Monstruos

Es de lo más impactante que he visto últimamente por la red: las muñecas macabras de Shain Erin. Este escultor estadounidense especializado en lo grotesco y lo monstruoso trata de exprimir últimamente las posibilidades del muñeco como medio para el arte. Se dedica a jugar con los distintos materiales, tejidos y texturas hasta lograr obras tan expresivas e inquietantes como estas:

Shain Erin se basa en una amplia gama de influencias incluyendo del mundo del arte, la mitología y la cultura popular para crear una perspectiva única de la muñeca como una forma de arte.

Dejo a continuación los enlaces a su página web, a una de sus galerías y a una tienda donde vende algunos de sus productos:

http://www.shainerin.com
http://www.flickr.com/photos/shainerin
http://www.strangedolls.net/doll_series.html

Había en Daimiel, allá por principios del siglo XX, un matrimonio que tenía nueve hijas. El varón se resistía en llegar, pese a los numerosos intentos. Al décimo tampoco lo consiguieron. Cuando le dieron la noticia al padre, que estaba en su huerta, este empezó a despotricar y a blasfemar, diciendo que no quería esta nueva hija y que prefería que se la llevase el diablo.

cruz de los pajes
Cruz de los pajes

Regresando al pueblo, cuando le faltaba un par de kilómetros para llegar, encontró un niño en la carretera, llorando. Como el niño no contestaba nada pese a sus preguntas, lo subió a la grupa de su caballo y continuó su marcha. Muy cerca de la Cruz de los Pajes, donde descansa la Virgen cuando la traen del Santuario, se le ocurrió mirar hacia atrás para ver como iba el niño. Su sorpresa fue enorme cuando vio que al niño le arrastraban los pies, pues se había convertido en una especie de monstruo. La reacción del hombre fue instantánea: espoleó al caballo y se tiró de bruces a la Cruz de los Pajes mientras exlamaba «¡Virgen de las Cruces, ampárame!». El niño, que era en realidad el diablo al que había invocado antes al blasfemar, le dijo: «¡Ésta exclamación te ha salvado!», y desapareció.

Al labrador, al amanecer, lo encontraron todo pálido, y a consecuencia de la impresión el pobre se pasó un mes en la cama, enfermo.

Más leyendas en el libro Daimiel, pueblo de brujas.
Aunque también relato otra por aquí
La fotografía es de la web http://www.virgendelascruces.org

la pesadilla de Fuseli
La pesadilla (1781)

Al contemplar este cuadro de Fuseli, no puedo evitar acordarme del pequeño relato que escribí hace un tiempo y que compartí ya en este blog, Una pesadilla. Me he dado cuenta de que en el escrito da la sensación de que estoy describiendo los síntomas de ese fenómeno que los científicos denominan «parálisis del sueño» y que más de uno hemos sentido en alguna ocasión. Supongo que ese debió de ser el detonante.

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No sé si la gente de mi edad se seguirá acordando, pero fue con programas como este –El planeta imaginario– con los que yo me crié, y, aunque es cierto que en la actualidad sigue habiendo programación infantil educativa -poca, la verdad-, creo que no he vuelto a ver en televisión un esfuerzo tan grande para que los niños desplieguen algo tan importante para para ellos como es la imaginación y la fantasía.

A principios del siglo XX, en 1912, Barcelona se veía sacudida por la noticia de la detención de Enriqueta Martí, la denominada Vampira del carrer Ponent, autora de una serie de horrendos crímenes perpetrados contra numerosos niños. En su caso se mezclaban el crimen, la prostitución y también la brujería. Este es el reportaje que emitió Cuarto Milenio hace unos años.

Para saber más:
Malos de la historia, en El País.
Página personal de Javier Arries.

Bueno, pues aquí lo dejo: el primer corto de The unforgiving, Mother Maiden, enlazado con el videoclip del single Faster. La estética general de la parte cinematográfica me recuerda un poco a la película Sin City, y esos «niños» que aparecen son verdaderamente inquietante. El papel principal, el de esa «mother maiden», lo interpreta la actriz británica Dawn Mastin. Según un comunicado de la propia banda, Mother Maiden es una poderosa medium que recluta un grupo de almas perdidas para combatir el mal. Usa espíritus de antiguos homicidas para cazar asesinos en serie. Pero, a diferencia de estos últimos, a sus seguidores la vida los puso en un camino que no habían elegido, un mal camino del que están terriblemente arrepentidos. El sentimiento de culpa es una motivación muy poderosa, y Mother Maiden les da la posibilidad de redimirse asignándoles misiones como penitencia por sus anteriores pecados.

El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga

 

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… poco hay que hacer…

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados dél hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Monstruo del almohadón de plumas

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Duelo a garrotazos – Francisco de Goya

En España no nos han gustado mucho esas cursilerías del estoque y la pistola: dos hombres enterrados hasta las rodillas, dos bastontes de buena madera, y con suerte alguno saldrá vivo. Patética y desgarradora escena que roza el expresionismo. Las Dos Españas, siempre enfrentadas… ¿Acabará algún día?
Una de las Pinturas negras de la Quinta del Sordo. Se puede visitar, como las demás, en el Museo del Prado.

los chinchilla, de Goya
Otro de los grabados de Goya de la serie de los Caprichos, el que lleva el número 50. Éste siempre me llamó la atención debido al parecido que presentan las dos figuras de los candados en la cabeza con cierto monstruo muy conocido por todos. Leí en cierta ocasión (o lo vi en algún documental) que, efectivamente, éste grabado pudo haber servido de inspiración gráfica para los diseñadores de la imagen cinematográfica del monstruo de Frankenstein de los años 30, de cabeza cuadrada y angulosa y tornillos en la cabeza. Los tornillos nunca se mencionan en la obra original de Mary Shelley, pero ahora forman parte inseparable de la representación iconográfica del monstruo, que se reconoce por ellos.
Buscando ahora por la red, para investigar más sobre el tema, he encontrado un artículo muy interesante de Susana Gala Pellicer, en la revista Culturas Populares: “Perder un tornillo: una imagen simbólica en el contexto de la Ilustración”. En él, la autora ahonda sobre esta idea y ve en los cerrojos del grabado una metáfora de la sujección de las ideas en la cabeza, algo que también podría vincularse con el monstruo literario. Hay que tener en cuenta que en el manuscrito de Ayala el pintor explica: “Los necios preciados de nobles se entregan a la haraganería y superstición, y cierran con candados su entendimiento, mientras los alimenta groseramente la ignorancia.” Y en el manuscrito de la Biblioteca Nacional escribe: “Los necios preciados de nobles siempre están con su executoria al pecho, reclinados desidiosamente, rezando como unos fanáticos el rosario y bostezando. La ignorancia los alimenta groseramente y tienen su entendimiento cerrado a candado.”
En fin ¿vosotros qué pensáis?

Este artículo lo publiqué también en Steemit.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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