Máscaras

máscara de la muerte roja

Ilustración del maestro del terror Berni Wrightson

La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
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 Bebé con cascosiamesesbebé ojos grapadosMáscarasArtista de los siniestro y decadente

Estas aterradoras esculturas de pesadilla son obra de Axel Torvenius, un artista sueco multidisciplinar que se dedica a la pintura digital, a la ilustración, el cómic, la escultura, la fotografía, la animación y el diseño gráfico. Es el propio Torvenius al que le gusta denominar a su trabajo como arte decadente o darkart; en sus obras se mezcla el fetichismo, el horror, el erotismo, lo macabro y lo grotesco. En sus esculturas trambién pueden encontrarse otros temas como el abandono, el anticlericalismo o una sutil crítica soterrada sobre algunos cánones establecidos de nuestra sociedad. De ahí sus personajes deformes y sus “huérfanos”. También destaca su colección de máscaras, a cual más siniestra. Sigue leyendo

la vampira de venecia

Si alguien nos habla de la existencia de una vampiresa veneciana en la época del Renacimiento, es posible que nos imaginemos una dama parecida a las que plasma Victoria Francés en Favole. Lejos de tal romanticismo, la realidad puede resultar mucho más cruda, aunque no menos terrorífica.

A principios del año 2009, un grupo de investigadores italianos sostenía haber encontrado en Venecia los restos de una “vampira”. El descubrimiento se remontaba al año 2006, cuando el equipo del antropólogo forense Matteo Borrini, de la Universidad de Florencia, excavaba una fosa común en la isla de Lazzartto Nuovo. Se trataba de los huesos de una mujer que falleció víctima de una terrible epidemia de peste en el año 1576, y que fue enterrada con una lasca de piedra introducida en la boca: su cadáver fue profanado ante el temor de que regresara de la muerte. Las plagas que diezmaron Europa a finales de la Edad Media y durante toda la Edad Moderna alimentaron la creencia en vampiros, a quienes se consideraban responsables de la transmisión y expansión de enfermedades como la peste (recordemos las ratas y la mortífera epidemia que acompaña al vampiro en la película Nosferatu). Una variedad de éstos vampiros eran los denominados “devoradores de sudarios”, que aparecen en el folclore de diversas zonas de Europa. Se creía que estos cadáveres reanimados comenzaban a alimentarse de sus propias mortajas, luego chupaban la sangre de los demás muertos hasta recuperar las fuerzas suficientes como para salir de la tumba y atacar a los vivos.

Los sepultureros podían observar algunos síntomas que les hicieran sospechar la presencia de uno de estos vampiros: que el cuerpo permaneciera incorrupto, presentara el vientre hinchado y que la mortaja estuviera agujereada en torno a la boca. Hoy en día estos fenómenos tienen su explicación. Durante la peste era normal que los enterradores abrieran las fosas con frecuencia, por lo que no era raro encontrar un cuerpo en relativo buen estado. El vientre hinchado es resultado del proceso de descomposición y el agujero de la mortaja se explica por el efecto corrosivo de bacterias y los gases y líquidos expelidos por la boca del difunto durante la putrefacción.

Para matar un vampiro, lo único que había que hacer era retirarle la mortaja de la boca, que era su sustento, y colocarle algo que no pudiera comer, como piedras o ladrillos.

Fuentes: Cuarto milenio, ideal.es y diario El país.

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo