Vampiros

El castillo de Orava. Fotografía de 23am.com

El castillo de Orava. Fotografía de 23am.com

Su mera visión evoca a los castillos de cuento: los de los cuentos de miedo. Desde su imponente roca sobre el río Orava, el Oravsky Hrad, nombre oficial de esta majestuosa fortaleza, preside el imponente paisaje boscoso del norte de Eslovaquia, cerca de la frontera con Polonia. También es conocido como el Nido de Águilas por su posición en lo alto del acantilado. Un impresionante castillo en el corazón de una región, Orava, que parece perdida en el tiempo, en la que todavía siguen vivas las antiguas tradiciones y modos de vida.

Castillo de orava

Castillo de Orava, fotografía de Wojsyl para la Wikipedia

La leyenda cuenta que un noble llamado Marek quedó tan impresionado ese promontorio rocoso cuando descendía navegando por el río Orava que se dijo que en aquel lugar tan inaccesible tenía que construir su castillo; costase lo que costase, aunque tuviese que contar con la ayuda del diablo. Y al momento, el mismo se le apareció y le ofreció un pacto: si lograba construir allí un castillo en siete días con sus siete noches, Marek le entregaría su alma a los 77 años. El noble aceptó: no creía que fuese posible llevar a cabo tal apuesta. Así que el demonio se puso manos a la obra.

Pasaron los días y, a pesar de la enormidad de la empresa, Lucifer iba levantando el castillo a buen ritmo. Cuando faltaba solo un día, la obra estaba casi concluida. Marek se dio cuenta y comenzó a sentir miedo; cayó de rodillas al suelo y se puso a rezar, porque no quería perder su alma. Y así continuó mientras el diablo subía una última roca con mucho cuidado, en la oscuridad de la noche, relamiéndose por la nueva alma conseguida. Pero Dios se apiadó de Marek e hizo que cantase el gallo anunciando el nuevo día. Cuando vio que había perdido la apuesta, el diablo, lleno de rabia, lanzó la roca con fuerza y esta quedó incrustada en el lugar. Una roca que los lugareños todavía reconocen y a la que denominan Roca de Marek.

acuarela del castillo

Acuarela de Thomas Ender, 1860

Lo que se sabe de cierto es que la documentación histórica permite datar la construcción del castillo en el siglo XIII, después de la invasión del reino de Hungría por parte de los mongoles. Se levantó sobre una fortificación de madera anterior. Seguramente la intención era convertirlo en centro administrativo y militar de la región, ya que por allí se cruzaba el río Orova con el importante camino de Polonia. A lo largo de los siglos, el castillo pasó por la mano de distintas familias feudales -incluso de algunos reyes- que lo fueron ampliando poco a poco. Sobre todo a mediados del siglo XVI, cuando se hizo patente la amenaza turca. El castillo se convirtió en cabeza del condado y el complejo se fortificó con varias torres, un foso y un puente levadizo.

A lo largo de la Edad Moderna se le fueron añadiendo distintas estancias y la capilla, en la que destaca la tumba renacentista de György Thurzó, uno de sus dueños más ilustres, y el altar barroco. Esta actividad constructiva se entrelazó con épocas de abandono y distintos desastres, como el feroz incendio, a principios del siglo XIX, que dejó en ruinas toda la parte alta. No es de extrañar que el castillo sea una mezcla de estilos, desde el gótico de la Baja Edad Media hasta la reconstrucción, con elementos románticos, en la segunda mitad del siglo XIX.

El castillo de Nosferatu

El castillo destaca por ser la sede de uno de los museos más antiguos del país. En su interior hay distintas exposiciones permanentes de objetos históricos, etnográficos y de ciencias naturales. En la ciudadela, la parte más alta y antigua, se pueden contemplar los documentos de los primeros tiempos del castillo. Otra exposiciones atractivas son las de la capilla, la sala de los caballeros, la galería de pintura y la sala de armas.

Pero Orava también es famoso porque allí se filmaron algunas de las escenas de la película de 1922 Nosferatu, ya que era perfecto para representar al castillo transilvano del conde Orlok. No es de extrañar que desde entonces haya aumentado su halo misterioso y se sucedan también las historias sobre apariciones del vampiro.

fotoframa de Nosferatu

Para saber más
www.oravskemuzeum.sk
http://www.slovakheritage.org

 

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VAMPIROS (del Diccionario Filosófico, 1764)

Voltaire y los vampiros

 

¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d’Alembert, de Diderot, de Saint Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la aprobación de la Sorbona?

Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban completamente apetitosos. En Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa operación. Nadie oía hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos ciudades hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la moda de los vampiros la adquirimos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, de Aristóteles, de Platón, de Epicuro y de Démostenes, sino de la Grecia cristiana y por desventura cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos del rito griego creían que los cuerpos de los cristianos del rito latino, que se enterraban en Grecia, no se pudrían, porque estaban excomulgados. Creían precisamente lo contrario que nosotros los cristianos del rito latino, que creemos que los cuerpos que no se corrompen son los que tienen impreso el sello de la bienaventuranza eterna, y en cuanto se pagan a Roma cien mil escudos por la canonización de cada santo, tributamos a éste la adoración de dulía.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros, y les dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los muebles. Sólo puede hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se necesita tener la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

El célebre Tournefort, emisario que mandó a Levante Luis XIV, lo mismo que otros aficionados, fue testigo de algunas jugarretas atribuidas a uno de los broucolacas y de la citada ceremonia. Sigue leyendo

Bram Stoker

Una efeméride “draculiana”: hace justo cien años, la sífilis acababa con la vida del escritor irlandés Bram Stoker, el creador, con su novela Drácula, de uno de los personajes literarios más influyentes de todos los tiempos, el conde que se convertiría en el prototipo del mito del vampiro.

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-Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria.

(James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó):

-Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William.

No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas… Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad adonde llego, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

Tengo el horror de la que ¡oh Dios! tendré que nombrar: de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver… Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto… Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.

Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque… Poned atención.

(Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)

-Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso para conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos.

Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.

Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna… ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses… ¿por qué había cipreses en el colegio?…. y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector… ¿para qué criaba lechuzas el rector ?… Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: «James». ¡Oh voz!

Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él.

Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad para conmigo. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza… Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

-He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además -quería decirte-, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesitaba un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo.

¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía… ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel sabihonda, o una bruja… Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo? o quizá lo sé demasiado…

No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.

Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes.

Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardas, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía:

-La verás luego… Que la has de ver es seguro… James, mi hijito James, adiós. Te digo que la verás luego…

Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía? my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago…

Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación.

Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.

-Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.

Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.

Ella…

Y mi padre:

-¡Acércate, mi pequeño James, acércate!

Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano… Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: «¡James!»

Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría… Y la mujer no me miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento.

Y mi padre:

-Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también.

Y mi madrastra me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor… ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor… no os lo quiero decir… porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún ; me eriza los cabellos.

Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:

-James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca…

No pude más. Grité:

-¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!

Oí la voz de mi padre:

-¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.

-No -grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre- . Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!

Thanatopía, cuento de Rubén Darío

A principios del siglo XX, en 1912, Barcelona se veía sacudida por la noticia de la detención de Enriqueta Martí, la denominada Vampira del carrer Ponent, autora de una serie de horrendos crímenes perpetrados contra numerosos niños. En su caso se mezclaban el crimen, la prostitución y también la brujería. Este es el reportaje que emitió Cuarto Milenio hace unos años.

Para saber más:
Malos de la historia, en El País.
Página personal de Javier Arries.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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