomulgados y auténticos antipapas eran sus oponentes. A veces no quedaba claro quién había sido el papa legítimo, o se condenaba a algún antecesor ya fallecido alegando que no había sido elegido de manera correcta, como pasó con Formoso, en el siglo IX. Eso significaba que se anulaban todos sus edictos y los obispos que hubiera ordenado ya no eran legítimos. Varios antipapas habían sido elegidos conforme a derecho, y ahí están, en la lista. Ya se sabe, la historia la escriben los ganadores. En fin, tampoco es que hubiera distinción moral entre ellos; un antipapa podía velar mejor por los intereses espirituales de la comunidad, y el papa legítimo ser un auténtico canalla. Los antipapas son recordados porque Iglesia considera que también forman parte de la historia de su propio camino.

En este punto, me gustaría recordar que la elección de los papas mediante cónclave de cardenales no se dio hasta el siglo XII. En los primeros tiempos de la Iglesia, los obispos solían ser elegidos por los integrantes de su comunidad, y consagrados por obispos de diócesis vecinas. En el caso del papa, obispo de Roma, los clérigos, bajo supervisión de los obispos, escogían un candidato; luego lo presentaban al pueblo de Roma para que lo confirmara. Con el tiempo, esta potestad quedó en mano de las familias nobles, lo que llevó a numerosos tumultos y choques entre los patricios de la ciudad. Fue una de las causas de que, a veces, cada facción aclamara su propio papa. Y ya estaba hecho el lío.

Como vemos, los antipapas surgían en momentos turbulentos de la Iglesia, ya fuese para oponerse a un papa, porque la sede estaba vacante o porque eran elegidos dos papas al mismo tiempo. Unas veces les salía bien la jugada, y el papa elegido legalmente debía huir de Roma —o era encarcelado o, directamente, asesinado—; otras veces eran ellos los que acababan exiliados, presos o despedazados por la masa romana enfurecida.

La aparición de los antipapas podía darse por discordancias doctrinales. Es lo que pasó en el siglo III con los dos primeros, Hipólito y Noviciano, que no estaban de acuerdo con la moderación con que se trataba ciertos aspectos de la penitencia, y rechazaban la misericordia con los que habían apostatado. El primer antipapa, en realidad, se terminó reconciliando y murió mártir. Eran estos antipapas doctos y eruditos. Otro caso es el de Félix II, un siglo después, al que el emperador Constancio II, partidario del arrianismo, puso en la silla papal después de echar al papa legítimo que defendía la ortodoxia.

Pero, no nos engañemos, la mayoría de los antipapas no aparecieron por motivos espirituales. A la hora de elegir al Sumo Pontífice había intereses políticos. Muchos. De los patricios romanos, del pueblo de Roma, de los candidatos al Sacro Imperio, de los reyes que aspiraban a la hegemonía europea…

Antipapas del Siglo de Hierro

Con el paso de los siglos, las altas jerarquías de la Iglesia se habían ido inmiscuyendo cada vez más en los asuntos seculares. A mediados del siglo VIII, los francos hicieron a los papas soberanos de un Estado propio. Abades y obispos se convirtieron en señores feudales, consejeros reales o funcionarios imperiales. Poseían un poder político y económico que muchos ambicionaban. En contrapartida, los reyes eran aceptados como protectores y gobernantes de la Iglesia en su reino, y el emperador carolingio en el defensor universal y protector del papado. Y todos se arrogaron el poder de investir a los miembros del alto clero.

En Italia, a partir del siglo IX, papas y antipapas eran puestos y depuestos por nobles, reyes o emperadores, según conviniese al que ostentaba el poder en ese momento. Fue el Siglo de Hierro del papado, una época oscura y vergonzosa para la Iglesia. Años de papas depravados y corruptos que se debían al señor que los había puesto ahí, de papas que morían envenenados o estrangulados en una sucesión de pontificados aún más breves que el de Juan Pablo I. La época de la Donna Senatrix, hija, amante y madre de papas; la mujer que nombraba y eliminaba papas. Fueron antipapas de este periodo Cristóbal, Dono II, Bonifacio VII (un buen elemento que asesinó a dos papas), Juan XVI, Gregorio, Benedicto X y Honorio II.

antipapa bonifacio

Antipapa Bonifacio VII

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La batalla de los Campeones

Nos cuenta el historiador griego Heródoto de Halicarnaso, en el primero de Los nueve libros de historia, que la batalla de los Campeones fue un combate excepcional entre una selección de los 300 mejores hoplitas de Argos y otra de los 300 mejores guerreros de Esparta por el control de la región de Tirea. Pero no fue una batalla al uso, no se enfrentaron estos 600 hoplitas en una batalla campal, sino que se trató de una larga sucesión de combates singulares; entroncaba esto con la antigua tradición de los duelos de campeones, como aquellos que describiera Homero en la Iliada, por ejemplo.

