Edad Moderna

fotografía del castillo de Vincennes

El castillo de Vincennes es uno de los castillos más importantes de la historia de Francia. En realidad, casi se podría considerar una ciudadela fortificada más que un castillo, ya que alberga edificios civiles, administrativos, religiosos y militares. Actualmente es uno de los castillos más grandes y mejor conservados de Europa.

Vincennes se construyó en el siglo XIV sobre un antiguo refugio de caza, a instancias de Carlos V y fue constantemente modificado y ampliado durante los tres siglos siguientes. En Vincennes nacieron, se casaron y residieron reyes -o importantes validos como el cardenal Mazarino-. Siguió siendo considerada residencia real hasta que la corte se trasladó a Versalles, en el siglo XVII.

Dentro de sus murallas de planta rectangular, destacan la imponente torre del homenaje, la más alta de Europa durante la Edad Media, y la capilla, levantada a semejanza de la Sainte-Chapelle de París, que llegó a guardar temporalmente las reliquias de la corona de espinas.

En el siglo XVIII el castillo se convirtió en cárcel del Estado, y entre sus muros fueron encerrados el marqués de Sade o Diderot, entre otros. Fue también fábrica de porcelana y luego de armas, cuando pasó a manos del Ejército francés. En este castillo sería ejecutada, durante la Gran Guerra, la famosa espía Mata Hari.

Para saber más:
http://www.france.fr/es/arte-y-cultura/castillo-de-vincennes.html
http://www.chateau-vincennes.fr/index.php

Se me había pasado mencionar que en el número de noviembre de la revista National Geografic habían dedicado uno de los reportajes a la brujomanía y la caza de brujas durante el fin de la del medioevo y la Edad Moderna. Es bastante breve y somero, pero sirve para hacerse una idea general de la cuestión y desmitificar algunos aspectos. Está muy basado en la magnífica obra de Brian P. Levak La caza de brujas en la Europa moderna. También lo podéis encontrar íntegro en su página web.

Esbozo a lapicero de brujas del bosco

Esbozo de brujas y otros monstruos

 Una finalidad piadosa

Frente a lo que nos pueda parecer hoy día, las escenas grotescas de los cuadros del Bosco tenían una finalidad piadosa. Pintaba para censurar. Esto lo entendió Felipe II, que mandó comprar por eso sus cuadros. Pero ya cien años después de su muerte había gente que no tenía esto muy claro y que en sus cuadros lo único que veía era la obra de un pintor bastante impío. Caro Baroja era de la opinión de que el pintor, en realidad, estaba movido por un espíritu religioso moralizador. Atacaba con sus sátiras, sobre todo, la sensualidad. Y especialmente los pecados producidos por la música y el baile. Todo lo que eran movimientos raros y desenfrenados era diabólico, brujerías, como podemos ver en este dibujo de brujas del Bosco conservado en el Louvre.

 Fuente: Caro Baroja: Las brujas y su mundo

El fúnebre cortejo que acompañaba a la reina viuda en las frías noches de la estepa castellana. Nunca llegaría a su destino. A ella la encerrarían por loca en Tordesillas hasta su muerte, casi cincuenta años después; Felipe I tendría que esperar todavía muchos años para ser enterrado en la catedral de Granada, como deseaba.

El pintor prerrafaelista John Millais representó en este óleo el momento en el que un monje ayuda a huir a Juana de Acuña, condenada por la inquisición en 1559, año en el que hubo en la capital castellana un importante auto de fe para atajar la herejía luterana. Los diablos y las llamas del sambenito indican que la condena era grave: la muerte en la hoguera.

