Reflexiones

Dolorosa soledad

Dolorosa soledad

Dolorosa soledad, abre tus brazos:
a duros golpes, por fin he comprendido
que es inútil huir de mi destino,
que debo aceptarte por consorte.
Amistad traicionera de falsos lazos,
qué fácilmente fui engañado…
Cruel te clavaste, y ahora me vacías
de todo ánimo.
Amor esquivo, ¿dónde te encuentras?
Aún espero poder hallarte.
Tu huella es débil, te pierdo fácil;
estoy corriendo mas no te alcanzo.
Dolorosa soledad, mi compañera,
estoy cansado y tú, aquí, tan cerca…
Atrápame fuerte entre tus brazos,
y compartamos el silencio amargo.

Javier G. Gallego, Iaberius, de Amena soledad, sonoro silencio

los sueños dialogados
IV

¡Oh soledad, mi sola compañía,
oh musa del portento, que el vocablo
diste a mi voz que nunca te pedía!,
responde a mi pregunta: ¿con quién hablo?

Ausente de ruidosa mascarada,
divierto mi tristeza sin amigo,
contigo, dueña de la faz velada,
siempre velada al dialogar conmigo.

Hoy pienso: este que soy será quien sea;
no es ya mi grave enigma este semblante
que en el íntimo espejo se recrea,

sino el misterio de tu voz amante.
Descúbreme tu rostro, que yo vea
fijos en mí tus ojos de diamante.

Antonio Machado, de Nuevas Canciones

Ilustración: Shaun-Tan

Monólogo del mal

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:

«Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien ».

Y así el Bien se salvó una vez más.

Augusto Monterroso, de La oveja negra y demás fábulas
Cabárceno, en Cantabria. Foto por Alcaraván
Interludio. Verdes colinas junto al mar y una brisa ya olvidada me alimentan como el mejor maná que pudiera conseguir en mi desierto. El aroma y ese rumor valen por cien sinceras siestas a la sombra. Aquí, en la costa, siento que mi espíritu se refresca. Crece y se alza como un ciprés que desea alcanzar el cielo, y luego se revuelca por la hierba con la alegría de un niño que come sandía. Tengo el pecho henchido de arrogante placer. Es arrogante pensar que la vida pueda ser tan plena. No es un espejismo, pero es tan fugaz que el deseo se transforma en pasado y todo lo que queda es el recuerdo de unos cuantos píxeles.

Javier Gallego (Alcaraván)

El calor todavía me atenaza por las noches y resbala por mi frente y mejillas en delgadas gotas. Toda mi ropa está húmeda por el sudor y las ideas no brotan. Cuesta horrores concentrarse. Pero yo sigo bregando, luchando a brazo partido contra ese duende blanco del bloqueo, ese trasgo de la Nada que se introduce en nuestras cabezas, extendiendo un lienzo que nos impide ver en el interior. Lo apuñalo sin cesar, aunque reconozco que falta fuerza a mis estocadas. A veces noto como se rasga esa tela y veo brillar las codiciadas ideas allí dentro. Tan sólo falta estirar un poco más los dedos para agarrar alguna. Pero mis dedos todavía están algo agarrotados; y hace demasiado calor.

Tumbado de cara al cielo, trato de disfrutar de uno de los pocos momentos de relax vespertino que me puedo permitir. Paso ahora la mayoría de mis tardes veraniegas entre cuatro paredes hasta la puesta de sol. No hay tiempo para relajarse así.

Se está muy tranquilo; siento las losas del pozo en mi espalda y escucho cómo el viento zarandea los frutales. Pero no me gusta un cielo sin nubes; me provoca ansiedad. Demasiada profundidad azul, un infinito agobiante… Por eso cierro los ojos y pienso.

No es bueno pensar… Al menos esa es la conclusión a la que he llegado. Produce demasiada angustia. Meditar sí, si supiese hacerlo como Siddharta -¿debería aprender yoga?-. Pero, como de costumbre, no puedo evitar pensar y pensar.

Los hombres grises
René Magritte – Le Chant de la Violette

Creo que he llegado a un pacto con los Hombres Grises. Lo sospecho. Aunque
no sé cuándo ni dónde. Quizá en algún bar que enmascarase ese persistente olor a humo que dejan tras de sí. Sólo sé que desde hace meses, creo que años, me falta tiempo. Mucho tiempo.

¿Dónde está ese tiempo que dedicaba a escribir? Busco el tiempo para salir a pasear, para coger la bicicleta y recorrer los caminos que rodean el pueblo, para asomarme por la biblioteca, y no lo encuentro. Antes estaba ahí. Y de repente desapareció. Creo que hasta me están cobrando intereses. Es posible que sean del préstamo de estos años de atrás, cuando pasé tantas horas tumbado en el sofá, envuelto en mi tristeza. No lo sé… Tan sólo me queda esa sensación de tiempo perdido y de falta de tiempo; y me asaltan la cabeza, cada vez más, imágenes de hombres de traje oscuro y bombín, como los de los cuadros de Magritte.

¿Qué debo hacer? Quizá la solución sea coger una escoba y comenzar a barrer las baldosas. Barrer media baldosa, tomarme una pausa para respirar profundamente y barrer la otra media. Y así poco a poco, hora tras hora, hasta recuperar mi tiempo perdido, hasta devolver mi préstamo. Sí, sé que es eso lo que debo hacer…pero… ando tan mal de tiempo…

mundo interior VI

Shadow, por Michelangelo84

Pues yo soy yo, ante todo. Y cuando el resto del mundo falla, el ego lo es todo. Este es buen acero contra las tristezas, buen acero para empujar y hacer trizas las sombras que aún no salen de mi cabeza. Debo comenzar ya. Mis dedos deben precederme. Aprovechemos el tiempo.

Hoy me desperté con una reflexión. Es más normal que me levante con un sueño a medio masticar, atontado. O que mi pensamiento no se active hasta sentir el tazón tibio en mis manos. Pero hoy abrí los ojos y una idea golpeaba por dentro las paredes de mi cráneo, resonando, murmurando, gritando al final: ¡Aún me queda medio año!
La luz de esta idea me deslumbró mucho más que la que ya se colaba abundantemente por la ventana. Era una revelación; y para mí podía ser la Revelación. Porque me devolvía a los raíles después de descarrilar. Me queda medio año, me queda medio año, medio año… Medio año es un semestre estudiando, una temporada de televisión, un trabajo temporal, pero también puede ser una lucha a contra reloj contra la muerte, o un consumirse descuidado y fatigado. Para algunos es muy poco, para otros es un mundo. Y yo tengo medio año para reivindicarme y llenar ese mundo.
Javier Gallego “Alcaraván”
Me ahogo con el calor del verano. La primavera pasó, muy rápida. Y este año ya no me acerqué a las Tablas, porque sé que no reverdecen. Hace tiempo que no siento el placer de los paseos junto al frescor de las charcas, o el vagabundeo por las pasarelas y las islas. Los juegos bajo los tarayes y los duelos con botellas en la mano… ¡cómo los anhelo! Todo a la sombra, por el bochorno, con el agua fresca en las mochilas. Ahora el calor es calor, simple, y a mi pesar, muy llanamente. Y el agua se evapora y mis veranos son, ahora, de incertidumbre.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho (Alcaraván)
2006

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo