Noviembre, mes de difuntos, de visitas al cementerio, de otoñales paseos melancólicos entre nichos y lápidas que empiezan a cubrirse de hojas caídas, amarillas y muertas. ¿Qué mejor momento para conocer unas cuantas tumbas de artistas y escritores? Comienzo esta nueva serie de entradas con algunos autores españoles:

                                              Aquí enterraron de balde
                                              por no hallarle una peseta…
                                            -No sigas, era poeta.
Epitafio por Martínez de la Rosa

 

Espronceda, paradigma de poeta romántico. Enterrado primeramente en el cementerio de San Nicolás, en 1902 fue trasladado al Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo.

 

 

En el mismo Panteón de Hombres Ilustres encontramos la tumba del otro escritor romántico español por excelencia: Mariano José de Larra. Comparte sepultura, además, con otro grande de la literatura española, Ramón Gómez de la Serna, ese mago del lenguaje de las vanguardias.

 

Miguel Hernández, el poeta del pueblo, republicano de corazón, fue encarcelado por el régimen franquista y murió en un penal alicantino. Lo enterraron en el nicho número mil nueve del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Con posterioridad, sus restos fueron trasladados, junto a los de su mujer y su hijo, al sepulcro actual del mismo cementerio.

 

Juan Ramón Jiménez, el poeta que buscaba la poesía pura, desnuda, verdadera, el padre de Platero, nuestro nobel tan querido, está enterrado en el cementerio de su pueblo natal onuvense, Moguer, junto a su mujer Zenobia.

 

No podía olvidarme, en esta primera entrega, del escritor que da nombre a este blog. Bécquer está enterrado junto a su hermano, el pintor Valeriano Domínguez Bécquer, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, aunque en un inicio se encontraban en la antigua capilla de la Universidad de Sevilla.

 

Por último, la tumba de ese hombre bueno «en el buen sentido de la palabra». Antonio Machado está enterrado junto a su madre en el cementerio de Collioure, donde habían llegado huyendo de la guerra, y donde, a los pocos días, el 22 de febrero de 1939, la muerte le encontró «ligero de equipaje», como él mismo presagiaba en estos famosos versos de Campos de Castilla:

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

 


Si te ha gustado este artículo, quizá quieras conocer también la tumba de otro gran escritor, el hacedor de mundos Tolkien, en este enlace.

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Gustavo A. Bécquer: La cruz del diablo

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