Escritores

EL MENDIGO

El mendigo de Goya

Mendigo con perro, por Francisco de Goya

Mío es el mundo: como el aire libre,
otros trabajan porque coma yo;
todos se ablandan si doliente pido
una limosna por amor de Dios.

El palacio, la cabaña
son mi asilo,
si del ábrego el furor
troncha el roble en la montaña,
o que inunda la campaña
El torrente asolador.

Y a la hoguera
me hacen lado
los pastores
con amor.
Y sin pena
y descuidado
de su cena
ceno yo,
o en la rica
chimenea,
que recrea
con su olor,
me regalo
codicioso
del banquete
suntüoso
con las sobras
de un señor.

Y me digo: el viento brama,
caiga furioso turbión;
que al son que cruje de la seca leña,
libre me duermo sin rencor ni amor.
Mío es el mundo como el aire libre…

Todos son mis bienhechores,
y por todos
a Dios ruego con fervor;
de villanos y señores
yo recibo los favores
sin estima y sin amor.

Ni pregunto
quiénes sean,
ni me obligo
a agradecer;
que mis rezos
si desean,
dar limosna
es un deber.
Y es pecado
la riqueza:
la pobreza
santidad:
Dios a veces
es mendigo,
y al avaro
da castigo,
que le niegue
caridad.

Yo soy pobre y se lastiman
todos al verme plañir,
sin ver son mías sus riquezas todas,
qué mina inagotable es el pedir.
Mío es el mundo: como el aire libre…

Mal revuelto y andrajoso,
entre harapos
del lujo sátira soy,
y con mi aspecto asqueroso
me vengo del poderoso,
y a donde va, tras él voy.

Y a la hermosa
que respira
cien perfumes,
gala, amor,
la persigo
hasta que mira,
y me gozo
cuando aspira
mi punzante
mal olor.
Y las fiestas
y el contento
con mi acento
turbo yo,
y en la bulla
y la alegría
interrumpen
la armonía
mis harapos
y mi voz:

Mostrando cuán cerca habitan
el gozo y el padecer,
que no hay placer sin lágrimas, ni pena
que no traspire en medio del placer.
Mío es el mundo; como el aire libre…

Y para mí no hay mañana,
ni hay ayer;
olvido el bien como el mal,
nada me aflige ni afana;
me es igual para mañana
un palacio, un hospital.

Vivo ajeno
de memorias,
de cuidados
libre estoy;
busquen otros
oro y glorias,
yo no pienso
sino en hoy.
Y do quiera
vayan leyes,
quiten reyes,
reyes den;
yo soy pobre,
y al mendigo,
por el miedo
del castigo,
todos hacen
siempre bien.

Y un asilo donde quiera
y un lecho en el hospital
siempre hallaré, y un hoyo donde caiga
mi cuerpo miserable al espirar.

Mío es el mundo: como el aire libre,
otros trabajan porque coma yo;
todos se ablandan, si doliente pido
una limosna por amor de Dios.

Un poema típicamente romántico de Espronceda que me gusta tanto o más que la canción del pirata. Un canto a la libertad de otro personaje marginal que, como el pirata o el cosaco de otros poemas, aparece como prototipo de persona libre enfrentada a la sociedad burguesa. El mendigo no es que acepte su condición, alardea de ella porque es él el que la ha elegido. Es lo que él quiere, una vida libre e independiente, sin estar atado a honores o bienes materiales ni depender de nadie. No ambiciona nada pero lo tiene todo: “mío es el mundo”.

Pero es el tono cínico lo que más me gusta, y esa socarronería de su discurso. Sobre todo cuando cambia bruscamente el ritmo y pasa, de golpe, a estrofas de versos breves. El poema coge velocidad y de verdad nos podemos imaginar al mendigo persiguiendo a las damas solo para espantarlas con su olor.

