Escritos

Ausencia
Siento
tu ausencia.
Extraño
tu piel de arena tostada.
Y en la soledad de nuestra alcoba,
paso la noche aspirando
los restos de tu esencia
a vainilla.
Y ardo enamorado,
abrasado entre las sábanas,
ahogando en lágrimas
la almohada.
Finalmente, el alba
me encuentra dormido,
derrotado en un sueño
agridulce,
arropado por el eco
cálido y suave
de tu recuerdo.

Iaberius Gundisalvi

Dolorosa soledad

Dolorosa soledad

Dolorosa soledad, abre tus brazos:
a duros golpes, por fin he comprendido
que es inútil huir de mi destino,
que debo aceptarte por consorte.
Amistad traicionera de falsos lazos,
qué fácilmente fui engañado…
Cruel te clavaste, y ahora me vacías
de todo ánimo.
Amor esquivo, ¿dónde te encuentras?
Aún espero poder hallarte.
Tu huella es débil, te pierdo fácil;
estoy corriendo mas no te alcanzo.
Dolorosa soledad, mi compañera,
estoy cansado y tú, aquí, tan cerca…
Atrápame fuerte entre tus brazos,
y compartamos el silencio amargo.

Javier G. Gallego, Iaberius, de Amena soledad, sonoro silencio

la pesadilla de Fuseli
La pesadilla (1781)

Al contemplar este cuadro de Fuseli, no puedo evitar acordarme del pequeño relato que escribí hace un tiempo y que compartí ya en este blog, Una pesadilla. Me he dado cuenta de que en el escrito da la sensación de que estoy describiendo los síntomas de ese fenómeno que los científicos denominan «parálisis del sueño» y que más de uno hemos sentido en alguna ocasión. Supongo que ese debió de ser el detonante.

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Bueno, hoy por fin me he hecho con un ejemplar del libro Semana Santa de Daimiel. Una historia de pasión, obra en cuya elaboración he participado como investigador y redactor, concretamente en los capítulos dedicados a la música y a la gastronomía. En realidad, la investigación se realizó hace ya diez años. Yo no sabía que al final había sido publicada; en principio todos los datos y la redacción formaron parte de un informe de carácter turístico.

Pero se ve que, al final, el Museo Comarcal de Damiel se ha decidido a darle forma de libro y publicarla. Lo hicieron poco antes de la Semana Santa de este año; yo me he enterado hace un mes de forma casual (me perdí la propia presentación, supongo que se debió de extraviar la invitación).

Fue este un proyecto mucho más modesto que el de la brujería, pero tuvo también sus grandes momentos, como poder investigar en el Archivo Diocesano de Toledo, en un lúgubre edificio a la sombra de la catedral, de largos y estrechos pasillos con portezuelas de las que me gustaba imaginar que llevaban a algún olvidado calabozo inquisitorial.

abecegrama inverso

Un abecegrama es un texto cuyas palabras se ordenan alfabéticamente: la primera comienza con la a, la segunda con la be, y así todo. Este abecegrama inverso es mi respuesta a una propuesta lanzada hace un tiempo en el blog Mobas. Me gustan mucho todo este tipo de juegos de palabras porque son muy buenos ejercicios de escritura. Ahora, si elaborar un abecegrama no es tarea fácil, uno inverso tiene su tela, ¡lo juro!. Es que hay algunas letritas que se las traen… Este es el que me ha salido al final:

Zafiros, yelmos, xilografías… Wifredo vio unos tesoros sobrecogedores; riquezas que parecieran, otrora, ñoñerías narcisistas. Meticulosa, la kioskera Juana, inquieta, habíalos guardado finalmente en dos cajas blindadas, aceradas.

Javier Gallego, Iaberius

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El dinosaurio no era feliz. Como todas las tardes, se había sentado a meditar en lo alto de aquel acantilado. Desde allí dominaba todo el valle. Miraba hacia poniente y pensaba con mayor claridad.

No le gustaba el mundo en el que le había tocado vivir. Era un mundo violento que sólo observaba la ley del más fuerte. La vida allí abajo, en el valle, se reducía a cazar, evitar ser cazado y reproducirse.

El dinosaurio se sentía muy solo e incomprendido. Las únicas relaciones sociales posibles eran con los cazadores (y sabe Dios las veces que trató de dirimir diferencias con el tiranosaurio de manera pacífica y fracasó); o con aquellos mastodontes bobalicones que no sabían diferenciar entre un soneto de Lope y una lechuga. Los herbívoros era un rebaño que sólo buscaba su bienestar, sometidos al yugo de unos tiránicos carnívoros que no conocían otra filosofía que la de Nietzsche. Allí nadie tenía tiempo para embriagarse con la belleza de un cuadro o para admirar el espectáculo, sencillo y grandioso a la vez, de una playa de arenas finas al amanecer.

