Vampiros

Se está emitiendo en El canal de Historia un documental titulado La princesa Vampiro. Para aquellos que no tengan las posibilidad de verlo en la tele, pueden hacerlo a través de Documaníatv o Documentales online

Sinopsis

Tras los muros del enorme y lúgubre castillo de Český Krumlov viví­a una bella princesa, que tení­a alergia a la luz y sólo podí­a salir de su habitación en secreto por la noche. Como en aquella época en el centro de Europa habí­a un temor enorme a los vampiros, los habitantes del pequeño pueblo se aterrorizaron y cometieron un crimen horrible.
Doscientos cincuenta años más tarde, un equipo de arqueólogos encontró el esqueleto de una mujer enterrada en Český Krumlov según los rituales de los vampiros: la cabeza habí­a sido separada del cuerpo y yací­a entre los huesos de las piernas, el tórax aparecí­a atravesado con un instrumento de madera. En este documental se sigue el rastro de los orí­genes de todos los mitos sobre vampiros al tiempo que se desvela un espantoso asesinato.

la vampira de venecia

Si alguien nos habla de la existencia de una vampiresa veneciana en la época del Renacimiento, es posible que nos imaginemos una dama parecida a las que plasma Victoria Francés en Favole. Lejos de tal romanticismo, la realidad puede resultar mucho más cruda, aunque no menos terrorífica.

A principios del año 2009, un grupo de investigadores italianos sostenía haber encontrado en Venecia los restos de una “vampira”. El descubrimiento se remontaba al año 2006, cuando el equipo del antropólogo forense Matteo Borrini, de la Universidad de Florencia, excavaba una fosa común en la isla de Lazzartto Nuovo. Se trataba de los huesos de una mujer que falleció víctima de una terrible epidemia de peste en el año 1576, y que fue enterrada con una lasca de piedra introducida en la boca: su cadáver fue profanado ante el temor de que regresara de la muerte. Las plagas que diezmaron Europa a finales de la Edad Media y durante toda la Edad Moderna alimentaron la creencia en vampiros, a quienes se consideraban responsables de la transmisión y expansión de enfermedades como la peste (recordemos las ratas y la mortífera epidemia que acompaña al vampiro en la película Nosferatu). Una variedad de éstos vampiros eran los denominados “devoradores de sudarios”, que aparecen en el folclore de diversas zonas de Europa. Se creía que estos cadáveres reanimados comenzaban a alimentarse de sus propias mortajas, luego chupaban la sangre de los demás muertos hasta recuperar las fuerzas suficientes como para salir de la tumba y atacar a los vivos.

Los sepultureros podían observar algunos síntomas que les hicieran sospechar la presencia de uno de estos vampiros: que el cuerpo permaneciera incorrupto, presentara el vientre hinchado y que la mortaja estuviera agujereada en torno a la boca. Hoy en día estos fenómenos tienen su explicación. Durante la peste era normal que los enterradores abrieran las fosas con frecuencia, por lo que no era raro encontrar un cuerpo en relativo buen estado. El vientre hinchado es resultado del proceso de descomposición y el agujero de la mortaja se explica por el efecto corrosivo de bacterias y los gases y líquidos expelidos por la boca del difunto durante la putrefacción.

Para matar un vampiro, lo único que había que hacer era retirarle la mortaja de la boca, que era su sustento, y colocarle algo que no pudiera comer, como piedras o ladrillos.

Fuentes: Cuarto milenio, ideal.es y diario El país.

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Interesante página ésta con la que me he topado, de una empresa bodeguera californiana, Vampire Vineyards, que ofrece en la red no sólo sus rojos caldos, aptos para cualquier vampiro de paladar exquisito, sino su propia marca de vodka o, incluso, una bebida de cola: “Dracola”. Disponen de una tienda online donde también venden películas, libros, camisetas y más merchandaising relacionado con los vampiros, y de una comunidad con artículos sobre vampirismo, un blog, un foro… Eso sí, todo en inglés.
La dirección es la siguiente: http://www.vampire.com/

Escribe el resto del post aqui

Leyendo el libro de cuentos de Julio Cortázar La otra orilla, descubrí este breve relato sobre vampiros. El autor parte de un presupuesto que puede parecer bastante tópico, aunque siempre con su genial toque personal, y termina planteando un desenlace bastante original. Espero que lo disfrutéis.

el hijo del vampiro

EL HIJO DEL VAMPIRO

Probablemente todos los fantasmas sabían que Duggu Van era un vampiro. No le tenían miedo pero le dejaban paso cuando él salía de su tumba a la hora precisa de medianoche y entraba al antiguo castillo en procura de su alimento favorito.

El rostro de Duggu Van no era agradable. La mucha sangre bebida desde su muerte aparente —en el año 1060, a manos de un niño, nuevo David armado de una honda-puñal— había infiltrado en su opaca piel la coloración blanda de las maderas que han estado mucho tiempo debajo del agua. Lo único vivo, en esa cara, eran los ojos. Ojos fijos en la figura de Lady Vanda, dormida como un bebé en el lecho que no conocía más que su liviano cuerpo.

Duggu Van caminaba sin hacer ruido. La mezcla de vida y muerte que informaba su corazón se resolvía en cualidades inhumanas. Vestido de azul oscuro, acompañado siempre por un silencioso séquito de perfumes rancios, el vampiro paseaba por las galerías del castillo buscando vivos depósitos de sangre. La industria frigorífica lo hubiera indignado. Lady Vanda, dormida, con una mano ante los ojos como en una premonición de peligro, semejaba un bibelot repentinamente tibio. Y también un césped propicio, o una cariátide.

Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción. En la estancia y junto al lecho, desnudando con levísima carcomida mano el cuerpo de la rítmica escultura, la sed de sangre principió a ceder.

Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta. Si él lo hubiese meditado, su condición tradicional lo habría detenido quizá al borde del amor, limitándolo a la sangre higiénica y vital. Mas Lady Vanda no era para él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos cuerpos, con el hambre. Sin tiempo de sentirse perplejo ingresó Duggu Van al amor con voracidad estrepitosa. El atroz despertar de Lady Vanda se retrasó en un segundo a sus posibilidades de defensa. Y el falso sueño del desmayo hubo de entregarla, blanca luz en la noche, al amante.

Cierto que, de madrugada y antes de marcharse, el vampiro no pudo con su vocación e hizo una pequeña sangría en el hombro de la desvanecida castellana. Más tarde, al pensar en aquello, Duggu Van sostuvo para sí que las sangrías resultaban muy recomendables para los desmayados. Como en todos los seres, su pensamiento era menos noble que el acto simple.

En el castillo hubo congreso de médicos y peritajes poco agradables y sesiones conjuratorias y anatemas, y además una enfermera inglesa que se llamaba Miss Wilkinson y bebía ginebra con una naturalidad emocionante. Lady Vanda estuvo largo tiempo entre la vida y la muerte (sic). La hipótesis de una pesadilla demasiado verista quedó abatida ante determinadas comprobaciones oculares; y, además, cuando transcurrió un lapso razonable, la dama tuvo la certeza de que estaba encinta.

Puertas cerradas con Yale habían detenido las tentativas de Duggu Van. El vampiro tenía que alimentarse de niños, de ovejas, hasta de —¡horror!— cerdos. Pero toda la sangre le parecía agua al lado de aquella de Lady Vanda. Una simple asociación, de la cual no lo libraba su carácter de vampiro, exaltaba en su recuerdo el sabor de la sangre donde había nadado, goloso, el pez de su lengua.

Inflexible su tumba en el pasaje diurno, érale preciso aguardar el canto del gallo para botar, desencajado, loco de hambre. No había vuelto a ver a Lady Vanda, pero sus pasos lo llevaban una y otra vez a la galería terminada en la redonda burla amarilla de la Yale. Duggu Van estaba sensiblemente desmejorado.

Pensaba a veces —horizontal y húmedo en su nicho de piedra— que quizá Lady Vanda fuera a tener un hijo de él. El amor recrudecía entonces más que el hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad. El paludismo se ensañaba en él ahora. El hijo crecía, pausado, en Lady Vanda. Una tarde oyó Miss Wilkinson gritar a su señora. La encontró pálida, desolada. Se tocaba el vientre cubierto de raso, decía:

—Es como su padre, como su padre.

Duggu Van, a punto de morir la muerte de los vampiros (cosa que lo aterraba con razones comprensibles), tenía aún la débil esperanza de que su hijo, poseedor acaso de sus mismas cualidades de sagacidad y destreza, se ingeniara para traerle algún día a su madre.

Lady Vanda estaba día a día más blanca, más aérea. Los médicos maldecían, los tónicos cejaban. Y ella, repitiendo siempre:

—Es como su padre, como su padre.

Miss Wilkinson llegó a la conclusión de que el pequeño vampiro estaba desangrando a la madre con la más refinada de las crueldades.

Cuando los médicos se enteraron hablóse de un aborto harto justificable; pero Lady Vanda se negó, volviendo la cabeza como un osito de felpa, acariciando con la diestra su vientre de raso.

—Es como su padre —dijo—. Como su padre.

El hijo de Duggu Van crecía rápidamente. No sólo ocupaba la cavidad que la naturaleza le concediera sino que invadía el resto del cuerpo de Lady Vanda. Lady Vanda apenas podía hablar ya, no le quedaba sangre; si alguna tenía estaba en el cuerpo de su hijo.

Y cuando vino el día fijado por los recuerdos para el alumbramiento, los médicos se dijeron que aquél iba a ser un alumbramiento extraño. En número de cuatro rodearon el lecho de la parturienta, aguardando que fuese la medianoche del trigésimo día del noveno mes del atentado de Duggu Van.

Miss Wilkinson, en la galería, vio acercarse una sombra. No gritó porque estaba segura de que con ello no ganaría nada. Cierto que el rostro de Duggu Van no era para provocar sonrisas. El color terroso de su cara se había transformado en un relieve uniforme y cárdeno. En vez de ojos, dos grandes interrogaciones llorosas se balanceaban debajo del cabello apelmazado.

—Es absolutamente mío —dijo el vampiro con el lenguaje caprichoso de su secta— y nadie puede interpolarse entre su esencia y mi cariño.

Hablaba del hijo; Miss Wilkinson se calmó.

Los médicos, reunidos en un ángulo del lecho, trataban de demostrarse unos a otros que no tenían miedo. Empezaban a admitir cambios en el cuerpo de Lady Vanda. Su piel se había puesto repentinamente oscura, sus piernas se llenaban de relieves musculares, el vientre se aplanaba suavemente y, con una naturalidad que parecía casi familiar, su sexo se transformaba en el contrario. El rostro no era ya el de Lady Vanda. Las manos no eran ya las de Lady Vanda. Los médicos tenían un miedo atroz.

Entonces, cuando dieron las doce, el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia la puerta abierta.

Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos de su hijo.

Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la ventana. El lecho ligeramente arrugado, y los médicos balbuceando cosas en torno a él, contemplando sobre las mesas los instrumentos del oficio, la balanza para pesar al recién nacido, y Miss Wilkinson en la puerta, retorciéndose las manos y preguntando, preguntando, preguntando.

Julio Cortázar, 1937

saboreaba aquel néctar espeso y granate

Saboreaba, sonriente, aquél néctar espeso y delicioso que, en pequeños hilos, escapaba de su boca rebosante. A lo largo de su cuello, largo y esbelto, se iba marcando un rojo camino que se precitipaba a morir entre sus blancos pechos ofrecidos. Se deleitaba con el sabor viscoso y cárdeno de ese líquido de vida que se introducía por su garganta, abrasándola por dentro, pero llenándola al mismo tiempo de fuerza y vitalidad. Y se regocijaba: el sacrificio de doce infantes para llenar un cáliz de vida eterna y belleza intemporal.

Ilustración: Arantxa

Estaba viendo hoy el Canal de Historia cuando me he topado con el primer episodio de una serie de documentales sobre los vampiros y el vampirismo. Secretos de los vampiros es su nombre, y este primer documental tenía buena pinta. Tratan la figura del vampiro como mito universal a lo largo de la historia, desde la antigua China hasta la actual Rumanía, indagando sobre las figuras que dieron origen al mito moderno y tratando de de dar respuestas científicas a distintos puntos oscuros.
Aquí dejo el enlace: http://www.canaldehistoria.es/es/012ficha_programa.php?housenum

Erzsébet Báthory, la condesa sanguinaria, quien seguramente influyó de manera decisiva en la configuración del personaje de Drácula

“Los vampiros, ¿se trata de verdad o de mito? Desde que Bram Stoker publicó por primera vez su novela “Drácula” en 1897, el vampiro más famoso del mundo ha hecho su aparición en 44 idiomas. Cuando se pronuncia la palabra “vampiro”, casi todo el mundo piensa inmediatamente en el mítico Conde Drácula. Sin embargo, nuestros expertos nos recuerdan que el mito del vampiro es mucho más antiguo y que se extendió desde Atenas hasta Beijing casi mil años antes de la leyenda de Transilvania que la mayoría de nosotros conocemos. Este documental especial examinará la historia de la leyenda del vampiro alrededor del mundo y en diferentes culturas.”

victoria francés
Victoria Francés es, en la actualidad, una de las más conocidas y populares ilustradoras, sobre todo entre los círculos góticos y fantásticos. Valenciana de nacimiento (nació el 25 de octubre de 1982), desde muy pequeña utilizó el dibujo como una forma de expresarse y una manera de evadirse. El mundo de lo gótico romántico, dentro del cual se suele enmarcar su obra, la atrajo desde muy pequeña. Con diez años ya había leído Drácula. Como pasó gran parte de su niñez en Galicia, rodeada de parajes evocadores y melancólicos y empapándose de leyendas, surgió en Waterhouseella el gusto por épocas pasadas y tiempos ancestrales.

Su identidad artística se terminó de fraguar con la lectura de obras de Edgar Allan Poe, Mary Shelley, Goethe, Baudelaire, o Anne Rice y con sus viajes por Europa. En estos viajes se impregnó de los ambientes románticos, el arte gótico y el misticismo de ciudades como Londres, París, Venecia, Verona o Génova. Victoria reconoce el influjo de pintores prerrafaelistas como Waterhouse o Millais; también de ilustradores como Luis Royo y Fernando Fernández. Incluso de la imaginería oscura del cineasta Tim Burton. Asimismo, la inspira especialmente la música de Loreena McKennit y, sobre todo, del grupo Dark Sanctuary. Con estas influencias, no es de extrañar que lo gótico o lo siniestro (como prefiere denominarlo) se haya convertido en una manera de expresarse con la que se identifica personalmente. Sólo hay que verla en las convenciones y salones para darnos cuenta de ello.

Victoria estudió Bellas Artes en la Facultad de San Carlos de Valencia, y mientras realizaba trabajos esporádicos por encargo como portadas de libros y otro tipo de obras aisladas. Pero fue en 2004 cuando, con sólo 22 años, Victoria apareció con fuerza en el panorama nacional de la ilustración. Lo hacía de la mano de Norma Editorial con la publicación de su primer volumen de ilustraciones: Favole 1: Lágrimas de piedra. En el XXII Salón del Cómic de Barcelona, hizo su primera aparición pública y se ganó el respeto de autores de renombre. Se convirtió en la artista revelación de la temporada. A Lágrimas de piedra le siguió, en 2005, Favole 2: Libérame, con los mismos buenos resultados de la primera parte. También en este año se publicó Angel Wings, un pequeño libreto que recogía una serie de bocetos, ilustraciones y fotografías sobre este mismo universo.
En 2006 cerraba la trilogía Favole con Gélida Luz. Para entonces, la ilustradora se había convertido en un fenómeno más allá de la ilustración y se vendía todo tipo de merchandising basado en sus obras: posters, camisetas, puzzles, chapas, banderas… Su fama había crecido hasta tal punto que la prestigiosa editorial estadounidense Dark Horse se interesó por su trabajo y desde entonces ha publicado sus obras en Norteamérica.
Tras la saga de Favole decidió cambiar de editorial por Planeta DeAgostini y preparar para ella su nuevo trabajo, El corazón de Arlene (2007), obra en la que la autora se renueva en sus planteamientos y demuestra que es una artista en constante evolución.

Favole

No se puede dudar de que Favole es la enseña de Victoria Francés. Se trata de una trilogía de libros que mezclan ilustraciones con textos escritos por ella misma. Las obras están basadas en sus recuerdos de las ciudades de Venecia y Verona, y su temática nos introduce en un mundo mágico, triste y sombrío, de atmósfera opresiva, casi asfixiante. Nos topamos con mujeres fantasmales de pálida belleza, con brujas de oscura hermosura, niñas enfermizas, seres proscritos, castillos umbríos… Todo ello tocado por un halo de melancolía y romanticismo.
Las protagonistas son una serie de mujeres que han caído presas del seductor abrazo del vampiro Ezequiel. Son víctimas de su propia pasión, que las ha arrastrado a la oscuridad más profunda y, en última instancia, a la infelicidad. De entre todas, Favole, la que da nombre a la obra, se erige en personaje principal y termina haciendo de hilo conductor de las tres partes, pues lo que se narra en última instancia es su búsqueda incesante del amado vampiro. En el camino se tropieza con una sucesión de seres tristes, lóbregos y fantásticos, casi todos mujeres, que sirven de excusa a la autora para elaborar ilustraciones en los más diversos escenarios.
FavoleFavole representa la nostalgia, la melancolía, los amores soñados, lejanos y es, prácticamente, un autorretrato de la ilustradora, pues se ha servido de sí misma como modelo. Elementos recurrentes en estas ilustraciones son los largos vestidos, vaporosos, el violín, las lágrimas negras, la sangre, las lápidas y ángeles de piedra… siempre dentro escenarios tenebrosos, impregnados de medievalismo, y de una naturaleza agreste y misteriosa, que provocan una sensación de angustia y opresión.
En el apartado artístico, se nota un acentuado progreso con cada libro. Al principio su estilo resulta algo abocetado, con unos lápices más bien flojos y un empleo de fondos y colores planos. Luego, sin embargo, el dibujo va ganando en detalle y está más trabajado. Su técnica se va refinando con cada ilustración y éstas ganan en profundidad. El color está mejor aplicado y es más vivo y realista. Cabe subrayar, en este sentido, cómo hace destacar unas cuantas pinceladas de color dentro de paisajes grises y cenicientos.
Se ha polemizado mucho sobre el hecho de que Victoria base muchos de sus dibujos en fotografías de modelos o de ella misma. Pero eso no es algo exclusivo de esta ilustradora; Luis Royo o Boris Vallejo ya lo han hecho antes. Ahora bien, decir que “calca” o que simplemente retoca las fotos con el ordenador es exagerar demasiado. Las técnicas digitales facilitan muchas tareas y ahorran tiempo, por ejemplo, a la hora de realizar correcciones, pero ella siempre parte del dibujo como base. Lo que sí es cierto es que crear de la nada le cuesta mucho más que copiar de modelo, y esto queda patente en algunas ilustraciones: manos extrañas, posturas forzadas… Sus defectos los suple, no obstante, dotando de gran fuerza y expresión a las ilustraciones.
En todo caso, de poder acusar de algo a Victoria Francés sería de resultar demasiado repetitiva. Para los amantes del género esto no será un defecto; pero para aquellos que disfrutan con la ilustración en general, la sucesión de poses les terminará pareciendo cansado y monótono.
Por lo que respecta a la parte literaria, simplemente se puede apuntar que los textos son una mera comparsa para las imágenes. Nos encontramos con historias muy simples y personajes sin volumen, con un carácter apenas esbozado. Pero la misma autora reconoce que para ella la escritura es un mero acompañamiento que dota de un poco más de sentir a las imágenes. Es de agradecer, al menos, que poco a poco estos “minirelatos” vayan ganando un estilo más ágil y un tono más ameno.
En resumen, pese a defectos y polémicas, no hay ninguna duda de que Favole ha consagrado a Victoria Francés como una de las más firmes promesas de la ilustración española. Muchos comparan ya su obra con la de Luís Royo, aunque sus diferencias de estilo son evidentes. Sin embargo, lo que es seguro es que esta ilustradora va a sentar precedente en el dibujo de fantasía en general, y cátedra en la ilustración gótica en particular.
Las ilustraciones mostradas en el artículo pertenecen a los autores (Victoria Francés y Luis Royo), que poseen los derechos, y han sido sacadas de diversos lugares de la red.

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Cuento de Emilia Pardo Bazán publicado en 1901 en el que la escritora nos presenta una particular visión de la figura del vampiro, que aprovecha para lanzar unas veladas gotas de crítica social.

Cuento de Emilia Pardo Bazán

No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de quince?

Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo -distante tres leguas de Vilamorta- bendijo su unión con el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su partida de bautismo. La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño!, subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don Fortunato a la silla de la reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa!

Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de don Fortunato no se encuentra otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo que…. ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortunón? Los fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.

Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio.

-¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al Casino.

Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o menos próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablóse de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría y gobernaba perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su propia locura.

Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos, juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir ellos también. Aun cuando estaban conchavados para cencerrar una semana entera, es lo cierto que la noche de tornaboda ya dejaron en paz a los cónyuges y en soledad la plaza.

Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez. Ahora se explicaba Inesiña los reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de Gondelle. Era un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que le tocaba desempeñar por algún tiempo…, acaso por muy poco. La prueba de que seguiría siendo chiquilla, eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.

¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día y noche -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce- se comprometía a atenderle, a no abandonarle un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, se figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío -repetía-, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».

Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea horas, no sentía ni rastro de compasión. Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿No había pagado? Pues Inés era suya.

Grande fue el asombro de Vilamorta -mayor que el causado por la boda aún- cuando notaron que don Fortunato, a quien tenían pronosticada a los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada paso más derecho, con menos temblequeteo de piernas. A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Vilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico terror:

-Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.

El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña, la cual murió -¡lástima de muchacha!- antes de cumplir los veinte. Consunción, fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado a otro su capital. Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez, o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.

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