Edad Contemporánea

No es ninguna sorpresa que, a lo largo de la historia, la primera aplicación de muchos avances científicos y tecnológicos se diese en el ámbito militar. Eso, cuando no se investigaba directamente con finalidades bélicas. Tenemos ejemplos desde Arquímedes hasta Leonardo da Vinci o Robert Oppenheimer. Algo que se puede ampliar al campo médico y sanitario; y, a veces, con más que cuestionables experimentos científicos realizados con pacientes humanos por científicos amorales y sin escrúpulos.

En el caso de la quimioterapia se unen los dos factores: un importante avance en la medicina, en el tratamiento del cáncer, cuyo origen estuvo muy relacionado con algo tan terrible como las armas químicas, y con las investigaciones del infame doctor Cornelius Rhoads.

La quimioterapia es el empleo de fármacos para destruir las células cancerosas. Pues bien, los orígenes de la investigación tuvo que ver con la observación de los efectos del terrible gas mostaza en pacientes que habían sobrevivido a su exposición o en los cuerpos de los fallecidos. Aunque su compuesto era conocido desde el siglo XIX, el gas mostaza se sintetizó a gran escala durante la Primera Guerra Mundial como agente para incapacitar al enemigo y contaminar sus líneas de defensa. Son icónicas esas fotografías de soldados en las trincheras con sus máscaras de gas. Provocaron tanto pánico y horror este tipo de armas que, después de la guerra, diversas potencias firmaron un tratado que prohibía su uso en los conflictos.

Por otro lado tenemos al doctor Rhoads. Cornelius Rhoads era un médico aparentemente ejemplar. Se había licenciado en medicina por la universidad de Harvard y se vinculó muy pronto con el Rockefeller Institute, donde trabajó como patólogo especializó en hematología clínica, anemia y leucemia. Como parte de la Rockefeller Fundation, en 1932 trabajó durante seis meses en Puerto Rico, y allí protagonizó una polémica racista. Después de asistir a una fiesta y descubrir que le habían abierto el coche y le habían robado, escribió, furioso, una carta a un compañero suyo en la que hablaba de los portorriqueños como subhumanos que merecían ser exterminados, de sus pacientes como animales de laboratorio con los que experimentar, y contaba que él ya había puesto su grano de arena matando a unos cuantos pacientes y trasplantando células cancerígenas a otros tantos. La carta fue descubierta por el personal y se hizo pública. La sociedad portorriqueña estaba indignada y las autoridades llevaron a cabo una investigación. Para entonces, Rhoads ya se había marchado de la isla y todo el aparato de relaciones públicas de Rockefeller se había puesto en marcha para minimizar el escándalo. La investigación concluyó sin encontrar pruebas de que el doctor hubiera cometido realmente esos asesinatos, y el incidente no tuvo consecuencias para la carrera de Rhoads, que pronto se convirtió en el director del Memorial Hospital de la ciudad de Nueva York. Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, Rhoads fue asignado como jefe de medicina de la División de Armas Químicas del Ejército de Estados Unidos, con el grado de coronel.

Bueno, pues los dos factores, las armas químicas y este «buen» doctor, se conjugaron tras los acontecimientos que sucedieron en diciembre de 1943 en el puerto de Bari para dar inicio a las investigaciones de quimioterapia. A esas alturas, la guerra se estaba decantando del lado de los aliados, y ese verano había comenzado la campaña de Italia. Las tropas avanzaban hacia el norte a buen ritmo y Bari se había convertido en el principal centro logístico de suministros. El día 2 de diciembre, la Luftwaffe lanzó un potente ataque aéreo para bombardear la flota y las infraestructuras portuarias y reducir, así, la cadena de suministros de los aliados. Confiados, estos no habían preparado una defensa antiaérea adecuada, y los atacantes lograron hundir más de más veintena de barcos, y afectaron a otros tantos de diversa importancia. Entre los que quedaron totalmente destrozados se contaba el SS John Harvey, que saltó por los aires porque llevaba en sus bodegas gran cantidad de explosivos. Lo que nadie sabía es que también llevaba un cargamento secreto de dos mil bombas de gas mostaza, unas cien toneladas. Hemos dicho que las distintas potencias habían firmado un tratado para la no utilización de armas químicas en la guerra, pero eso no quiere decir que no guardasen existencias de reserva, «por si acaso». Así que, cuando el Harvey explotó, una nube tóxica envolvió la zona del puerto. Una parte del gas se mezcló con el combustible derramado que flotaba en el agua, mientras que el viento empujó la mayor parte hacia la ciudad.

Screenshot_19.jpg

El puerto de Bari tras el bombardeo. Fotografía recuperada de HistoricWings.com

Los resultados fueron catastróficos. A las víctimas directas del bombardeo, se empezaron a sumar, con el paso de las horas, las provocadas por el gas mostaza. Y también comenzaron a ingresar en los hospitales numerosos civiles que se habían visto afectados por la nube tóxica. El oficial médico enviado a evaluar la situación fue el teniente coronel Stewart Alexander, que había pasado un año estudiando los compuestos de mostaza nitrogenada en la división de investigación que dirigía Cornelius Rhoads. El doctor Alexander se dio cuenta de inmediato de que aquella gente estaba afectada por el gas mostaza. Ayudó con el tratamiento de los sobrevivientes y luego supervisó las autopsias. Observó que la tasa de mortalidad del gas mostaza había sido más alta que la de la Primera Guerra Mundial; de los 617 afectados por el gas mostaza fallecieron 83, lo que significaba más de un 13%. No se pudo evaluar con precisión el número de víctimas civiles porque muchos de los habitantes de la ciudad se desplazaron a otras poblaciones.

Alexander comprobó que los efectos sistémicos eran muy severos, de mayor importancia que los asociados con las quemaduras de gas mostaza en la Gran Guerra. Esto se debió a la sobreexposición que sufrieron aquellos que se habían lanzado al mar durante el ataque y se vieron cubiertos, literalmente, por un compuesto de mostaza diluida en agua y aceite. Conforme sus cuerpos lo fueron absorbiendo, comenzaron a sufrir síntomas atípicos y muy graves. En su informe, Alexander destacó que una característica había sido la destrucción abrumadora de los glóbulos blancos de la sangre después de la exposición al gas. Empezando por los linfocitos, todos los tipos de leucocitos caían prácticamente a cero durante los días siguientes, lo que dejaba a los afectados totalmente inmunodeprimidos. Los que se habían visto demasiado expuestos morían, pero los pacientes medianamente afectados pronto empezaban a renovar estas células sanguíneas y se recuperaban en unas cuantas semanas.

Screenshot_20.jpg

Una de la víctimas del desastre de Bari. Fotografía recuperada de HistoricWings.com

Alexander envió la información a Rhoads, que se interesó mucho por los hallazgos. En los linfomas y leucemias hay una sobreproducción de glóbulos blancos por parte de la médula ósea enferma, los informes de Alexander le sugirieron la importancia de los compuestos de mostaza para el posible tratamiento de estos cánceres. Ya desde 1942, dos investigadores de la Universidad de Yale, Alfred Gilman y Louis Goodman, estaban estudiando, en secreto, los efectos sistémicos de los compuestos de mostaza nitrogenada. En principio, buscaban desarrollar un antídoto adecuado, pero se dieron cuenta de los efectos que tenían sobre el sistema inmune y empezaron a investigar su aplicación sobre las células cancerígenas. Incluso llegaron a hacer pruebas en voluntarios que sufrían tumores terminales.

Cuando terminó la guerra, Cornelius Rhoads regresó al Memorial Hospital. Basándose en las primeras investigaciones de Goodman y Gilman, y con la enorme cantidad de datos médicos y muestras de tejido aportados por Alexander, Rhoads inició un programa intensivo para evaluar la eficacia de los compuestos de mostaza nitrogenada. A partir de estos estudios, desarrolló en 1949 un medicamento contra el cáncer basado en los compuestos de mostaza, la mecloretamina, a la que dio el nombre comercial de Mustargen. Fue el primer paso a la hora de tratar el cáncer con quimioterapia y no solo mediante cirugía.

Y así fue cómo la tragedia de Bari se terminó convirtiendo en una serendipia médica.

Fuentes

CROFTON, Ian: Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, Ariel, Barcelona, 2011
GRATZER, W.: Eurekas y euforias: cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas, Crítica, Barcelona, 2004
MEYERS, M. A.: Happy Accidents: Serendipity in Modern Medical Breakthroughs, Arcade Publishing, New York, 2007

encabezado artículo sobre los cañones cuáqueros

Siguiendo una de las máximas del Arte de la guerra, de Sun Tzu, los cañones cuáqueros eran piezas de artillería falsas cuya función era la de engañar al enemigo. En general, no eran otra cosa que troncos de madera que se solían pintar de negro y se colocaban en parapetos y troneras. A veces entre piezas reales de artillería. Con ellos, se podían conseguir dos efectos, fundamentalmente: por un lado, dar la sensación de que una fortificación era más fuerte y estaba mejor defendida de lo que lo estaba en realidad; por otro, fingir que una tropa ocupaba una posición cuando, en realidad, la había abandonado o se había desplazado a otro lugar del campo de batalla.

Como se trataba de cañones inofensivos, recibieron el nombre de «cañones cuáqueros», en alusión al grupo religioso de los cuáqueros (oficialmente Sociedad Religiosa de los Amigos), que eran conocidos por su pacifismo y repulsa a cualquier tipo de violencia. No se sabe con certeza quienes o cuándo los bautizaron así, pero seguramente se trató de una expresión acuñada por los periódicos durante la guerra de Secesión. Fue la prensa, precisamente, la que usó esa expresión cuando se hizo eco, en septiembre de 1861, de que el ejército de la Unión había descubierto que el cañón que apuntaba al Capitolio desde la colina de Munson Hill era falso.

cañón cuáqueroCañón cuáquero cerca de Centreville. Foto de George N. Barnard (fuente)
 

De todos modos, se le diese o no ese nombre, la estratagema se había usado en las guerras de los siglos XVIII y XIX. Era famoso el caso de la batalla de Rugeley’s Mill, en Carolina del Sur, durante la guerra de la Independencia de las colonias americanas. El 4 de diciembre de 1780, el coronel William Washington, del ejército continental, y sus 60 hombres usaron un gran tronco montado en los ejes de una carreta para engañar a una tropa que era el doble de numerosa. Más de un centenar de soldados leales a la corona se habían atrincherado en una granja fortificada. Washington consiguió que se rindiesen sin disparar un solo tiro después de amenazar con bombardearles si no se entregaban. Justamente, fue su postura antibelicista la que impidió participar activamente a los cuáqueros en la Revolución Americana.

No obstante, la utilización masiva de esta táctica se dio durante la guerra civil americana. Fue usada, sobre todo, por las tropas confederadas, que disponían de menos recursos. Un ejemplo notable de su éxito se pudo comprobar durante la campaña de la Península del general George McClellan, en 1862. Los confederados rodearon Centreville de cañones cuáqueros e hicieron creer a los exploradores de McClellan que el sitio estaba muy fortificado. Como resultado, el general retrasó su avance y los rebeldes tuvieron tiempo para escapar del área hacia el río Rappahannock. Fueron también utilizados con éxito en el sitio de Petersburg, en la batalla de Corinth y en la primera batalla de Bull Run.

Fuentes:

HUGUET, Monserrat: Breve historia de la guerra civil de los Estados Unidos, Nowtilus, Madrid, 2015
DOVAL, Gregorio: Fraudes, engaños y timos de la historia, Nowtilus, Madrid, 2010
https://www.history.com/news/what-is-a-quaker-gun

Día 18 de septiembre de 1944, Segunda Guerra Mundial, Países Bajos. Tras meses de tensa espera, la 4ª Brigada Paracaidista de la 1ª División Aerotransportada británica se movilizaba por fin. El día anterior había comenzado la Operación Market Garden, la mayor operación aerotransportada de los aliados durante la guerra (y también su más sonado fracaso). Dada su gran actuación durante en el Desembarco de Normandía, el peso de esta operación descansaba sobre los hombros de los paracaidistas británicos y estadounidenses. Los mandos pensaban que, si lograban controlar el cauce bajo del Rin por Holanda, lograrían envolver a Alemania desde el norte y el oeste y finalizar la guerra ese mismo año. Así que lo intentaron.

La misión de la 4ª Brigada era reforzar al resto de la 1ª División, que había saltado el día anterior, el 17 de septiembre, y lo estaba pasando francamente mal en las cercanías de Arnhem. Debían hacerse con el control del puente sobre el Rin, pero se habían encontrado con una resistencia inesperada de la 9.ª División Panzer SS. Dentro de los aviones, los soldados trataban de templar los nervios y se iban preparando ya para el salto. Aunque había uno, entre ellos, que no pensaba lo más mínimo en la batalla que les aguardaba allí abajo. En realidad era «una», en femenino; una paracaidista muy especial, con pico, cresta y llena de plumas: la gallina Myrtle.

Myrtle era una gallina de color rojizo que partenecía al teniente Pat Glover, intendente del Xº batallón. El teniente la había adquirido de un granjero local para defender su postura en una discusión de taberna. Defendía que todas las aves con alas desarrolladas eran capaces de volar, y lo quiso demostrar. Se hizo con la gallina y se la llevó a todos sus saltos de entrenamiento dentro de una bolsa de lona. En el primer salto, la gallina asomó la cabeza y se volvió a esconder en la seguridad de su bolsa. En los siguientes saltos, una vez que se había abierto el paracaídas, el teniente empezó a soltarla. Al principio cuando estaban a 20 metros del suelo, pero luego fue aumentando progresivamente altura hasta alcanzar los 100 m. Myrtel simplemente aleteaba hasta llegar a tierra sin sufrir ningún percance. Luego esperaba tranquilamente a su amo. A los paracaidistas les hacía mucha gracia los cacareos que soltaba la gallina cuando descendía.

El teniente Glover le cogió mucho aprecio. Mantenía a su mascota en una barra que instaló en su despacho, con la escusa, ante sus mandos, de que era pura logística: «raciones vivas» para enfrentarse a una posible escasez de alimentos. A lo largo del verano, Myrtle participó en 6 saltos, con lo que se ganó el honor de llevar las alas de los paracaidistas, una insignia que le colgaron del pescuezo con una cinta elástica. Era el orgullo de todo el batallón.

Pat Glover y la gallina paracaidista Myrtle

El teniente Joseph Winston Pat Glover con el 10º batallón y Myrtle a la espalda. Fotografía tomada del Pegasus Archive.

Como ese día se trataba de un salto operativo, el teniente decidió mantener la bolsa cerrada durante todo el descenso y no soltar a Myrtel. Sobrevolaron el objetivo con un intenso fuego antiaéreo que dio de lleno al C47 en el que iba el batallón de Glover. A pesar de todo, el teniente fue el primero en saltar. En poco tiempo, vio todo el cielo cubierto de paracaídas.

Mientras bajaba, Glover pudo ver el infierno que les esperaba allá abajo: fuego de mortero, una incesante lluvia de balas y numerosos incendios que se habían propagado por todo el campo. El teniente se las arregló para llegar a salvo al suelo, y rodó sobre su hombro para evitar lastimar a la gallina. Otros compañeros no tuvieron esa suerte. El campo estaba lleno de muertos y heridos.

Después de comprobar que Myrtle estaba bien, Glover se la entregó su asistente, el soldado Scott, para que la cuidara, y corrió a socorrer a uno de sus hombres, que colgaba herido de un árbol. Luego, una vez reunidos todos los supervivientes, se movieron hacia el centro de Arnhem para reunirse con el grueso de las tropas en el punto de encuentro. Decidieron seguir la línea de ferrocarril y aprovechar su terraplén como protección. Pero, justo cuando estaban pasando al otro lado fueron emboscados por un grupo de alemanes. Se refugiaron como pudieron y respondieron al fuego enemigo.

Cuando terminó la escaramuza, Pat se dio cuenta de que el soldado Scott no llevaba la bolsa de Myrtle. Le preguntó por ella y entonces el asistente se dio cuenta de que, cuando comenzó a cavar el parapeto, había dejado la bolsa en el borde de la zanja. Glover fue a por ella rápidamente. Pero, como temía, la encontró agujereada por las balas. Myrtle yacía, muerta, en su interior.

Durante la noche, enterraron a la gallina paracaidista en su lona, con toda solemnidad, bajo un seto cercano al lugar en el que había caído. «Myrtle estuvo en la partida hasta el final, señor», fueron las palabras de Scott ante la improvisada tumba. Como había caído en combate, el teniente Glover decidió enterrarla con sus alas, el emblema de su rango, un honor que se merecía.

Pues nada, espero que os haya entretenido la historia de la gallina paracaidista. También me he enterado de que este año pasado se presentó una nueva cerveza en Inglaterra para conmemorar al 10º batallón y su peculiar mascota. Como no podía ser de otra manera, la marca de esta cerveza es Myrtle.

cerveza Myrtle

Etiqueta de la cerveza Myrtle. Tomado de Friends of the Tenth.

objetivo rescatar a napoleón

Tras la derrota de Waterloo, en 1815, y el destierro de Napoleón a la isla de Santa Elena, muchos de sus partidarios marcharon al Nuevo Mundo para huir de posibles represalias de las naciones europeas. Entre ellos sus propio hermano José, el que fuera rey de España, que hizo fortuna en Estados Unidos. No es extraño, entonces, que con el tiempo surgieran distintos planes para rescatar al emperador y conducirlo hasta América.

La isla de santa Elena era uno de los lugares más recónditos del mundo, una isla agreste en mitad del Atlántico sur, entre África y América. Los aliados habían aprendido de su error al confinar a Napoleón en la isla de Elba, en la costa italiana, como soberano de una corte en miniatura. Viendo cómo se había escapado de allí y su capacidad de recuperar el poder en Francia sin efectuar ni un solo disparo, no dudaron, tras su segunda derrota, en deportar a Bonaparte a un lugar casi inaccesible en el que estuviese prácticamente incomunicado. Así que lo establecieron en aquella isla remota, con un número reducido de sirvientes, entre importantes medidas de seguridad. Los ingleses, que tenían la soberanía de la isla, no se confiaron, y enviaron allí dos escuadrones de infantería y una pequeña flota de once buques. Hasta ellos habían llegado esos rumores de posibles intentonas de rescate. Una posibilidad que llegó a obsesionar al gobernador de la isla, Hudson Lowe, que dispuso que el emperador debía dejarse ver por los guardias ingleses al menos una vez al día, para asegurarse de que no se había escapado, y le prohibió pasear a caballo fuera de cierto perímetro, o acercase a la costa.

Napoleón en santa Elena

Napoléon Bonaparte en la Isla Santa Elena, por Franz Josef Sandmann. Imagen de dominio público

 

Como hemos visto, no eran temores infundados. Esos planes para sacar a Napoleón de su prisión y llevarlo a un exilio americano existían. Un grupo de franceses de la Luisiana francesa, por ejemplo, entre los que se contaba el propio alcalde de Nueva Orleans, Nicolas Girod, se pusieron en contacto con Dominique You, un antiguo pirata y contrabandista del Golfo, para confiarle la misión de rescate. You había sido artillero en la expedición francesa sobre Haití, y también había luchado contra los ingleses en la batalla de Nueva Orleans. El alcalde Giord había llegado a acondicionar su casa para tener a Napoleón como huésped. Sin embargo, poco antes de partir, llegó la noticia de que el emperador había fallecido el 5 de mayo de 1821.

Entre los miembros del escueto séquito de Bonaparte también se propuso algún tipo de fuga, escondiendo al emperador en una cesta de la ropa sucia, en un tonel o algún cajón. Pero Napoleón lo consideraba algo indigno de su condición. Más peregrina fue la idea que tuvieron el general Lallemand y el coronel Latapie, que habían huido de Malta, donde estaban encarcelados. Latapie proponía ocupar una isla brasileña que era usada como prisión por los portugueses, incitar a la rebelión a sus 2000 presos, y luego embarcarse desde allí para ir a rescatar a Napoleón. Pero esto no pasó de meras elucubraciones.

tom jonson

Caricatura de Tom Johnson en la portada de Scenes and Stories by a Clergyman in Debt: Written during his confinement in the debtors

Pero hubo un plan todavía más espectacular. El marqués de Montholon, un general francés que se exilió con Napoleón, escribió que un grupo de oficiales bonapartistas contrataron al capitán Tom Johnson, un contrabandista irlandés, para rescatar al emperador con un submarino. Johnson había pilotado distintas naves encubiertas para la armada británica durante las guerras napoleónicas, y él mismo tenía experiencia en fugarse de varias prisiones. Al parecer, había sido capaz de inventar una especie de submarino muy primitivo, el Etna, de unos 30 metros de eslora, seguramente con información que había conseguido sobre los prototipos del ingeniero e inventor Robert Fulton. La embarcación utilizaba las velas para navegar, pero podía plegarlas para sumergirse durante algunos instantes. La idea era acercaerse a la isla y sumergirse para burlar la vigilancia de los buques que patrullaban su perímetro. Después, con una silla unas cuerdas y unos arneses, descolgarían a Napoleón por un acantilado. Pero, cuando ya estaba todo el marcha, también les llegó la noticia de la muerte del emperador.

Fuentes

Nueva selección de artículos pueblicados en Steemit. Como anuncié, solo dejo los que tratan temas afines a este blog, aquellos que os pueden resultar interesantes.

Jean Baptiste Bernadotte, artículo en Steemit Jean Baptiste Bernadotte: las extrañas vicisitudes de un rey republicano. El caso del revolucionario francés, y general de Napoleón, que se conviritió en rey de Suecia y Noruega.
Cervantes, el outsider. Soldado, viajero, emprendedor… Cervantes fue una persona que se hizo a sí misma y trató de hacerse un hueco en un mundo hostil lleno de dificultades.
¿Pares o nones? Nanorelato surgido de una propuesta que hizo un grupo de escritores en Twitter.
Criaturas fantásticas y (posiblemente) dónde encontrarlas: LA CENTÍCORA. Griatura enorme de cuernos móviles que aparece descrita en los bestiarios medievales.

Disfrutadlos. Os recuerdo que en Steemit utilizo el nombre de usuario @iaberius

 

 

Deserted, por Frank Holl

Frank Holl, Deserted (the foundling), tinta y gouache

Frank Holl fue un pintor británico del siglo XIX que obtuvo gran reconocimiento en su tiempo. Los aristócratas y las diversas personalidades de su época lo contrataban como retratista (llegó a pintar retratos para la familia real), pero se había hecho famoso por todo lo contrario, por sus cuadros de contenido social en los que pintaba escenas que descubrían y aireaban las vergüenzas ocultas tras el esplendor victoriano: hambre y miseria infantil, pobreza, insalubridad… El mismo Van Gogh lo admiraba muchísimo por la fuerza de sus dibujos y pinturas, como en este que presentamos hoy en el blog.

Unamuno, unas injurias al rey le costaron 16 años de prisión mayor

Es bien conocido el episodio del enfrentamiento entre Miguel de Unamuno y José Millán-Astray, el fundador de la Legión, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca durante la celebración del Día de la Raza de 1936; a la postre, el incidente llevaría al insigne intelectual a pasar sus últimos meses de vida bajo arresto domiciliario (no sobreviviría el viejo maestro al 36). Pero, ya con anterioridad, el carácter de Unamuno le había hecho enfrentarse a un destierro en 1923 y, unos años antes, en 1920, a una pena de 16 años de prisión mayor. Vamos, que bien podría haber acabado sus días entre rejas. ¿Qué fue lo que pasó?

En 1920, Miguel de Unamuno era un eminente intelectual, un profesor reconocido y un escritor consagrado; acababa de ser elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca. Pero el filósofo, que nunca callaba si tenía algo que decir, ya había visto cómo sus palabras y sus ideas políticas lo habían puesto en un brete en más de una ocasión. Hacía poco, por ejemplo, le habían costado el cargo de rector. Lo recuperaría y perdería en dos ocasiones más.

Desde 1917, Unamuno escribía en el periódico de corte republicano El mercantil valencianoen el que tenía una columna semanal. Tres artículos publicados en ese medio, entre 1918 y 1919, habían indignado a la familia real: «El archiducado de España», «Irresponsabilidades» y «La soledad del rey». Unamuno lanzaba en ellos duras críticas a Alfonso XIII. Ya unos años antes, durante la Gran Guerra, había atacado con virulencia a la Casa Real debido a su postura neutral; una neutralidad que, para él, no fue tal y que simbolizaba la incapacidad moral de un país gobernado por caciques germanófilos que se enriquecían con la guerra. España era víctima de un régimen despótico y corrompido.

Así pues, el fiscal de la Casa Real denunció ante la Audiencia de Valencia dichos artículos por injurias a la Corona y el intelectual fue procesado. El eminente doctor Simarro encabezó una campaña de defensa de Unamuno que consiguió gran cantidad de firmas de intelectuales cansados de la situación de España y de la actitud del rey. No obstante, el juicio se celebró el 11 de septiembre de 1920 y quedó ese mismo día visto para sentencia. El fallo, conocido unos cuantos días después fue durísimo: se condenaba a Unamuno a dos penas de prisión mayor, 16 años en total, y al pago de 1000 pesetas de multa por injuriar al monarca y a su madre en dos de los artículos. Del tercero fue absuelto. Pero la misma sentencia hacía constar que no se iba a ejecutar la condena pues quedaba bajo los efectos de un real decreto de indulto sobre delitos de imprenta dictado un año antes. Quedaba el escritor, pues, en libertad condicional. Como puede apreciarse, la cuestión era tratar de asustar a Unamuno con una sentencia ejemplar, y hacer aparecer después la figura del rey llena de benevolancia hacia el hijo descarriado. Así lo explicaba el mismo Unamuno en una carta a un amigo:

Estoy sometido desde hace año y medio a tres procesos. Los tres en Valencia y los tres por supuestas injurias por escrito a S. M.; y estoy en libertad provisional, con obligación de presentarme en el Juzgado los días 1 y 15 de cada mes, con retención de la séptima parte del sueldo. Alcanzó el indulto; mas, para obtenerlo, he de someterme a juicio, y no quiero. No paso por esa farsa de que no retire el Fiscal la acusación, o más bien que retire en dos y acaso me condenen en el tercero y me indulten.

El intelectual, en sus trece, rechazó la medida de gracia y recurrió el fallo al Tribunal Supremo. A él nadie iba a intimidarle ni a coartar la libertad de expresión. Pero las cosas quedaron así. Coincidió todo este asunto, precisamente, con el salto de Unamuno a la política nacional.

Más tarde sería desterrado a Canarias por el dictador Primo de Rivera y él mismo se exiliaría después a Francia.

Fuentes:
Ana Chaguaceda Toledano: Miguel de Unamuno. Estudio sobre su obra
Miguel de Unamuno, el látigo de ´El Mercantil Valenciano´
Izaskun Martínez: Biografía de Miguel de Unamuno

Guardar

Y para acabar el año, unas imágenes del castillo de Hohenzollern muy acordes con estas fechas. Un auténtico castillo de cuento de hadas.

Fotografía de RitterRunkel

Fotografía de RitterRunkel

fotografía del interior del castillo

Fotografía de roba66

El origen de Burn Hohenzollern es medieval, aunque el castillo que se visita hoy en día data de mediados del XIX. Encaramado sobre una alta colina, en Hechingen, el castillo de Hohenzollern es un ejemplo de arquitectura del romanticismo alemán, digno de los cuentos de los hermanos Grimm. Aunque debe mucho, también, al estilo neogótico inglés y a los castillos del Loira.

Burn Hohenzollern fue un capricho de Federico Guillermo IV de Prusia, y muestra la idea que se tenía entonces de lo que debería ser un castillo caballeresco. Lo único que queda de los dos primitivos castillos medievales (el original del siglo XI y su reconstrucción del XV) es la capilla de san Miguel Arcángel.

El castillo guarda hoy en día varios tesoros históricos, como la corona de Guillermo II de Prusia, efectos personales de Fererico II o la gran espada Gassenhauer, de 1,80 metros.

Asómate a la Wikipedia para saber un poco más

Pues sí, ha habido hasta siete batallas de las Termópilas. El lugar era clave para la entrada de ejércitos a Beocia, Ática y el Peloponeso, el corazón de Grecia. Aparte de la batalla más famosa y conocida, la que tuvo lugar en el año 480 a.C. en el curso de la segunda guerra médica, se pueden contar otras seis a lo largo de la historia. Son las siguientes:
Batallas de las Termópilas
  • Batalla de las Termópilas del año 353 a. C. Durante la tercera guerra sagrada, que enfrentó a Fócida y a Tebas por el control de Delfos, los focidios hicieron una heroica resistencia en las Termópilas frente al rey Filipo II de Macedonia, aliado de los tebanos.
  • Batalla de las Termópilas del año 279 a. C., en la que los griegos defendieron el paso frente a la invasión de los celtas de Breno. Una alianza de beocios, focios, etolios, megarenses y atenienses defiende el paso. Breno pretende utilizar camino oculto que siriviera a los persas, pero los griegos esta vez se han preparado y una guarnición defiende el escarpado camino. En un segundo intento, después de haberse desviado a Delfos, Breno logra pasar gracias a la niebla, pero los griegos son evacuados en las naves atenienses y cada contingente marcha a defender su ciudad.
  • Batalla de las Termópilas del año 191 a. C., en la que se enfrentaron los seleúcidas y los romanos que llegaron a Grecia como aliados de los Macedonios. Marco Acilio Glabrio rodeó con sus tropas al ejército del rey Antíoco III utilizando el viejo paso montañoso y venció así la batalla.
  • Batalla de las Termópilas del año 267, que tiene lugar durante el transcurso de una incursión de diversos pueblos bárbaros en el Imperio romano, primero sobre los balcanes y luego sobre Grecia. Uno de estos pueblos, los hérulos, llega a las Termópilas, donde se les intenta detener sin éxito. Como consecuencia, se dedican al pillaje por el Ática y el Peloponeso, donde llegan a saquear Esparta.
  • Batalla de las Termópilas de 1821 (o batalla de Alamana), durante la guerra de la Independencia de Grecia. Athanasios Diakos, al frente de 1500 patriotas griegos intentó resistir a un ejército de 8000 turcos que marchaban a sofocar las revueltas de Rumelia y el Peloponeso. Después de oponer una última resistencia en el puente te Alamana con 48 hombres, Diakos fue capturado y fusilado.
Athanasios Diakos es capturado por los turcos
  • Batalla de las Termópilas de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión de Grecia por parte de la wehrmacht alemana, tropas del ejército conjunto de australianos y neozelandeses logran retener en la zona al ejército alemán el tiempo suficiente para que la fuerza expedicionaria británica pueda replegarse y ser evacuada a Creta en cualquier embarcación con la que logran hacerse.

¡Hala!, ya tenemos un buen dato para participar en las conversaciones de cuñados.

Suscríbete al blog

Y recibirás los artículos de Senderos Ocultos directamente en tu correo electrónico.

Archivos

Eres un erudito de historias secretas, una investigadora de libros polvorientos, o un saqueador de relatos...

Eres una cazadora de brujas, un arquólogo de lo grotesco o una tejedora de mitos y leyendas...

¡Bienvenidos! Habéis llegado al lugar indicado: un rincón donde se unen los senderos ocultos del arte, la música, la literatura y la historia.

«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

249434
visitas

Follow me on Blogarama