Inicio de Diles que no me maten, de Juan Rulfo

Hoy se celebran los 100 años del nacimiento de Juan Rulfo, el extraordinario escritor mexicano que, con un par de novelas y una recopilación de cuentos, se convirtió en uno de los más importantes escritores en lengua castellana del siglo XX, y en el autor más traducido de su país. Me ha parecido un buen homenaje dejar hoy en el blog uno de sus cuentos, “¡Diles que no me maten!”, leído por el propio escritor. El cuento pertenece a El Llano en llamas y, para mí, es uno de los mejores. Qué maestría, qué manera de utilizar el lenguaje, qué manera de caracterizar a los personajes con unas pocas líneas de diálogo. Ese inicio…, y la frase que lo cierra: brutal. Pocas veces se encuentra algo tan bueno. Así que disfrutadlo, ahora, de sus propias palabras.

Juan Rulfo, gigante de las letras

Con unos pocos centenares de páginas, Juan Rulfo creó todo un universo literario que expresó con una voz propia y original, y se convirtió en el precursor del Boom latinoamericano y en punta de lanza del “realismo mágico”. Comala, su Comala, es uno de esos lugares míticos que ya han quedado grabado en el imaginario colectivo, como el Macondo de Gabo, la Santa María de Onetti o el Arkham de Lovecraft. Sus personajes reflejan el tipismo del México rural y las problemáticas sociales, mezcladas con el elemento fantástico; son siempre perseguidos o perseguidores, y sus vidas son pesadillas de las que no pueden escapar. El estilo de Rulfo, poético y vigoroso, toma del realismo y las vanguardias, mezcla lo cotidiano con lo fantástico, presenta unidos violencia y lirismo, hasta crear algo nuevo e incomparable.

Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá —casi diez años atrás— había sufrido una conmoción semejante.

Gabriel García Márquez

Nota biográfica

Nacido en Sayula, Jalisco, el 16 de mayo de 1917, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno vivió de niño en primera persona las violentas revueltas campesinas y cristeras, algo que le marcó profundamente y quedará perfectamente reflejado en su literatura. Comenzó a escribir en las revistas AméricaPan, a mediados de los años 40, y allí aparecieron sus primeros cuentos. En 1953 publicó El Llano en llamas, recopilación de relatos que fue aumentando en las sucesivas ediciones. En 1955 vio la luz Pedro Páramo. Escribió una segunda novela, El gallo de oro, pero no sería publicada hasta más de 20 años después. Su muerte, en 1986, fue un acontecimiento nacional y fue llorado de manera especial por sus conciudadanos.

Juan Rulfo ganó el Premio Nacional de Literatura en 1970 y fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en 1983. En 1976 había sido elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Para saber más:
Merlín en un códice

Ilustración de Merlín en las Crónicas de Núremberg (1493)

Merlín, el Encantador, es el mago más famoso de la historia europea, el mago por antonomasia que ha inspirado toda la tradición de hechiceros posteriores. Aunque se ha querido buscar algún referente real en la Britania posrromana, lo cierto es que no hay indicios de que hubiese un Merlín histórico. Hechicero, druida, profeta o consejero, el Merlín de la materia de Bretaña es, en realidad, una creación literaria compleja que surge en el siglo XII a partir de un conglomerado de mitos célticos del sur de Escocia y Gales. Fue el escritor Geoffrey de Monmouth el que le da la forma definitiva al personaje y lo relaciona con el ciclo del rey Arturo. Hasta entonces ni siquiera existía la voz Merlín (o Merlinus), que aparece por primera vez en 1138 en la Historia regum Britanniae (Historia de los reyes de Bretaña) de Monmouth, sino que se había usado el nombre galés Myrddin.

Geoffrey de Momnouth, el padre del Merlín artúrico, fue un docto clérigo galés que estudió en la escuela catedralicia de Oxford y fue luego obispo de Saint Asaph. Escribió sus obras en latín y usó las fuentes de la tradición oral y escrita galesas. Construyó su personaje combinando dos figuras legendarias de tradiciones distintas que compartían el mismo nombre, Myrddin, a los que añadió luego elementos de su propia invención.

Por un lado recuperó la historia de la profecía del rey Vortigern. Vortigern, un rey britano del siglo V, quería construir una fortaleza en una imponente colina, pero todas las noches los muros se desmoronaban. Sus sabios y astrólogos le dijeron que, para evitarlo, debía sacrificara allí a un niño sin padre. Sus hombres buscaron por todo el reino hasta que encontraron, en Carmarthen, a un niño sin padre conocido; incluso se había extendido el rumor de que había sido engendrado por un demonio. Cuando lo llevaron a la corte del rey, el niño demostró unas asombrosas dotes como profeta y contó la verdadera razón por la que no podían construir allí la fortaleza: bajo la colina había dos dragones, uno rojo y otro blanco, que peleaban entre sí. El rey mandó cavar a sus obreros y, efectivamente, salieron a la superficie los dos dragones, que continuaron luchando hasta que el blanco mató al rojo y desapareció en la lejanía. De este modo, aquel niño llamado Myrddin profetizó acerca del futuro del reino y del desastroso final del rey Vortigern, ya que la victoria del dragón blanco sobre el rojo representaba la victoria de los invasores sajones sobre los britanos.

Myrddin y Vortigern ante los dragones

La profecía de Myrddin, ilustración de Allan Lee

Esta leyenda había aparecido escrita en el siglo IX en la Historia Britonum de Nennio, que le da a Myrddin, además, el sobrenombre de Ambrosius (Emrys en galés). Y de ahí la tomó seguramente Geoffrey de Monmouth, que la reprodujo a su manera con los cambios que le parecieron oportunos. Por ejemplo, el niño de la leyenda fue encontrado en realidad en Glamorgan, pero Monmouth veía más coherente que fuese oriundo de Carmarthen, Caer Merddin en galés, que significaba, literalmente, «la fortaleza de Myrddin». La profecía final también parece que fue de su cosecha, una manera de anticipar el advenimiento del rey Arturo. Sigue leyendo

Shakespeare y Cervantes

Con esta genial ilustración de Shakespeare y Cervantes jugueteando con sus creaciones, mi compi de Naturaletra, Mónica, que es una gran ilustradora, ha sabido dar vida a una idea que me rondaba por la cabeza para participar desde este blog en el homenaje a estos dos genios de la literatura universal, con motivo del aniversario de los 400 años de su muerte.

Misma fecha, distinto día

Aunque siempre debemos recordar que, aunque tradicionalmente se asume que murieron en la misma fecha, no lo hicieron en el mismo día. En realidad, Cervantes falleció el 22 de abril (lo que pasa es que fue enterrado el 23) y Shakespeare lo hizo el 23 de abril… según el calendario juliano, que tenía un desfase con el gregoriano, aceptado entonces por los católicos, de 10 días. Hasta mediados del siglo siguiente no lo aceptarían en Inglaterra; ese 23 de abril pasaría entonces a ser 3 de mayo.

Fotografía de Terry Pratchett

Sir Terry Pratchett, © Luigi Novi / Wikimedia

“El último grano de arena rodó trazando un pequeño arco, y cayó por el agujerito.

-ES LA HORA, SIR.

El sabio de la barba blanca se ajustó el sombreo puntiagudo, se dio la vuelta y saludó con la mano. Habían acudido todos a despedirle.

El capitán Vimes hizo un gesto al resto de la guardia, que levantó sus armas para presentar honores (el cabo Nobs había empeñado su espada, así que disimuló como pudo con el atizador).

-Ook, ok ooook… ¡Ooook!

Todos se emocionaron con el panegírico del bibliotecario. Hasta Yaya, que sacó un pañuelito de encaje de su larga manga. Sus hermanas la arroparon.

-Ciempre ce van loz mejodez-. Hacía mucho tiempo desde la última vez que una lágrima surcara el rostro del héroe octogenario.

Dos Flores limpiaba, compungido, sus dos ojos extras; se le habían empañado. El mago escuchimizado, que estaba a su lado, le pasó el brazo por el hombro. Se había arreglado para la ocasión. Al menos había intentado enderezar un poco su sombrero.

El sabio de barba blanca les sonrió; después miró al frente. La delgada figura de la túnica negra se iba alejando, así que hincó espuelas en los flancos del enorme baúl. La mitad de sus patitas se encabritaron y el Equipaje salió raudo detrás del Segador.

En ese momento, Rincewind se dio cuenta de que el cordón de su túnica se había enganchado con la tapa del baúl…”

Nos ha dejado; el maestro nos ha dejado… En su cama, rodeado de su familia, con su gato a los pies. Y nos lega, todavía, una novela póstuma, a pesar de ese alzheimer al que se enfrentaba desde el 2007.

