Prerrafaelistas

Ninfa en el agua

Ondina, por Watherhouse

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Gustavo Adolfo Bécquer: Los ojos verdes

Hace mucho, pero que mucho, mucho tiempo, que quería publicar esta entrada sobre Mélanie Delon. Desde que descubrí, hace ya unos años, un speed art suyo colgado en Youtube en el que demostraba su pericia ilustrando con el Photoshop. Investigué sobre ella, vi algunas galerías con sus ilustraciones, y recuerdo comentarle a mi padre que ella usaba el Painter, como él, para pintar digitalmente. Fue entonces cuando comencé este artículo pero, como me sucede a menudo, lo dejé aparcado. Poco después, Norma empezó a publicar álbumes con sus ilustraciones; yo quise retomar el tema, pero tuve que dejarlo otra vez y ahí se quedó, de nuevo, entre mis borradores, hasta que me he decidido a publicarlo por fin. Dicen que a la tercera va la vencida.

La niña de las mariposas

Podríamos definir a la francesa Mélanie Delon como una artista digital, totalmente autodidacta, que goza de gran prestigio desde hace bastantes años. Nació en una villa cercana a la capital, en 1980, y reside en París, ciudad que la enamoró desde el principio. Ella dice que lleva dibujando desde que tiene uso de razón, y en este aspecto contó siempre con el apoyo de sus padres. Sin embargo, afirma que nunca ha pintado. Al menos no de la manera tradicional.

Mélanie estudió Arqueología e Historia del Arte, lo que explica su amplio conocimiento de los pintores clásicos, pero confiesa que se pasó más tiempo dibujando que estudiando. Luego ingresó en una escuela de diseño en 3D para juegos. Le gustaba más dibujar que modelar las figuras o animarlas. Pero todo lo que sabe sobre color, composición, figura humana o iluminación no es fruto de un par de cursos, sino de toda una vida de trabajo, de experimentación y aprendizaje.

El 2005 fue un año clave para ella. Fue entonces cuando descubrió Photoshop. Lo hizo relativamente tarde, cuando ya tenía 25 años. En cuanto se hizo con su primera tableta digital (su querida wacom, a la que trata siempre en femenino), descubrió un mundo nuevo lleno de posibilidades. En muy poco tiempo se convirtió en una ilustradora digital experta en trabajar con Painter y Photoshop. Todo lo aprendió experimentando, sin maestros ni manuales. Sigue leyendo

El pintor prerrafaelista John Millais representó en este óleo el momento en el que un monje ayuda a huir a Juana de Acuña, condenada por la inquisición en 1559, año en el que hubo en la capital castellana un importante auto de fe para atajar la herejía luterana. Los diablos y las llamas del sambenito indican que la condena era grave: la muerte en la hoguera.

victoria francés
Victoria Francés es, en la actualidad, una de las más conocidas y populares ilustradoras, sobre todo entre los círculos góticos y fantásticos. Valenciana de nacimiento (nació el 25 de octubre de 1982), desde muy pequeña utilizó el dibujo como una forma de expresarse y una manera de evadirse. El mundo de lo gótico romántico, dentro del cual se suele enmarcar su obra, la atrajo desde muy pequeña. Con diez años ya había leído Drácula. Como pasó gran parte de su niñez en Galicia, rodeada de parajes evocadores y melancólicos y empapándose de leyendas, surgió en Waterhouseella el gusto por épocas pasadas y tiempos ancestrales.

Su identidad artística se terminó de fraguar con la lectura de obras de Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Goethe, Baudelaire, o Anne Rice y con sus viajes por Europa. En estos viajes se impregnó de los ambientes románticos, el arte gótico y el misticismo de ciudades como Londres, París, Venecia, Verona o Génova. Victoria reconoce el influjo de pintores prerrafaelistas como Waterhouse o Millais; también de ilustradores como Luis Royo y Fernando Fernández. Incluso de la imaginería oscura del cineasta Tim Burton. Asimismo, la inspira especialmente la música de Loreena McKennit y, sobre todo, del grupo Dark Sanctuary. Con estas influencias, no es de extrañar que lo gótico o lo siniestro (como prefiere denominarlo) se haya convertido en una manera de expresarse con la que se identifica personalmente. Sólo hay que verla en las convenciones y salones para darnos cuenta de ello.

Victoria estudió Bellas Artes en la Facultad de San Carlos de Valencia, y mientras realizaba trabajos esporádicos por encargo como portadas de libros y otro tipo de obras aisladas. Pero fue en 2004 cuando, con sólo 22 años, Victoria apareció con fuerza en el panorama nacional de la ilustración. Lo hacía de la mano de Norma Editorial con la publicación de su primer volumen de ilustraciones: Favole 1: Lágrimas de piedra. En el XXII Salón del Cómic de Barcelona, hizo su primera aparición pública y se ganó el respeto de autores de renombre. Se convirtió en la artista revelación de la temporada. A Lágrimas de piedra le siguió, en 2005, Favole 2: Libérame, con los mismos buenos resultados de la primera parte. También en este año se publicó Angel Wings, un pequeño libreto que recogía una serie de bocetos, ilustraciones y fotografías sobre este mismo universo.
En 2006 cerraba la trilogía Favole con Gélida Luz. Para entonces, la ilustradora se había convertido en un fenómeno más allá de la ilustración y se vendía todo tipo de merchandising basado en sus obras: posters, camisetas, puzzles, chapas, banderas… Su fama había crecido hasta tal punto que la prestigiosa editorial estadounidense Dark Horse se interesó por su trabajo y desde entonces ha publicado sus obras en Norteamérica.
Tras la saga de Favole decidió cambiar de editorial por Planeta DeAgostini y preparar para ella su nuevo trabajo, El corazón de Arlene (2007), obra en la que la autora se renueva en sus planteamientos y demuestra que es una artista en constante evolución.

Favole

No se puede dudar de que Favole es la enseña de Victoria Francés. Se trata de una trilogía de libros que mezclan ilustraciones con textos escritos por ella misma. Las obras están basadas en sus recuerdos de las ciudades de Venecia y Verona, y su temática nos introduce en un mundo mágico, triste y sombrío, de atmósfera opresiva, casi asfixiante. Nos topamos con mujeres fantasmales de pálida belleza, con brujas de oscura hermosura, niñas enfermizas, seres proscritos, castillos umbríos… Todo ello tocado por un halo de melancolía y romanticismo.
Las protagonistas son una serie de mujeres que han caído presas del seductor abrazo del vampiro Ezequiel. Son víctimas de su propia pasión, que las ha arrastrado a la oscuridad más profunda y, en última instancia, a la infelicidad. De entre todas, Favole, la que da nombre a la obra, se erige en personaje principal y termina haciendo de hilo conductor de las tres partes, pues lo que se narra en última instancia es su búsqueda incesante del amado vampiro. En el camino se tropieza con una sucesión de seres tristes, lóbregos y fantásticos, casi todos mujeres, que sirven de excusa a la autora para elaborar ilustraciones en los más diversos escenarios.
FavoleFavole representa la nostalgia, la melancolía, los amores soñados, lejanos y es, prácticamente, un autorretrato de la ilustradora, pues se ha servido de sí misma como modelo. Elementos recurrentes en estas ilustraciones son los largos vestidos, vaporosos, el violín, las lágrimas negras, la sangre, las lápidas y ángeles de piedra… siempre dentro escenarios tenebrosos, impregnados de medievalismo, y de una naturaleza agreste y misteriosa, que provocan una sensación de angustia y opresión.
En el apartado artístico, se nota un acentuado progreso con cada libro. Al principio su estilo resulta algo abocetado, con unos lápices más bien flojos y un empleo de fondos y colores planos. Luego, sin embargo, el dibujo va ganando en detalle y está más trabajado. Su técnica se va refinando con cada ilustración y éstas ganan en profundidad. El color está mejor aplicado y es más vivo y realista. Cabe subrayar, en este sentido, cómo hace destacar unas cuantas pinceladas de color dentro de paisajes grises y cenicientos.
Se ha polemizado mucho sobre el hecho de que Victoria base muchos de sus dibujos en fotografías de modelos o de ella misma. Pero eso no es algo exclusivo de esta ilustradora; Luis Royo o Boris Vallejo ya lo han hecho antes. Ahora bien, decir que “calca” o que simplemente retoca las fotos con el ordenador es exagerar demasiado. Las técnicas digitales facilitan muchas tareas y ahorran tiempo, por ejemplo, a la hora de realizar correcciones, pero ella siempre parte del dibujo como base. Lo que sí es cierto es que crear de la nada le cuesta mucho más que copiar de modelo, y esto queda patente en algunas ilustraciones: manos extrañas, posturas forzadas… Sus defectos los suple, no obstante, dotando de gran fuerza y expresión a las ilustraciones.
En todo caso, de poder acusar de algo a Victoria Francés sería de resultar demasiado repetitiva. Para los amantes del género esto no será un defecto; pero para aquellos que disfrutan con la ilustración en general, la sucesión de poses les terminará pareciendo cansado y monótono.
Por lo que respecta a la parte literaria, simplemente se puede apuntar que los textos son una mera comparsa para las imágenes. Nos encontramos con historias muy simples y personajes sin volumen, con un carácter apenas esbozado. Pero la misma autora reconoce que para ella la escritura es un mero acompañamiento que dota de un poco más de sentir a las imágenes. Es de agradecer, al menos, que poco a poco estos “minirelatos” vayan ganando un estilo más ágil y un tono más ameno.
En resumen, pese a defectos y polémicas, no hay ninguna duda de que Favole ha consagrado a Victoria Francés como una de las más firmes promesas de la ilustración española. Muchos comparan ya su obra con la de Luís Royo, aunque sus diferencias de estilo son evidentes. Sin embargo, lo que es seguro es que esta ilustradora va a sentar precedente en el dibujo de fantasía en general, y cátedra en la ilustración gótica en particular.
Las ilustraciones mostradas en el artículo pertenecen a los autores (Victoria Francés y Luis Royo), que poseen los derechos, y han sido sacadas de diversos lugares de la red.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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