Existencialismo

Eduar Hopper – Approaching a City

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres         
                                        (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
                                                                 de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

Conocido primero como “el mayor de los Machado”, a Manuel nos lo vendieron, con la llegada de la democracia y el auge de la EGB, como “el hermano de Antonio Machado”. El pecado de su adhesión al Régimen lo condenó al olvido. A veces he pensado que se ha ensalzado la figura de su hermano buscando el detrimento de la suya. Sin embargo, nadie lo puede negar como figura principal del modernismo español. Ni que, con su dominio del verso popular, de la copla, del folclore, fue precursor de muchos poetas de la generación posterior.
Yo lo considero un gran poeta. Y tardé mucho en conocerlo. En conocerlo de verdad, no aquella pequeña y fragmentaria dosis que me endosaron en mi infancia, que apenas salía del “polvo, sudor y lágrimas”.
Reconozco mi debilidad por los Machado; he buscado su poesía siempre que he he necesitado una dosis de melancolía. Y Manuel me ganó con ese decadentismo tan particular de sus comienzos y, después, con la original poesía que inició con El mal poema y que condujo a Ars Moriendi, una poesía crítica y autodestructiva: “Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir.”

ars moriendi

I

Morir es… Una flor hay, en el sueño
—que, al despertar, no está ya en nuestras manos—,
de aromas y colores imposibles…
Y un día sin aurora la cortamos.

II

Dichoso es el que olvida
el porqué del viaje
y, en la estrella, en la flor, en el celaje,
deja su alma prendida.

III

Y yo había dicho:«¡Vive!»
Es decir: ama y besa,
escucha, mira, toca,
embriágatey sueña…
Y ahora suspiro: «¡Muérete!»
Es decir: calla, ciega,
abstente, para, olvida,
resígnate…y espera.

IV

Era un agua que se secó,
un aroma que se esfumó,
una lumbre que seapagó…
Y ya es sólola aridez,
la insipidez,
la hez…

V

La Vida se aparece como un sueño
en nuestra infancia… Luego despertamos
a verla, y caminamos
el encanto buscándole risueño
que primero soñamos;
… y, como no lo hallamos,
buscándolo seguimos,
hasta que para siempre nos dormimos.

VI

¡Y Ella viene siempre! Desde que nacemos,
su paso, lejano o próximo, huella
el mismo sendero por donde corremos
hasta dar con Ella.

VII

Lleno estoy de sospechas de verdades
que no me sirven ya para la vida,
pero que me preparan dulcemente
a bien morir…

VIII

Mi pensamiento, como un sol ardiente,
ha cegado mi espíritu y secado
mi corazón …

IX

El cuerpo joven, pero el alma helada,
sé que voy a morir, porque no amo
ya nada.

Manuel Machado, 1922

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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