Javier G. Alcaraván

El dinosaurio no era feliz. Como todas las tardes, se había sentado a meditar en lo alto de aquel acantilado. Desde allí dominaba todo el valle. Miraba hacia poniente y pensaba con mayor claridad.

No le gustaba el mundo en el que le había tocado vivir. Era un mundo violento que sólo observaba la ley del más fuerte. La vida allí abajo, en el valle, se reducía a cazar, evitar ser cazado y reproducirse.

El dinosaurio se sentía muy solo e incomprendido. Las únicas relaciones sociales posibles eran con los cazadores (y sabe Dios las veces que trató de dirimir diferencias con el tiranosaurio de manera pacífica y fracasó); o con aquellos diplodocus bobalicones que no sabían diferenciar entre un soneto de Lope y una lechuga. Los herbívoros era un rebaño que sólo buscaba su bienestar, sometidos al yugo de unos tiránicos carnívoros que no conocían otra filosofía que la de Nietzsche. Allí nadie tenía tiempo para embriagarse con la belleza de un cuadro o para admirar el espectáculo, sencillo y grandioso a la vez, de una playa de arenas finas al amanecer.

El dinosaurio miraba hacia el infinito y soñaba con un mundo mejor. Como todas las tardes, cerró los ojos muy fuerte y deseó que toda su vida no fuese más que un mal sueño. Al despertar en su apartamento de Nueva York, se daría cuenta de que él era en realidad un novelista alcoholizado o un cineasta obsesionado por la ciencia ficción. Y así se quedó dormido.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 Javier Gallego, Alcaraván

 

(Este microrrelato también lo he publicado en Steemit.)
Cabárceno, en Cantabria. Foto por Alcaraván
Interludio. Verdes colinas junto al mar y una brisa ya olvidada me alimentan como el mejor maná que pudiera conseguir en mi desierto. El aroma y ese rumor valen por cien sinceras siestas a la sombra. Aquí, en la costa, siento que mi espíritu se refresca. Crece y se alza como un ciprés que desea alcanzar el cielo, y luego se revuelca por la hierba con la alegría de un niño que come sandía. Tengo el pecho henchido de arrogante placer. Es arrogante pensar que la vida pueda ser tan plena. No es un espejismo, pero es tan fugaz que el deseo se transforma en pasado y todo lo que queda es el recuerdo de unos cuantos píxeles.

Javier Gallego (Alcaraván)

mundo interior VI

Shadow, por Michelangelo84

Pues yo soy yo, ante todo. Y cuando el resto del mundo falla, el ego lo es todo. Este es buen acero contra las tristezas, buen acero para empujar y hacer trizas las sombras que aún no salen de mi cabeza. Debo comenzar ya. Mis dedos deben precederme. Aprovechemos el tiempo.

Una pesadilla

Cuentan que la Pesadilla es una vieja que oprime el pecho de quienes la sufren. Esta noche soy yo quien la sufre y yo soy quien nota sus dedos raquíticos a través de la almohada, empujándola sobre mi cara.
Siento que me ahogo, y la veo. No puedo explicarlo, escapa a la razón, pero está ahí, perfectamente dibujada en mi cabeza, susurrándome mientras braceo al aire. Se parece a la Muerte. Así, con mayúsculas. El Segador Siniestro, la Dama de la Guadaña con la capucha puesta. Tal como la pinta Peter Jackson en su película sobre fantasmas…con el mismo aspecto que un Nazgul salido de su cabeza.
Me oprime el pecho y me susurra al oído, con tanta claridad que el susto me devuelve al mundo de la vigilia en un duermevela de espanto. Me cuesta discernir si estoy despierto o sigo soñando, porque la sábana me cubre el rostro y me provoca tal ansiedad que de verdad pienso que la vieja todavía está sobre mí, apretando.
Cuando, desesperado, logro apartarme el lienzo de la cara mis ojos se llenan de una oscuridad más clara, más sosegada, más amable. Y mi corazón comienza a calmarse.
Pasan los segundos, lentamente y entonces me doy cuenta de que algo anda mal. Siento que no peso…o más bien, noto que no siento. No puedo tocarme las manos. No puedo incorporarme ¿Qué está pasando aquí?
Ahora floto sobre mí. Ya no tengo nauseas, sólo una sensación de gran tranquilidad.¿De verdad era la muerte? ¿Acabo de morir? No veo túnel ni luz blanca. No me distingo ahí abajo. Sólo sé que floto y que no noto mi cuerpo. La opresión ha dado lugar a una levedad tan etérea que casi no puedo decir si formo parte de mí mismo.
Y eso ¿qué es? Un hilo blanco, brillante. Creo que es plata. Me rodea y luego se pierde en la negrura. No sé si un extremo está atado a mí.
Me pregunto por qué no he revivido mi vida con mi último aliento. Supongo que es otro de tantos mitos. Y ahora son muchas las preguntas que se quedan sin respuestas.
Creo que he muerto. He tenido un ataque al corazón. Seguro. Una bonita metáfora, la Pesadilla oprimiendo el corazón hasta pararlo. Y los ahogos… Pero no estaba preparado. Así, en mitad de la noche, interrumpiendo un sueño del que no me acuerdo.
Entonces recuerdo… ¿Qué es lo que la Parca me decía? Me hablaba al oído con voz queda. Ah sí: “despierta” me susurraba. ¡Despierta!
Con el grito aún resonando en mi cabeza, abro los ojos y me despierto.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho “Alcaraván”

Este escrito también está publicado en Steemit.

saboreaba aquel néctar espeso y granate

Saboreaba, sonriente, aquél néctar espeso y delicioso que, en pequeños hilos, escapaba de su boca rebosante. A lo largo de su cuello, largo y esbelto, se iba marcando un rojo camino que se precitipaba a morir entre sus blancos pechos ofrecidos. Se deleitaba con el sabor viscoso y cárdeno de ese líquido de vida que se introducía por su garganta, abrasándola por dentro, pero llenándola al mismo tiempo de fuerza y vitalidad. Y se regocijaba: el sacrificio de doce infantes para llenar un cáliz de vida eterna y belleza intemporal.

Ilustración: Arantxa

El sol no se demoró en desaparecer tras las montañas. Las sombras estrecharon rápidamente su cerco sobre la ciudad y se precipitaron en su interior semejando una lóbrega marea. No había luna; una noche perfecta.
Llevaba un farolillo bajo el manto. Aún no lo había encendido y esperaba no tener que hacerlo a lo largo de la noche. Prefería seguir siendo un bulto negro recorriendo las calles. Sólo en caso de absoluta necesidad usaría un poco de luz. Su madre siempre había arrancado los dientes a oscuras.
A esa hora sólo el viento helado la acompañaba. No se cruzó con nadie. Se había aprendido la ruta de las patrullas, no se encontraría con ellas. Aunque no era novicia en estos menesteres estaba muy nerviosa: era la primera vez que salía a por dientes en solitario. Todavía estaban muy presentes en su cabeza las imágenes de la última quema, le era difícil olvidar el chisporroteo y el olor nauseabundo de los cuerpos calcinados, que penetraba en los pulmones invitando al desmayo. Pero ése era su trabajo, no podía perder esta oportunidad.
Sonó la campana de la catedral, una, dos, tres veces. Había que apresurarse. Oculta entre las sombras de un rincón, esperó a que se alejaran dos borrachos que salieron de una taberna. Quizá eran mercenarios de algún tercio, gastando su paga. Esa noche ni los gatos eran tan osados, y si tenían mucho oro su algarabía terminaría con un par de cuchilladas.
Las voces se perdieron pronto, engullidas por la quietud de la ciudad. Todo era calma y silencio, un silencio inquietante. Los parroquianos pensaban que últimamente las brujas rondaban las callejas al anochecer; no se atrevían a salir. A lo lejos escuchó el grito de un cambio de guardia.
Prosiguió con paso vivo mientras la bruma comenzaba a emerger a sus pies. Cada vez hacía más frío. Si se levantaba la niebla, entonces ya sería imposible ver nada. Pero por fin había llegado al descampado. La oscuridad se hizo mayor, la luz de los pobres faroles de las calles no llegaban hasta allí. Apenas podía intuir dónde se encontraba el cadalso.
Aquella tarde habían ahorcado a unos ladrones de ganado. Trataron de escapar con las reses por un paso entre las montañas, pero lo encontraron taponado por la nieve. No tardaron en encontrarlos y las autoridades los trajeron a la ciudad para colgarlos ante los jueces. En los últimos tiempos abundaban las ejecuciones y las quemas. Había sido un año de malas cosechas y los gobernantes necesitaban chivos expiatorios sobre los que dirigir la violencia del pueblo. No había duda: las brujas y los cuatreros eran los responsables de exterminar campos y animales.
Para ella esa ejecución había sido toda una suerte. Dos días antes, una dama acaudalada había recurrido a sus servicios por un asunto de mal de amores. El ungüento que le estaba preparando requería como elemento esencial unos dientes de ahorcado. Sebo de cabrito, vinagre, orines del amado y unos dientes machacados… Mientras todo se mezclaba debería pronunciar un par de ensalmos. Y luego dárselos a beber al galán que se pretendía. Sólo le faltaba este último ingrediente. Ere peligroso: si la pillaban la acusarían de hechicera o aún peor, de novia de Satán. Pero la recompensa merecía el riesgo. Eran muchas las monedas prometidas.
Se adentró en la negrura del descampado, despacio. No veía nada. Agarró con fuerza el farolillo, pero venció la tentación. Cualquier punto de luz llamaría demasiado la atención. Siguió caminando con cuidado. Al poco rato por fin vio alzarse ante sí la estructura de madera. En lo alto, dos infelices bailaban una tétrica danza, balanceados por el viento del norte. Pero era difícil distinguirlos bien.
Buscó casi a tientas la escalerilla para subir a la plataforma. Los escalones crujieron y el sonido le pareció enormemente ruidoso en el silencio nocturno. El corazón le latía con fuerza. Durante unos instantes contuvo la respiración.
Llegó a lo alto. Todo estaba en tinieblas. Se adivinaban las figuras, pero era imposible trabajar sin luz. Finalmente se decidió a encender la llama, la más tenue que pudo conseguir, y dejó la linterna en el suelo. Estaba obligada a actuar rápido.
La luz provocaba sombras fantasmagóricas en lo alto del patíbulo, debido al tenue movimiento de los dos ahorcados. Se decidió por el más cercano.
Lo veía de lado, elevado tan sólo unos palmos sobre la plataforma. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos amarradas a la espalda. Los dedos, crispados, tal y como los había encontrado la muerte. Ella todavía evitaba mirar hacia arriba, hacia el rostro. Siempre le costaba enfrentarse a la mirada de un muerto. Se acercó un poco más pero tuvo que volver un instante la cabeza; se había orinado encima y hedía.
Lo agarró con fuerza para detener su movimiento. Entonces encontró el valor suficiente para mirarle a la cara. No pudo evitar impresionarse y sentir algo de miedo. Tenía los ojos abiertos, desencajados, como si hubieran querido escapar de la agonía. Relucían a la luz del farolillo. La boca estaba entreabierta, con expresión torcida. De la comisura de los labios caía un hilillo de baba amarillenta, como sus dientes. Los podía ver, sobresaliendo apenas por encima de una lengua amoratada.
Sacó las tenazas.
Mientras lo sujetaba con una mano para que no se moviese, estiró el otro brazo hasta enganchar el marfil entre los hierros. Tenía que tirar con fuerza hasta extraerlos de la mandíbula. Tiró una, dos veces… se resistían los condenados.
Estaba a punto de jurar para sus adentros cuando notó un leve espasmo recorriendo aquel rostro. El pavor se apoderó de ella. Un tenue gemido estaba escapando de la garganta del hombre. Aterrada, observó como las pupilas se dilataban. Sus ojos la estaban observando. ¡Todavía estaba allí el brillo de la vida!
El sobresalto le hizo soltar las tenazas y tropezar hacia atrás. La herramienta quedó suspendida, atrapada en aquella boca, mientras ella caía sobre el suelo del entablado.
Tardó unos instantes en recuperarse del susto. ¡Era imposible que todavía no estuviese muerto! No le debían haber colocado bien la soga y la agonía se estaba prolongando durante horas. Nunca se había visto en un trance parecido cuando de niña había acompañado a su madre.
Pero no había marcha atrás, había perdido ya demasiado tiempo. Respiró hondo y se decidió a acabar con lo que había empezado. De nuevo en pie, se acercó a la siniestra figura. Con mano temblorosa volvió a aferrar las tenazas. Ahora un reguerillo de sangre manaba de la boca.
Cerró los ojos, y apretando con nervio, tiró de nuevo con más fuerza que antes. Los dientes no salían. Soltó y tiró de nuevo, esta vez haciendo palanca contra la mandíbula. El ahorcado volvió a exhalar ese tenue gemido ronco, gutural.
Tiró por tercera vez, haciendo palanca y usando ahora la fuerza de su propio peso. Entonces escuchó un ruido seco, como el de una piedra al quebrarse. La mandíbula cedió y saltó la sangre, salpicándole el rostro. Casi volvió a caerse al perder, de repente, el punto de apoyo.
Enfrente, el hombre tuvo otra leve convulsión. Ella estaba horrorizada. Recogió su macabro tesoro y lo escondió en un bolsillo, entre los pliegues de su falda. Después se dio la vuelta para marcharse lo más rápido posible. Apagó el farolillo y bajó, casi tropezando, la escalera. Le temblaban las piernas. Quería estar ya lejos de aquel lugar.
Cruzó corriendo el descampado, hacia la luz de la calle. Se dirigió hacia la protección que daban las sombras de la pared más cercana. Cuando estaba a punto de llegar se dio cuenta de que no estaba sola. Una figura embozada bajaba, a paso vivo, hacia donde ella se encontraba. Pero todavía no la había descubierto.
Con sumo cuidado, se escondió en el quicio de la primera puerta. Rezó para pasar desapercibida. La figura estaba casi a su altura. Contuvo el aliento.
El bulto pasó, internándose en el descampado, y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro. No había tenido nada que temer. La había reconocido, era Juana. También había salido de caza. Bajo su manto había adivinado el cuchillo curvo de cortar tripas.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho (Alcaraván)

La coja de Daimiel

Con sólo escuchar los golpes de su bastón y el ruido de sus pies arrastrándose por el suelo, la gente aceleraba el paso, desaparecía detrás de alguna puerta, huía por el interior de algún patio o, simplemente, corría con disimulo hasta doblar la esquina. Si ya era demasiado tarde para apartarse de su camino, lo único que se podía hacer era meter la mano en bolsillo, agarrar con fuerza un rosario o algún amuleto protector, y rezar un Padrenuestro. María de Lope, a quien todo el mundo llamaba ahora “la coja”, era una auténtica bruja.

La pobre vieja ya se había acostumbrado. Sabía todo lo que se decía de ella, incluso que se comentaba que desde pequeña ya invocaba a los diablos. Y sin embargo nadie la había conoció de niña porque vino de un pueblo vecino.

Se había casado con uno de los pescadores de la laguna y juntos habían malvivido de su pesca y de las cordetas que ella fabricara con juncos. Como era mal encarada y bastante huraña apenas había tenido relación con la gente del pueblo, que siempre la había mirado mal.

 

Ahora que había enviudado y vivía en la población, tenía que soportar las calumnias de la gente: ella era la culpable si se extendía una epidemia de fiebres, seguro que había envenenado el agua con sus maleficios; si enfermaba algún bebé era ella la que le había lanzado mal de ojo. Los médicos decían que todo esto se debía a los mosquitos de la laguna o a la malnutrición de los niños, pero la gente sabía la verdad: que había sido la bruja.

Era conocido el caso de “la Cachorra”, con quien María tuvo un pleito por unas cacerolas que le había devuelto desconchadas. La pobre mujer murió tres o cuatro semanas después cuando se le paró el corazón.

La Manuela, otra de sus vecinas, la tenía vigilada. La había visto muchas veces en la puerta de su casa murmurando entre dientes, y decía que una vez la oyó blasfemar en alto. Y su hija vio, una noche que volvía de pasear con el novio, una figura encima de la chimenea, como de un gran ave. Cuando la figura la sintió echó a volar de repente. No estaba segura, pero al alejarse graznó y le pareció como una carcajada de “la coja”. Desde entonces todos en la familia llevaban unos colgantes bendecidos.

Y no había que olvidar su cojera. Al médico le dijo que se había caído de una escalera. Se rompió los dos pies y le quedó esa cojera para siempre. Pero en todo el pueblo se sabía que en realidad se había estrellado cuando quiso volar a un aquelarre de Almería. Parece ser que, asustada, dijo sin querer “Jesús, María y José” y el demonio la soltó. El porrazo que se dio fue tremendo.

Sí, eran muchas las cosas que se decían sobre ella en aquel lugar. Y lo peor de todo es que nadie la había visto nunca pasar a la iglesia.

Por eso todo el mundo evitaba cruzarse con “la coja”. Pero ella ¿qué iba a hacer? Así eran todos en el pueblo, supersticiosos y de lengua ponzoñosa. Cuando alguien se cruzaba a su lado y se santiguaba con disimulo, ella simplemente se volvía, le miraba fijamente y le lanzaba un maleficio. Así aprendería.

La coja, de Javier G. Alcaraván

Esta historia también la he publicado en Steemit.
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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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