La batalla de los Campeones, el colofón de una vieja rivalidad

A mediados del siglo VI a.c., las polis de Argos y Esparta se disputaban el dominio de la costa oriental de la península del Peloponeso. Su rivalidad venía de lejos, como mínimo desde mediados del siglo anterior. Durante la Edad Oscura, Argos había sido la ciudad dominante del Peloponeso y empezó a ver con desconfianza el crecimiento del poder e influencia de Esparta en el sur de la península. El carácter expansionista de los lacedemonios los llevó a invadir las regiones adyacentes y a comenzar la larga serie de guerras mesenias. Así que el choque entre las dos potencias era inevitable. El primer enfrentamiento, la batalla de Hisias (669 a.c.), se decantó del lado de los argivios. Vencieron gracias al uso de una novedosa táctica de guerra: la formación en falange. Por aquel tiempo, el ejército espartano no eran todavía la fantástica máquina de guerra que llegaría a ser un par de siglos más tarde; pero tomaron buena nota.

Lugar donde tuvo lugar la batalla de los campeones

Situación de los llanos de Tirea, en el Peloponeso

Cien años después, para el año 545 a.c., Esparta se había convertido en un Estado totalmente militarizado que disponía de un ejército muy bien equipado, preparado y curtido tras casi dos siglos de guerras constantes. Y que dominaba como ningún otro el empleo de la falange. Una vez controlado todo el sur del Peloponeso, su nuevo objetivo eran los llanos de Tirea, en el Este. Era un territorio cercano a la Argólida, lo que significaba una clara afrenta a los argivios. Y Argos fue a la guerra.

Las dos ciudades-estado se habían seguido enfrentando en multitud de escaramuzas a lo largo de las décadas anteriores. Aunque en esta ocasión movilizaron dos ejércitos muy igualados y de tamaño considerable (seguramente en torno a los 10.000 soldados), el desgaste había hecho mella y, cuando llegaron al campo de batalla, se constató que no estaban por la labor de entablar combate; una batalla de tal magnitud podía acabar diezmando su ciudadanía (los hoplitas eran ciudadanos libres que luchaban por su polis) y los dejaría luego a merced del resto de sus enemigos. Así las cosas, los comandantes pactaron un encuentro y allí acordaron que, en vez de comprometer a todas las tropas, librarían un gran combate de campeones entre los 300 mejores guerreros de cada bando. Los que ganasen, se quedarían con el territorio. Y así se evitarían la masacre.

¿Por qué 300?

300 hoplitas en el la batalla de los Campeones, 300 los que lucharon en las Termópilas… Inculso 300 los integrantes del famoso Batallón Sagrado de Tebas. Se repite el número. ¿Tenía algún significado especial? Bueno, en el caso de los espartanos se sabe que, cuando los jóvenes soldados alcanzaban los veinte años, unos cuantos eran elegidos para convertirse en «caballeros» (hippeis) y entraban a formar parte de un grupo selecto de 300 individuos encargado de proteger a los dos reyes y de combatir como soldados de élite. Pero no era una diferenciación social, contraria al concepto espartano de «grupo de iguales».

¡Solo puede quedar uno!

Como apunté más arriba, la «batalla» no consistía en que luchasen todos a la vez, sino que se trataba de una versión de los combates de paladines. Pero a lo grande, con cientos de combates singulares: se enfrentarían uno contra uno, a muerte, y el vencedor lucharía a continuación con otro adversario. Y así hasta que también cayese. Los heridos o incapacitados no recibirían atención y el final de la batalla supondría la aniquilación del bando contrario. Para evitar la tentación de ayudar a sus compatriotas, los dos ejércitos se retirarían de la zona.

Se convino que saliesen a pelear trescientos de cada parte, con la condición de que el país quedase por los vencedores, cualesquiera que lo fuesen; pero que entretanto el grueso de uno y otro ejército se retirase a sus límites respectivos, y no quedasen a la vista de los campeones; no fuese que presentes los dos ejércitos, y testigo el uno de ellos de la pérdida de los suyos, les quisiese socorrer. Hecho este convenio, se retiraron los ejércitos, y los soldados escogidos de una y otra parte trabaron la pelea […]

Heródoto, Los nueve libros de historia, LXXXII

Después de los sacrificios pertinentes comenzaron los combates. La lucha duró todo el día y fue dura y encarnizada, y muy igualada. Hasta el punto de que, al anochecer, de seiscientos hombres quedaban solo tres: dos argivos en pie, Alcenor y Chromio, y un espartano, Otríades, malherido en el suelo. Los de Argos inspeccionaron la zona para asegurarse de que no había más supervivientes pero, en la creciente oscuridad, no advirtieron que Otríades seguía con vida. Creyéndose vencedores regresaron rápidamente a Argos para anunciar su victoria.

Un desenlace nada claro

Pero habían cometido un grave error. Aunque moribundo, cuando desaparecieron los dos argivos, Otríades se convirtió, técnicamente, el último superviviente de ambos ejércitos sobre el campo de batalla. Antes de morir, sus ilotas le ayudaron a indicar la victoria. Esta parte no está clara. Hay quien dice que llevaron las armas de los argivos a la parte espartana del campo y formaron un signo de victoria; otros, que le ayudaron a escribirlo con su propia sangre en el escudo. Incluso hay una versión, más peregrina, que cuenta que llegó a poner en formación a sus compañeros muertos y aguantó en su puesto con vida hasta que regresaron los ejércitos, al alba. Lo que sí parece seguro es que sus heridas eran devastadoras y no tenía esperanzas de regresar a su patria con vida, y que por eso decidió suicidarse. Los ilotas también debían testificar que se había dado muerte por su propia mano. Esto era importante porque así nadie podría argumentar que había muerto por las heridas infligidas por sus enemigos y quitarle, así, la victoria. Sus conciudadanos siempre podrían contar que lo había hecho por la vergüenza de ser el único superviviente de entre todos sus compañeros.

Otríades

Otríades, escultura de Sergel en el Louvre

El caso es que no quedaba nada claro qué ciudad había vencido. Unos argumentaban que tenían más supervivientes; los otros, que el suyo era el único que se había mantenido en el campo de batalla durante toda la noche. Como ni espartanos ni argivos cedieron, al final tuvo lugar la batalla que tanto se habían afanado por evitar. Y esta vez los espartanos resultaron vencedores.

Heródoto nos cuenta que fue después de esta batalla cuando los espartanos adoptaron la práctica de dejarse crecer bien largo el cabello como signo de orgullo, frente a la costumbre general del resto de helenos. Y en el lugar de la batalla comenzaron a realizar una festividad anual conocida como Parparonia.

Esta batalla supuso la puntilla para las aspiraciones de Argos en la región; fue una espina se que quedó clavada para siempre en el orgullo de sus ciudadanos. Nunca olvidaron que Esparta les había arrebatado la supremacía sobre el Peloponeso y, en adelante, en cualquier empresa o la guerra siempre se posicionaron en el bando contrario a los espartanos. Todavía más de un siglo después, durante la Guerra del Peloponeso, los argivios exigieron una repetición de la batalla de los Campeones. Pero Esparta, que ya empezaba a ver bastante mermado el número de sus espartiatas, no aceptó un desafío con el que no tenía nada que ganar.

Fuentes
  • CARTLEDGE, Paul: Los espartanos. Una historia épica, Ariel, 2009
  • HERÓDOTO: Los nueve libros de Historia, Edaf, 1989
  • «Battle of Champions – 546 B.C.», en Ancient Greek Battles
Escultura votiva del siglo V a.c. Museo Británico

¿Ún ángel? No, se trata de Vanth, la servidora de Charun, el principal demonio femenino de la muerte según la motología etrusca. Pero resultan interesantes las semejanzas iconográficas.

Para saber más sobre Vanth y las creencias etruscas sobre la muerte y el más allá hay un buen artículo de la revista Historia National Geografic: “Etruscos, los dioses del más allá”.

Pues sí, ha habido hasta siete batallas de las Termópilas. El lugar era clave para la entrada de ejércitos a Beocia, Ática y el Peloponeso, el corazón de Grecia. Aparte de la batalla más famosa y conocida, la que tuvo lugar en el año 480 a.C. en el curso de la segunda guerra médica, se pueden contar otras seis a lo largo de la historia. Son las siguientes:
Batallas de las Termópilas
  • Batalla de las Termópilas del año 353 a. C. Durante la tercera guerra sagrada, que enfrentó a Fócida y a Tebas por el control de Delfos, los focidios hicieron una heroica resistencia en las Termópilas frente al rey Filipo II de Macedonia, aliado de los tebanos.
  • Batalla de las Termópilas del año 279 a. C., en la que los griegos defendieron el paso frente a la invasión de los celtas de Breno. Una alianza de beocios, focios, etolios, megarenses y atenienses defiende el paso. Breno pretende utilizar camino oculto que siriviera a los persas, pero los griegos esta vez se han preparado y una guarnición defiende el escarpado camino. En un segundo intento, después de haberse desviado a Delfos, Breno logra pasar gracias a la niebla, pero los griegos son evacuados en las naves atenienses y cada contingente marcha a defender su ciudad.
  • Batalla de las Termópilas del año 191 a. C., en la que se enfrentaron los seleúcidas y los romanos que llegaron a Grecia como aliados de los Macedonios. Marco Acilio Glabrio rodeó con sus tropas al ejército del rey Antíoco III utilizando el viejo paso montañoso y venció así la batalla.
  • Batalla de las Termópilas del año 267, que tiene lugar durante el transcurso de una incursión de diversos pueblos bárbaros en el Imperio romano, primero sobre los balcanes y luego sobre Grecia. Uno de estos pueblos, los hérulos, llega a las Termópilas, donde se les intenta detener sin éxito. Como consecuencia, se dedican al pillaje por el Ática y el Peloponeso, donde llegan a saquear Esparta.
  • Batalla de las Termópilas de 1821 (o batalla de Alamana), durante la guerra de la Independencia de Grecia. Athanasios Diakos, al frente de 1500 patriotas griegos intentó resistir a un ejército de 8000 turcos que marchaban a sofocar las revueltas de Rumelia y el Peloponeso. Después de oponer una última resistencia en el puente te Alamana con 48 hombres, Diakos fue capturado y fusilado.
Athanasios Diakos es capturado por los turcos
  • Batalla de las Termópilas de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión de Grecia por parte de la wehrmacht alemana, tropas del ejército conjunto de australianos y neozelandeses logran retener en la zona al ejército alemán el tiempo suficiente para que la fuerza expedicionaria británica pueda replegarse y ser evacuada a Creta en cualquier embarcación con la que logran hacerse.

¡Hala!, ya tenemos un buen dato para participar en las conversaciones de cuñados.

 

Tespieos en las termópilas

Son los grandes olvidados de la batalla de las Termópilas, eclipsados por Leónidas y sus 300 espartanos. Fueron estos los que se terminaron convirtiendo en leyenda, en el símbolo del sacrificio heroico. Sin embargo, hay que recordar que las fuerzas griegas constaban de unos 7000 hombres, entre peloponesios, beocios y focidios. Y, cuando llegó el momento de la verdad, los 700 hoplitas de la cercana ciudad de Tespias, liderados por Demófilo, decidieron quedarse también hasta el final, al igual que otros pocos cientos de beocios, a pesar de que todos sabían que allí solo les aguardaba la muerte.

Pero los tespieos no han sido tan celebrados como los espartanos en el arte o la literatura; no tienen cuadros como el de Jacques Louis David, ni se les ha dedicado comics ni grandes películas épicas. Y, sin embargo, su sacrificio fue muchísimo mayor que el de los lacedemonios.

Para empezar, los tespieos no formaban una fuerza militar profesional como los espartanos. No tenían ni su entrenamiento ni su estricta disciplina militar, que hacía preferible la muerte a la deshonra de regresar derrotado a casa. Se podían haber retirado con el resto de griegos cuando el enemigo comenzó a rodearlos y Leónidas los despidió. Para ellos no hubiera significado una vergüenza. Los espartanos no tenían muchas opciones, pues la alternativa era ser condenados el resto de sus vidas a la miseria y el ostracismo. Los tespieos podían elegir, y eligieron quedarse.

Por otro lado, aquellos 700 hoplitas representaban el cien por cien de las fuerzas militares de la ciudad. Es más, estaban allí todos los varones en edad de combatir. La polis quedó, de ese modo, indefensa cuando las tropas de Jerjes la arrasaron poco después. Los 300 de Leónidas, sin embargo, eran sólo un cuatro por ciento de la fuerza militar de Esparta, que podía movilizar cerca de 9000 hoplitas en esa época. Además, el rey se encargó de que sólo lo acompañaran aquellos ciudadanos que tenían descendencia y habían asegurado su estirpe. Tespias perdió toda una generación en esa batalla. Los años siguientes, las mujeres y los ancianos tuvieron que reclutar extranjeros a los que les concedían la ciudadanía para recuperar la población.

 

Los tespieos tuvieron que esperar hasta 1997 para que el Estado griego les levantara por fin un monumento cerca del que habían dedicado a Leónidas con anterioridad.

Para saber más:
Paul Cartledge: Termópilas, la batalla que cambió el mundo, Ariel, 2008

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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