La Peste

Historia de la columna infame

La Columna Infame de Milán es un ejemplo de los extremos a los que puede llevar la psicosis colectiva, de las atrocidades que llega a cometer una comunidad enloquecida por el miedo.

La peste de Milán de 1630

Todo sucedió durante la peste que azotó la capital lombarda en 1630. El Milanesado formaba parte de la Corona Española y eran los tiempos ominosos de la guerra de los Treinta Años; una época de campos arrasados y ciudades en llamas, de hambre, plagas y enfermedades, de luchas religiosas y persecuciones de brujas.

Milán, que se había librado de la primera gran epidemia, sufrió ese año una manifestación de la peste especialmente virulenta y contagiosa. Frente a un mal tan feroz, la gente necesitaba explicar y dar sentido a tanta muerte. Cuando apareció la enfermedad en 1348, hubo quienes vieron en la peste un castigo divino o una señal milenarista, pero la reacción de la mayoría fue buscar culpables, algo que también permitía la liberación de la tensión colectiva. Extranjeros, marginales y, sobre todo, leprosos y judíos, pasaron a convertirse en sospechosos. La furia de las comunidades se encauzó especialmente hacia estos últimos, a los que se acusaba de envenenar los pozos. Y se multiplicaron los progromos y asaltos a juderías.

En el caso de esta epidemia de Milán, no tardó en cundir el pánico, y pronto se extendió por la ciudad el mito de los untadores de pestíferos, una creencia que ya se había dado antes en algunos otros lugares. Los habitantes creyeron que las murallas y las puertas de los edificios estaban impregnadas de una sustancia venenosa compuesta de extractos de sapos, serpientes y de pus y baba de los apestados: una receta que el diablo daba a los que pactaban con él.

Pronto aparecieron los primeros chivos expiatorios. En cuanto se desató la psicosis, cualquier acto, hasta el más trivial, resultaba sospechoso a los ojos de unos vecinos aterrorizados. Varias personas sufrieron las iras de la gente, fueron torturadas o linchadas por los motivos más inocentes, solo porque algún gesto había resultado extraño. Fue lo que le sucedió a un pobre anciano al que vieron en la iglesia limpiando el banco con un paño antes de sentarse.

Una vieja chismosa

Pero el caso más sonado fue el que llevó a la erección de la famosa columna. Un día, una anciana acudió a las autoridades para denunciar que había visto a un hombre haciendo movimientos extraños con un papel y restregando los dedos contra la muralla. Se investigó el asunto y finalmente fueron detenidos el comisario de salud pública, Guglielmo Piazza, y el barbero Giangiacomo Mora. Se les acusó de extender ungüentos mortíferos que acabaron con la vida de muchos ciudadanos; es más, se les juzgaría, incluso, por conspirar contra la ciudad y por sedición.

Los dos infelices, que lo negaban todo, por supuesto, fueron torturados según la práctica de la época. Pero también fueron engañados con falsas promesas de impunidad. Al final cedieron y terminaron confesando ser los autores de un acto tan execrable. A continuación, el senado de la ciudad los proclamó enemigos de la patria y fueron condenados a muerte.

Una muerte cruenta y una columna infame

Pero no iba a ser, tampoco, una muerte normal. Dado el carácter diabólico de su caso, y la cantidad de víctimas que se les imputaban, el método elegido para su ejecución fue especialmente cruel y cruento. La fecha indicada, se les llevó al cadalso y allí, una vez atados, les atenazaron con unos hierros al rojo las tetillas, los brazos, muslos y pantorrillas. A continuación, se les cortó la mano derecha, con la que habrían cometido su crimen. Y, por último, les quebraron todos los huesos a golpes y los dejaron allí durante seis horas de largo suplicio. Finalmente se les dio muerte, quemaron los cadáveres y lanzaron sus cenizas al río.

Pero no bastaba. La gravedad del delito exigía la perpetuación de la infamia de los delincuentes. La barbería de Mora fue arrasada y, en el solar, se levantó una gran columna que denominaron Infame. Con una inscripción en latín que reseñaba los hechos. Porque, además de servir de advertencia, la intención era dejar grabado para siempre los nombres de los dos criminales en memoria de su vileza.

Durante un siglo y medio, la columna se erigió en aquel solar del centro de Milán. Pero, con la llegada del Siglo de las Luces, los avances en los campos de la ciencia y del derecho fueron cambiando la percepción de aquel monumento, que se convirtió en la vergüenza de Milán. No se perpetuaba la infamia de Mora y Piazza, sino la infamia de los milaneses, que fueron los que cometieron el verdadero acto criminal con aquellos dos inocentes. Así que en 1778 las autoridades la mandaron derribar.

Este caso sirvió, en el siglo XIX, al escritor italiano Alessandro Manzoni para denunciar el uso de la tortura y atacar las ejecuciones de su tiempo con su obra Historia de la columna infame, que se publicó por primera vez como apéndice de Los novios, su gran novela.

Fuente
Jean Delumeau: El miedo en Occidente, Taurus

 

Guardar

máscara de la muerte roja

Ilustración del maestro del terror Berni Wrightson

La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Sigue leyendo

la vampira de venecia

Si alguien nos habla de la existencia de una vampiresa veneciana en la época del Renacimiento, es posible que nos imaginemos una dama parecida a las que plasma Victoria Francés en Favole. Lejos de tal romanticismo, la realidad puede resultar mucho más cruda, aunque no menos terrorífica.

A principios del año 2009, un grupo de investigadores italianos sostenía haber encontrado en Venecia los restos de una “vampira”. El descubrimiento se remontaba al año 2006, cuando el equipo del antropólogo forense Matteo Borrini, de la Universidad de Florencia, excavaba una fosa común en la isla de Lazzartto Nuovo. Se trataba de los huesos de una mujer que falleció víctima de una terrible epidemia de peste en el año 1576, y que fue enterrada con una lasca de piedra introducida en la boca: su cadáver fue profanado ante el temor de que regresara de la muerte. Las plagas que diezmaron Europa a finales de la Edad Media y durante toda la Edad Moderna alimentaron la creencia en vampiros, a quienes se consideraban responsables de la transmisión y expansión de enfermedades como la peste (recordemos las ratas y la mortífera epidemia que acompaña al vampiro en la película Nosferatu). Una variedad de éstos vampiros eran los denominados “devoradores de sudarios”, que aparecen en el folclore de diversas zonas de Europa. Se creía que estos cadáveres reanimados comenzaban a alimentarse de sus propias mortajas, luego chupaban la sangre de los demás muertos hasta recuperar las fuerzas suficientes como para salir de la tumba y atacar a los vivos.

Los sepultureros podían observar algunos síntomas que les hicieran sospechar la presencia de uno de estos vampiros: que el cuerpo permaneciera incorrupto, presentara el vientre hinchado y que la mortaja estuviera agujereada en torno a la boca. Hoy en día estos fenómenos tienen su explicación. Durante la peste era normal que los enterradores abrieran las fosas con frecuencia, por lo que no era raro encontrar un cuerpo en relativo buen estado. El vientre hinchado es resultado del proceso de descomposición y el agujero de la mortaja se explica por el efecto corrosivo de bacterias y los gases y líquidos expelidos por la boca del difunto durante la putrefacción.

Para matar un vampiro, lo único que había que hacer era retirarle la mortaja de la boca, que era su sustento, y colocarle algo que no pudiera comer, como piedras o ladrillos.

Fuentes: Cuarto milenio, ideal.es y diario El país.

Guardar

Suscríbete al blog

Y recibirás los artículos de Senderos Ocultos directamente en tu correo electrónico.

Archivos

Eres un erudito de historias secretas, una investigadora de libros polvorientos, o un saqueador de relatos...

Eres una cazadora de brujas, un arquólogo de lo grotesco o una tejedora de mitos y leyendas...

¡Bienvenidos! Habéis llegado al lugar indicado: un rincón donde se unen los senderos ocultos del arte, la música, la literatura y la historia.

«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

162189
visitas desde 2007

Follow me on Blogarama