Sobrenatural

Cita de Rafael Sánchez Ferlosio, Alfanhuí

Nos has dejado hoy, primero de abril. Y yo te debo mucho. A tu Alfanhuí, para qué engañarnos. Aunque fue el realismo más puro de El Jarma el que te llevó a la cúspide de la literatura, fueron esas “industrias y andanzas” del pequeño alquimista de los colores las que me enamoraron. Ensayista, ante todo, me da igual que renegases de tu obra de ficción. Al final, hasta tú mismo reconociste que solo salvabas Alfanhuí.

Te adelantaste a tu tiempo con ese realismo mágico totalmente hispánico; fuiste pionero con esa fantasía poética que no fue valorada en su tiempo. Porque de eso apenas había en España, no se entendía. Pero yo considero ya Industrias y andanzas de Alfanhuí parte de mi linaje creativo, y ese “Alcaraván” acompaña ahora siempre mi nombre.

En fin, gracias por tanto, estés donde estés ahora: por ese niño que inventó su propio alfabeto; por el maestro disecador y sus historias maravillosas a la luz del fuego mágico; por el gigante tuerto del bosque rojo; por la vieja criada disecada que sonreía de vez en cuando; por el canalla don Zana, el marioneta; por el venerable buey Caronglo… Y, por supuesto, por el gallo de la veleta que bajó un día a cazar lagartos, los ladrones del desván, la flauta que hacía música con los silencios, el jardín del sol y el jardín de la luna, los lagartos y su vergüenza amarilla y por el potrillo multicolor y la yegua de cristal. Ellos se me quedan, para siempre, en la memoria y en el corazón.

La fotografía de Rafael Sánchez Ferlosio utilizada para el montaje es de Notgzus y la he tomado de la wikipedia.

 

una criatura de los bestiarios medievales: el caradio

Las compilaciones y bestiarios medievales, basados, sobre todo, en el Physologus1, describían al misterioso caradrio (también «calandre» o «caladrio», del latín caladrius, y este del griego χαραδριός) como un ave acuática del tamaño de una gaviota, con el cuello largo como las garzas, y de un color blanco inmaculado. Hay una pequeña variación en el Bestiario de Pierre de Beauvais, pues lo pinta, además, con un par de cuernecillos rectos en la cabeza, como de cabra. El caradrio vivía en humedales y se alimentaba de lo que picoteaba entre la tierra o en el fondo de las charcas. De ahí que apareciese en los listados de aves inmundas de la Biblia, entre los animales que no se podían consumir. A pesar de ello, en la Edad Media tenía la consideración de ave real, y se capturaban en lagunas y pantanos para llevarlas a los palacios de reyes y grandes señores.

Se decía que la naturaleza y carácter del caradrio le permitía pronosticar el destino de los enfermos de gravedad. Cuando el ave entraba en la estancia donde yacía la persona convaleciente, se posaba en la ventana o a los pies de la cama y lo miraba. Si volvía la cabeza, se entendía que la enfermedad era mortal y no había nada que hacer; pero, si el ave no apartaba la mirada, es que había visto posibilidad de salvación y se disponía a sanarlo. Porque, además de la gracia profética, el caradio poseía el don de la curación.

Un caradrio o caladrio mira hacia un rey enfermo

Miniatura de un caradio a los pies de un rey postrado; está miando hacia él, lo que significa que vivirá. The Aberdeen Bestiary, Universidad de Aberdeen. Recuperado de la web de la A. U.

En cómo lo hacía, discrepan las fuentes. Unas versiones dicen que curaba a través de los ojos, que creaba una especie de «corriente» que atraía y absorbía la enfermedad. Funcionaba, más o menos, por los mismos principios que el mal de ojo. Otros bestiarios indican que el ave acercaba el pico a la boca del enfermo y extraía el mal con su respiración. En ambos casos, una vez tenía la enfermedad dentro de sí, el caradrio volaba alto para exudarla con el calor del sol.