Muchas de las mujeres consideradas brujas durante la Edad Media y la Edad Moderna eran en realidad buenas botánicas: curanderas y hechiceras que sabían usar plantas peligrosas y potentes para curar, dañar, alterar la conciencia o forzar la voluntad. Sabían dónde, cuándo, y cómo recogerlas, y también la manera de combinarlas entre sí para lograr distintos efectos. La gente creía que se trataba de un saber secreto que se transmitían unas a otras desde muy antiguo y atribuía sus resultados a la naturaleza mágica de las plantas. Si a todo esto unimos la escenografía que acompañaba la recogida (al atardecer y en la noche, en lugares misteriosos como cementerios, bosques y cuevas, empleando oraciones y conjuros), no es extraño que pronto se relacionase con la brujería.

Si lo miramos desde una perspectiva actual, estas «brujas» realizaban una magia que podríamos considerar real y otra claramente imaginaria. Los vuelos y metamorfosis o la invocación de demonios, por ejemplo, estaban solo en la cabeza de las brujas, sus perseguidores, y de una parte de la población de la época.

Pero había también una magia «real», un arte u oficio que diversas mujeres ejercían cuando alguien requería de sus servicios. Los rituales, conjuros y brebajes se realizaban de verdad, indistintamente del resultado que se obtuviese. Las formas de medicina tradicional, rural y campesina practicada por las curanderas solía funcionar; las formas de hechicería basadas en la imagen y la sugestión a veces funcionaban y a veces no. La forma más corriente de esta magia efectiva comportaba el uso de hierbas, drogas y de otras sustancias con propiedades curativas o dañinas, o con la facultad de influir sobre el deseo, la voluntad y la capacidad sexual.

Mandrágora y beleño

No obstante, hay estudiosos que consideran que incluso en la magia que antes hemos denominado «imaginaria» había un poso de verdad. La tradición había extendido la idea de que las brujas mezclaban en sus calderos todo tipo de plantas e ingredientes asquerosos y macabros y que, con las instrucciones del demonio, fabricaban un ungüento que les servía para volar y acudir al aquelarre. Lo que se cree en la actualidad es que todo esto que decían o creían experimentar las brujas eran producto de su imaginación, sí, pero debido al empleo de plantas alucinógenas que se aplicaban sobre la piel, en diversas partes del cuerpo, después de haber sido mezcladas con grasa en un unto. Algunos estudiosos del Renacimiento llegaron a plantear la «teoría alucinatoria» del vuelo de las brujas, que atribuían al efecto psicotrópico de las plantas que utilizaban. El ungüento o la ingestión de las plantas creaban la ilusión de volar. El médico y humanista español Andrés Laguna, decía, allá por el siglo XVI, que estas mujeres untaban su cuerpo con cicuta, hierba mora, beleño y mandrágora. Etnólogos del siglo XX llegaron a recrear estos ungüentos y se los aplicaron en la piel, y dijeron experimentar realmente alucinaciones perturbadoras. Los experimentos más famosos fueron los de Wilhelm Mrsich y Will-Erich Peuckert. Este último se untó el cuerpo con una mezcla de beleño, estramonio, napelo, belladona y amapola, de acuerdo a antigua receta, y luego registró sus experiencias.

Así pues, las plantas más usadas por las brujas como ingredientes para sus ungüentos y pociones eran aquellas con poderes narcotizantes, que provocaban letargo, alucinaciones, alteración de la conducta y, en dosis mayores, resultaban mortales. La mayoría de las plantas venenosas deben sus poderes a los alcaloides, sustancias que neutralizan ácidos y forman sales. Están compuestas parcialmente por nitrógeno y afectan fuertemente al organismo humano; en función de las dosis deben considerarse venenos o medicinas. Las plantas «mágicas» de mayor renombre, citadas con frecuencia en los libros de hechicería, son las pertenecientes a la familia de las solanáceas, entre las que se encuentran el estramonio (Datura stramonium), la belladona (Atropa belladonna), la mandrágora (Mandragora autumnalis), el beleño (Hyoscyamus niger), el tabaco (Nicotiana tabacum), la adormidera (Papaver somniferum) y la amapola común (Papaver rhoeas).

Por lo general, estas plantas son bastante comunes y abundantes. Suelen crecer en suelos nitrogenados, ricos en nitratos y sales amoniacales, lo que explica las visitas de estas mujeres a cementerios, basureros y a las riberas de los ríos, lugares donde se concentran grandes cantidades de materia orgánica. Las brujas, que eran personas del campo, sabían todo esto. Solían salir a recogerlas a última hora de la tarde. Por un lado, por su propia seguridad, para no ser vistas por sus vecinos mientras buscaban hierbas venenosas, y por otro, porque sabían que estas plantas, al estar compuestas de alcaloides, acumulan la mayor cantidad de principios activos mientras les da el sol, por lo que alcanzan el punto álgido en el crepúsculo. Podemos recordar aquí el caso de la daimieleña Juana Ruiz, de la que se decía que por las noches frecuentaba el cementerio que había por aquel entonces junto a la iglesia de Santa María.

Si nos seguimos centrando en Castilla-La Mancha, Sebastián Cirac Estopañán, en su obra Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva, habla de los usos que las hechiceras castellano-manchegas hacían de las diversas hierbas. Afirma que en todo tiempo usaron las hechiceras plantas recogidas la mañana de San Juan para remedio de males y de amores y que empleaban mucho las hierbas aromáticas con las que llevaban a cabo sahumerios.

Recoge Cirac casos como el de una tal Carranza, que iba por la noche a recoger ortigas o el de «la Monja», que presumía de hacer maravillas con la hierba pimentera y tenía un tiesto de taragontia. Francisca Silva y «la Salas» utilizaban la valeriana para sus hechicerías. Esta última decía que, enterrando en un hoyo una valeriana y un amaro, que eran hierbas macho y hembra, después de haber echado agua bendita, se podía forzar el matrimonio con quien se quisiera. A principios del siglo XVIII, unas mujeres de Talavera utilizaban el romero en sus sortilegios amorosos y, unas décadas antes, en el laboratorio de la hechicera Ana López, «la Larga», de Daimiel, los inquisidores habían encontrado polipodio (helechos) y solimán (posiblemente Daphne laureola, una planta muy venenosa).

Para saber más:
 CALLEJO, Jesús: Breve historia de la brujería, Ediciones Nowtilus, Madrid, 2006.
CARO BAROJA, Julio: Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1997.
CIRAC ESTOPAÑÁN, Sebestián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (tribunales de Toledo y Cuenca), CSIC, 1942.
OTERO AIRA, Luis: Las plantas alucinógenas, Paidotribo, Barcelona, 2001.

 

Aquellos apasionados de la historia del Santo Oficio están este mes de enhorabuena. Por un lado, la revista Historia National Geografic publica un artículo sobre la Inquisición y la presecución de los protestantes en la Península. Por otro lado, La 2 de Televisión Española está volviendo a emitir desde el pasado jueves la miniserie documental Los archivos secretos de la inquisición.

Siguiendo la línea de Cuarto Milenio, en algunos momentos el reportaje resulta un tanto fantasioso, y la visión que da de la Inquisición en relación a la brujería es muy estereotipada, pero siempre es interesante por las distintas fuentes que se mencionan y los casos que se recogen también de la tradición oral.

Me ha interesado especialmente la descripción del hechizo con la cabeza del gato negro y las habas. En el Archivo Histórico Nacional, un legajo recoge el caso de Polonia Martín, la Forastera, hechicera de Daimiel del siglo XVIII, que realizaba la misma práctica con el gato y las habas, simplemente con algunas variaciones. Existía, pues un “corpus” común de hechizos en la Península, y los sortilegios no eran fruto de inventiva particular de cada una de las mujeres.

A pesar de su extrema miseria, Polonia Martín explicaba el siguiente remedio contra la pobreza a aquellos que acudían a ella:

havían de coger un gato negro y cortándole la
cabeza, enterrarla en tierra sagrada, metiéndole en los ojos dos abas, y
espolvorendo sobre el mismo sitio unos polvos de ara consagrada. Havía de ir
todas las noches entre las doze y la una a regar el sitio donde estaba la
cabeza, renegando allí con palabras formales y expresas de la Santísima
Trinidad, Jesucristo. Maria Santísima y de los Santos, llamando al Demonio

AHN Inq. Leg. 3722/126 y 137

Al cabo de un tiempo, nacerían unas hierbas y usándolas bien, ellas serían las que traerían la fortuna. 

Winter is coming; se acerca el invierno

Brueghel el viejo, Cazadores en la nieve, winter

Pieter Brueghel el Viejo – Cazadores en la nieve (1565)

Los cazadores en la nieve, 1565, óleo sobre tabla, 117×162 cm. Obra de madurez perteneciente al ciclo de los meses del año, representa el invierno.

Los cazadores en la nieve, en wikipedia

la vampira de venecia

Si alguien nos habla de la existencia de una vampiresa veneciana en la época del Renacimiento, es posible que nos imaginemos una dama parecida a las que plasma Victoria Francés en Favole. Lejos de tal romanticismo, la realidad puede resultar mucho más cruda, aunque no menos terrorífica.

A principios del año 2009, un grupo de investigadores italianos sostenía haber encontrado en Venecia los restos de una “vampira”. El descubrimiento se remontaba al año 2006, cuando el equipo del antropólogo forense Matteo Borrini, de la Universidad de Florencia, excavaba una fosa común en la isla de Lazzartto Nuovo. Se trataba de los huesos de una mujer que falleció víctima de una terrible epidemia de peste en el año 1576, y que fue enterrada con una lasca de piedra introducida en la boca: su cadáver fue profanado ante el temor de que regresara de la muerte. Las plagas que diezmaron Europa a finales de la Edad Media y durante toda la Edad Moderna alimentaron la creencia en vampiros, a quienes se consideraban responsables de la transmisión y expansión de enfermedades como la peste (recordemos las ratas y la mortífera epidemia que acompaña al vampiro en la película Nosferatu). Una variedad de éstos vampiros eran los denominados “devoradores de sudarios”, que aparecen en el folclore de diversas zonas de Europa. Se creía que estos cadáveres reanimados comenzaban a alimentarse de sus propias mortajas, luego chupaban la sangre de los demás muertos hasta recuperar las fuerzas suficientes como para salir de la tumba y atacar a los vivos.

Los sepultureros podían observar algunos síntomas que les hicieran sospechar la presencia de uno de estos vampiros: que el cuerpo permaneciera incorrupto, presentara el vientre hinchado y que la mortaja estuviera agujereada en torno a la boca. Hoy en día estos fenómenos tienen su explicación. Durante la peste era normal que los enterradores abrieran las fosas con frecuencia, por lo que no era raro encontrar un cuerpo en relativo buen estado. El vientre hinchado es resultado del proceso de descomposición y el agujero de la mortaja se explica por el efecto corrosivo de bacterias y los gases y líquidos expelidos por la boca del difunto durante la putrefacción.

Para matar un vampiro, lo único que había que hacer era retirarle la mortaja de la boca, que era su sustento, y colocarle algo que no pudiera comer, como piedras o ladrillos.

Fuentes: Cuarto milenio, ideal.es y diario El país.

Guardar

Suscríbete al blog

Y recibirás los artículos de Senderos Ocultos directamente en tu correo electrónico.

Archivos

Eres un erudito de historias secretas, una investigadora de libros polvorientos, o un saqueador de relatos...

Eres una cazadora de brujas, un arquólogo de lo grotesco o una tejedora de mitos y leyendas...

¡Bienvenidos! Habéis llegado al lugar indicado: un rincón donde se unen los senderos ocultos del arte, la música, la literatura y la historia.

«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo