Magia

Después de muchos años, hoy vuelvo a dejar por aquí un par de conjuros para esta noche mágica. Os recuerdo que la Noche de San Juan también es el momento idóneo para ir a recoger las hierbas mágicas para nuestras pociones. Como las otras veces, lo que os escribo son conjuros de hechiceras reales, recogidos en los documentos de los tribunales inquisitoriales de Toledo y Cuenca. En esta ocasión, se trata de conjurar sombras. Al igual que los conjuros de la estrella o de la sal, estas conjuraciones eran, sobre todo, de carácter amoroso.

Conjurar sombras en la Noche de san Juan

Se sabe que hacia mediados del siglo XVI,  practicaba este tipo de conjuro una mujer conocida como la Beata de Huete, en Cuenca. El conjuro lo decía frente a su sombra, que se proyectaba por un candil encendido colocado en el suelo y pegado a la pared. Lo hacía con la cabeza descubierta; y desnuda (no sé si es algo totalmente indispensable). Luego entonaba el sortilegio:

Sombra,
cabeça tienes como yo,
cabellos tienes como yo,
cuerpo tienes como yo,
y todos los miembros tienes
como yo.

Y yo te mando que ansy como tienes
mi sombra verdadera,
que tú vayas a [fulanito]
e lo traygas para mí,
que no pueda comer ni bever,
ni aver ningund plaser
hasta que venga a mi querer,
e darme lo que tuviere,
e desirme lo que supiere,
e si me lo traxeres, yo te bien diré,
e si no me lo traxeres, yo te mal diré.

Por esas mismas fechas, María de Medina, una vecina de Guadalajara, realizaba otra variante del conjuro. Ella «estando en carnes desnuda y descabellada» colocaba el candil en la puerta de la cámara donde realizaba el hechizo, que decía así:

Sombra, señora,
unos os llaman sombra,
porque espantáis.
Otros os llaman señora,
porque enamoráis.

Al monte Olivete me vais
varitas de amor me cortad,
y en el corazón de [Fulano]
las hincad.

Que me quiera y me ame
y señora siempre me llame,
y me diga lo que supiere,
y me dé lo que tuviere.

Pues aquí los tenéis, por si alguno o alguna os atrevéis a lanzarlos esta noche. O si alguien necesita algún tipo de hechizo para su novela o su partida de rol. Y si alguien conoce alguna variante del sortilegio de fuera de las tierras de Castilla la nueva, ¡estaría genial que me lo comentáseis!

Fuente

CIRAC ESTOPAÑÁN, Sesbastián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (Tribunales de Toledo y Cuenca), Madrid, CSIC, 1942
  • Si te interesa conocer el conjuro de la sal, lo tienes aquí
  • Y en este enlace, el conjuro de la estrella
Fotografía de Terry Pratchett

Sir Terry Pratchett, © Luigi Novi / Wikimedia

“El último grano de arena rodó trazando un pequeño arco, y cayó por el agujerito.

-ES LA HORA, SIR.

El sabio de la barba blanca se ajustó el sombreo puntiagudo, se dio la vuelta y saludó con la mano. Habían acudido todos a despedirle.

El capitán Vimes hizo un gesto al resto de la guardia, que levantó sus armas para presentar honores (el cabo Nobs había empeñado su espada, así que disimuló como pudo con el atizador).

-Ook, ok ooook… ¡Ooook!

Todos se emocionaron con el panegírico del bibliotecario. Hasta Yaya, que sacó un pañuelito de encaje de su larga manga. Sus hermanas la arroparon.

-Ciempre ce van loz mejodez-. Hacía mucho tiempo desde la última vez que una lágrima surcara el rostro del héroe octogenario.

Dos Flores limpiaba, compungido, sus dos ojos extras; se le habían empañado. El mago escuchimizado, que estaba a su lado, le pasó el brazo por el hombro. Se había arreglado para la ocasión. Al menos había intentado enderezar un poco su sombrero.

El sabio de barba blanca les sonrió; después miró al frente. La delgada figura de la túnica negra se iba alejando, así que hincó espuelas en los flancos del enorme baúl. La mitad de sus patitas se encabritaron y el Equipaje salió raudo detrás del Segador.

En ese momento, Rincewind se dio cuenta de que el cordón de su túnica se había enganchado con la tapa del baúl…”

Nos ha dejado; el maestro nos ha dejado… En su cama, rodeado de su familia, con su gato a los pies. Y nos lega, todavía, una novela póstuma, a pesar de ese alzheimer al que se enfrentaba desde el 2007.

Qué cosas: la noticia me pilla leyéndome la saga de El éxodo de los gnomos. Sigue siendo uno de mis autores fetiche. Los argumentos de sus novelas podían ser mejores o peores, pero su humor, su ironía, su orginialidad y su dominio de las fuentes clásicas, y ese estilo que a veces me recordaba al conceptismo quevediano nunca defraudaba. Yo descubrí la obra de Terry Pratchett gracias a mis amigos de Camelot, y casi siempre amenizaba las tertulias de aquellas primeras kedadas que hacíamos en los albores de la era de internet. Nunca podré agradecérselo lo suficiente a Vanion y a Kalen. Fue una época feliz en la que viví auténticas aventuras en mis periplos por la Península (y por las islas). No recuerdo haberme reído tanto con un libro como lo hice con El color de la magia. Nunca me había disfrazado de adulto hasta que conseguí mi traje de Rincewind, con equipaje y todo (¡gracias abuela!). Y sus libros son uno de los regalos recurrentes que pido todos los años a los Reyes Magos.

Hoy en mundobola nos hemos quedado muy tristes. Siempre nos quedará Mundodisco para recuperar la sonrisa.

NO LO VEAS COMO ‘MORIRSE’, PIÉNSALO COMO UN IRSE TEMPRANO PARA EVITAR EL TRÁFICO

Terry Pratchett y Neil Gaiman: Buenos Presagios, 1990

 

Ayer por la tarde fue inaugurado en Toledo, ciudad mágica por excelencia, el Museo de la España Mágica, el primero de su género en nuestro país. Situado en una antigua cueva islámica, el museo cuenta con una colección de piezas, documentos y de un corpus de textos de gran valor antropológico, que representan las diversas tradiciones, creencias y leyendas de los pueblos que se pasearon o se establecieron en la Península. Son cuatro las secciones en las que se divide el museo: una sección de símbolos y emblemas, otra de amuletos y talismanes, una tercera dedicada a personajes míticos y bestias de leyenda y una última de paneles con textos mágicos como maldiciones, ensalmos, invocaciones, conjuros… Todo este proyecto es el resultado de una iniciativa de Anima Mundi y sirve de motivación añadida para visitar Toledo.
Los actos de presentación del museo comenzaron por la mañana en el Palacio de Benacazón, donde Ramos Perera impartió una conferencia sobre las virtudes de los amuletos y talismanes, y continuaron por la tarde en sus propias instalaciones con una visita guiada en la que participaron Jesús Callejo y la Orden del Toledo Oculto.

ars malefica

Esta vez lo que traigo es el book trailer de un libro de rol. Ars Malefica es un suplemento para la nueva edición, la tercera, del ya clásico juego Aquelarre de Ricard Ibáñez. El trailer es una auténtica preciosidad, basado en las ilustraciones de Jaime García Mendoza para el libro, que imitan las iluminaciones de los códices medievales, aunque de una manera algo siniestra, acorde con el espíritu del juego. Me gusta, me gusta. Como siempre, un trabajo de altísima calidad tanto en el contenido como en el continente.

 
Nublaos, por Juan Gallego

Se denomina nubleros, nuberos, nublaos, ñublaos, reñuberos o «seres regulares» -según la región o comarca de la Península- a unos seres mágicos, unos espíritus maléficos de carácter elemental, etéreos, inconstantes, dicharacheros, de aspecto mal encarado y feo, que son los responsables de todos los fenómenos atmosféricos. Manejan a su antojo la lluvia y las nubes, las llevan donde quieren, provocan tormentas, granizo, y lanzan rayos y centellas donde les viene en gana. Es creencia bastante extendida que estos seres van encima de las nubes, arrastrándolas y que actúan en grupos o manadas. Los nublados y tormentas se producen cuando las distintas tribus de diablos luchan entre sí.

En las regiones cantábricas tienen un carácter más siniestro, y se les tiene temor por los destrozos que producen. Se les atribuyen las terribles noches de tempestad y aguaceros y les hacen responsables de las galernas del Cantábrico. Los campesinos castellanos y leoneses también los temen, porque son los que fabrican las pedrizas que arruinan las cosechas. Por eso surgieron personajes, en muchas ocasiones curas de los pueblos, que se dedicaron a conjurarlos mediante oraciones o fórmulas mágicas. No es raro encontrar en algunos lugares «conjuraderos» de nublaos o reñuberos.

Hay que constatar, también, que los denominados ñublaos son de naturaleza más pacífica, incluso benéfica, y que a veces gratifican con buenas cosechas a los agricultores que han sido amables con ellos. En algunas comarcas de la mancha occidental son conocidas como nuberos numerosas aves, quizá dotando de la capacidad de polimorfismo a estos seres. La más famosa de ellas es mirlo común.

Para saber más:
Jesús Callejo: Gnomos. Guía de los seres mágicos de España.

La ilustración de Juan Gallego se puede encontrar aquí a la venta.

Y para hoy, El trasgo, cuento de Pío Baroja

El trasgo, cuento de Pío Baroja

El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.

Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y mugrientas.

La mano del patrón, José Ona, se veía en aquello; su carácter, recto y al mismo tiempo bonachón y dulce como su apellido (Ona en vascuence significa bueno), se traslucía en el orden, en la simetría, en la bondad, si se me permite la palabra, que habían inspirado la ornamentación del cuarto. Del techo del comedor, cruzado por largas vigas negruzcas, colgaban dos quinqués de petróleo, de esos de cocina, que aunque daban algo más humo que luz, iluminaban bastante bien la mesa del centro, como si dijéramos, la mesa redonda, y bastante mal otras mesas pequeñas, diseminadas por el cuarto.

Todas las noches tomábamos allí café; algunos preferían vino, y charlábamos un rato el médico joven, el maestro, el empleado de la fundición, Pachi el cartero, el cabo de la Guardia Civil y algunos otros de menor categoría y representación social. Como parroquianos y además gente distinguida, nos sentábamos en la mesa del centro.

Aquella noche era víspera de feria y, por tanto, martes. Supongo que nadie ignorará que las ferias en Arrigotia se celebran los primeros miércoles de cada mes; porque, al fin y al cabo, Arrigotia es un pueblo importante, con sus sesenta y tantos vecinos, sin contar los caseríos inmediatos. Con motivo de la feria había más gente que de ordinario en la venta.

Estaban jugando su partida de, tute el doctor y el maestro, cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:

-Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de Aspillaga, el herrador?

-¿Cómo han de estar? Mal -contestó el médico incomodado-, locas de remate. La menor, que es una histérica tipo, tuvo anteanoche un ataque, la vieron las otras dos hermanas reír y llorar sin motivo, y empezaron a hacer lo mismo. Un caso de contagio nervioso. Nada más.

-Y, oiga su merced, señor médico -siguió diciendo la patrona-, ¿es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?

-Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea usted médico con semejantes imbéciles!

-Pues si estuviera usted en Galicia, vería usted lo que era bueno -saltó el empleado de la fundición-. Nosotros tuvimos una criada en Monforte que cuando se le quemaba un guiso o echaba mucha sal al puchero, decía que había sido o trasgo; y mientras mi mujer le regañaba por su descuido, ella decía que estaba oyendo al trasgo que se reía en un rincón.

-Pero, en fin -dijo el médico-, se conoce que los trasgos de allá no son tan fieros como los de aquí.

-¡Oh! No lo crea usted. Los hay de todas clases; así, al menos, nos decía a nosotros la criada de Monforte. Unos son buenos, y llevan a casa el trigo y el maíz que roban en los graneros, y cuidan de vuestras tierras y hasta os cepillan las botas; y otros son perversos y desentierran cadáveres de niños en los cementerios, y otros, por último, son unos guasones completos y se beben las botellas de vino de la despensa o quitan las tajadas al puchero y las sustituyen con piedras, o se entretienen en dar la gran tabarra por las noches, sin dejarle a uno dormir, haciéndole cosquillas o dándole pellizcos.

-¿Y eso es verdad? -preguntó el cartero, cándidamente.

Todos nos echamos a reír de la inocente salida del cartero.

-Algunos dicen que sí -contestó el empleado de la fundición, siguiendo la broma.

-Y se citan personas que han visto los trasgos -añadió uno.

-Sí -repuso el médico en tono doctoral-. En eso sucede como en todo. Se le pregunta a uno: «¿Usted lo vio?», y dicen: «Yo, no; pero el hijo de la tía Fulana, que estaba de pastor en tal parte, sí que lo vio», y resulta que todos aseguran una cosa que nadie ha visto.

-Quizá sea eso mucho decir, señor -murmuró una humilde voz a nuestro lado.

Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la nuestra.

-Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos? -dijo el cartero, con curiosidad.

-Sí, señor.

-¿Y cómo fue eso? -preguntó el empleado, guiñando un ojo con malicia-. Cuente usted, hombre, cuente usted, y siéntese aquí si ha concluido de comer. Se le convida a café y copa, a cambio de la historia, por supuesto -y el empleado volvió a guiñar el ojo.

-Pues verán ustedes -dijo el buhonero, sentándose a nuestra mesa-. Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el camino. La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de viento movía el aire.

El paraje infundía respeto; yo era la primera vez que viajaba por esa parte de la montaña de Asturias, y, la verdad, tenía miedo. Estaba muy cansado de tanto andar con el cuévano en la espalda, pero no me atrevía a detenerme. Me daba el corazón que por los sitios que recorría no estaba seguro.

De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro escuálido, todo de un mismo color, oscuro, que se pone a seguirme. ¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo?, me pregunté. Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.

La verdad, los aullidos de los perros no me gustan. Me iba cargando el acompañante, y, para librarme de él, pensé sacudirle un garrotazo; pero cuando me volví con el palo en la mano para dárselo, una ráfaga de viento me llenó los ojos de tierra y me cegó por completo.

Al mismo tiempo, el perro empezó a reírse detrás de mí, y desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado. Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.

Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando con furia delante de una casa blanca con un jardín. Recorrí el pueblo, un pueblo de sierra con lostejados muy bajos y las tejas negruzcas, que no tenía más que una calle. Todas las casas estaban cerradas. Solo a un lado de la calle había un cobertizo con luz. Era como un portalón grande, con vigas en el techo, con las paredes blanqueadas de cal. En el interior, un hombre desarrapado, con una boina, hablaba con una mujer vieja, calentándose en una hoguera. Entré allí, y les conté lo que me había sucedido.

-¿Y el perro se ha quedado aullando? -preguntó con interés el hombre.

-Sí; aullando junto a esa casa blanca que hay a la entrada de la calle.

-Era o trasgo -murmuró la vieja-, y ha venido a anunciarle la muerte.

-¿A quién? -pregunté yo, asustado.

-Al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el médico ahí. Pronto volverá.

Seguimos hablando, y al poco rato vimos venir al médico a caballo, y por delante un criado con un farol.

-¿Y el enfermo, señor médico? -preguntó la vieja, saliendo al umbral del cobertizo.

-Ha muerto -contestó una voz secamente.

-¡Eh! -dijo la vieja-; era o trasgo.

Entonces cogió un palo, y marcó en el suelo, a su alrededor, una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su hijo la imitó, y yo hice lo mismo.

-Es para librarse de los trasgos -añadió la vieja.

Y, efectivamente, aquella noche no nos molestaron, y dormimos perfectamente…

Concluyó el buhonero de hablar, y nos levantamos todos para ir a casa.

Esta historia me la contó mi abuela Vicenta hace muchos años. A ella se la había contado su abuelo, el tío Madama, cuando era niña, como tanta otras de brujas. Por aquel entonces, la gente del pueblo todavía tenía encontronazos a diario con las brujas de los barrios de El Alto o de La Hoya; o con aquellas que pululaban por el campo:

Ilustración de Juan Gallego

Hace algún tiempo, cierto hortelano de Daimiel se levantó temprano para ir a la huerta. Agarró su borrico y se puso en camino. Cuando estaba llegando, algo llamó su atención. Había un extraño jaleo junto al pozo. Se acercó con cuidado, rodeando la casilla, y cuál sería su sorpresa cuando descubrió que todo provenía de un montón de gallinas que estaban alborotando subidas en la palanca de la noria. Extrañado todavía por no saber de donde había salido tanta gallina las intentó asustar, pero lo único que consiguió fue que aumentasen la algarabía como si se estuvieran burlando de él. Entonces fue cuando el hortelano vislumbró la verdadera naturaleza de aquellas ensordecedoras aves.

 -Éstas no son gallinas- se dijo –¡Éstas son brujas!

Y sin pensárselo dos veces cogió un garrote y se lió a palos con ellas. Resulta que en verdad era un grupo de brujas que andaba enredando por el campo. Pero por una temporada se acabaron sus correrías, porque tras la paliza que les dio el hortelano esa mañana, la que no escapó coja escapó manca.

Javier Gallego, Alcaraván

Podéis encontrar más historias de las brujas de Daimiel, extraídas de la tradición oral, en Daimiel, pueblo de brujas, de Belén Garzás Garzás y Javier González-Gallego Sánchez-Camacho.

conjuro de la sal

Hechizo de carácter amoroso, tal y como se recoge de Mari González, la Boquineta, famosa hechicera de Villarrubia de los Ojos, de mediados del siglo XVI.

El conjuro de la sal lo hacía en la cocina. Primero se había traído sal y vinagre blanco de casa de tres mujeres casadas o enamoradas y se preparaba una buena lumbre. Luego, pasándose la sal de una mano a otra la iba conjurando por todos los demonios del infierno. Después la mezclaba en una escudilla con el vinagre y los orines de la despechada. Entonces se señalaba, con un palo, los sesenta miembros del galán en una brasa, en la que se hacía un pequeño hoyo al nombrar el corazón. Al final echaba sobre ellas la mezcla de sal, vinagre y orines, y hacía pasar a la interesada por encima mientras decía:

Ven, cabra.
Ha de cabre,
que más vale mi coño
que tu barba.

Otra variedad de este conjuro, utilizado por la hechicera Ana Díaz, de Daimiel, un siglo más tarde, era el siguiente:

Conjúrote, sal y cilantro,
con Barrabás,
con Santanás,
y con el diablo cojuelo,
que puede más.

Y echándolo todo a la lumbre, exclamaba:

No te conjuro por sal y cilantro,
sino por el corazón de fulano.
Así como te has de quemar,
se queme el corazón de fulano
y aquí me le traigas”. […]

Para saber más

Sobre estos casos:

  • Javier G. Gallego y Belén Garzás: Daimiel, pueblo de brujas
  • Julio Caro Baroja: Vidas mágicas e inquisición.

Muchos más hechizos recogidos de los procesos inquisitoriales:

  • Sebastián Cirac Estopañán: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva. Tribunales de Toledo y Cuenca.
Bruja manchega, ilustración de Juan Gallego

 

A
la hora de elaborar sus filtros, las hechiceras utilizaban numerosos
elementos, la mayoría de ellos del ámbito de la cocina, que era el
que dominaban las mujeres en aquella época.
Algunos eran ingredientes cotidianos, como la sal, el vinagre, el
aceite o el aguardiente, a los que dotaban de carácter mágico
mediante sortilegios o rituales. Servían para fabricar bebedizos o
comidas que ataban la voluntad de los hombres, o ligaban su talante
sexual. El huevo era también muy utilizado para las adivinaciones,
mientras que el agua, combinado con el aceite, servía para descubrir
si alguien tenía mal de ojo. Pero había conjuros que consistían,
simplemente, en quemar algunos de estos componentes.
Las
hierbas aromáticas, utilizadas para llevar a cabo los sahumerios,
eran muy variadas y nunca faltaban en el laboratorio de una
hechicera. Siempre se recogían en la noche de San Juan. Las más
utilizadas eran el culantro, la ruda o los granos de helecho.

Otra
herramienta importante para los conjuros amorosos eran las velas o
candelas de varios colores y tamaños, aunque los más utilizados
eran el verde y amarillo.
Las
hechiceras también conocían y empleaban amuletos que consistían en
diversos elementos (piedras, imanes, etc.) metidos en bolsitas.
Para
que los conjuros amatorios fueran realmente eficaces, la hechicera
recurría con frecuencia componentes escatológicos que procedían,
generalmente, del cuerpo de la persona a la que iba dirigido. El
filtro debía contener los dos elementos vitales fundamentales: el
semen del varón y la sangre menstrual de la mujer. Pero también se
usaba el pelo de las distintas partes del cuerpo, sobre todo de las
vergonzosas”, las uñas e incluso orines. La sangre, las uñas y
los orines se mezclaban con la comida que se ofrecía al hombre que
están intentando hechizar.
En
el ámbito de los ingredientes repulsivos podemos contar el empleo de
los sapos. Este animal siempre se relacionó con la pasión amorosa
(y la brujería) y era el más utilizado para elaborar pociones.
Tampoco
faltaban en estos laboratorios improvisados materiales macabros como
la soga del ahorcado, sus dientes o sus cabellos.

Este es un texto extraído de la obra de Javier Gallego, Alcaraván, y Belén Garzás Daimiel, pueblo de brujas.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo