Reflexiones

Me ahogo con el calor del verano. La primavera pasó, muy rápida. Y este año ya no me acerqué a las Tablas, porque sé que no reverdecen. Hace tiempo que no siento el placer de los paseos junto al frescor de las charcas, o el vagabundeo por las pasarelas y las islas. Los juegos bajo los tarayes y los duelos con botellas en la mano… ¡cómo los anhelo! Todo a la sombra, por el bochorno, con el agua fresca en las mochilas. Ahora el calor es calor, simple, y a mi pesar, muy llanamente. Y el agua se evapora y mis veranos son, ahora, de incertidumbre.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho (Alcaraván)
2006

Como César, lloro. Lloro derramando las lágrimas por las mejillas, sin gemidos, sin seguir los consejos de Cortázar, sin moqueos, ni berrinche. Lloro por dentro y lloro por fuera. Pues la nada me deja hueco por dentro y liso por fuera. Lloro porque me acuerdo de Alejandro, y de Amadeo, y de Federico. Lloro porque con estos ojos mentirosos ya veo arrugas en mis manos, pero no puedo remediarlo. Y mi pluma todavía sigue en el cajón.

Javier González-Gallego Sánchez-Camacho (Alcaraván)
2006

Siento que me seco. Me seco como esa planta que inundaron de agua, podrida por un cuidado excesivo; un irónico mal cuidado. Mis pies, clavados en el tiesto, ya no logro dominarlos. No me responden, echan raíces. ¡No! ¡Todavía no! , todavía sois míos, hacedme caso, tomad ejemplo de las manos. Las manos aún no han claudicado como la boca. Y todavía los gestos disputan con todo aquello que la palabra no se atreve a cuestionar. ¡Luchad!¡Luchad!…¡Luchemos!

Qué triste reflejo me devuelve la ventana. Ya no reencuentro esa timidez, esa inocencia de los veinte años, que se van. Esas primeras canas incipientes han dejado ahora paso a una melena enmarañada de vida enmarañada. Aunque todavía las puedo ver, poco a poco se ven asfixiadas por la vida. ¡Ay! La vida… Maldita vida, paso del tiempo, asesina de momentos, olvido de lo bueno y de lo malo. Sólo veo ahí delante, en la penumbra electrónica, ojeras perpetuas de inconsistencia e indeterminación. Me asusto, me doy miedo. Hace diez años había terminado el camino que ahora no me atrevo a comenzar. Sabía quien era y ahora no sé adonde voy.

Ya se va terminando el año. Para mí esta parte del invierno, la que preludia los festejos y luego es testigo de las reuniones familiares, de las luces y alegrías infantiles, es la época que más me gusta del año. Luego el invierno ser vuelve árido y agreste, como ese lobo blanco que Machado escribía en su poema. Pero conforme se acerca el fin de año, este tiempo se va convirtiendo también en el más oportuno para hacer balance de estos doce meses, para pensar en como ha ido nuestra vida, en si realmente somos felices…
Por eso he decidido aprovechar la ocasión y comenzar a publicar una serie de sentencias o breves textos en los que medito sobre diversos aspectos de la vida, de la existencia, de nuestras relaciones con los demás o con nosotros mismos, o con la muerte. Estos pequeños escritos los fui redactando a lo largo del año pasado, conforme se iba acercando la fecha de mi trigésimo cumpleaños (sí, también es en Diciembre y eso influye en mi predilección por este mes). Era un momento de ruptura con una década y yo, que soy tan impresionable con estos asuntos y tengo una vena existencialista tan desarrollada, le comencé a dar vueltas a la cabeza. Estas Treinta meditaciones son el fruto de ello.

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«Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal».

Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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