Qué cosas: la noticia me pilla leyéndome la saga de El éxodo de los gnomos. Sigue siendo uno de mis autores fetiche. Los argumentos de sus novelas podían ser mejores o peores, pero su humor, su ironía, su orginialidad y su dominio de las fuentes clásicas, y ese estilo que a veces me recordaba al conceptismo quevediano nunca defraudaba. Yo descubrí la obra de Terry Pratchett gracias a mis amigos de Camelot, y casi siempre amenizaba las tertulias de aquellas primeras kedadas que hacíamos en los albores de la era de internet. Nunca podré agradecérselo lo suficiente a Vanion y a Kalen. Fue una época feliz en la que viví auténticas aventuras en mis periplos por la Península (y por las islas). No recuerdo haberme reído tanto con un libro como lo hice con El color de la magia. Nunca me había disfrazado de adulto hasta que conseguí mi traje de Rincewind, con equipaje y todo (¡gracias abuela!). Y sus libros son uno de los regalos recurrentes que pido todos los años a los Reyes Magos.

Hoy en mundobola nos hemos quedado muy tristes. Siempre nos quedará Mundodisco para recuperar la sonrisa.

NO LO VEAS COMO ‘MORIRSE’, PIÉNSALO COMO UN IRSE TEMPRANO PARA EVITAR EL TRÁFICO

Terry Pratchett y Neil Gaiman: Buenos Presagios, 1990

 

 

Delirios de amor y muerte es el poético titulo de una antología para amantes de Edgar Allan Poe que recoge las obras de amor y terror más significativas del autor. Meticulosamente ilustradas por David G. Forés durante los últimos dos años, y diseñadas por Carlos Ruiz, componen una obra dónde textos e imágenes se funden, presentada además con banda sonora original para disfrutar de la experiencia al completo.

Pues este ha sido uno de mis regalos de reyes de este año, la guinda del pastel. La verdad es que merece una reseña por mi parte dada su calidad. El libro es una auténtica maravilla ilustrada de diseño impecable, en tapa dura, impreso con tintas de calidad sobre papel de alto gramaje, con termograbados en las cubiertas… Pocas veces he visto una edición tan cuidada como esta; hasta tal punto, que la editorial Play Attitude solo ha podido llevarla a cabo mediante edición limitada en Crowfunding.

Ejemplar Delirios de amor y muerte

El germen del proyecto fue una aplicación, iPoe, y su gran impulsor ha sido su ilustrador, David G. Forés. Por supuesto, como es normal en este tipo de micromecenazgos, hay una serie de recompensas. En mi caso, al tratarse de la Insane Edition, el libro viene acompañado con la lámina de Forés Master of Macabre y mi nombre es mencionado en una lista de mecenas que aparece al final. Pero, según la aportación, la obra se acompaña de reproducciones seriadas y firmadas por el autor, estuches, o la banda sonora original de este proyecto (¡sí, un compositor le ha creado una banda sonora!) en un disco de vinilo. Incluso se contempla la creación de 7 ejemplares de lujo encuadernadas a mano con detalles como bisagras metálicas.

En cuanto al contenido, consiste la edición en una recopilación de seis relatos del maestro del terror: “El Gato Negro”, “El retrato oval”, “El corazón delator”, “Hop-Frog”, “La Máscara de la muerte roja” y “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”. A ellos se suman sus dos poemas más conocidos:  “El cuervo” y “Annabel Lee”. Eros y Thanatos, el amor y la muerte, como reza el título, son el hilo conductor de esta selección, la temática que comparten cuentos y poemas, a veces profundamente entrelazados en esa especie de necrofilia y necrofobia de la que el especialista Rafael Llopis habla al referirse a la obra del escritor.

El libro se cierra con una breve biografía de Poe, una serie de bocetos a lápiz, y unas páginas con curiosidades sobre los distintos poemas o relatos.

