Goya

EL MENDIGO

El mendigo de Goya

Mendigo con perro, por Francisco de Goya

Mío es el mundo: como el aire libre,
otros trabajan porque coma yo;
todos se ablandan si doliente pido
una limosna por amor de Dios.

El palacio, la cabaña
son mi asilo,
si del ábrego el furor
troncha el roble en la montaña,
o que inunda la campaña
El torrente asolador.

Y a la hoguera
me hacen lado
los pastores
con amor.
Y sin pena
y descuidado
de su cena
ceno yo,
o en la rica
chimenea,
que recrea
con su olor,
me regalo
codicioso
del banquete
suntüoso
con las sobras
de un señor.

Y me digo: el viento brama,
caiga furioso turbión;
que al son que cruje de la seca leña,
libre me duermo sin rencor ni amor.
Mío es el mundo como el aire libre…

Todos son mis bienhechores,
y por todos
a Dios ruego con fervor;
de villanos y señores
yo recibo los favores
sin estima y sin amor.

Ni pregunto
quiénes sean,
ni me obligo
a agradecer;
que mis rezos
si desean,
dar limosna
es un deber.
Y es pecado
la riqueza:
la pobreza
santidad:
Dios a veces
es mendigo,
y al avaro
da castigo,
que le niegue
caridad.

Yo soy pobre y se lastiman
todos al verme plañir,
sin ver son mías sus riquezas todas,
qué mina inagotable es el pedir.
Mío es el mundo: como el aire libre…

Mal revuelto y andrajoso,
entre harapos
del lujo sátira soy,
y con mi aspecto asqueroso
me vengo del poderoso,
y a donde va, tras él voy.

Y a la hermosa
que respira
cien perfumes,
gala, amor,
la persigo
hasta que mira,
y me gozo
cuando aspira
mi punzante
mal olor.
Y las fiestas
y el contento
con mi acento
turbo yo,
y en la bulla
y la alegría
interrumpen
la armonía
mis harapos
y mi voz:

Mostrando cuán cerca habitan
el gozo y el padecer,
que no hay placer sin lágrimas, ni pena
que no traspire en medio del placer.
Mío es el mundo; como el aire libre…

Y para mí no hay mañana,
ni hay ayer;
olvido el bien como el mal,
nada me aflige ni afana;
me es igual para mañana
un palacio, un hospital.

Vivo ajeno
de memorias,
de cuidados
libre estoy;
busquen otros
oro y glorias,
yo no pienso
sino en hoy.
Y do quiera
vayan leyes,
quiten reyes,
reyes den;
yo soy pobre,
y al mendigo,
por el miedo
del castigo,
todos hacen
siempre bien.

Y un asilo donde quiera
y un lecho en el hospital
siempre hallaré, y un hoyo donde caiga
mi cuerpo miserable al espirar.

Mío es el mundo: como el aire libre,
otros trabajan porque coma yo;
todos se ablandan, si doliente pido
una limosna por amor de Dios.

Un poema típicamente romántico de Espronceda que me gusta tanto o más que la canción del pirata. Un canto a la libertad de otro personaje marginal que, como el pirata o el cosaco de otros poemas, aparece como prototipo de persona libre enfrentada a la sociedad burguesa. El mendigo no es que acepte su condición, alardea de ella porque es él el que la ha elegido. Es lo que él quiere, una vida libre e independiente, sin estar atado a honores o bienes materiales ni depender de nadie. No ambiciona nada pero lo tiene todo: “mío es el mundo”.

Pero es el tono cínico lo que más me gusta, y esa socarronería de su discurso. Sobre todo cuando cambia bruscamente el ritmo y pasa, de golpe, a estrofas de versos breves. El poema coge velocidad y de verdad nos podemos imaginar al mendigo persiguiendo a las damas solo para espantarlas con su olor.

Pasarse por el Museo Lázaro Galdiano para contemplar este par de estupendos cuadros de Goya sobre brujería:

Las brujas, encargo de los duques de Osuna en 1798
El aquelarre, de la misma serie que el anterior, también encargado
por los duques de Osuna para su palacio de El capricho.

Sin duda, sería aún más atractivo acudir durante la Noche de los Museos. Y no hay que olvidarse, por supuesto, de admirar otras grandes piezas del museo, como el San Juan Bautista en meditación, de El Bosco, y otros cuadros de Murillo, Zurbarán, El Greco, o Constable.

Aquí, la página web del Museo.

Duelo a garrotazos – Francisco de Goya

En España no nos han gustado mucho esas cursilerías del estoque y la pistola: dos hombres enterrados hasta las rodillas, dos bastontes de buena madera, y con suerte alguno saldrá vivo. Patética y desgarradora escena que roza el expresionismo. Las Dos Españas, siempre enfrentadas… ¿Acabará algún día?
Una de las Pinturas negras de la Quinta del Sordo. Se puede visitar, como las demás, en el Museo del Prado.

Ya he dejado constancia en varias ocasiones de mi debilidad por la obra de Goya en general y de sus grabados en particular. Bueno, pues resulta que hay una exposición itinerante de Los desastres de la guerra y hoy he tenido la oportunidad de visitarla. La muestra se compone de 82 reproducciones facsimilares de la  primera edición de esta serie de grabados, la que conserva en el Museo del Grabado de Fuendetodos. 
Yo ya conocía la mayoría de las imágenes desde pequeño, de un libro de láminas de mi padre; pero no tiene nada que ver con contemplarlas a su tamaño natural. La verdad es que impresionan… y mucho. Ver el grado de brutalidad a la que es capaz de llegar el hombre con sus semejantes. Cómo puede degenerar así el alma humana… Da igual que lo plasme de una manera más o menos realista, esperpéntica, alegórica, bestial, o que el referente concreto sea la Guerra de la Independencia; lo que Goya nos muestra se puede aplicar a cualquier conflicto bélico del mundo: la muerte, las torturas, el hambre, la enfermedad, el odio, la insolidaridad… 
Por otro lado, llama mucho la atención la multitud de maneras de matar y morir que nos presenta Goya a lo largo de la serie, a cada cual más atroz, y cómo el pintor es capaz de individualizar la muerte en cada uno de los rostros y actitudes de víctimas y verdugos, aunque al final los sentimientos reflejados sean universales. Porque, muchas veces, esta violencia e inhumanidad plasmadas en las diversas escenas no están tan lejos de lo que podemos ver de vez en cuando en los telediarios.

Para saber más: La serie Los desastres de la guerra de Francisco de Goya y Lucientes por J. Enrique Peláez Malagón


Otro de los grabados de Goya de la serie de los Caprichos, el que lleva el número 50. Éste siempre me llamó la atención debido al parecido que presentan las dos figuras de los candados en la cabeza con cierto monstruo muy conocido por todos. Leí en cierta ocasión (o lo vi en algún documental) que, efectivamente, éste grabado pudo haber servido de inspiración gráfica para los diseñadores de la imagen cinematográfica del monstruo de Frankenstein de los años 30, de cabeza cuadrada y angulosa y tornillos en la cabeza. Los tornillos nunca se mencionan en la obra original de Mary Shelley, pero ahora forman parte inseparable de la representación iconográfica del monstruo, que se reconoce por ellos.
Buscando ahora por la red, para investigar más sobre el tema, he encontrado un artículo muy interesante de Susana Gala Pellicer, en la revista Culturas Populares: “Perder un tornillo: una imagen simbólica en el contexto de la Ilustración”. En él, la autora ahonda sobre esta idea y ve en los cerrojos del grabado una metáfora de la sujección de las ideas en la cabeza, algo que también podría vincularse con el monstruo literario. Hay que tener en cuenta que en el manuscrito de Ayala el pintor explica: “Los necios preciados de nobles se entregan a la haraganería y superstición, y cierran con candados su entendimiento, mientras los alimenta groseramente la ignorancia.” Y en el manuscrito de la Biblioteca Nacional escribe: “Los necios preciados de nobles siempre están con su executoria al pecho, reclinados desidiosamente, rezando como unos fanáticos el rosario y bostezando. La ignorancia los alimenta groseramente y tienen su entendimiento cerrado a candado.”
En fin ¿vosotros qué pensáis?

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Seguramente uno de los más conocidos:

Cuando éramos niños, mi padre tenía la costumbre de contarnos a mi hermano y a mí historias sobre los cuadros. Sobre los que él pintaba y sobre los de los grandes maestros, los que aparecían en los libros de láminas o en su colección de Grandes de la Pintura. Fue así como tuve mi primer contacto con algunos de los Caprichos de Goya. He de decir que de mi padre también terminé heredando la afición y predilección por el pintor aragonés.
Recuerdo que llegó un momento en el que me comencé a acercar yo solo a los libros y que me pasaba buenos ratos hojeándolos y admirando los cuadros. De entre todos me fascinaba en particular aquel de cubiertas marrones de algunas de cuyas imágenes mi padre nos contara pequeños cuentos fantásticos, aquel que en su interior mostraba esa serie de “dibujos” tan extraños y sin color. Me atraía y atemorizaba al mismo tiempo.
En los Caprichos y los Disparates se sucedían escenas oníricas y divertidas con otras repelentes y ominosos. Debía de tener por aquel entonces seis o siete años. Las brujas y monstruos, los seres burlones y de expresiones desencajadas, los disparates irracionales, alegóricos… Todo aquello excitaba mi inquieta imaginación infantil. Quedé muy impresionado. También por la violencia de las imágenes de Los desastres de la Guerra, la crudeza con la que se exponían torturas y personas empaladas o fusilamientos. La Tauromaquia, sin embargo, nunca me llamó mucho la atención.
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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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