Poesía

Consejos al poeta, de Federico García Lorca.

    El poeta no debe usar ningún manto para abrigar las carnes ajenas; (antes al contrario), debe dejar las cosas expuestas al frío y al calor. 
    A veces las malas hierbas crean una flor de perfume desmelenado (permaneciendo otros ante el mundo de las simientes).
    Rompe la silla que preside el juego del quítate tú para que me ponga yo.
    En el delirio errante del anochecer, cuando todas las gentes suspiran y al bosque le duele la frente a fuerza de pájaros, para rápidamente la maquinaria de tu corazón y haz ejercicios gimnásticos con la gran barca dorada del poniente. 
    No expliques absolutamente nada ni te ruborices nunca de tu idéntico temblor ante la mariposa y el hipopótamos. 
    Donde se alza la rosa hermética de la encrucijada, allí debes cantar tu canto (vertical y firme). 
    Aprende del surtidor que estremece misteriosamente los jardines nocturnos nadie sabe cuándo llora o ríen, cuándo empieza ni cuándo acaba. 
    Debes llenar de nubes tus poemas para que alguna vez lluevan sobre ellos y no se sequen demasiado. 
    Entre un poema y un árbol hay la misma diferencia que entre un río y una mirada. 
    No olvides nunca, para tu mejor gobierno, que la rana critica durísimamente el vuelo delirante de la golondrina. 
    Tan misteriosa es la forma y el sonido de una palabra (como) su significado real. 
    Dentro de la palabra estrellas están todos los cielos nocturnos que han sido y que serán. 
    Antes de acostarte no te olvides de rezar, en medio de la mayor alegría y asombro, la oración del Padrenuestro. 
    Los libros de los eruditos. ¡He ahí los libros de los poetas! 
    Tu ración de vino y de estrellas (en el norte). Tu ración de pan y lluvia (en el sur). 
    Si suspiras frente al mar, estarás perdido irremisiblemente. 
    Ni pompa de jabón, ni bala de plomo. El verdadero poema debe ser invisible.
Edward Hopper - Approaching a City

Edward Hopper – Approaching a City

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

los sueños dialogados
IV

¡Oh soledad, mi sola compañía,
oh musa del portento, que el vocablo
diste a mi voz que nunca te pedía!,
responde a mi pregunta: ¿con quién hablo?

Ausente de ruidosa mascarada,
divierto mi tristeza sin amigo,
contigo, dueña de la faz velada,
siempre velada al dialogar conmigo.

Hoy pienso: este que soy será quien sea;
no es ya mi grave enigma este semblante
que en el íntimo espejo se recrea,

sino el misterio de tu voz amante.
Descúbreme tu rostro, que yo vea
fijos en mí tus ojos de diamante.

Antonio Machado, de Nuevas Canciones

Ilustración: Shaun-Tan

Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.

Tristan Tzara: Dada manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo, VIII, 1920.

Tzara, poeta francés de origen rumano, está considerado uno de los padres del movimiento dadá, manifestación de las venguardias de carácter nihilista, que pretendía destruir los valores de la sociedad burguesa occidental mediante la provocación, el absurdo, la descontestualización de los objetos… El término dada (en francés ‘caballito de juguete’) fue elegido por Tristan Tzara en un performance que consistió en abrir al azar un diccionario en una de las reuniones del grupo celebraba en el Cabaret Voltaire de Zurich, y luego posar el dedo aleatoriamente sobre una palabra cualquiera.

Urinario R. Mutt. Duchamp

 Para saber más:
Carlos Zerpa: Tristan “dada” Tzara. Así hablaba ¡Zara! ¡Zara! ¡Zara! Thustra
Wikipedia: Dadaísmo 

Más feísmo modernista en este nocturno madrileño de Manuel Machado:

fauna del nocturno madrileño

De un cantar canalla
tengo el alma llena,
de un cantar con notas monótonas, tristes
de horror y vergüenza.
De un cantar que habla
de vicio y de anemia,
de sangre y de engaño, de miedo y de infamia,
¡y siempre de penas!

De un cantar que dice
mentiras perversas…
De pálidas caras, de labios pintados
y enormes ojeras.
De un cantar gitano,
que dice las rejas
de los calabozos y las puñaladas,
y los ayes lúgubres de las malagueñas.

De un cantar veneno,
como flor de adelfa.

De un cantar de crimen,
de vino y miseria,
oscuro y malsano…
cuyo son recuerda
esa horrible cosa que cruza de noche
las calles desiertas.

Manuel Machado: El mal poema

Esta noche dedico este famosísimo poema de Alberti a la gente acampada en diversas ciudades de toda España para exigir una verdadera democracia y denunciar a unos políticos y dirigentes que están al servicio de banqueros y multinacionales. ¡#nonosvamos!, #acampadasol, #spanishrevolution!

GALOPE

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma. 

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar! 

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya. 

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Rafael Alberti

Hoy que el año va dando sus últimos coletazos, me apetece dejar algo de mi cosecha. Ya tiene un tiempo, de diez a once años.

El templo

Estoy en un templo
de música y alcohol.
Los vibrantes sones
de inciertas canciones
que varían de tono
inundan en salón.
Mirando entre sombras,
me encuentro aquí, solo.
De pronto resuena
en el bajo domo
un grito de guerra…
Y giro al instante
mi rostro anhelante
de amistad sincera.
Mas fue falsa alarma.
Y tras ver el grupo
de risas ajenas
me hundo en mi copa,
me escondo en las sombras
a olvidar mis penas.

                             Javier Gallego, Alcaraván

Odalisca, de Mariano Fortuny
    Trae, Jarifa, trae tu mano,  
    ven y pósala en mi frente,  
    que en un mar de lava hirviente  
    mi cabeza siento arder.  
       Ven y junta con mis labios 
    esos labios que me irritan,  
    donde aún los besos palpitan  
   de tus amantes de ayer.  
    
       ¿Qué la virtud, la pureza?  
    ¿Qué la verdad y el cariño?   
    Mentida ilusión de niño  
    que halagó mi juventud.  
       Dadme vino: en él se ahoguen  
    mis recuerdos; aturdida,  
   sin sentir, huya la vida;   
    paz me traiga el ataúd.  
    
       El sudor mi rostro quema,  
    y en ardiente sangre, rojos  
    brillan inciertos mis ojos,  
    se me salta el corazón. 
       Huye, mujer; te detesto,  
    siento tu mano en la mía,  
    y tu mano siento fría,  
    y tus besos hielo son.  
    
       ¡Siempre igual! Necias mujeres,  
    inventad otras caricias,  
    otro mundo, otras delicias,  
    ¡O maldito sea el placer!  
       Vuestros besos son mentira,  
    mentira vuestra ternura,  
    es fealdad vuestra hermosura,  
    vuestro gozo es padecer.  
    
       Yo quiero amor, quiero gloria,  
   quiero un deleite divino,  
    como en mi mente imagino,   
   como en el mundo no hay;  
       y es la luz de aquel lucero  
    que engañó mi fantasía,  
    fuego fatuo, falso guía  
    que errante y ciego me tray.  
    
    ¿Por qué murió para el placer mi alma, 
 y vive aún para el dolor impío?  
 ¿Por qué, si yazgo en indolente calma,  
 siento en lugar de paz árido hastío?  
    
    ¿Por qué este inquieto abrasador deseo?  
 ¿Por qué este sentimiento extraño y vago 
 que yo mismo conozco un devaneo,  
 y busco aún su seductor halago?  
    
    ¿Por qué aún fingirme amores y placeres  
 Que cierto estoy de que serán mentira?  
 ¿Por qué en pos de fantásticas mujeres 
 Necio tal vez mi corazón delira,  
    
    Si luego en vez de prados y de flores  
 halla desiertos áridos y abrojos,  
 Y en sus sandios o lúbricos amores  
 Fastidio sólo encontrará y enojos? 
    
    Yo me arrojé, cual rápido cometa,  
 En alas de mi ardiente fantasía,  
 do quier mi arrebatada mente inquieta  
dichas y triunfos encontrar creía.  
    
    Yo me lancé con atrevido vuelo 
 Fuera del mundo en la región etérea,  
 y hallé la duda, y el radiante cielo  
 vi convertirse en ilusión aérea.  
    
    Luego en la tierra la virtud, la gloria  
 busqué con ansia y delirante amor, 
 y hediondo polvo y deleznable escoria  
 mi fatigado espíritu encontró.  
    
    Mujeres vi de virginal limpieza  
 entre albas nubes de celeste lumbre;  
 yo las toqué, y en humo su pureza 
 trocarse vi, y en lodo y podredumbre.  
    
    Y encontré mi ilusión desvanecida,  
 y eterno e insaciable mi deseo;  
 palpé la realidad y odié la vida:  
 sólo en la paz de los sepulcros creo. 
    
    Y busco aún y busco codicioso,  
 y aún deleites el alma finge y quiere;  
 pregunto, y un acento pavoroso  
 «¡Ay! -me responde-, desespera y muere.  
    
    »Muere, infeliz: la vida es un tormento, 
 un engaño el placer; no hay en la tierra  
 paz para ti, ni dicha, ni contento,  
 sino eterna ambición y eterna guerra.  
    
    »Que así castiga Dios el alma osada,  
 que aspira loca, en su delirio insano, 
 de la verdad para el mortal velada,  
 a descubrir el insondable arcano.»  
    
       ¡Oh, cesa! No, yo no quiero  
    ver más, ni saber ya nada;  
    harta mi alma y postrada, 
    sólo anhela el descansar.  
    
       En mí muera el sentimiento,  
    pues ya murió mi ventura,  
    ni el placer ni la tristura  
    vuelvan mi pecho a turbar. 
    
    Pasad, pasad en óptica ilusoria,  
 y otras jóvenes almas engañad;  
 nacaradas imágenes de gloria,  
 coronas de oro y de laurel, pasad.  
    
    Pasad, pasad, mujeres voluptuosas, 
 con danza y algazara en confusión;  
 pasad como visiones vaporosas  
sin conmover ni herir mi corazón.  
    
 Y aturdan mi revuelta fantasía  
 los brindis y el estruendo del festín,
 y huya la noche y me sorprenda el día  
en un letargo estúpido y sin fin.  
    
       Ven, Jarifa; tú has sufrido  
    como yo; tú nunca lloras;  
    mas, ¡ay triste!, que no ignoras 
    cuán amarga es mi aflicción.  
       Una misma es nuestra pena,  
    En vano el llanto contienes...  
    Tú también, como yo tienes,  
    Desgarrado el corazón. 

                                                   Espronceda

A fugitivas sombras doy abrazos;
en los sueños se cansa el alma mía;
paso luchando a solas noche y día
con un trasgo que traigo entre mis brazos.

Cuando le quiero más ceñir con lazos,
y viendo mi sudor, se me desvía,
vuelvo con nueva fuerza a mi porfía,
y temas con amor me hacen pedazos.

Voyme a vengar en una imagen vana
que no se aparta de los ojos míos;
búrlame, y de burlarme corre ufana.

Empiézola a seguir, fáltanme bríos;
y como de alcanzarla tengo gana,
hago correr tras ella el llanto en ríos.

Francisco de QuevedoLa aliteración del cuarto verso ha sido siempre una de mis favoritas.
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Sara es viciosa. Su pupila oscura
de incitantes promesas es venero…
Bebe como un tudesco, y fuma y jura
con el canalla argot de un marinero.

Su placer es violento. Besa, muerde
y grita, y al final de la batalla,
muere su voz y hasta la vista pierde
y en nerviosos ataques se desmaya.

¡Oh, jilguero embriagado de alegría,
nadie te vio llorar!… ¡Tan sólo un día
furtivo llanto se asomó a tus ojos

y tu mirada se perdió en el cielo,
viendo dos hilos de tu sangre rojos
temblando en la blancura de un pañuelo!…

Francisco Villaespesa

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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