Tortura

Con el castillo de Loket reanudo esta serie de entradas que tenía algo olvidadilla; una fortaleza que lo mismo nos sirve para ambientar cuentos de hadas como historias de terror.

el castillo de loket

Crédito: wikipedia

Loket es una localidad muy pintoresca de la Bohemia checa, cerca de la frontera con Alemania. Su casco antiguo se encuentra situado sobre una loma que un pronunciado meandro del río Ohre rodea casi por completo. Desde lo alto, sobre una pared rocosa, el castillo domina el pueblo y los bosques circundantes.

Lo que se ve en la actualidad es un buen ejemplo de castillo gótico centroeuropeo, pero el castillo original, construido en la segunda mitad del siglo XII, se levantó siguiendo el estilo románico.  Este castillo primitivo comprendía dos torres, una iglesia y un edificio grande.  En ese tiempo ya adquirió renombre como bastión fronterizo del recién nacido reino de Bohemia.

Loket castle

La casa del Margrave – Crédito: wikipedia

A partir de 1250, el castillo se amplió gradualmente y fue remodelado hasta convertirse en una fortaleza gótica. En esa época fue frecuentado a menudo por la familia real. Era el castillo favorito del emperador Carlos IV, del Sacro Imperio, al que le gustaba pasar en él largas temporadas para descansar y cazar. Y eso a pesar de que, de niño, estuvo confinado en su interior por su propio padre, el rey Juan de Luxemburgo. El pequeño príncipe pasó dos meses encerrado en las bodegas.

Liebscher Karel – Castillo sobre río

En el siglo XV, en el curso de las guerras las guerras husitas, el castillo fue atacado varias veces por los revolucionarios, pero nunca pudieron tomarlo. Sin embargo, la misma dinastía Luxemburgo lo terminó hipotecando cuando se vio falta de dinero. De este modo, el castillo pasó por varias manos a lo largo de más de 100 años, hasta que la propiedad volvió al concejo a principios del XVII.

La fortaleza se tuvo que reconstruir varias veces debido a los incendios y a las marcas de la guerra, y se siguió ampliando durante el Renacimiento. También sufrió los embates de la guerra de los Treinta Años en el siglo siguiente. A principios del siglo XIX, el castillo fue reconvertida prisión, función que mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se habilitó allí un campo de prisioneros.

castillo de Loket desde el río

El castillo desde la otra orilla del Ohre – Crédito: wikipedia

En otro de los edificios, los hermanos Haidinger fundaron una fábrica de porcelana en 1805. Más tarde se ubicó un museo en la Casa del Margrave, en 1907. La exposición de porcelana fina está abierta al público y ha sido bastante famosa.

En las décadas finales del XX, se llevó a cabo un importante trabajo de reconstrucción y mantenimiento, y desde 1993 el castillo de Loket ha sido accesible al público durante todo el año. Además de la exposición de porcelana, en las mazmorras hay ubicado un museo de la tortura bastante impresionante.

                            Imagen del museo de la tortura de Loket Museo de la tortura. Cepo
Fotografías del museo de la tortura. Crédito: Jim Linwood

 

Página oficial del Castillo de Loket

Historia de la columna infame

La Columna Infame de Milán es un ejemplo de los extremos a los que puede llevar la psicosis colectiva, de las atrocidades que llega a cometer una comunidad enloquecida por el miedo.

La peste de Milán de 1630

Todo sucedió durante la peste que azotó la capital lombarda en 1630. El Milanesado formaba parte de la Corona Española y eran los tiempos ominosos de la guerra de los Treinta Años; una época de campos arrasados y ciudades en llamas, de hambre, plagas y enfermedades, de luchas religiosas y persecuciones de brujas.

Milán, que se había librado de la primera gran epidemia, sufrió ese año una manifestación de la peste especialmente virulenta y contagiosa. Frente a un mal tan feroz, la gente necesitaba explicar y dar sentido a tanta muerte. Cuando apareció la enfermedad en 1348, hubo quienes vieron en la peste un castigo divino o una señal milenarista, pero la reacción de la mayoría fue buscar culpables, algo que también permitía la liberación de la tensión colectiva. Extranjeros, marginales y, sobre todo, leprosos y judíos, pasaron a convertirse en sospechosos. La furia de las comunidades se encauzó especialmente hacia estos últimos, a los que se acusaba de envenenar los pozos. Y se multiplicaron los progromos y asaltos a juderías.

En el caso de esta epidemia de Milán, no tardó en cundir el pánico, y pronto se extendió por la ciudad el mito de los untadores de pestíferos, una creencia que ya se había dado antes en algunos otros lugares. Los habitantes creyeron que las murallas y las puertas de los edificios estaban impregnadas de una sustancia venenosa compuesta de extractos de sapos, serpientes y de pus y baba de los apestados: una receta que el diablo daba a los que pactaban con él.

Pronto aparecieron los primeros chivos expiatorios. En cuanto se desató la psicosis, cualquier acto, hasta el más trivial, resultaba sospechoso a los ojos de unos vecinos aterrorizados. Varias personas sufrieron las iras de la gente, fueron torturadas o linchadas por los motivos más inocentes, solo porque algún gesto había resultado extraño. Fue lo que le sucedió a un pobre anciano al que vieron en la iglesia limpiando el banco con un paño antes de sentarse.

Una vieja chismosa

Pero el caso más sonado fue el que llevó a la erección de la famosa columna. Un día, una anciana acudió a las autoridades para denunciar que había visto a un hombre haciendo movimientos extraños con un papel y restregando los dedos contra la muralla. Se investigó el asunto y finalmente fueron detenidos el comisario de salud pública, Guglielmo Piazza, y el barbero Giangiacomo Mora. Se les acusó de extender ungüentos mortíferos que acabaron con la vida de muchos ciudadanos; es más, se les juzgaría, incluso, por conspirar contra la ciudad y por sedición.

Los dos infelices, que lo negaban todo, por supuesto, fueron torturados según la práctica de la época. Pero también fueron engañados con falsas promesas de impunidad. Al final cedieron y terminaron confesando ser los autores de un acto tan execrable. A continuación, el senado de la ciudad los proclamó enemigos de la patria y fueron condenados a muerte.

Una muerte cruenta y una columna infame

Pero no iba a ser, tampoco, una muerte normal. Dado el carácter diabólico de su caso, y la cantidad de víctimas que se les imputaban, el método elegido para su ejecución fue especialmente cruel y cruento. La fecha indicada, se les llevó al cadalso y allí, una vez atados, les atenazaron con unos hierros al rojo las tetillas, los brazos, muslos y pantorrillas. A continuación, se les cortó la mano derecha, con la que habrían cometido su crimen. Y, por último, les quebraron todos los huesos a golpes y los dejaron allí durante seis horas de largo suplicio. Finalmente se les dio muerte, quemaron los cadáveres y lanzaron sus cenizas al río.

Pero no bastaba. La gravedad del delito exigía la perpetuación de la infamia de los delincuentes. La barbería de Mora fue arrasada y, en el solar, se levantó una gran columna que denominaron Infame. Con una inscripción en latín que reseñaba los hechos. Porque, además de servir de advertencia, la intención era dejar grabado para siempre los nombres de los dos criminales en memoria de su vileza.

Durante un siglo y medio, la columna se erigió en aquel solar del centro de Milán. Pero, con la llegada del Siglo de las Luces, los avances en los campos de la ciencia y del derecho fueron cambiando la percepción de aquel monumento, que se convirtió en la vergüenza de Milán. No se perpetuaba la infamia de Mora y Piazza, sino la infamia de los milaneses, que fueron los que cometieron el verdadero acto criminal con aquellos dos inocentes. Así que en 1778 las autoridades la mandaron derribar.

Este caso sirvió, en el siglo XIX, al escritor italiano Alessandro Manzoni para denunciar el uso de la tortura y atacar las ejecuciones de su tiempo con su obra Historia de la columna infame, que se publicó por primera vez como apéndice de Los novios, su gran novela.

Fuente
Jean Delumeau: El miedo en Occidente, Taurus

 

Guardar

Lo singular de este caso de brujería en el pirineo aragonés es que se trató de una serie de ajusticiamientos llevados a cabo por la justicia ordinaria. No hubo ni auto de fe ni hogueras, ni se metió  por medio la Inquisición, pero sí tormento y muchas más víctimas que en el mismísimo proceso de Zugarramurdi.

Hechiceras presas

Es el nombre de una exposición permanente en la Sala de Exposiciones Alfonso XII de Toledo que tengo pendiente para mi próximo viaje a la Ciudad Imperial. Aunque (como todo este tipo de exposiciones) se centra en la Inquisición española, parece ser que al menos la muestra distingue entre los instrumentos usados por los tribunales civiles y los eclesiásticos, y entre los método empleados por la Inquisición y los tribunales religiosos de otros países, que eran muchísimo más cruentos y crueles. La verdad es que tengo también pendiente alguna entrada sobre el tema.

Aquí dejo el folleto del museo. A continuación, también dejo un vídeo de la exposición elaborado por la Asociación Amigos de Rollo Paterson:


El triunfo de la Muerte, de Brueghel el viejo

El triunfo de la Muerte, de Pieter Brueghel, el Viejo

El triunfo de la Muerte, de Brueghel, el Viejo, es uno de mis cuadros favoritos del Museo del Prado. Se encuentra en la planta baja, donde los pintores flamencos del XVI, en la misma sala de El Bosco; precisamente justo enfrente de El jardín de las Delicias. Ya me llamaba la atención de niño desde que lo descubrí en la vieja colección de libros de arte de mi padre; descubrirlo en el Prado y tener la posibilidad de quedarme un rato admirándolo cada vez que paso por allí es uno de esos placeres que te tiene reservados la vida.

En realidad toda la obra de Brueghel el Viejo me encanta. Esos cuadros repletos de personajes, de escenas costumbristas, que casi recuerdan un libro de Dónde está Wally. Te puedes pasar las horas muertas mirándolos y encontrando nuevos detalles: El combate entre don Carnaval y doña Cuaresma, La Torre de Babel, Juegos de niños (este no lo conocía hasta hace poco, pero demuestra cuán poco han cambiado los juegos infantiles a lo largo de los siglos).

La muerte siempre se impone

Con respecto a este cuadro se podría hablar de muchas cosas: del hondo pesimismo que emana de él; de su simbolismo y carga moral -la muerte se impone al final, inevitablemente, sobre todas las cosas mundanas-; del humor y sátira que encierra; del cuadro como alegoría de la guerra, como premonición del largo y cruento conflicto que se cierne sobre los Países Bajos; de la multitud de aspectos cotidianos del Flandes del Renacimiento que se pueden apreciar en la obra… Sin olvidarnos, por supuesto, de su semejanza con las danzas de la muerte medievales, pues tanto el rey como el caballero, el juglar, el clérigo o los amantes del  rincon derecho están destinados al mismo trágico final, sin posibilidad de escape.

Mejor dejo el enlace a su página en la web del Museo del Prado, donde se puede apreciar la obra en altísima resolución y aprender mucho más sobre ella con los textos y explicaciones.

 

Ya he dejado constancia en varias ocasiones de mi debilidad por la obra de Goya en general y de sus grabados en particular. Bueno, pues resulta que hay una exposición itinerante de Los desastres de la guerra y hoy he tenido la oportunidad de visitarla. La muestra se compone de 82 reproducciones facsimilares de la  primera edición de esta serie de grabados, la que conserva en el Museo del Grabado de Fuendetodos. 
Yo ya conocía la mayoría de las imágenes desde pequeño, de un libro de láminas de mi padre; pero no tiene nada que ver con contemplarlas a su tamaño natural. La verdad es que impresionan… y mucho. Ver el grado de brutalidad a la que es capaz de llegar el hombre con sus semejantes. Cómo puede degenerar así el alma humana… Da igual que lo plasme de una manera más o menos realista, esperpéntica, alegórica, bestial, o que el referente concreto sea la Guerra de la Independencia; lo que Goya nos muestra se puede aplicar a cualquier conflicto bélico del mundo: la muerte, las torturas, el hambre, la enfermedad, el odio, la insolidaridad… 
Por otro lado, llama mucho la atención la multitud de maneras de matar y morir que nos presenta Goya a lo largo de la serie, a cada cual más atroz, y cómo el pintor es capaz de individualizar la muerte en cada uno de los rostros y actitudes de víctimas y verdugos, aunque al final los sentimientos reflejados sean universales. Porque, muchas veces, esta violencia e inhumanidad plasmadas en las diversas escenas no están tan lejos de lo que podemos ver de vez en cuando en los telediarios.

Para saber más: La serie Los desastres de la guerra de Francisco de Goya y Lucientes por J. Enrique Peláez Malagón

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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