El dinosaurio miraba hacia el infinito y soñaba con un mundo mejor. Como todas las tardes, cerró los ojos muy fuerte y deseó que toda su vida no fuese más que un mal sueño. Al despertar en su apartamento de Nueva York, se daría cuenta de que él era en realidad un novelista alcoholizado o un cineasta obsesionado por la ciencia ficción. Y así se quedó dormido.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 Javier Gallego, Alcaraván

Hoy que el año va dando sus últimos coletazos, me apetece dejar algo de mi cosecha. Ya tiene un tiempo, de diez a once años.

El templo

Estoy en un templo
de música y alcohol.
Los vibrantes sones
de inciertas canciones
que varían de tono
inundan en salón.
Mirando entre sombras,
me encuentro aquí, solo.
De pronto resuena
en el bajo domo
un grito de guerra…
Y giro al instante
mi rostro anhelante
de amistad sincera.
Mas fue falsa alarma.
Y tras ver el grupo
de risas ajenas
me hundo en mi copa,
me escondo en las sombras
a olvidar mis penas.

                             Javier Gallego, Alcaraván

El calor todavía me atenaza por las noches y resbala por mi frente y mejillas en delgadas gotas. Toda mi ropa está húmeda por el sudor y las ideas no brotan. Cuesta horrores concentrarse. Pero yo sigo bregando, luchando a brazo partido contra ese duende blanco del bloqueo, ese trasgo de la Nada que se introduce en nuestras cabezas, extendiendo un lienzo que nos impide ver en el interior. Lo apuñalo sin cesar, aunque reconozco que falta fuerza a mis estocadas. A veces noto como se rasga esa tela y veo brillar las codiciadas ideas allí dentro. Tan sólo falta estirar un poco más los dedos para agarrar alguna. Pero mis dedos todavía están algo agarrotados; y hace demasiado calor.

Tumbado de cara al cielo, trato de disfrutar de uno de los pocos momentos de relax vespertino que me puedo permitir. Paso ahora la mayoría de mis tardes veraniegas entre cuatro paredes hasta la puesta de sol. No hay tiempo para relajarse así.

Se está muy tranquilo; siento las losas del pozo en mi espalda y escucho cómo el viento zarandea los frutales. Pero no me gusta un cielo sin nubes; me provoca ansiedad. Demasiada profundidad azul, un infinito agobiante… Por eso cierro los ojos y pienso.

No es bueno pensar… Al menos esa es la conclusión a la que he llegado. Produce demasiada angustia. Meditar sí, si supiese hacerlo como Siddharta -¿debería aprender yoga?-. Pero, como de costumbre, no puedo evitar pensar y pensar.

Los hombres grises
René Magritte – Le Chant de la Violette

Creo que he llegado a un pacto con los Hombres Grises. Lo sospecho. Aunque
no sé cuándo ni dónde. Quizá en algún bar que enmascarase ese persistente olor a humo que dejan tras de sí. Sólo sé que desde hace meses, creo que años, me falta tiempo. Mucho tiempo.

¿Dónde está ese tiempo que dedicaba a escribir? Busco el tiempo para salir a pasear, para coger la bicicleta y recorrer los caminos que rodean el pueblo, para asomarme por la biblioteca, y no lo encuentro. Antes estaba ahí. Y de repente desapareció. Creo que hasta me están cobrando intereses. Es posible que sean del préstamo de estos años de atrás, cuando pasé tantas horas tumbado en el sofá, envuelto en mi tristeza. No lo sé… Tan sólo me queda esa sensación de tiempo perdido y de falta de tiempo; y me asaltan la cabeza, cada vez más, imágenes de hombres de traje oscuro y bombín, como los de los cuadros de Magritte.

¿Qué debo hacer? Quizá la solución sea coger una escoba y comenzar a barrer las baldosas. Barrer media baldosa, tomarme una pausa para respirar profundamente y barrer la otra media. Y así poco a poco, hora tras hora, hasta recuperar mi tiempo perdido, hasta devolver mi préstamo. Sí, sé que es eso lo que debo hacer…pero… ando tan mal de tiempo…

mundo interior VI

Shadow, por Michelangelo84

Pues yo soy yo, ante todo. Y cuando el resto del mundo falla, el ego lo es todo. Este es buen acero contra las tristezas, buen acero para empujar y hacer trizas las sombras que aún no salen de mi cabeza. Debo comenzar ya. Mis dedos deben precederme. Aprovechemos el tiempo.

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo