Leyendas

Pues sí, Máelbrigte, noble escocés del siglo IX, no ganó batallas después de muerto como el Cid, pero al menos acabó con su asesino. ¡Y usando solo su cabeza!

Máelbrigte, el picto

Poco se sabe de este tal Máelbrigte: que quizá era de origen picto, que actuaba como caudillo en las tierras de Moray, un señorío en la costa del norte de Escocia (quizá fuese un mórmaer, una especie de gobernador provincial), y que se enfrentó a Sigurd, el Poderoso, jarl o señor de las islas Orcadas. Bueno, sí; se sabe también que, debido a su dentadura prominente, le habían puesto el apodo de “el Dentudo”. Todo esto se cuenta en la Saga de los Orcadenses, un relato, mezcla de historia y leyenda, sobre el dominio de los vikingos noruegos sobre estas islas y sus posteriores conquistas.

Como decimos, Sigurd Eysteinsson era jarl de las islas Orcadas, territorio dependiente de un reino de Noruega recientemente unificado por el rey Harald I. Sigurd había heredado las posesiones de su hermano, y muy pronto quiso aumentar sus dominios. Puso sus ojos en las costas escocesas, que le pillaban cerquita y, a partir del año 872 comenzó con las incursiones.

Hacia el 890, en el curso de su campaña sobre Moray, seguramente para acabar rápido y evitar muertes excesivas, el caudillo noruego desafió al escocés a una especie de duelo múltiple concertado, un enfrentamiento, en una fecha y lugar señalados, al que cada uno podía ir acompañado de sus cuarenta mejores guerreros. Allí lucharían hasta la muerte, y el vencedor se quedaría con los dominios de su adversario.

El guerrero escocés traicionado

El caso es que Sigurd sería muy poderoso, pero también muy traicionero, y acudió al combate con el doble de hombres de lo convenido. Se cuenta que Máelbrigte vio desde lejos que cada uno de los caballos de la tropa de Sigurd mostraba dos piernas en el flanco y se dio cuenta de la traición, así que arengó a sus hombres y, como buen guerrero escocés, les exhortó a matar al menos a un enemigo antes de caer. La lucha que siguió a continuación fue feroz, pero los escoceses no pudieron evitar la derrota y todos fueron abatidos.

guerrero noruego contra guerrero escocés

Ilustración de Halfdan Egedius

Después del combate, Sigurd decapitó a Máelbrigte y ató su cabeza a su silla de montar con una correa. Era un trofeo de conquista pero también una advertencia para cualquier noble desafiante de la zona que reconociese la cabeza por su famosa dentadura. Sin embargo, conforme el noruego regresaba a casa, se fraguaba la venganza de Máelbrigte. Sus dientes, prominentes y afilados, sobresalían de la cabeza y arañaban a Sigurd en la pierna mientras cabalgaba. Con el paso de las jornadas, el roce repetido terminó por abrir herida, y la pestilencia de la cabeza podrida provocó una grave infección que se llevó a Sigurd al otro barrio. Poco pudo disfrutar de su victoria; Máelbrigte había vengado de forma póstuma aquella traición, y Sigurd Eysteinsson, el Poderoso, pasó a la historia por tener una de las muertes más absurdas.

Fuentes:

http://www.medievalists.net/2014/05/top-10-strangest-deaths-middle-ages

WESTWOOD & KINGSHILL: The Lore of Scotland: A guide to Scottish legends, Radom House, 2012

 

Bueno, pues ya está, ya pasó el Manchacómic, ¡y fue increíble! Pudimos exponer en la misma sala reservada para autores de la talla de Diego Olmos y Mateo Guerrero, y donde tuvieron lugar las presentaciones, coloquios o charlas de gente como el gran Forges y Carlos Pacheco. Ha sido un placer poder codearse con gente del sector de tal calibre, una experiencia muy gratificante y enriquecedora. Desde aquí me gustaría mostrar nuestro agradecimiento a los organizadores del evento de la asociación AMICO y de Zona84, que tan bien se portaron con nosotros, y felicitarles por los buenos resultados del evento, que se supera con creces en cada edición.

Como se suele decir que las imágenes valen más que las palabras, aquí dejo una serie de foticos de cómo quedó la cosa.

Exposición juan gallego en manchacómic

Nosotros cubríamos este lado de la sala

 

Cthulhu en el Guadiana

Cthulhu en las Tablas de Daimiel y “el horror” deslizándose desde la sierra

 

Troll manchego

Algunos personajes: un troll, una ogresa, el robaniños…

 

Exposición en ciudad real de Juan G. Gallego

Más personajes

 

Personajes fantásticos de Juan Gallego

También había algunos estudios a lápiz

 

Ilustraciones de Naturaletra: dos duendes

El duende borracho y el duende de guerra

 

Naturaletra expone en el Manchacómic

Otra perspectiva

 

Forges en sala de exposición de Naturaletra

Forges

Carlos Pacheco en Manchacómic, donde expuso Naturaletra

Carlos Pacheco

El castillo de Orava. Fotografía de 23am.com

El castillo de Orava. Fotografía de 23am.com

Su mera visión evoca a los castillos de cuento: los de los cuentos de miedo. Desde su imponente roca sobre el río Orava, el Oravsky Hrad, nombre oficial de esta majestuosa fortaleza, preside el imponente paisaje boscoso del norte de Eslovaquia, cerca de la frontera con Polonia. También es conocido como el Nido de Águilas por su posición en lo alto del acantilado. Un impresionante castillo en el corazón de una región, Orava, que parece perdida en el tiempo, en la que todavía siguen vivas las antiguas tradiciones y modos de vida.

Castillo de orava

Castillo de Orava, fotografía de Wojsyl para la Wikipedia

La leyenda cuenta que un noble llamado Marek quedó tan impresionado ese promontorio rocoso cuando descendía navegando por el río Orava que se dijo que en aquel lugar tan inaccesible tenía que construir su castillo; costase lo que costase, aunque tuviese que contar con la ayuda del diablo. Y al momento, el mismo se le apareció y le ofreció un pacto: si lograba construir allí un castillo en siete días con sus siete noches, Marek le entregaría su alma a los 77 años. El noble aceptó: no creía que fuese posible llevar a cabo tal apuesta. Así que el demonio se puso manos a la obra.

Pasaron los días y, a pesar de la enormidad de la empresa, Lucifer iba levantando el castillo a buen ritmo. Cuando faltaba solo un día, la obra estaba casi concluida. Marek se dio cuenta y comenzó a sentir miedo; cayó de rodillas al suelo y se puso a rezar, porque no quería perder su alma. Y así continuó mientras el diablo subía una última roca con mucho cuidado, en la oscuridad de la noche, relamiéndose por la nueva alma conseguida. Pero Dios se apiadó de Marek e hizo que cantase el gallo anunciando el nuevo día. Cuando vio que había perdido la apuesta, el diablo, lleno de rabia, lanzó la roca con fuerza y esta quedó incrustada en el lugar. Una roca que los lugareños todavía reconocen y a la que denominan Roca de Marek.

acuarela del castillo

Acuarela de Thomas Ender, 1860

Lo que se sabe de cierto es que la documentación histórica permite datar la construcción del castillo en el siglo XIII, después de la invasión del reino de Hungría por parte de los mongoles. Se levantó sobre una fortificación de madera anterior. Seguramente la intención era convertirlo en centro administrativo y militar de la región, ya que por allí se cruzaba el río Orova con el importante camino de Polonia. A lo largo de los siglos, el castillo pasó por la mano de distintas familias feudales -incluso de algunos reyes- que lo fueron ampliando poco a poco. Sobre todo a mediados del siglo XVI, cuando se hizo patente la amenaza turca. El castillo se convirtió en cabeza del condado y el complejo se fortificó con varias torres, un foso y un puente levadizo.

A lo largo de la Edad Moderna se le fueron añadiendo distintas estancias y la capilla, en la que destaca la tumba renacentista de György Thurzó, uno de sus dueños más ilustres, y el altar barroco. Esta actividad constructiva se entrelazó con épocas de abandono y distintos desastres, como el feroz incendio, a principios del siglo XIX, que dejó en ruinas toda la parte alta. No es de extrañar que el castillo sea una mezcla de estilos, desde el gótico de la Baja Edad Media hasta la reconstrucción, con elementos románticos, en la segunda mitad del siglo XIX.

El castillo de Nosferatu

El castillo destaca por ser la sede de uno de los museos más antiguos del país. En su interior hay distintas exposiciones permanentes de objetos históricos, etnográficos y de ciencias naturales. En la ciudadela, la parte más alta y antigua, se pueden contemplar los documentos de los primeros tiempos del castillo. Otra exposiciones atractivas son las de la capilla, la sala de los caballeros, la galería de pintura y la sala de armas.

Pero Orava también es famoso porque allí se filmaron algunas de las escenas de la película de 1922 Nosferatu, ya que era perfecto para representar al castillo transilvano del conde Orlok. No es de extrañar que desde entonces haya aumentado su halo misterioso y se sucedan también las historias sobre apariciones del vampiro.

fotoframa de Nosferatu

Para saber más
www.oravskemuzeum.sk
http://www.slovakheritage.org

 

ars malefica

Esta vez lo que traigo es el book trailer de un libro de rol. Ars Malefica es un suplemento para la nueva edición, la tercera, del ya clásico juego Aquelarre de Ricard Ibáñez. El trailer es una auténtica preciosidad, basado en las ilustraciones de Jaime García Mendoza para el libro, que imitan las iluminaciones de los códices medievales, aunque de una manera algo siniestra, acorde con el espíritu del juego. Me gusta, me gusta. Como siempre, un trabajo de altísima calidad tanto en el contenido como en el continente.

 

Cartas desde mi celda es una colección de nueve artículos periodísticos con forma de cartas literarias, que Bécquer escribió en 1964 mientras descansaba en el monasterio de Veruela, y que iba mandando al periódico El contemporáneo, para el que trabajaba entonces. El escritor buscaba quietud para recuperarse de su mala salud y eligió este monasterio cercano al Moncayo para aislarse, y las Cartas describen paisajes, personajes y ambientes que fue observando a lo largo de su estancia. Las Cartas se recogieron por primera vez en un libro en 1871 y están consideradas por la crítica como una de las mejores colecciones de escritos periodísticos del siglo XIX.

Trasmoz, de donde era la tía Casca

Trasmoz, el lugar de la tía Casca

VI

Queridos amigos:

Hará cosa de dos o tres años, tal vez leerían ustedes en los periódicos de Zaragoza la relación de un crimen que tuvo lugar en uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratábase del asesinato de una pobre vieja a quien sus convecinos acusaban de bruja. Últimamente, y por una coincidencia extraña, he tenido ocasión de conocer los detalles y la historia circunstanciada de un hecho que se comprende apenas en mitad de un siglo tan despreocupado como el nuestro.

Ya estaba para acabar el día. El cielo, que desde el amanecer se mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba a ensombrecerse a medida que el sol, que antes transparentaba su luz a través de las nieblas, iba debilitándose, cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo como término y remate de mi artística expedición, dejé a Litago para encaminarme a Trasmoz, pueblo del que me separaba una distancia de tres cuartos de hora por el camino más corto. Como de costumbre, y exponiéndome, a trueque de examinar a mi gusto los parajes más ásperos y accidentados, a las fatigas y la incomodidad de perder el camino por entre aquellas zarzas y peñascales, tomé el más difícil, el más dudoso y más largo, y lo perdí, en efecto, a pesar de las minuciosas instrucciones de que me pertreché a la salida del lugar.

Ya enzarzado en lo más espeso y fragoso del monte, llevando del diestro la caballería por entre sendas casi impracticables, ora por las cumbres para descubrir la salida del laberinto, ora por las honduras con la idea de cortar terreno, anduve vagando al azar un buen espacio de tarde, hasta que, por último, en el fondo de una cortadura tropecé a un pastor, el cual abrevaba su ganado en el riachuelo, que, después de deslizarse sobre un cauce de piedras de mil colores, salta y se retuerce allí con un ruido particular que se oye a gran distancia, en medio del profundo silencio de la Naturaleza, que en aquel punto y a aquella hora parece muda o dormida.

Pregunté al pastor el camino del pueblo, el cual, según mis cuentas, no debía distar mucho del sitio en que nos encontrábamos, pues, aunque sin senda fija, yo había procurado adelantar siempre en la dirección en que me dijeron hallarse. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo mejor que pudo, y ya me disponía a proseguir mi azarosa jornada, subiendo con pies y manos y tirando de la caballería como Dios me daba a entender, por entre unos pedruscos erizados de matorrales y puntas, cuando el pastor, que me veía subir desde lejos, me dio una gran voz advirtiéndome que no tomara la senda de la tía Casca si quería llegar sano y salvo a la cumbre.

La verdad era que el camino, que equivocadamente había tomado, se hacía cada vez más áspero y difícil, y que por una parte la sombra que ya arrojaban las altísimas rocas, que parecían suspendidas sobre mi cabeza, y por otra parte el ruido vertiginoso del agua que corría profunda a mis pies, y de la que comenzaba a elevarse una niebla inquieta y azul, que se extendía por la cortadura, borrando los objetos y los colores, todo parecía contribuir a turbar la vista y conmover el ánimo con una sensación de penoso malestar, a que vulgarmente podría llamarse preludio de miedo. Volví pies atrás, bajé de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y mientras seguíamos juntos por una trocha que se dirigía al pueblo, adonde también iba a pasar la noche mi improvisado guía, no pude menos de preguntarle con alguna insistencia por qué, aparte de las dificultades que ofrecía el ascenso, era tan peligroso subir a la cumbre por la senda que llamó de la tía Casca.

-Porque antes de terminar la senda -me dijo con el tono más natural del mundo- tendríais que costear el precipicio a que cayó la maldita bruja que le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el alma, que, después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya.

-¡Hola! -exclamé entonces como sorprendido, aunque, a decir verdad, ya me esperaba una contestación de esta o parecida clase.- Y ¿en qué diantres se entretiene el alma de esa pobre vieja por estos andurriales?

-En acosar y perseguir a los infelices pastores que se arriesgan por esa parte de monte, ya haciendo ruido entre las matas, como si fuese un lobo, ya dando quejidos lastimeros como de criatura o acurrucándose en las quiebras de las rocas que están en el fondo del precipicio, desde donde llama con su mano amarilla y seca a los que van por el borde, les clava la mirada de sus ojos de búho y cuando el vértigo comienza a desvanecer su cabeza da un gran salto, se les agarra a los pies y pugna hasta despeñarlos en la sima… ¡Ah maldita bruja! -exclamó después de un momento, y tendiendo el puño crispado hacia las rocas, como amenazándola-. ¡Ah, maldita bruja, muchas hicistes en vida, y ni aun muerta hemos logrado que nos dejes en paz; pero no haya cuidado, que a ti y a tu endiablada raza de hechiceras os hemos de aplastar una a una, como a víboras!

-Por lo que veo -insistí, después que hubo concluido su extravagante imprecación-, está usted muy al corriente de las fechorías de esa mujer. Por ventura, ¿alcanzó usted a conocerla? Porque no me parece de tanta edad como para haber vivido en el tiempo en que las brujas andaban todavía por el mundo.

Al oír estas palabras el pastor, que caminaba delante de mí para mostrarme la senda, se detuvo un poco, y fijando en los míos sus asombrados ojos, como para conocer si me burlaba, exclamó con un acento de buena fe pasmoso:

-Qué, ¿no le parezco a usted de edad bastante para haberla conocido? Pues, ¿y si yo le dijera que no hace aún tres años cabales que con estos mismos ojos, que se ha de comer la tierra, la vi caer por lo alto de ese derrumbadero, dejando en cada uno de los peñascos y de las zarzas un jirón de vestido o de carne, hasta que llegó al fondo, donde se quedó aplastada como un sapo que se coge debajo del pie?

-Entonces -respondí asombrado a mi vez de la credulidad de aquel pobre hombre- daré crédito a lo que usted dice, sin objetar palabra, aunque a mí se me había figurado -añadí, recalcando estas últimas frases para ver el efecto que le hacían- que todo eso de las brujas y los hechizos no eran sino antiguas y absurdas patrañas de las aldeas.

-Eso dicen los señores de la ciudad, porque a ellos no les molestan, y, fundados en que todo es puro cuento, echaron a presidio a algunos de los infelices que nos hicieron un bien de caridad a la gente del Somontano despeñando a esa mala mujer.

-¿Conque no cayó casualmente ella, sino que la hicieron rodar, que quieras que no? ¡A ver, a ver! Cuénteme usted cómo pasó eso, porque debe ser curioso -añadí, mostrando toda la credulidad y el asombro suficiente para que el buen hombre no maliciase que sólo quería distraerme un rato oyendo sus sandeces; pues es de advertir que hasta que no me refirió los pormenores del suceso no hice memoria de que, en efecto, yo había leído en los periódicos de provincia una cosa semejante.

El pastor, convencido por las muestras de interés con que me disponía a escuchar su relato de que yo no era uno de esos señores de la ciudad dispuesto a tratar de majaderías su historia, levantó la mano en dirección a uno de los picachos de la cumbre, y comenzó así, señalándorne una de las rocas que se destacaba oscura e imponente sobre el fondo gris del cielo, que el sol, al ponerse tras las nubes, teñía de algunos cambiantes rojizos:

-¿Ve usted aquel cabezo alto, que parece cortado a pico y por entre cuyas peñas crecen las aliagas y los zarzales? Me parece que sucedió ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino atrás de donde nos encontramos en este momento: próximamente sería la misma hora, cuando creí escuchar unos alaridos distantes y llantos e imprecaciones que se entremezclaban con voces varoniles y coléricas, que ya se oían por un lado, ya por otro, como de pastores que persiguen un lobo por entre los zarzales. El sol, según digo, estaba al ponerse, y por detrás de la altura se descubría un jirón del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre el que vi aparecer alta, seca y haraposa, semejante a un esqueleto que se escapa de su fosa, envuelto aún en los jirones del sudario, una vieja horrible, en la que conocí a la tía Casca. La tía Casca era famosa en todos estos contornos, y me bastó distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo del fuego del horizonte, para reconocer en ella a la bruja de Trasmoz. Al llegar ésta al borde del precipicio se detuvo un instante, sin saber qué partido tomar. Las voces de los que parecían perseguirla sonaban cada vez más cerca, y de cuando en cuando la veía hacer una contorsión, encogerse o dar un brinco para evitar los cantazos que le arrojaban. Sin duda, no traía el bote de sus endiablados untos, porque, a traerlo, seguro que habría atravesado al vuelo la cortadura, dejando a sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles que pierden la pista. ¡Dios no lo quiso así, permitiendo que de una vez pagara todas sus maldades!

» Llegaron los mozos que venían en su seguimiento, y la cumbre se coronó de gentes, estos con piedras en las manos, aquellos con garrotes, los de más allá con cuchillos. Entonces comenzó una cosa horrible. La vieja, ¡maldita hipocritona!, viéndose sin huida, se arrojó al suelo, se arrastró por la tierra besando los pies de los unos, abrazándose a las rodillas de los otros, implorando en su ayuda a la Virgen y a los santos, cuyos nombres sonaban en su condenada boca como una blasfemia; pero los mozos así hacían caso de sus lamentos como yo de la lluvia cuando estoy bajo techado. «Yo soy una pobre vieja que no ha hecho daño a nadie; no tengo hijos ni parientes que me vengan a amparar. ¡Perdonadme, tened compasión de mí!», aullaba la bruja, y uno de los mozos, que con la una mano la había asido de las greñas mientras tenía en la otra la navaja, que procuraba abrir con los dientes, le contestaba rugiendo de cólera: «¡Ah bruja de Lucifer, ya es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos!» «¡Tú hiciste un mal a mi mulo, que desde entonces no quiso probar bocado y murió de hambre, dejándome en la miseria!», decía uno. «¡Tú has hecho mal de ojo a mi hijo y lo sacas de la cuna y lo azotas por las noches!», añadía el otro, y cada cual exclamaba por su lado: «¡Tú has echado una suerte a mi hermana!» «¡Tú has ligado a mi novia!» «¡Tú has emponzoñado la hierba!» «¡Tú has embrujado al pueblo entero!» Yo permanecí inmóvil en el mismo punto en que me había sorprendido aquel clamoreo infernal, y no acertaba a mover pie ni mano, pendiente del resultado de aquella lucha. La voz de la tía Casca, aguda y estridente, dominaba el tumulto de todas las otras voces que se reunían para acusarla, dándole en rostro con sus delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando, seguía poniendo a Dios y a los santos patronos del lugar por testigos de su inocencia. Por último, viendo perdida toda esperanza, pidió como última merced que la dejasen un instante implorar del Cielo, antes de morir, el perdón de sus culpas, y, de rodillas al borde de la cortadura como estaba, la vieja inclinó la cabeza, juntó las manos y comenzó a murmurar entre dientes qué sé yo qué imprecaciones ininteligibles; palabras que yo no podía oír por la distancia que me separaba de ella, pero que ni los mismos que estaban a su lado lograron entender. Unos aseguran que hablaba en latín; otros, que en una lengua salvaje y desconocida, no faltando quien pudo comprender que, en efecto, rezaba, aunque diciendo las oraciones al revés, como es costumbre de estas malas mujeres.

En este punto se detuvo el pastor un momento, tendió a su alrededor una mirada y prosiguió así:

-¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está inmóvil, y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos jirones de niebla oscura que se deslizan poco a poco a lo largo de la inmensa pendiente del Moncayo, como si sus cavidades no bastaran a contenerlos? ¿Los ve usted cómo se adelantan, mudos y con lentitud, como una legión aérea que se mueve por un impulso invisible? El mismo silencio de muerte había entonces, el mismo aspecto extraño y temeroso ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en las lejanas cumbres, todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa. Yo, lo confieso con toda franqueza: llegué a tener miedo. ¿Quién sabía si la bruja aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terribles conjuros que sacan a los muertos de sus sepulturas, estremecen el fondo de los abismos y traen a la superficie de la tierra, obedientes a sus imprecaciones, hasta a los más rebeldes espíritus infernales? La vieja rezaba, rezaba sin parar; los mozos permanecían en tanto inmóviles, cual si estuviesen encadenados por un sortilegio, y las nieblas oscuras seguían avanzando y envolviendo las peñas en derredor de las cuales fingían mil figuras extrañas, como de monstruos deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres envueltas en paños blancos y listas largas de vapor, que, heridas por la última luz del crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de colores. Fija la mirada en aquel fantástico ejército de nubes que parecían correr al asalto de la peña sobre cuyo pico iba a morir la bruja, yo estaba esperando por instantes cuándo se abrían sus senos para abortar a la diabólica multitud de espíritus malignos, comenzando una lucha horrible al borde del derrumbadero entre los que estaban allí para hacer justicia en la bruja y los demonios que, en pago de sus muchos servicios, vinieran a ayudarla en aquel amargo trance.

-Y, por fin -exclamé interrumpiendo el animado cuento de mi interlocutor e impaciente ya por conocer el desenlace-, ¿en qué acabó todo ello? ¿Mataron a la vieja? Porque yo creo que por muchos conjuros que recitara la bruja y muchas señales que usted viese en las nubes y en cuanto le rodeaba, los espíritus malignos se mantendrían quietecitos, cada cual en su agujero, sin mezclarse para nada en las cosas de la Tierra. ¿No fue así?

-Así fue, en efecto. Bien porque en su turbación la bruja no acertara con la fórmula, o, lo que yo más creo, por ser viernes, día en que murió Nuestro Señor Jesucristo, y no haber acabado aún las vísperas, durante las que los malos no tienen poder alguno, ello es que, viendo que no concluía nunca con su endiablada monserga, un mozo le dijo que acabase, y, levantando en alto el cuchillo, se dispuso a herirla. La vieja, entonces, tan humilde, tan hipocritona hasta aquel punto, se puso de pie con un movimiento tan rápido como el de una culebra enroscada a la que se pisa y despliega sus anillos, irguiéndose llena de cólera: «¡Oh, no; no quiero morir, no quiero morir! -decía-. ¡Dejadme, dejadme, u os morderé las manos con que me sujetáis!» Pero aún no había pronunciado estas palabras, abalanzándose a sus perseguidores, fuera de sí, con las greñas sueltas, los ojos inyectados en sangre y la hedionda boca entreabierta y llena de espuma, cuando la oí arrojar un alarido espantoso, llevarse por dos o tres veces las manos al costado con grande precipitación, mirárselas y volvérselas a mirar maquinalmente, y, por último, dando tres o cuatro pasos vacilantes, como si estuviese borracha, la vimos caer al derrumbadero. Uno de los mozos, a quien la bruja hechizó una hermana, la más hermosa, la más buena del lugar, la había herido de muerte en el momento en que sintió que le clavaba en el brazo sus dientes negros y puntiagudos. Pero ¿cree usted que acabó ahí la cosa? Nada menos que eso. La vieja de Lucifer tenía siete vidas como los gatos. Cayó por el derrumbadero donde a cualquiera otro que se le resbalase un pie no pararía hasta lo más hondo, y ella, sin embargo, tal vez porque el diablo le paró el golpe o porque los harapos de las sayas la enredaron en los zarzales, quedó suspendida de uno de los picos que erizan la cortadura, barajando y retorciéndose allí como un reptil colgado por la cola. ¡Dios! ¡Cómo blasfemaba! ¡Qué imprecaciones tan horribles salían de su boca! Se estremecían las carnes y se ponían de punta los cabellos solo de oírla. Los mozos seguían desde lo alto todas sus grotescas evoluciones esperando el instante en que se desgarraría el último jirón de la saya a que estaba sujeta y rodaría, dando tumbos de pico en pico, hasta el fondo del barranco; pero ella, con el ansia de la muerte y sin cesar de proferir, ora horribles blasfemias, ora palabras santas mezcladas de maldiciones, se enroscaba en derredor de los matorrales. Sus dedos largos, huesosos y sangrientos se agarraban como tenazas a las hendiduras de las rocas, de modo que, ayudándose de las rodillas, de los dientes, de los pies y de las manos, quizás hubiese conseguido subir hasta el borde si algunos de los que la contemplaban, y que llegaron a temerlo así, no hubiesen levantado en alto una piedra gruesa, con la que le dieron tal cantazo en el pecho, que piedra y bruja bajaron a la vez saltando de escalón en escalón por entre aquellas puntas calcáreas, afiladas como cuchillos, hasta dar, por último, en ese arroyo que se ve en lo más profundo del valle.

» Una vez allí, la bruja permaneció un largo rato inmóvil, con la cara hundida entre el légamo y el fango del arroyo, que corría enrojecido con la sangre; después, poco a poco, comenzó como a volver en sí y a agitarse convulsivamente. El agua cenagosa y sangrienta saltaba en derredor batida por sus manos, que de vez en cuando se levantaban en el aire crispadas y horribles, no sé si implorando piedad o amenazando aún en las últimas ansias.

» Así estuvo algún tiempo, removiéndose y queriendo inútilmente sacar la cabeza fuera de la corriente, buscando un poco de aire, hasta que, al fin, se desplomó muerta, muerta del todo, pues los que la habíamos visto caer y conocíamos de lo que es capaz una hechicera tan astuta como la tía Casca no apartamos de ella los ojos hasta que, completamente entrada la noche, la oscuridad nos impidió distinguirla, y en todo este tiempo no movió pie ni mano, de modo que si la herida y los golpes no fueron bastantes a acabarla, es seguro que se ahogó en el riachuelo, cuyas aguas tantas veces había embrujado en vida para hacer morir nuestras reses. «¡Quien en mal anda, en mal acaba!», exclamamos después de mirar una última vez al fondo oscuro del despeñadero, y, santiguándonos santamente y pidiendo a Dios nos ayudase en todas las ocasiones como en aquella, contra el diablo y los suyos, emprendimos con bastante despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada torre las campanas llamaban a la oración a los vecinos devotos.

Cuando el pastor terminó su relato llegábamos precisamente a la cumbre más cercana al pueblo, desde donde se ofreció a mi vista el castillo oscuro e imponente, con su alta torre del homenaje, de la que sólo queda en pie un lienzo de muro con dos saeteras que transparentaban la luz y parecían los ojos de un fantasma. En aquel castillo, que tiene por cimiento la pizarra negra de que está formado el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes, parecen obra de titanes, es fama que las brujas de los contornos tienen sus nocturnos conciliábulos.

La noche había cerrado ya, sombría y nebulosa. La luna se dejaba ver a intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban en derredor nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas de Trasmoz dejaban oír lentamente el toque de oraciones, como al final de la horrible historia que me acababan de referir.

Ahora que estoy en mi celda, tranquilo, escribiendo para ustedes la relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan hondas raíces entre las gentes de las aldeas, que den lugar a sucesos semejantes; pero ¿por qué no he de confesarlo?, sonándome aún las últimas palabras de aquella temerosa relación; teniendo junto a mí a aquel hombre que tan de buena fe imploraba la protección divina para llevar a cabo crímenes espantosos; viendo a mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolvía el agua entre las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza el castillo tradicional, coronado de almenas oscuras, que parecían fantasmas asomadas a los muros, sentí una impresión angustiosa, mis cabellos se erizaron involuntariamente y la razón, dominada por la fantasía, a la que todo ayudaba, el sitio, la hora y el silencio de la noche, vaciló un punto y casi creí que las absurdas consejas de las brujerías y los maleficios pudieran ser posibles.

Posdata.- Al terminar esta carta y cuando ya me disponía a escribir el sobre, la muchacha que me sirve, y que ha concluido en este instante de arreglar los trebejos de la cocina y de apagar la lumbre, armada de un enorme candil de hierro, se ha colocado junto a mi mesa a esperar, como tiene de costumbre siempre que me ve escribir de noche, que le entregue la carta, que ella a su vez dará mañana al correo, el cual baja de Añón a Tarazona al romper el día. Sabiendo que es de un lugar inmediato a Trasmoz y que en este último pueblo tiene gran parte de su familia, me ha ocurrido preguntarle si conoció a la tía Casca y si sabe alguna particularidad de sus hechizos, famosos en todo el Somontano. No pueden ustedes figurarse la cara que ha puesto al oír el nombre de la bruja, ni la expresión de medrosa inquietud con que ha vuelto la vista a su alrededor, procurando iluminar con el candil los rincones oscuros de la celda antes de responderme. Después de practicada esta operación y con voz baja y alterada, sin contestar a mi interpelación, me ha preguntado ella a su vez:

-¿Sabe usted en qué día de la semana estamos?

-No, chica -la respondí-; pero ¿a qué conduce saber el día de la semana?

-Porque si es viernes, no puedo desplegar los labios sobre ese asunto. Los viernes, en memoria de que Nuestro Señor Jesucristo murió en semejante día, no pueden las brujas hacer mal a nadie; pero, en cambio, oyen desde su casa cuanto se dice de ellas, aunque sea al oído y en el último rincón del mundo.

-Tranquilízate por ese lado, pues, a lo que yo puedo colegir de la proximidad del último domingo, todo lo más, lo más, andaremos por el martes o el miércoles.

-No es esto decir que yo le tenga miedo a la bruja, pues de los míos sólo a mi hermana la mayor, al pequeñico y a mi padre puede hacerles mal.

-¡Calle! ¿Y en qué consiste ese privilegio?

-En que al echarnos el agua no se equivocó el cura ni dejó olvidada ninguna palabra del Credo.

-¿Y eso se lo has ido tú a preguntar al cura tal vez?

-¡Quia! No, señor; el cura no se acordaría. Se lo hemos preguntado a un cedazo.

-Que es el que debe saberlo… No me parece mal. Y ¿cómo se entra en conversación con un cedazo? Porque eso debe ser curioso.

-Verá usted… Después de las doce de la noche, pues las brujas que lo quisieran impedir no tienen poder sino desde las ocho hasta esa hora, se toma el cedazo, se hacen sobre él tres cruces con la mano izquierda y, suspendiéndole en el aire, cogido por el aro con las puntijeras, se le pregunta. Si se ha olvidado alguna palabra del Credo, da vueltas por sí solo, y si no, se está quietico, quietico, como la hoja en el árbol cuando no se mueve una paja de aire.

-Según eso, ¿tú estás completamente tranquila de que no han de embrujarte?

-Lo que es por mí, completamente; pero, sin embargo, mirando por los de la casa, cuido siempre de hacer antes de dormirme una cruz en el hogar con las tenazas para que no entren por la chimenea, y tampoco se me olvida poner la escoba en la puerta con el palo en suelo.

-¡Ah, vamos! ¿Conque la escoba que suelo encontrar algunas mañanas a la puerta de mi habitación con las palmas hacia arriba, y que me ha hecho pensar que era uno de tus frecuentes olvidos, no estaba allí sin su misterio? Pero se me ocurre preguntar una cosa: si ya mataron a la bruja y, una vez muerta, su alma no puede salir del precipicio donde por permisión divina anda penando, ¿contra quién tomas esas precauciones?

-¡Toma, toma! Mataron a una; pero como que son una familia entera y verdadera, que desde hace un siglo o dos vienen heredando el unto de unas en otras, se acabó con una tía Casca, pero queda su hermana, y cuando acaben con ésta, que acabarán también, le sucederá su hija, que aún es moza y ya dicen que tiene sus puntos de hechicera.

-Según lo que veo, ¿esa es una dinastía secular de brujas que se vienen sucediendo regularmente por la línea femenina, desde los tiempos más remotos?

-Yo no sé lo que son; pero lo que puedo decirle es que acerca de estas mujeres se cuenta en el pueblo una historia muy particular, que yo he oído referir algunas veces en las noches de invierno.

-Pues, vaya, deja ese candil en el suelo, acerca una silla y refiéreme esa historia, que yo me parezco a los niños en mi afición.

-Es que esto no es cuento.

-O historia, como tú quieras -añadí, por último, para tranquilizarla respecto a la entera fe con que sería acogida la relación por mi parte.

La muchacha, después de colgar el candil en un clavo, y de pie a una respetuosa distancia de la mesa, por no querer sentarse, a pesar de mis instancias, me ha referido la historia de las brujas de Trasmoz, historia original que yo a mi vez contaré a ustedes otro día, pues ahora voya acostarme con la cabeza llena de brujas, hechicerías y conjuros, pero tranquilo, porque al dirigirme a mi alcoba he visto el escobón junto a la puerta haciéndome la guardia, más tieso y formal que un alabardero en día de ceremonia.

Gustavo Adolfo Bécquer, El Contemporáneo, 3 de julio de 1864

Para saber más:

Bibliografía de estudios sobre Desde mi celda, elaborada por Jesús Rubio.

Esta historia me la contó mi abuela Vicenta hace muchos años. A ella se la había contado su abuelo, el tío Madama, cuando era niña, como tanta otras de brujas. Por aquel entonces, la gente del pueblo todavía tenía encontronazos a diario con las brujas de los barrios de El Alto o de La Hoya; o con aquellas que pululaban por el campo:

Ilustración de Juan Gallego

Hace algún tiempo, cierto hortelano de Daimiel se levantó temprano para ir a la huerta. Agarró su borrico y se puso en camino. Cuando estaba llegando, algo llamó su atención. Había un extraño jaleo junto al pozo. Se acercó con cuidado, rodeando la casilla, y cuál sería su sorpresa cuando descubrió que todo provenía de un montón de gallinas que estaban alborotando subidas en la palanca de la noria. Extrañado todavía por no saber de donde había salido tanta gallina las intentó asustar, pero lo único que consiguió fue que aumentasen la algarabía como si se estuvieran burlando de él. Entonces fue cuando el hortelano vislumbró la verdadera naturaleza de aquellas ensordecedoras aves.

 -Éstas no son gallinas- se dijo –¡Éstas son brujas!

Y sin pensárselo dos veces cogió un garrote y se lió a palos con ellas. Resulta que en verdad era un grupo de brujas que andaba enredando por el campo. Pero por una temporada se acabaron sus correrías, porque tras la paliza que les dio el hortelano esa mañana, la que no escapó coja escapó manca.

Javier Gallego, Alcaraván

Podéis encontrar más historias de las brujas de Daimiel, extraídas de la tradición oral, en Daimiel, pueblo de brujas, de Belén Garzás Garzás y Javier González-Gallego Sánchez-Camacho.

Bécquer en Soria y el monte de las Ánimas

En el último programa de Cuarto Milenio, el domingo pasado, se emitió un breve reportaje que trataba sobre la estancia de los hermanos Bécquer en Soria y la gestación de El monte de las Ánimas. Es una de las leyendas que más me gustan, si no es la que más. Aquí dejo el extracto del programa para disfrute de todos.

Se está emitiendo en El canal de Historia un documental titulado La princesa Vampiro. Para aquellos que no tengan las posibilidad de verlo en la tele, pueden hacerlo a través de Documaníatv o Documentales online

Sinopsis

Tras los muros del enorme y lúgubre castillo de Český Krumlov viví­a una bella princesa, que tení­a alergia a la luz y sólo podí­a salir de su habitación en secreto por la noche. Como en aquella época en el centro de Europa habí­a un temor enorme a los vampiros, los habitantes del pequeño pueblo se aterrorizaron y cometieron un crimen horrible.
Doscientos cincuenta años más tarde, un equipo de arqueólogos encontró el esqueleto de una mujer enterrada en Český Krumlov según los rituales de los vampiros: la cabeza habí­a sido separada del cuerpo y yací­a entre los huesos de las piernas, el tórax aparecí­a atravesado con un instrumento de madera. En este documental se sigue el rastro de los orí­genes de todos los mitos sobre vampiros al tiempo que se desvela un espantoso asesinato.

victoria francés
Victoria Francés es, en la actualidad, una de las más conocidas y populares ilustradoras, sobre todo entre los círculos góticos y fantásticos. Valenciana de nacimiento (nació el 25 de octubre de 1982), desde muy pequeña utilizó el dibujo como una forma de expresarse y una manera de evadirse. El mundo de lo gótico romántico, dentro del cual se suele enmarcar su obra, la atrajo desde muy pequeña. Con diez años ya había leído Drácula. Como pasó gran parte de su niñez en Galicia, rodeada de parajes evocadores y melancólicos y empapándose de leyendas, surgió en Waterhouseella el gusto por épocas pasadas y tiempos ancestrales.

Su identidad artística se terminó de fraguar con la lectura de obras de Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Goethe, Baudelaire, o Anne Rice y con sus viajes por Europa. En estos viajes se impregnó de los ambientes románticos, el arte gótico y el misticismo de ciudades como Londres, París, Venecia, Verona o Génova. Victoria reconoce el influjo de pintores prerrafaelistas como Waterhouse o Millais; también de ilustradores como Luis Royo y Fernando Fernández. Incluso de la imaginería oscura del cineasta Tim Burton. Asimismo, la inspira especialmente la música de Loreena McKennit y, sobre todo, del grupo Dark Sanctuary. Con estas influencias, no es de extrañar que lo gótico o lo siniestro (como prefiere denominarlo) se haya convertido en una manera de expresarse con la que se identifica personalmente. Sólo hay que verla en las convenciones y salones para darnos cuenta de ello.

Victoria estudió Bellas Artes en la Facultad de San Carlos de Valencia, y mientras realizaba trabajos esporádicos por encargo como portadas de libros y otro tipo de obras aisladas. Pero fue en 2004 cuando, con sólo 22 años, Victoria apareció con fuerza en el panorama nacional de la ilustración. Lo hacía de la mano de Norma Editorial con la publicación de su primer volumen de ilustraciones: Favole 1: Lágrimas de piedra. En el XXII Salón del Cómic de Barcelona, hizo su primera aparición pública y se ganó el respeto de autores de renombre. Se convirtió en la artista revelación de la temporada. A Lágrimas de piedra le siguió, en 2005, Favole 2: Libérame, con los mismos buenos resultados de la primera parte. También en este año se publicó Angel Wings, un pequeño libreto que recogía una serie de bocetos, ilustraciones y fotografías sobre este mismo universo.
En 2006 cerraba la trilogía Favole con Gélida Luz. Para entonces, la ilustradora se había convertido en un fenómeno más allá de la ilustración y se vendía todo tipo de merchandising basado en sus obras: posters, camisetas, puzzles, chapas, banderas… Su fama había crecido hasta tal punto que la prestigiosa editorial estadounidense Dark Horse se interesó por su trabajo y desde entonces ha publicado sus obras en Norteamérica.
Tras la saga de Favole decidió cambiar de editorial por Planeta DeAgostini y preparar para ella su nuevo trabajo, El corazón de Arlene (2007), obra en la que la autora se renueva en sus planteamientos y demuestra que es una artista en constante evolución.

Favole

No se puede dudar de que Favole es la enseña de Victoria Francés. Se trata de una trilogía de libros que mezclan ilustraciones con textos escritos por ella misma. Las obras están basadas en sus recuerdos de las ciudades de Venecia y Verona, y su temática nos introduce en un mundo mágico, triste y sombrío, de atmósfera opresiva, casi asfixiante. Nos topamos con mujeres fantasmales de pálida belleza, con brujas de oscura hermosura, niñas enfermizas, seres proscritos, castillos umbríos… Todo ello tocado por un halo de melancolía y romanticismo.
Las protagonistas son una serie de mujeres que han caído presas del seductor abrazo del vampiro Ezequiel. Son víctimas de su propia pasión, que las ha arrastrado a la oscuridad más profunda y, en última instancia, a la infelicidad. De entre todas, Favole, la que da nombre a la obra, se erige en personaje principal y termina haciendo de hilo conductor de las tres partes, pues lo que se narra en última instancia es su búsqueda incesante del amado vampiro. En el camino se tropieza con una sucesión de seres tristes, lóbregos y fantásticos, casi todos mujeres, que sirven de excusa a la autora para elaborar ilustraciones en los más diversos escenarios.
FavoleFavole representa la nostalgia, la melancolía, los amores soñados, lejanos y es, prácticamente, un autorretrato de la ilustradora, pues se ha servido de sí misma como modelo. Elementos recurrentes en estas ilustraciones son los largos vestidos, vaporosos, el violín, las lágrimas negras, la sangre, las lápidas y ángeles de piedra… siempre dentro escenarios tenebrosos, impregnados de medievalismo, y de una naturaleza agreste y misteriosa, que provocan una sensación de angustia y opresión.
En el apartado artístico, se nota un acentuado progreso con cada libro. Al principio su estilo resulta algo abocetado, con unos lápices más bien flojos y un empleo de fondos y colores planos. Luego, sin embargo, el dibujo va ganando en detalle y está más trabajado. Su técnica se va refinando con cada ilustración y éstas ganan en profundidad. El color está mejor aplicado y es más vivo y realista. Cabe subrayar, en este sentido, cómo hace destacar unas cuantas pinceladas de color dentro de paisajes grises y cenicientos.
Se ha polemizado mucho sobre el hecho de que Victoria base muchos de sus dibujos en fotografías de modelos o de ella misma. Pero eso no es algo exclusivo de esta ilustradora; Luis Royo o Boris Vallejo ya lo han hecho antes. Ahora bien, decir que “calca” o que simplemente retoca las fotos con el ordenador es exagerar demasiado. Las técnicas digitales facilitan muchas tareas y ahorran tiempo, por ejemplo, a la hora de realizar correcciones, pero ella siempre parte del dibujo como base. Lo que sí es cierto es que crear de la nada le cuesta mucho más que copiar de modelo, y esto queda patente en algunas ilustraciones: manos extrañas, posturas forzadas… Sus defectos los suple, no obstante, dotando de gran fuerza y expresión a las ilustraciones.
En todo caso, de poder acusar de algo a Victoria Francés sería de resultar demasiado repetitiva. Para los amantes del género esto no será un defecto; pero para aquellos que disfrutan con la ilustración en general, la sucesión de poses les terminará pareciendo cansado y monótono.
Por lo que respecta a la parte literaria, simplemente se puede apuntar que los textos son una mera comparsa para las imágenes. Nos encontramos con historias muy simples y personajes sin volumen, con un carácter apenas esbozado. Pero la misma autora reconoce que para ella la escritura es un mero acompañamiento que dota de un poco más de sentir a las imágenes. Es de agradecer, al menos, que poco a poco estos “minirelatos” vayan ganando un estilo más ágil y un tono más ameno.
En resumen, pese a defectos y polémicas, no hay ninguna duda de que Favole ha consagrado a Victoria Francés como una de las más firmes promesas de la ilustración española. Muchos comparan ya su obra con la de Luís Royo, aunque sus diferencias de estilo son evidentes. Sin embargo, lo que es seguro es que esta ilustradora va a sentar precedente en el dibujo de fantasía en general, y cátedra en la ilustración gótica en particular.
Las ilustraciones mostradas en el artículo pertenecen a los autores (Victoria Francés y Luis Royo), que poseen los derechos, y han sido sacadas de diversos lugares de la red.

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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