Una delicia visual

La calidad de las ilustraciones es indiscutible. Cada una de ellas captan perfectamente la atmósfera misteriosa, siniestra o macabra de los escritos. David Forés ha realizado un gran trabajo. Evocadoras o grotescas, las imagenes nos sumergen todavía más, si cabe, en el universo gótico del autor y enriquecen sobremanera la experiencia de la lectura.

Pero la calidad visual de la edición no se queda ahí. El mismo diseño del libro cobra protagonismo y se conjuga con las ilustraciones para lograr una interacción entre texto e imagen. El maquetador, Carlos Ruiz, juega con la tipografía, cambia el tamaño o altera la disposición para crear imágenes, como los caligramas de los poetas vanguardistas, siempre en consonancia con lo que cuenta la historia. La forma del texto adquiere vida propia y se convierte en un elemento más con el que disfrutar de la historia: las palabras “laten” al ritmo de ese corazón delator, dejan el hueco de un ojo, se fusionan con las ilustraciones…

muerte roja corazón delator

En fin, que Delirios de amor y muerte es un deleite para los sentidos; así, en plural, porque todos actúan: es una delicia visual, podemos tocar los repujados y las distintas texturas, degustar el olor especial que desprenden estos libros nuevos, e incluso escuchar, mientras leemos, esa banda sonora compuesta por Teo Grimalt. El resultado es una experiencia muy intensa y totalmente inmersiva.

Es el libro de Poe que siempre he querido tener,
y ahora quisiera compartirlo con vosotros.

David G.Forés

Página de Kiksaterter
Página web de la editorial Playattitude
La tumba de Tolkien

Se encuentra en el cementario de Wolvercote, en Oxford, en un rincón de la sección católica. La tumba del profesor, del lingüista y filólogo, poeta y novelista, del creador de idiomas y hacedor de mundos: John Ronald Reuel Tolkien.

Falleció en 1973, casi dos años después que su mujer, Edith, su gran amor, su Luthien desde que la viera bailando para él en el bosque, entre las flores blancas. Y así leemos debajo de sus respectivos nombres: Luthien y Beren, transformados de este modo, los dos, en personajes de leyenda para siempre.

Unamuno, unas injurias al rey le costaron 16 años de prisión mayor

Es bien conocido el episodio del enfrentamiento entre Miguel de Unamuno y José Millán-Astray, el fundador de la Legión, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca durante la celebración del Día de la Raza de 1936; a la postre, el incidente llevaría al insigne intelectual a pasar sus últimos meses de vida bajo arresto domiciliario (no sobreviviría el viejo maestro al 36). Pero, ya con anterioridad, el carácter de Unamuno le había hecho enfrentarse a un destierro en 1923 y, unos años antes, en 1920, a una pena de 16 años de prisión mayor. Vamos, que bien podría haber acabado sus días entre rejas. ¿Qué fue lo que pasó?

En 1920, Miguel de Unamuno era un eminente intelectual, un profesor reconocido y un escritor consagrado; acababa de ser elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca. Pero el filósofo, que nunca callaba si tenía algo que decir, ya había visto cómo sus palabras y sus ideas políticas lo habían puesto en un brete en más de una ocasión. Hacía poco, por ejemplo, le habían costado el cargo de rector. Lo recuperaría y perdería en dos ocasiones más.

Desde 1917, Unamuno escribía en el periódico de corte republicano El mercantil valencianoen el que tenía una columna semanal. Tres artículos publicados en ese medio, entre 1918 y 1919, habían indignado a la familia real: «El archiducado de España», «Irresponsabilidades» y «La soledad del rey». Unamuno lanzaba en ellos duras críticas a Alfonso XIII. Ya unos años antes, durante la Gran Guerra, había atacado con virulencia a la Casa Real debido a su postura neutral; una neutralidad que, para él, no fue tal y que simbolizaba la incapacidad moral de un país gobernado por caciques germanófilos que se enriquecían con la guerra. España era víctima de un régimen despótico y corrompido.

Así pues, el fiscal de la Casa Real denunció ante la Audiencia de Valencia dichos artículos por injurias a la Corona y el intelectual fue procesado. El eminente doctor Simarro encabezó una campaña de defensa de Unamuno que consiguió gran cantidad de firmas de intelectuales cansados de la situación de España y de la actitud del rey. No obstante, el juicio se celebró el 11 de septiembre de 1920 y quedó ese mismo día visto para sentencia. El fallo, conocido unos cuantos días después fue durísimo: se condenaba a Unamuno a dos penas de prisión mayor, 16 años en total, y al pago de 1000 pesetas de multa por injuriar al monarca y a su madre en dos de los artículos. Del tercero fue absuelto. Pero la misma sentencia hacía constar que no se iba a ejecutar la condena pues quedaba bajo los efectos de un real decreto de indulto sobre delitos de imprenta dictado un año antes. Quedaba el escritor, pues, en libertad condicional. Como puede apreciarse, la cuestión era tratar de asustar a Unamuno con una sentencia ejemplar, y hacer aparecer después la figura del rey llena de benevolancia hacia el hijo descarriado. Así lo explicaba el mismo Unamuno en una carta a un amigo:

Estoy sometido desde hace año y medio a tres procesos. Los tres en Valencia y los tres por supuestas injurias por escrito a S. M.; y estoy en libertad provisional, con obligación de presentarme en el Juzgado los días 1 y 15 de cada mes, con retención de la séptima parte del sueldo. Alcanzó el indulto; mas, para obtenerlo, he de someterme a juicio, y no quiero. No paso por esa farsa de que no retire el Fiscal la acusación, o más bien que retire en dos y acaso me condenen en el tercero y me indulten.

El intelectual, en sus trece, rechazó la medida de gracia y recurrió el fallo al Tribunal Supremo. A él nadie iba a intimidarle ni a coartar la libertad de expresión. Pero las cosas quedaron así. Coincidió todo este asunto, precisamente, con el salto de Unamuno a la política nacional.

Más tarde sería desterrado a Canarias por el dictador Primo de Rivera y él mismo se exiliaría después a Francia.

Fuentes:
Ana Chaguaceda Toledano: Miguel de Unamuno. Estudio sobre su obra
Miguel de Unamuno, el látigo de ´El Mercantil Valenciano´
Izaskun Martínez: Biografía de Miguel de Unamuno

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José Luis Sampedro

Desde aquí quiero hacer también mi pequeño homenaje a José Luis Sampedro, ese hombre bueno, en el buen sentido de la palabra, que nos ha dejado a principios de esta semana. De espíritu siempre joven e independiente, coherente hasta el final con sus ideas, en los últimos tiempos había destacado su faceta más crítica y humanista, la del economista que atacaba los excesos del capitalismo salvaje y propugnaba una sociedad más humana y solidaria como alternativa al neoliberalismo bestial que domina el mundo. Había prologado la edición española de ¡Indignaos!, el panfleto del también nonagenario Stéphane Hessel, y se había convertido en un referente para movimiento sociales y ciudadanos como ¡Democracia Real Ya! o el 15M, en cuyas asambleas de barrio participaba a veces como uno más.

Pero Sampedro fue también un gran escritor, como demuestran El río que nos lleva, La sonrisa etrusca o El amante lesbiano. Había recibido la Orden de las Artes y las Letras en 2010 y el Premio Nacional de las Letras en 2011, y pertenecía a la Real Academia desde 1991, donde ocupaba el sillón F. Por eso quiero reproducir aquí un pequeño artículo que José Luis escribió para Babelia en 2001, en el que el autor cuenta cómo nació su vocación literaria.

Cómo me hice escritor

Yo nací en Barcelona pero, con poco más de un año, mi familia se trasladó a Tánger, ciudad que en los años veinte era realmente cosmopolita, con una convivencia de culturas y religiones y una libertad de vivir que se perdió tras la guerra mundial. En mi colegio y en la calle yo convivía con amigos musulmanes e israelíes y conocía costumbres y creencias muy diferentes de las mías. De pronto, con ocho años, mis padres juzgaron conveniente enviarme a vivir a casa de un tío mío, médico en un pueblecito soriano, en tierras altas y frías.
Caí así en un mundo radicalmente opuesto al de mis primeros años. En 1925 se vivía allí casi como en la Edad Media en una casa con enorme cocina de chimenea y hogar de leña, cuadra y corral y tierras de labor. Yo vivía entre personas mayores, cariñosas pero de un mundo tradicional y estricto. Las mujeres rezaban el rosario y encendían velas especialmente benditas el día de santa Bárbara para cuando estallaban tormentas. No encontraba amigos con quien jugar; ni siquiera comprendía yo la mitad de su vocabulario rural. Me sentía profundamente solo; casi abandonado aun comprendiendo los motivos que habían inspirado la decisión de mis padres. Lo que me salvó fue el armario de un cuarto trastero donde, amontonados, encontré viejos libros y, sobre todo, muchas novelas publicadas en folletón por un periódico de principios de siglo: creo recordar que formaban una colección bajo el título La Novela de Ahora. Me sumergí prácticamente en aquellas inacabables páginas y dejé de estar solo. Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne fueron seguidos por varias novelas de Paul Feval, sobre todo de la serie sobre Rocambole y El juramento de Lagardére. Recuerdo también obras de Dickens, de Wilkie Collins y otros autores, ¡hasta Los miserables, de Victor Hugo, fueron pasto de mi avidez! Supongo que muchas veces me enteraba solo a medias y que no distinguía de calidades, pero aquellas páginas me protegieron, me salvaron: fueron el castillo donde, con tan varia profusión de personajes, me encontré en rica y fascinante compañía. En suma, durante el año largo que permanecí en aquel pueblo nació en mí el lector empedernido, el comienzo de la pasión por la literatura.

El paso decisivo hacia la escritura lo di cinco años después cuando, desde Tánger -adonde yo había regresado- mi familia vivió otro traslado, esa vez a Aranjuez, el espléndido Real Sitio de los monarcas borbónicos en la ribera del Tajo. Otro gran cambio de ambiente, desde la cosmopolita Tánger hasta una villa de urbanización dieciochesca y, sobre todo, el mundo de los palacios y los jardines, de los dioses y diosas mitológicos perpetuados en mármol entre las frondas y presidiendo las fuentes. Y yo con amigos en pandilla, empezando a fijarme en las chicas y para más suerte, haciendo a Madrid, debido a los estudios, unos viajes semanales que ampliaban mis horizontes, en el estimulante ambiente cultural de los años de la República. En Madrid debatía con mis condiscípulos, exploraba los libros de lance en la Cuesta de Moyano, acudía a actos culturales y empezaba a apreciar calidades. En la capital, por decirlo así, me acribillaban estímulos que luego, paseando por los jardines del Real Sitio, se asentaban y transformaban en mi mente. Al fin un día me ilusionó la posibilidad de crear un cuento y así fue cómo, si en la alta meseta soriana nació el lector, en Aranjuez nació definitivamente el escritor.

Pasados un par de años, quemados en la absorbente tarea utilitaria de ganar unas oposiciones y ocupar una situación estable propia, ya empecé a abrir en Santander una carpetilla con mis primeros intentos literarios. En la portada escribí “palotes” porque aquellas cuartillas equivalían para mí a los primeros trazos de pluma de los escolares, en los tiempos en que se aprendía la caligrafía.

El terremoto de la sublevación militar y la guerra sacudió mi vida, como la de todos los españoles, me añadió penalidades y experiencias nunca sospechadas, forzó mi crecimiento y muy poco después, por la temprana muerte de mi padre, me convirtió en cabeza de familia, afrontando aquella vida de penuria y represiones que fue nuestra posguerra. Pero escribir era ya para mí un imperativo ineludible y en 1940 terminé mi primera novela: La estatua de Adolfo Espejo. Cinco años después le siguió otra, La sombra de los días, pero ninguna de las dos fue publicada en su tiempo, ya que el contrato que llegué a tener a favor de la segunda no se llevó a efecto y, para entonces, ya trabajaba yo en otro proyecto que me parecía de alguna mejor calidad. Lo ultimé en 1952 y se publicó inmediatamente, por la estimulante acogida del famoso editor don Manuel Aguilar. Así nació mi Congreso en Estocolmo y, con esa obra, el ininterrumpido esfuerzo de invención que me ha traído hasta hoy y que ya se sale del tema de mis comienzos.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2011/11/29/actualidad/1322521216_850215.html

Fotografía tomada de la Wikipedia.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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