En este caso, el caradio vuelve la mirada, así que no hay esperanzas para el pobre enfermo.            Bestiary Harley, British Library (MS 3244). Recuperado de Wikimedia.

 

Las autores de la antigüedad ya habían hablado de las cualidades de esta ave. Plinio, el Viejo, la menciona en su Historia natural como ave que curaba la ictericia, al igual que hacen Plutarco y Claudio Eliano. Plutarco habla sobre ella en su Simposíaca (o Charlas de sobremesa), precisamente en la cuestión que trata sobre los misterios de la fascinación y del mal de ojo. Se daba tanto crédito a esta historia que se decía que los vendedores de caradrios escondían los ejemplares que tenían para que no curasen al cliente antes de que hubiera pagado.

Este poder curativo se extendía también a sus excrementos, pues se contaba que, si se extendía sobre los ojos, era capaz de curar la ceguera. Aunque Philippe de Thaünsu escribió en su bestiario que ese poder residía, en realidad, en el hueso del muslo. Si se ungía a un ciego con el tuétano de ese hueso, recuperaba la vista.

Otra fuente algo distinta, el Cyranides, una compilación medico-mágica de la Antigüedad tardía, agregó que su corazón y su cabeza servían como amuletos, y preservaban al portador de toda enfermedad.

texto de la Historia de Alejandro Magno tomado del Roman d'Alexander

Como en todas las criaturas de los bestiarios, había también una interpretación simbólica. En el color blanco del caradrio se veía una analogía con Cristo, porque el blanco es puro y está libre de mácula, igual que Cristo estaba libre de pecado. En cuanto a su poder de curación, se veía como una interpretación del sacramento de la confesión, mediante el cual Cristo curaba las almas.

Más tarde, hacia el siglo XIV, se empezó a secularizar este simbolismo, y se usó al ave para representar el amor correspondido o no correspondido, y el poder de atracción de la mirada en los amantes.

Por último, se también se relacionó al caradrio con el basilisco (sobre el que ya hablamos aquí). El basilisco-caradrio representaba el binomio muerte-vida.

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1. Manuscrito en griego de autor desconocido que contiene un conjunto de descripciones de animales, criaturas fantásticas, plantas y rocas, siempre con sentencias moralizantes.

Fuentes

  • BESTIARIO MEDIEVAL, Ed. de Ignacio Malaxecheverría, Ediciones Siruela, Madrid, 1999
  • DRUCE, G.: «The Caladrius and its Legend, Sculptured Upon the Twelfth-Century Doorway of Alne Church, Yorkshire», artículo publicado en Archaelogical Journal, Royal Archaelogical Institute of London, Vol. 69, 1912
  • PLINIO EL VIEJO: Historia natural. Libros VII-XI, Ed. Gredos, Madrid, 1998
  • PLUTARCO: Obras morales y de costumbres, Vol. 4, Ed. Gredos, Madrid, 1987
  • «Caladrius», en The Medieval Bestiary.
  • «La leyenda del caradrio en san Andrés de Montearados (Burgos)» en Blog Románico Digital.

 

los sapos de zugarramurdi

No hay duda de que el episodio más sonado y conocido de la brujería española es el que se dio en 1610 en la aldea navarra de Zugarramurdi. La virulenta caza de brujas llevada a cabo en el sur de Francia, desató un episodio de histeria colectiva en la población de aquellas comarcas fronterizas y montañosas. Hubo delaciones, amenazas y algunas confesiones conseguidas mediante coacción; sumadas a las supersticiones propias de aquella zona tan aislada, forjaron el relato de una secta de brujas y brujos adoradores del diablo, que acudían con regularidad al aquelarre y celebraban misas negras oficiadas por el demonio. Una parte curiosa de este relato es la que tiene que ver con los sapitos diabólicos.

Se contaba que los brujos y brujas de Zugarramurdi se servían de espíritus ayudantes o «familiares» para hacer sus maleficios. Dichos familiares eran unos sapos vestidos con graciosas ropillas de colores. El sapo era el guardián y consejero de la bruja. Ella lo alimentaba y, a cambio, él la despertaba y la avisaba para ir al aquelarre. Gracias a ellos también podía realizar los vuelos, ya que, después de haber comido, la bruja le pegaba con un palito hasta que se hinchaba y adquiría un color verde venenoso. A continuación pisaba al animal con el pie izquierdo hasta que salía un líquido verdoso. Este líquido era el que servía para hacer el ungüento que luego se frotaban por el cuerpo.



Ilustración de Eödriel Lamendras (mi amiga Yolanda), tomada de su galería en Deviantart.

Los niños brujos eran los encargados de ocuparse del «rebaño» de sapos mientras los adultos se dedicaban a bailar y comer en los banquetes. Debían tratarlos muy bien y no podían extraviar ninguno si no querían ser severamente castigados.

Cuando llegaba el momento en que un novicio se convertía en brujo de pleno derecho, el demonio le entregaba uno de estos sapos y también le hacía una marca en el ojo, con forma de sapito, para que fuese reconocido por los demás miembros de la congregación.

Tal fue la obsesión por estos sapos, que no hubo casa, establo o caserío que no fuese escrupulosamente registrado por investigadores y predicadores. Al menos hasta la llegada del inquisidor Alonso de Salazar y Frías, el famoso «abogado de las brujas».

De él nos ocuparemos en otro artículo. De momento, espero que hayáis disfrutado conociendo a estos curiosos sapos de Zugarramurdi.

El texto es un extracto adaptado del libro Daimiel, pueblo de brujas, del que soy coautor.

 

Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas

El rey de las serpientes

El basilisco es una criatura fabulosa de carácter serpentino; sobre todo en sus orígenes. Egipcios y hebreos lo mencionan en sus textos, y los griegos lo tenían por la más mortífera de las criaturas. Para estos pueblos de la Antigüedad, formaba parte de la familia de las serpientes. Más aún: los helenos lo consideraban el rey de las serpientes, de ahí el nombre que le dieron: βασιλίσκος, que significa «pequeño rey». Porque, aunque no es muy grande, su aspecto, su porte al desplazarse y su extrema toxicidad lo elevan por encima de los demás ofidios. Plinio, el Viejo, por ejemplo, nos presenta al basilisco en su Historia natural (VIII 33) como una serpiente que no supera los 12 dedos (unos 22 cm) con una mancha blanca con forma de corona en la cabeza. A diferencia de las otras serpientes, los basiliscos avanzan erguidos, alzando la mitad del cuerpo y arrastrándose con el resto.

Sin embargo, esta imagen no se ha mantenido invariable a lo largo del tiempo. En el paso de la Edad Antigua a la Edad Media, el basilisco sufre una importante metamorfosis que lo convierte en una criatura híbrida, quimérica. Aunque nunca pierde su esencia reptiliana. ¿Por qué este cambio? Quizá se debiese a a una mala interpretación de las fuentes clásicas, o a una mala traducción, o a cualquier otro tipo de contaminación.

Grabado de un basilisco

Grabado de un basilisco en la Historiae Animalium de Konrad Gesner (1551).

El caso es que los bestiarios medievales pintan al basilisco como una bestia con cabeza, pecho y patas de gallo, y el resto del cuerpo acabado en una larga cola de serpiente. Tiene una excrescencia roja con forma de corona en la cabeza, a modo de cresta, y sus ojos son saltones y amarillos, como los de los batracios (rojos según John Swan en el Speculum mundi). Puede estar recubierto de plumas o de escamas, no hay unanimidad en esto. Generalmente son de color verde, con manchas blancas de reflejos plateados. Aunque hay quien lo pinta de amarillo. Incluso hubo algún caso en el que se le atribuyó hasta ocho patas. El tamaño era mayor que el que daba Plinio, por supuesto. Y se especuló con que lo que describió el naturalista fue a las crías.

En las Etimologías (s. VII), san Isidoro lo sigue considerando el rey de las serpientes. En esencia, copia a Plinio, pero agrega cosas de su cosecha. El motivo del gallo, la adición más importante, se encuentra ya en el Physiologus, un texto cristiano de autor desconocido que apareció entre los siglos III y IV. En esta obra hay una importante compilación de animales y monstruos. Como la finalidad es moralizante, las descripciones de las criaturas están llenas de símbolos y alegorías. Es muy posible que los bestiarios tomasen estas descripciones al pie de la letra, como si se tratase de un texto de historia natural, y de ahí los añadidos o metamorfosis sufridas por algunas criaturas.

Basilisco como rey de las serpientes

Miniatura de un basilisco en el manuscrito Harley 4751 (f. 59) de la British Library

Bueno, pues para justificar este cambio de fisonomía, se empezó a difundir el mito de que el basilisco nace (ojo al dato) del huevo ¡de un gallo! empollado por un sapo. El huevo le surge al gallo en el vientre cuando se hace mayor y cesa de montar a las gallinas. El animal, como es lógico, se queda atónito, y busca un lugar discreto y cálido (un estercolero, un establo…), y escarba allí un agujero con las patas para deshacerse del huevo. Si da la casualidad de que anda por la zona algún sapo, un animal de naturaleza tóxica (o una serpiente en algunas fuentes), este olerá el veneno del interior del huevo y acudirá a incubarlo. Cuando se rompe el cascarón, salen polluelos machos, iguales que los polluelos de gallinas, y al cabo de siete días les crecen colas de serpiente.

De esta imagen derivó, a partir del siglo XII, la de otro monstruo, la cocatriz, cuya única diferencia con el basilisco era un par de alas draconianas. Y que nacían de manera inversa: del huevo de una serpiente empollado por una gallina. Pero las dos criaturas se confundieron prácticamente desde el principio, y al final del Medioevo eran dos nombres que se empleaban para el mismo ser.

La criatura más venenosa sobre la tierra

La gran letalidad del basilisco, sin embargo, se mantuvo inmutable con paso del tiempo. No solo posee uno de los venenos más potentes, sino que es tan abundante en su cuerpo que, según Brunetto Latini (Tesoro, IV, 3), rezuma por toda su piel, y por eso reluce. No es de extrañar que su toque o mordisco sea mortal de necesidad. Y casi igual de ponzoñoso es su aliento, del que se sirve para cazar envenenando el aire a su paso.

cita de plinio el viejo

Pero, sin duda, la capacidad más mortífera de los basiliscos es su mirada. Con ella pueden matar a hombres y animales a distancia, e incluso llegar a partir la piedra. Una de las teorías es que emiten por los ojos una especie de fuerza corruptora. Algo parecido, en cierto modo, al mal de ojo. El poeta Lucano escribió en su Farsalia que se debe a que los basiliscos nacieron de la sangre derramada de la Medusa, y habrían heredado su mirada letal.

A los basiliscos les gusta vivir en lugares áridos, como a los escorpiones. Según Plinio, son originarios de las zonas desérticas de Libia, en la provincia de Cirenaica, aunque, hacia el siglo X, diversas fuentes los localizaban ya en Europa. En realidad, no es que vivan en el desierto sino que este los sigue; los mismos basiliscos convierten en desierto el territorio por el que pasan, al desmenuzar las piedras y secar árboles y plantas. Hasta las aves, en el cielo, corren el peligro de ser alcanzadas por su ponzoña. Además, son capaces de envenenar los cursos de los ríos durante décadas, o incluso siglos. San Isidoro advierte que quienes beben o se baña en esas aguas se vuelven hidrófobos y linfáticos. Precisamente, durante las epidemias de peste negra que se sucedieron a partir del siglo XIV, surgió el rumor de que la enfermedad era provocada por envenenadores que usaban carne de basilisco para emponzoñar el agua.

Enfrentarse al basilisco

A pesar de su peligrosidad, hay maneras de acabar con el basilisco. Si no, sería imposible echarse a los caminos y el desierto se habría extendido por todas partes. Por un lado, tiene su propia némesis en la comadreja, cuyo aroma le resulta fatal. El mustélido es capaz de seguirle el rastro hasta su madriguera por el olor de su orina; una vez allí se enfrentan, aunque ambos perecen. Otro enemigo mortal del basilisco es la centícora, a la que trata de buscar cuando descansa para inyectarle su veneno.

basilisco contra comadreja

Basilisco luchando contra una comadreja. Miniatura del Bestiario de Aberdeen (f. 66) Aberdeen University Library

Tan mortal como el aroma de la comadreja es, para el basilisco, el canto del gallo. Quizá debido a su extraño origen. Es por esta razón por la que algunos viajeros se proveían de gallos cuando debían atravesar tierras salvajes y peligrosas.

Por último, se puede usar contra el basilisco al mismo basilisco: si conseguimos que se mire en un espejo, se fulminará con su propia mirada.

Pero también hay maneras de contemplar al basilisco sin sufrir las consecuencias de su mirada. Desde muy antiguo se decía que se puede evitar el daño si lo ves antes de que él te vea. Otra manera de evitarlo es mirarlo a través de un vidrio. Cuanto mayor sea este, mejor, ya que, además de proteger del efecto de la mirada, el basilisco no puede distinguir nada situado tras él. Cuenta la leyenda que fue así como Alejandro Magno se enfrentó a ellos: mandó fabricar unos enormes botellones de vidrio en los que cabían varios hombres; allí dentro los basiliscos no los veían, así que los podían matar fácilmente con sus flechas.

Dado que se trataba de una criatura tan mortífera, no es raro que se usara en el arte medieval como símbolo de muerte, o relacionado con el diablo y el infierno. Aunque también con simbolismo de muerte y resurrección (el gallo, la serpiente y la renovación cíclica). En el ámbito alquímico, también proliferaba la imagen del basilisco, vinculada aquí al poder devastador y regenerador del fuego. Llegaba a aparecer en las fórmulas de transmutación de metales, como en la consecución del pigmento oro.

Basilisco en un canecillo del ábside de la iglesia de Oquillas. Fotografía tomada de Arteguías.

 

Fuentes

ECO, Umberto: Historia de las tierras y los lugares legendarios, Lumen, Barcelona, 2013
BORGES, J.L. y GUERRERO, M.: Manual de zoología fantástica, Fondo de Cultura Económica, 1957
BESTIARIO MEDIEVAL, Ed. de Ignacio Malaxecheverría, Ediciones Siruela, Madrid, 1999
PLINIO EL VIEJO: Historia natural. Libros VII-XI, Ed. Gredos, Madrid, 1998
Blog de Criaturas Fantásticas.

 

 

Después de muchos años, hoy vuelvo a dejar por aquí un par de conjuros para esta noche mágica. Os recuerdo que la Noche de San Juan también es el momento idóneo para ir a recoger las hierbas mágicas para nuestras pociones. Como las otras veces, lo que os escribo son conjuros de hechiceras reales, recogidos en los documentos de los tribunales inquisitoriales de Toledo y Cuenca. En esta ocasión, se trata de conjurar sombras. Al igual que los conjuros de la estrella o de la sal, estas conjuraciones eran, sobre todo, de carácter amoroso.

Conjurar sombras en la Noche de san Juan

Se sabe que hacia mediados del siglo XVI,  practicaba este tipo de conjuro una mujer conocida como la Beata de Huete, en Cuenca. El conjuro lo decía frente a su sombra, que se proyectaba por un candil encendido colocado en el suelo y pegado a la pared. Lo hacía con la cabeza descubierta; y desnuda (no sé si es algo totalmente indispensable). Luego entonaba el sortilegio:

Sombra,
cabeça tienes como yo,
cabellos tienes como yo,
cuerpo tienes como yo,
y todos los miembros tienes
como yo.

Y yo te mando que ansy como tienes
mi sombra verdadera,
que tú vayas a [fulanito]
e lo traygas para mí,
que no pueda comer ni bever,
ni aver ningund plaser
hasta que venga a mi querer,
e darme lo que tuviere,
e desirme lo que supiere,
e si me lo traxeres, yo te bien diré,
e si no me lo traxeres, yo te mal diré.

Por esas mismas fechas, María de Medina, una vecina de Guadalajara, realizaba otra variante del conjuro. Ella «estando en carnes desnuda y descabellada» colocaba el candil en la puerta de la cámara donde realizaba el hechizo, que decía así:

Sombra, señora,
unos os llaman sombra,
porque espantáis.
Otros os llaman señora,
porque enamoráis.

Al monte Olivete me vais
varitas de amor me cortad,
y en el corazón de [Fulano]
las hincad.

Que me quiera y me ame
y señora siempre me llame,
y me diga lo que supiere,
y me dé lo que tuviere.

Pues aquí los tenéis, por si alguno o alguna os atrevéis a lanzarlos esta noche. O si alguien necesita algún tipo de hechizo para su novela o su partida de rol. Y si alguien conoce alguna variante del sortilegio de fuera de las tierras de Castilla la nueva, ¡estaría genial que me lo comentáseis!

Fuente

CIRAC ESTOPAÑÁN, Sesbastián: Los procesos de hechicerías en la Inquisición de Castilla la Nueva (Tribunales de Toledo y Cuenca), Madrid, CSIC, 1942
  • Si te interesa conocer el conjuro de la sal, lo tienes aquí
  • Y en este enlace, el conjuro de la estrella
Merlín en un códice

Ilustración de Merlín en las Crónicas de Núremberg (1493)

Merlín, el Encantador, es el mago más famoso de la historia europea, el mago por antonomasia que ha inspirado toda la tradición de hechiceros posteriores. Aunque se ha querido buscar algún referente real en la Britania posrromana, lo cierto es que no hay indicios de que hubiese un Merlín histórico. Hechicero, druida, profeta o consejero, el Merlín de la materia de Bretaña es, en realidad, una creación literaria compleja que surge en el siglo XII a partir de un conglomerado de mitos célticos del sur de Escocia y Gales. Fue el escritor Geoffrey de Monmouth el que le da la forma definitiva al personaje y lo relaciona con el ciclo del rey Arturo. Hasta entonces ni siquiera existía la voz Merlín (o Merlinus), que aparece por primera vez en 1138 en la Historia regum Britanniae (Historia de los reyes de Bretaña) de Monmouth, sino que se había usado el nombre galés Myrddin.

Geoffrey de Momnouth, el padre del Merlín artúrico, fue un docto clérigo galés que estudió en la escuela catedralicia de Oxford y fue luego obispo de Saint Asaph. Escribió sus obras en latín y usó las fuentes de la tradición oral y escrita galesas. Construyó su personaje combinando dos figuras legendarias de tradiciones distintas que compartían el mismo nombre, Myrddin, a los que añadió luego elementos de su propia invención.

Por un lado recuperó la historia de la profecía del rey Vortigern. Vortigern, un rey britano del siglo V, quería construir una fortaleza en una imponente colina, pero todas las noches los muros se desmoronaban. Sus sabios y astrólogos le dijeron que, para evitarlo, debía sacrificara allí a un niño sin padre. Sus hombres buscaron por todo el reino hasta que encontraron, en Carmarthen, a un niño sin padre conocido; incluso se había extendido el rumor de que había sido engendrado por un demonio. Cuando lo llevaron a la corte del rey, el niño demostró unas asombrosas dotes como profeta y contó la verdadera razón por la que no podían construir allí la fortaleza: bajo la colina había dos dragones, uno rojo y otro blanco, que peleaban entre sí. El rey mandó cavar a sus obreros y, efectivamente, salieron a la superficie los dos dragones, que continuaron luchando hasta que el blanco mató al rojo y desapareció en la lejanía. De este modo, aquel niño llamado Myrddin profetizó acerca del futuro del reino y del desastroso final del rey Vortigern, ya que la victoria del dragón blanco sobre el rojo representaba la victoria de los invasores sajones sobre los britanos.

Myrddin y Vortigern ante los dragones

La profecía de Myrddin, ilustración de Allan Lee

Esta leyenda había aparecido escrita en el siglo IX en la Historia Britonum de Nennio, que le da a Myrddin, además, el sobrenombre de Ambrosius (Emrys en galés). Y de ahí la tomó seguramente Geoffrey de Monmouth, que la reprodujo a su manera con los cambios que le parecieron oportunos. Por ejemplo, el niño de la leyenda fue encontrado en realidad en Glamorgan, pero Monmouth veía más coherente que fuese oriundo de Carmarthen, Caer Merddin en galés, que significaba, literalmente, «la fortaleza de Myrddin». La profecía final también parece que fue de su cosecha, una manera de anticipar el advenimiento del rey Arturo. Sigue leyendo

máscara de la muerte roja

Ilustración del maestro del terror Berni Wrightson

La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
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Ninfa en el agua

Ondina, por Watherhouse

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Gustavo Adolfo Bécquer: Los ojos verdes

Hace mucho, pero que mucho, mucho tiempo, que quería publicar esta entrada sobre Mélanie Delon. Desde que descubrí, hace ya unos años, un speed art suyo colgado en Youtube en el que demostraba su pericia ilustrando con el Photoshop. Investigué sobre ella, vi algunas galerías con sus ilustraciones, y recuerdo comentarle a mi padre que ella usaba el Painter, como él, para pintar digitalmente. Fue entonces cuando comencé este artículo pero, como me sucede a menudo, lo dejé aparcado. Poco después, Norma empezó a publicar álbumes con sus ilustraciones; yo quise retomar el tema, pero tuve que dejarlo otra vez y ahí se quedó, de nuevo, entre mis borradores, hasta que me he decidido a publicarlo por fin. Dicen que a la tercera va la vencida.

La niña de las mariposas

Podríamos definir a la francesa Mélanie Delon como una artista digital, totalmente autodidacta, que goza de gran prestigio desde hace bastantes años. Nació en una villa cercana a la capital, en 1980, y reside en París, ciudad que la enamoró desde el principio. Ella dice que lleva dibujando desde que tiene uso de razón, y en este aspecto contó siempre con el apoyo de sus padres. Sin embargo, afirma que nunca ha pintado. Al menos no de la manera tradicional.

Mélanie estudió Arqueología e Historia del Arte, lo que explica su amplio conocimiento de los pintores clásicos, pero confiesa que se pasó más tiempo dibujando que estudiando. Luego ingresó en una escuela de diseño en 3D para juegos. Le gustaba más dibujar que modelar las figuras o animarlas. Pero todo lo que sabe sobre color, composición, figura humana o iluminación no es fruto de un par de cursos, sino de toda una vida de trabajo, de experimentación y aprendizaje.

El 2005 fue un año clave para ella. Fue entonces cuando descubrió Photoshop. Lo hizo relativamente tarde, cuando ya tenía 25 años. En cuanto se hizo con su primera tableta digital (su querida wacom, a la que trata siempre en femenino), descubrió un mundo nuevo lleno de posibilidades. En muy poco tiempo se convirtió en una ilustradora digital experta en trabajar con Painter y Photoshop. Todo lo aprendió experimentando, sin maestros ni manuales. Sigue leyendo

ars malefica

Esta vez lo que traigo es el book trailer de un libro de rol. Ars Malefica es un suplemento para la nueva edición, la tercera, del ya clásico juego Aquelarre de Ricard Ibáñez. El trailer es una auténtica preciosidad, basado en las ilustraciones de Jaime García Mendoza para el libro, que imitan las iluminaciones de los códices medievales, aunque de una manera algo siniestra, acorde con el espíritu del juego. Me gusta, me gusta. Como siempre, un trabajo de altísima calidad tanto en el contenido como en el continente.

 
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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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